miércoles, 9 de noviembre de 2011

Encuentro con la escritora y actriz Rosie Inguanzo en La Otra Esquina de las Palabras

Foto: Elsa Roberto

La Otra Esquina de las Palabras invita a 

un encuentro con la escritora y actriz Rosie Inguanzo.


Café Demetrio
300 Alhambra Circle, Coral Gables
305-448-4949


Viernes 18 de noviembre, a las 7:30 pm

Rosie Inguanzo nació en La Habana, Cuba. Escritora, actriz, directora y performer. Ha actuado en numerosas obras de teatro y ha dirigido, adaptado y coescrito Malecón y Madre Nuestra. Doctorada en literatura iberoamericana, ejerce como profesora. Su libro de poesía Deseo de donde se era (Nos y otros Editores, Madrid, 2001) fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Miami 2001 y 2010, ciudad donde reside y cultiva una agenda comunitaria (Tumiamiblog). A Rosie puede vérsele intermitentemente en los performers que realiza junto al violinista Alfredo Triff, caracterizando a su alter ego Eslinda Cifuentes.

martes, 8 de noviembre de 2011

lunes, 7 de noviembre de 2011

Lanzamiento de Los relatos de Maurice Sparks (IV y V)





Cortesía: /Neo Club Press 

UNA TARDE CON ROBERTO CAZORLA




EL PEN CLUB DE ESCRITORES CUBANOS EN EL EXILIO

y

LA OTRA ESQUINA DE LAS PALABRAS


INVITAN A


"UNA TARDE CON ROBERTO CAZORLA",

poeta, escritor y periodista cubano radicado en Madrid



SÁBADO 12 DE NOVIEMBRE

3:00 pm

Café Demetrio

300 Alhambra Circle, Coral Gables

Robeto Cazorla nació en Matanzas, Cuba, residiendo en La Habana desde los diecisiete años y en Madrid desde 1963. Poeta, actor, escritor, periodista (41 años con la Agencia EFE (Madrid) y corresponsal del Semanario Libre (Miami) desde 1970). Ha publicado 23 libros de poesía y 4 de narrativa. Como actor creó en Cuba el Grupo Teatral Atenas, siendo pionero en crear radionovelas para las Emisoras Radio Matanzas y Radio Menocal. En escena, compartió con las figuras más rutilantes de la farándula cubana. En España se desempeñó en doblaje, radio y giras teatrales por toda la Península.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Fotos de la presentación de "Fundación del centro", de Orlando Rossardi. Prólogo de José Prats Sariol
































DIANA EN LAS DIANAS

Por José Prats Sariol

Fundación del centro logra dar en la diana. Acteón –el doble de Orlando Rossardi— recibe las flechas verbales donde se conoce a sí mismo. O al menos lo intenta. La aventura del voyeur es este poema.

Pero leerlo no es descifrarlo, quitarle los misterios. De haberlo comprendido totalmente –como le ocurrió a Elías Canetti con la masa— no estaría escribiendo sobre él, disfrutándolo como otra antorcha al oído, bajo la evocación de Juan Ramón Jiménez y del signo clave para la poesía de Orlando: la paradoja de que Diana a lo mejor se sabía observada furtivamente, nunca entera sino a fragmentos, como la vida.

Parece existir un placer –tan sano como despertarse tras oír la diana— en tensar el arco y lanzar flechas, con la esperanza de que las circunferencias sucesivas de la memoria permitan la claridad del centro. Diana, por su etimología, significa el alba, la luz del amanecer, algo menos duro que la Artemis griega, hermana de Apolo.

Orlando Rossardi ha salido a escribir para cazarse. Asistir a esa cacería sabemos que es un tópico en las literaturas –como estudia Pierre Klossowski en Le bain de Diane--, pero en cada desplazamiento fuerte hay una zona inédita, una excursión donde la lectura se tonifica con los secretos de otro yo, con la narración reflexiva de una sinécdoque donde la parte sugiere el todo: nuestra especie cuya experiencia existencial –siempre entre guerras— desafía al ayer y al mañana mientras los atrae desde un hoy siempre volátil.

Poema extrañamente existencialista en tiempos de trivialidades en el ciberespacio; poema raro entre blogs donde la serenidad es defecto con inmediato castigo en burlas y clics; poema que sabe a una madeleine enchumbada en té, cuando encontrar a un francés que lea a Flaubert es tan trabajoso como hallar a un alemán que conozca a Nietzsche; poema con horror al olvido. Fundación del centro es un drama, funciona como representación escénica donde dos actores –“él” ahora y su “otro” de siempre— junto al coro –“nos-otros” sus lectores—, recitan la etopeya de un Orlando que es uno y también el otro.

¿De dónde proviene Fundación del centro? ¿Podría recibir la sugerencia de que el origen se halla en el “conócete a ti mismo” que los atenienses nos legaron? ¿Es el resultado de una feroz introspección donde el análisis ha sabido tajar lo superfluo sin contemplaciones? ¿Qué lo individualiza dentro de la saga de poemas que buscan al autor a través de sus recorridos, que forman una nueva “vivencia” al escribirse?

Proviene –plausiblemente— de su sensibilidad artística. Pudo haber sido una escultura o una sonata, una coreografía o un documental, pero escritor desde la adolescencia, el poema es su sino, el azahar o signo ineludible. Es la memoria que al convertirse en texto privilegia determinados recuerdos sobre otros miles, la que es un sabor a guanábana en el atrio de la iglesia de la Virgen de Regla o el olor alquitranado de la bahía habanera. Aquí se amasa como para hornear no una autobiografía o un memorial sino lo que cree y siente su axis, imagen y señal, cuento más allá del sueño.

Recuerdo que estamos ante un autor con más de medio siglo de poemas: En 2009 su selección Casi la voz (Ed. Aduana Vieja) agrupó 520 páginas, bajo la ironía de un título que marca con la –no una— su vocación irrefrenable. En una reseña a la extensa compilación (Revista Hispano-cubana, no. 37, 2010) intenté explicar tres signos que ahora también fundan el centro: tono elegíaco, teatralidad y visiones infantiles. Dije allí que “La tonalidad elegíaca lo singulariza. Dentro de la poesía de habla hispana de las últimas promociones son escasas las voces que saben modular a lo Jorge Manrique. Entre los referentes valiosos están Gil de Biedma y Rafael Cadenas. Y más cerca: el demasiado pronto desaparecido Amando Fernández, el suicida Raúl Hernández Novás. “En esta dirección Rossardi parece muy consciente de la tessera, una conciencia que va del pensamiento creador al crítico, sin contradicciones, como si su “programación genética” le impidiera otra forma de apropiarse, otros motivos temáticos. Porque el tono elegíaco también implica una permanente relación –erudita sin pedanterías— con los poetas, sobre todo con las voces que forman su canon, tan peculiar como el de cualquier otro escritor consciente de la lucha contra lo ya dicho.

“La tessera –también siciliana, desde luego— Harold Bloom la revitaliza en sus excelentes estudios de la poesía romántica de habla inglesa (Poetry and represion. Revisionism from Blake to Stevens). La unión de las mitades de una taza era la señal de reconocimiento, de autenticidad. El poeta nuevo identifica así a su precursor, le da cumplimiento al potenciarlo. “Los homenajes-recuerdos de Rossardi no sólo son los poemas donde evoca a Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Langston Hughes, Gastón Baquero, Eugenio Florit. Tampoco quedan circunscritos a menciones expresas a Juan Ramón Jiménez o Borges, a García Lorca o César Vallejo. Menos obvias –pero tan o más significativas— son las constantes intertextualidades de ellos y sus amigos, las relecturas de san Juan de la Cruz y René Char, de la gran poesía norteamericana de habla inglesa que conoce tan bien como José Emilio Pacheco.

“Que se quede por la ruta en que se escapa” –dice el verso final de “Salida del deseo”. Y en efecto, en esa paradoja podrían quedar obra y autor, reflejando a la vez cada una de sus lecturas de la vida, donde el exilio –elegía ontológica— ocupa el sitio clave. Porque “Tras una y otras tantas, esta muerte / que palpo cariñosa en el bolsillo” (“Esta muerte”). Porque siempre la inminencia de una pérdida --persona o lectura— ata sus versos, “en cascabeles”, como caracteriza al desaparecido amigo René Ariza; “para hurgar por adentro en su trasfondo”, como teme en “Cosas perdidas”. “Pérdida de la fuente” –metáfora y símbolo— es el poema que tal vez sintetiza su obsesión por las remembranzas, el modo de coleccionar su propia existencia. Siempre es la angustia por las pérdidas. Siempre allí está su eje expresivo, como un “Libro viejo”. Cuando sale de ese afecto la voz pierde fuerza. Si no hay un rasgo elegíaco no hay Rossardi, tan poderosamente sencillo, tan vigoroso como “Los poemas, los poetas”, donde el párrafo francés –Rimbaud— llega al sarcasmo, a Cernuda y su burla de las autoridades que oficializan después de muerto a un autor maldito. “Leyendo a mis poetas”, “Gramática de a uno en fondo”, “Carta a Eugenio Florit”, “Memoria de mí”, “La poesía”, “Pregunta”…, confirman su confesión: “a mí puede y me salva el sueño en poesía” –como susurra entre paréntesis en “Hambre de poema”. Esa mezcla tan apreciada por la poesía del romanticismo, donde siempre los bordes de la realidad se difuminan, es su señal, su sino y destino.

“Un último argumento a favor de que este rasgo lo singulariza se halla también en los poemas más lejanos. Las imágenes de “Boston” o “New York” son elocuentes evidencias. Ciudades, entre muchas otras que el autor trae a cuenta ahora en Fundación del centro. El último –el primero— de su paradoja versal lo titula “Hombre mirando al océano”. En esas olas –las mismas de Virginia Woolf— viene y va, con la marea siempre alta, la poesía de Orlando Rossardi.

“Una voz que trata de representar –teatralizar— su diálogo con el existir. Donde la presencia del interlocutor se entiende sobre o bajo el supuesto monólogo, como ocurre en “El mundo no está para palabras raras”, más allá de su controversia de homenaje a Lezama Lima, donde desprecia a los que en el “no entiendo” esconden su mediocridad. Como ocurre en “Despedida”, uno de los poemas donde conversa con el genio de César Vallejo, para soltar con fuerza sus jinetes, su Apocalipsis de vida con los demás donde la puerta nunca puede cerrarse del todo, donde siempre queda un resquicio. “Una voz que se refugia en la infancia, que lucha para que permanezca aquella mirada sin las experiencias que después van a nublarla, según se lee en “De muy niño jugaba entre cándidas ausencias”, cuando recuerda que “se ponían a contar sus cuentos las adelfas”. Porque su “Rito para el viaje” –poema inconfundible de su casi voz— tiene un epígrafe decisivo, quizás válido para el conjunto de su obra. Es de Nicanor Parra y dice: “El que se embarca en un violín naufraga”. Naufragio y salvación, la “isla” de Rossardi juega contra su propio tiempo, aunque de antemano sepa que el juego está perdido, como el de Proust”.

Concluí la reseña afirmando que “da gusto –un buen gusto— leer casi toda la obra poética de Rossardi que se recoge en su selección. Arrogancia de vocación realizada, elegía de tributos, diálogo con los otros y sus otros, infantil chaqueta marinera que juega a observar. El autor siente y sabe por qué se preparó –nos preparó— este regalo. Allá lejos, desde la bahía de Corinto, su amigo Gastón Baquero le sonríe”. Y ahora, al releer Fundación del centro, he podido verificar que tales sesgos lejos de opacarse se han recrudecido, como muestra la teatralidad del desdoblamiento, del que se observa como si evaluara a un extraño que a la vez es un amigo íntimo.

Pasear con su “otro” se inicia al modo homérico con el reconocimiento, la identidad del doble. A párrafo sin sangrar --¿por qué afrancesado?-- irá narrando el recorrido. A “palabras como turbas” activa las curiosidades, lanza las flechas a su diana. Y sin fin, como aquella anécdota de Baudelaire que una tarde fue sorprendido por un amigo cuando caminaba por Les Champs-Élysées, y cuando este le preguntó a dónde iba, el poeta respondió que a ninguna parte.

¿Hacia dónde se dirige Fundación del centro? Hacia Baudelaire y hacia ninguna parte. ¿No afirmaba José Lezama Lima –el poeta de habla hispana que más ha meditado su poética-- que lo importante es la flecha, no el blanco? Porque es el trayecto quien ciñe la aventura singular –personalísima-- por las ciudades y sus calles y sus recovecos, como ocurriera en dos cuadernos fundamentales de la poesía escrita por cubanos: En la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego y Ciudad, ciudad de Francisco de Oráa.

Aunque repudio el “color local” –lexicalizado hasta el (agotamiento) asco-- casi tanto como la “politización” –con su records demagogos-- de los objetos artísticos, una ráfaga (cierta dósis) de contextualización parece necesaria. Este poema remite a La Habana: Orlando Rossardi nace y crece y se hace poeta en el pueblo de Regla, en la ribera este de la bahía otrora de piratas y corsarios. Y desde luego que en su atmósfera anímica está el exiliado político, sin las menos desgarradoras nociones de “emigrante” o “transterrado”. Las dos referencias por supuesto que no le otorgan al poema mayores calidades artísticas –estamos hartos de “testimonios” (sic)--, pero enunciarlas por su valor documental modulan la lectura, viabilizan la recepción. Un país en ruinas, frustrado como nación, empalidece aquella España de los poetas republicanos que murieron clamando contra el franquismo, pensando muchas veces en el regreso, como León Felipe o Luis Cernuda.

La tragedia entre exilio e insilio no debe soslayarse. Con el valor central en que este (singular / sui generis) raro poema incluye los que uno batalla consigo mismo, exiliado de los recuerdos ya ajenos e insiliado de los que sin saber la causa suelen mantenerse. Su rareza (singularidad) precisamente está ahí, en saber aludir levemente, en transitar por ese extenso poema en prosa sin tropezar entre enfáticas menciones históricas o entre achicharrados lugares comunes psicológicos. Nada usual, nada al uso, que bien sabemos al sobreuso en las marejadas de textos inanes que inundan el ciberespacio. Este diario de bitácora de un inveterado andariego –otra paradoja—constantemente salta de adentro hacia afuera, y viceversa, con su correspondiente corolario en el desenfado con que incorpora una frase popular recreada –“los dime y te diré”—, casi al lado de una culterana referencia a san Agustín, cuyas Confesiones forman una de las intertextualidades clave, a nivel conceptual, filosófico, como apertura y cierre ante la única paradoja esencial cifrada en el ser para la muerte, de ahí la dedicatoria a Juan Ramón Jiménez y la recreación de Tiempo.

Los juegos de palabras –también caros al poeta de Platero y yo— tienen además, como bien dice, un “que me cuento a cuentagotas”, es decir, que sabe y asume no contarse del todo. Teme, con razón, al mal llamado “todo”, que puede ser “nada”. Porque lo casual –como en la certera cita de Robert Frost—es similar al “uno propone y Dios dispone” y recuerda que don Quijote le decía a su escudero que “no hay refrán que no sea verdadero”… A lo que se añade un pudor hacia el anecdotario de su vida que prefiere tomar las “experiencias” como sencilla motivación para seguir cabalgando de ciudad en ciudad. No hay confesiones íntimas en Fundación del centro. Y se agradece, ante tanta supuesta literatura “confesional”, novela “sucia” o supuestos poemas más apropiados para estudiantes de psiquiatría.

Rossardi va por otra senda, hacia la ciudad interior, “saliendo entera de su centro”. Las referencias a personas –como aquellas que recuerdan las ediciones El Puente en La Habana de 1962— nunca van a explotar el sensacionalismo o la procacidad que tanto gusta a los lectores de revistas de chismes, a los espectadores de la televisión chatarra, tan abundante en cualquier idioma. No hay picaresca exhibicionista sino a veces una ráfaga de nostalgia, unos versos de algún amigo fallecido, la sombra inconclusa de lo que pudo ser.

La habanera no es la canción triste del que retorna a su país natal, sino la del obligado a irse, a tomar el Covadonga y ver alejarse el Malecón habanero, con su familia despidiéndolo, perdiéndose como Cuba en el horizonte del Caribe, aunque llevara en el bolso de hombro y reviviera en Madrid, los peces de Gastón Baquero. La vinculación de este poema es con “Testamento del pez”, no con otras zonas –válidas, desde luego— donde la memoria tal vez se disfraza de payaso para sufrir menos. Es con “La isla en peso”, el demoledor y tan premonitorio poema de Virgilio Piñera, quizás el más emblemático de la historia de Cuba, junto a los de Martí sobre sus dos patrias, que ve como una.

¿”Todos somos actores”? ¿Tiene sentido la pregunta de Shakespeare que Juan Ramón Jiménez retoma, que Orlando Rossardi vuelve a recrear? ¿Cuál es el teatro del mundo? ¿Cuál ciudad no es La Habana? La lectura de Fundación del centro no satisface las respuestas a las cuatro preguntas. Apenas alude y elude. Apenas abre la misma angustia que enseguida es otra, como quería Rimbaud. Salva su fragor expresivo porque no concluye. El “juego” o “fundación” sigue a la búsqueda.

Escolios al ensayo “Existen tres tipos de poetas…”, de Ángel Velázquez Callejas



Por Joaquín Gálvez


El primer tipo, el poeta moderno, abunda hoy. Es el poeta del modernismo. Está interesado en el ego poético. En crear un mercado, en un lector.

Creo que la poesía es lo que menos mercado crea. Su ámbito es predominantemente elitista, sin que esto implique que no pueda calar en el pueblo o en el lector común, como lo han demostrado algunos poetas de nuestra lengua (Martí, Darío, Machado, Neruda, Miguel Hernández, Gabriela Mistral, etc.).

Por lo general, esa poesía de mercado representa lo trillado o de fácil acceso a la masa, a tal punto que se vuelve popular, pero no por ello es de mejor calidad (Buesa, Benedetti, Cabrisas, Nervo y hasta una zona de Neruda).

El ego siempre estará presente en el quehacer artístico y literario. El llamado yoismo puede en tiempo y espacio lograr que otros seres humanos se identifiquen con lo que el poeta siente, padece o goza. Por ejemplo: Martí en sus Versos sencillos; Heredia en su Oda al Niagara; Miguel Hernández en Vientos del pueblo; Vallejo en Poemas humanos; Whitman en Canto a mí mismo, con un yo cósmico y un ego que responde a lo que Emerson admiraba en el poeta: “una voz representativa de su comunidad”. Los Románticos fueron poetas del ego, pero, como lo demostró Holderlin, escucharon el mensaje de los dioses.

El poeta moderno, solo está interesado en que un público lea sus versos.

Yo diría que algunos poetas están interesados en que lo lean una supuesta élite, la cual quiere imponer o patentizar una estética totalizante. En consecuencia, el poeta se despersonaliza en aras de complacer a quienes pueden otorgarle reconocimiento y, por ende, responde a patrones preestablecidos que se han convertido en tiranías estéticas. Los epígonos de Lezama o los llamados lezamianos, algo que también se conoce como la metatranca de la poesía cubana actual, es un buen ejemplo de ello.

Escribe para saciar su ego:

En este caso los poetas que escriben como maquinas, más bien por puro artificio -striptease mental o intelectual-, y no ven en la poesía un acto de revelación en el que el poeta es capaz de escuchar el idioma del silencio, de develar lo invisible de la cotidianidad. Estos poetas creen que la poesía debe ser despojada de todo elemento emotivo y que el contenido es totalmente prescindible. Su narcisismo poético hace que el lector sea un voyerista que solamente debe aspirar a admirar sus piruetas sintácticas y demás murumacas lingüísticas, sin tener que esperar esa comunicación que se establece entre lector y obra por medio de la catarsis. Adiós a Aristóteles y bienvenidos a Fukuyama, al fin de la Historia en poesía. "Poetas, para ustedes ya existe el Paraíso, no hay que decir nada y si hay mucho por qué masturbarse con las palabras, sin que corran la suerte de Narciso". "Quien no comulgue con esta ideología estética, quedará expulsado del parnaso".

Este sectarismo poético podría conducir a la poesía a un callejón sin salida, a tal punto que la página en blanco se convertirá en un poema, seguramente muy original para ellos. Poesía experimental, Neobarroco o Neobarroso: ¡con cuántos sofismas y categorizaciones se atavía esta retaguardia de la vanguardia!

Más que un creador es un constructor, un técnico. Llega a disciplinarse de tal manera, tan sutilmente, que aparenta ser un poeta; se convierte en un especialista en versos.

Rimbaud, Martí, Machado, Lorca, Vallejo, Dylan Thomas, Paul Celan, Sylvia Plath, etc, fueron poetas de la inspiración, del corazón, pero esto no entraña un divorcio con las corrientes literarias de su época. Todo artista y escritor verdadero no escapa de la evolución del arte y la literatura. Puede ser un hombre culto, un conocedor y lector de poesía, sin que esto lo condene a ser solamente un especialista del verso. Una cosa no está reñida con la otra. En su trance poético quedará reflejado el carácter ecuménico del arte, en el que aflorará su conciencia estética. Martí, por ejemplo, recibió estéticamente la influencia de los poetas franceses de su tiempo, pero su contenido poético tenía la impronta del trascendentalismo norteamericano. Es imposible que un poeta del siglo xx escriba como los poetas precolombinos. Nadie escapa a las influencias de su tiempo. A lo que debemos escapar es a las afectaciones del tiempo que nos toca. Por ejemplo, la metatranca cubana es el gregarismo literario cubano por antonomasia, la masificación de una estética, un modismo sociocultural, a través del cual el individuo o ente poético busca reivindicar su importancia dentro de una sociedad que lo ha privado de su identidad, de su realización personal; en fin, la metatranca es otra manifestación de la deformación de una Isla que ha perdido el contacto con el resto del mundo. Y, amparándose fundamentalmente en la obra de Lezama (que no era lezamiano), ha devenido en ombliguismo estético, vista por muchos poetas y críticos cubanos como una escritura innovadora a la que hay que plegarse para estar literariamente correcto; es decir, en la última moda.

La metatranca ha derivado hoy en una suerte de especialización, tan refinada y cultivada en la modernidad del ego poético que ha perdido contacto por completo con el segundo tipo de poeta.

La llamada metatranca es una “estética” de la cubanidad como consecuencia de lo que es la Cuba actual: cerrada, aislada del mundo, con todas las características de una subcultura. Es una forma snob de pretender ser algo (muy elevado dentro del subsuelo), de llamar la atención a través de contorsiones palabristas, cuya originalidad sólo se limita a una especie de extravagancia por medio de la erosión del lenguaje, la cual se ha llegado a masificar entre tantos poetas, que se ha convertido en una moda (¿es esto originalidad?) Coincido con Flaubert: “El estilo es el hombre”.

Siempre la inspiración llevará el sello de la poesía. La poesía es inspiración. Renevill afirma:

La inspiración es la mejor prueba de que tienes algo que decir. Al igual que Machado, creo que se escribe por necesidad, sino para qué escribir.

En otras palabras el poeta moderno trabaja con hechos, con objetos; sus vivencias son a través de fuentes muertas, mientras el místico trabaja con el asombro, el misterio, con la vida. El moderno es científico y el místico es religioso.

No siempre son muertas, pues el poeta refleja una vivencia actual y con ello revela la voz de otros, de los hechos de su tiempo, y es capaz de predecir los futuros. La poesía también tiene un carácter místico, y es misterio, asombro y pura vida. El poeta moderno es científico cuando desprecia los valores eternos de la poesía y se empeña en hacer del quehacer poético una fabricación estética, análoga a lo que hace la tecnología con las computadoras y otros artefactos de la postmodernidad. Mientras el poeta reconozca la función reveladora de la poesía, la necesidad de expresar algo, ya sea intimó o exteriorista, pero con un sentido de autenticidad que plasme su ser, sin que se limite al malabarismo mental, dejará de ser un poeta moderno, para ser de cualquier época, pues su mensaje y su forma escritural serán atemporales. Parafraseando a Martí: “todos los temas aunque se hayan tratado, cuando se dicen de una forma diferente son nuevos”. Y he ahí el secreto del poeta: una conciencia de su mundo que sea un espejo de su propia experiencia, sin que esto implique una ruptura con la conciencia estética. Ni la forma debe rechazar al contenido, ni el contenido debe rechazar a la forma.

Para leer la fuente de este texto, acceda a El blog de Callejas

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Este viernes, encuentro con la poesía de Orlando Rossardi en La Otra Esquina de las Palabras


La Otra Esquina de las Palabras invita a la presentación del libro

Fundación del centro (Aduana Vieja Editorial, Valencia, 2011),

del poeta y escritor cubano Orlando Rossardi.

Las palabras de presentación estarán a cargo de los escritores José Prats Sariol y Joaquín Badajoz.


Café Demetrio
300 Alhambra Circle, Coral Gables
305-448-4949
Viernes 4 de noviembre, a las 7:30 pm

Orlando Rossardi (Orlando Rodríguez Sardiñas) nació en La Habana. En Cuba, antes de 1960, en que sale para España, colabora en revistas literarias y funda con René Ariza el cuaderno poético Cántico. A partir de entonces su obra poética y ensayística ha aparecido en revistas literarias en Europa, Hispanoamérica y los Estados Unidos de América. Ha sido profesor en las universidades norteamericanas de New Hampshire, Southern California, Texas, Wisconsin y Miami-Dade College.

Ha publicado ensayo, teatro, cuento y poesía. Entre algunos de sus libros de ensayos se destacan los tres tomos de Teatro selecto hispanoamericano contemporáneo (1971), La última poesía cubana (1973), León de Greiff: Una poética de vanguardia (1974) y, en colaboración, los seis tomos de Historia de la literatura hispanoamericana contemporánea (1976). Su obra poética se recoge en los libros El diámetro y lo estero (1964), Que voy de vuelo (1970), Los espacios llenos (1991), Memoria de mí (1996), Los pies en la tierra (2006), Libro de las pérdidas (2008), Casi la voz (2009) y Canto en la Florida (2010).

Es miembro de Número de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y Correspondiente de la Real Academia Española.

martes, 1 de noviembre de 2011

En busca de Maurice Sparks


Por Rodolfo Martínez Sotomayor

Apareció de improviso su nombre, debajo de un comentario ingenioso en aquel irreverente blog llamado Cuba Inglesa, de lectores muy crueles. Allí nada era sagrado. ¿Cómo lo iba a ser un tal Maurice Sparks con pretensiones de escritor sajón, a lo cubano? Nada de Maurice Sparks, lo llamarían Mauricio el chispas o simplemente El chispas.

Una generación imbuida con novelas de aventuras, donde un enmascarado hace mil peripecias sin descubrir su identidad, como El Zorro, La flecha negra y La máscara roja, nos ofrecía ahora un Maurice Sparks que se abría paso osadamente en el mundo de la palabra escrita, evidentemente su arma era el talento.
Como dice mi esposa Eva, soy convulsivo con lo que busco, la tarea estaba en descubrir quién era el tal Maurice. Pensé primero en los amigos escritores más allegados, pero algunos estaban descartados, talentosos sí eran, pero la brevedad no era su estilo y poseían, además, un ego inconmensurable. Citando a uno de ellos, podía terminar cada cuento hablando de sí mismo, no resistiría escribir con seudónimo y pasar de forma anónima con un cuento logrado, rechazando los aplausos, los halagos.

José Abreu Felippe, mucho menos, él nunca quiso formar parte de ese, parafraseando a Sartre, cumbancheo literario llamado Cuba Inglesa; además, como me comentara un amigo, él escribía sólo ladrillos de setecientas páginas en adelante. Esos cuentos breves no iban con él.

¿Sería Joaquín Gálvez? Qué va, demasiada ética -a lo caballero de la mesa redonda- le impediría escribir con seudónimo, además, el tal Maurice no menciona a La Otra Esquina de las Palabras. Luis de La Paz no se hizo sospechoso, según él mismo menciona en su más reciente reseña: Maurice Sparks es un escritor focalizado. De la Paz no sería obviamente ¿Quién ha visto un bizco focalizado?

¿Sería el mismo Añel? Él sí coincide con Chejov cuando dijo que la brevedad es hermana del talento, pero Añel dejó de ser sospechoso al darme cuenta que su diosa y dulcinea llamada Idamanda no estaba en ningún cuento. Denis Fortún fue un buen prospecto, pero no, Maurice no tenía cuentos de Cocozapatos ni de caperucitas rojas o cucarachitas martinas devenidas en jineteras. ¡Qué va!, Denis fue descartado también. Y así seguí con muchos más, hasta que un día de presentación, en este mismo sitio, conocí a Ernesto G. Él tenía unos espejuelos a lo Clark Kent, antes de transformarse en Superman o en Maurice Sparks, y una educación esmerada, extraña en nuestra caótica generación.

Un anglófilo en sus gustos musicales, un cineasta independiente que sabía trabajar en equipo con un ego sabiamente domesticado al punto que no dejaba huellas de él. Me parecía un tipo sospechoso, tenía mucha vida y ese aspecto flemático le daba un aire de perfecto asesino en serie. No era extrema bondad -nada de eso- era la capacidad de no malgastar el tiempo en discusiones inútiles con nadie. Decía que fajarse era lo más fácil, que lo más difícil era convivir. Su esposa, presente hoy, podrá aprobar o desmentir esta aseveración.

Haciendo un paréntesis, durante un proyecto común de filmación, a varios pasos de La Carreta, le propuse tomarnos unas copas de vino; el efecto del alcohol para soltar la lengua es inigualable; además, alguien me había dicho que Ernesto G. se transformaba de Doctor Jekyll a Mr. Hyde con unos tragos. Después de los primeros sorbos, lancé mi anzuelo diciendo lo que pensaba sinceramente sobre los relatos del tal Maurice Sparks. Le dije, que como Bukowski, era un tipo que no tenía tiempo para las metáforas, que tenía acierto estético y psicológico en sus personajes como Mark Twain, diálogos creíbles y prosa que se digería con agrado a lo Hemingway, historias de impacto, con economía de recursos y precisión de relojería, como los cronópios de Julio Cortazar. Pero yo no debía dejarme seducir por esa inevitable manía de ciertos críticos de buscarle una semejanza o una influencia a todo texto inédito o por publicar. En realidad lo marcaba la originalidad, no se parecía a nadie de los que merodeaban por estos pasillos literarios. Esa capacidad de digerir todo lo leído y amoldarlo a nuestra personalidad, a nuestro modo de decir o ver el mundo, es la clave para un estilo de expresión auténtico y el misterioso personaje en realidad la tenía.

Después de escuchar aquello, mi sincera opinión, frente a la botella a punto de concluir, Ernesto G. me miró seriamente y con aire de seguridad me dijo: "Rodolfo, yo también escribo cuentos, en realidad yo soy Maurice Sparks". Lo demás es historia, la afortunada decisión de una primera entrega de relatos que merecía el público, el propio convencimiento para tal propósito y un excelente libro del que no adelantaré nada y Denis Fortún se encargará de presentar, Los relatos de Maurice Sparks por Ernesto G. Muchas gracias.


Palabras leídas en la presentación del libro "Los relatos de Maurice Sparks", en Delio Photo Studio, el 28 de Octubre de 2011. Texto publicado originalmente en Neo Club Press.

Para ver fotos de la presentación y leer reseñas sobre este libro, acceda al sitio web de Editorial Silueta.

domingo, 30 de octubre de 2011