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sábado, 2 de abril de 2011

Fifty Fifty, una comedia inteligente



Por Rodolfo Martínez Sotomayor

Enfrentarse a una comedia en estos tiempos, es un acto de riesgo. Agotados de noticias que reflejan y exaltan el horror cotidiano, es tentador buscar la evasión en un mundo donde hasta la ramplonería suele globalizarse. Por tratarse de Teatro en Miami Studio, el grupo que ofrecía la puesta, y Ernesto García ser el autor y director, valía la pena el riesgo.

El público expectante y una escenografía minimalista, sobre las paredes del fondo un dibujo entre plumilla y abstracción.
Una mujer sentada sobre un muro apoyada en un bastón con la cabeza inclinada, permanecía inmóvil mientras los espectadores tomaban asiento y una música de guitarra acogía el ambiente. Ya se va haciendo común esa presencia de actores en el escenario antes de comenzar la obra. Sentía inquietud.

De pronto, una proyección de imágenes geométricas, sombras de manos que danzan y otros juegos de animación llenan el escenario en un atractivo inicio de la pieza. Un innovador comienzo que promete.

La puesta transcurre en una parada de autobús, donde Felicia, una mujer de aproximadamente 60 años, establece un diálogo sucesivo con cuatro personajes: una actriz, un ladrón, su vieja amiga peluquera y un ex exitoso hombre de negocios.

Felicia (Sandra García) teje con paciencia, mientras una joven habla por su móvil, grita más bien. Felicia establece un diálogo con la joven actriz (Anniamary Martínez), parlamentos que hacen blanco de la superficialidad, de un mundo fascinado por la estética de manera enfermiza.

Ella cuestiona el establecimiento de falsos valores que imponen los medios, la ridiculez en lo políticamente correcto que alcanza al lenguaje. Felicia nos dirá: “Gordo es una palabra más bella que sobrepeso”… “Ahora los gay de closet se llaman metrosexuales”.

La joven actriz no es una interlocutora pasiva. Motivada por Felicia, hará una catarsis donde cuenta rasgos del dilema de su vida. Dirá que estudió actuación porque era muy mala en matemáticas. Felicia le advierte que de nada le servirá su talento ni todo lo aprendido, que sus curvas y su cara son los que cuentan, que el bisturí es más útil que cualquier estudio para ese casting al que ella se dirige. Hoy en día, “las abuelas son mujeres con cuerpos de tú y cara de usted”, añade Felicia.

La joven actriz se desahoga finalmente con un grito que resume su angustia: “¡Ojalá viviera en un mundo de gordos y feos, le grito al espejo!”.

La actuación de Sandra García no nos decepciona, con esa maestría a la que nos tiene acostumbrados. Su fuerza expresiva es un ejemplo de lo que debe hacerse para cualquier actor. Por su parte, de la joven Anniamary Martínez podría decirse que desde su papel como Magdalena en El Celador del desierto, ya ha dejado de ser una promesa. Se ha convertido en una actriz madura que combina una adecuada gestualidad con un movimiento escénico preciso.

El Ladrón de la segunda escena es interpretado por Carlos Bueno. El personaje es un desamparado que ha perdido su empleo por rebelarse contra su jefe. Felicia aparece junto a él y hace una irreverente defensa del uso de la violencia individual.

Los criterios pre-establecidos, las leyes impuestas por la sociedad, los dogmas y el cuestionamiento de quienes controlan los gobiernos, son ahora quienes reciben los dardos de su discurso. Un parlamento original y poco convencional para definir el comportamiento humano. Carlos Bueno hace un notable esfuerzo al haber estado alejado de las tablas por un largo período de tiempo. Una labor meritoria, además, la del director, al combinar su papel con un acento en que el actor se desempeña con naturalidad. Su personaje despierta en el público simpatía e hilaridad.

Al aparecer la peluquera (Simone Balmaseda), la obra parece tomar otro tono, hasta los colores vivos de su ropaje contribuyen con un aire refrescante. Pero detrás de esa aparente felicidad de vencedora, hay una falsedad que Felicia descubre. “Por qué esa pasión por la verdad si somos máquinas de mentir… ¿De qué viven el cine, la televisión, la prensa?”, nos dirá Felicia al develar ese ropaje falso de prosperidad en su amiga. Y concluirá con una sentencia definitoria: “La mentira hace feliz”.

Simone tiene una actuación destacada, por momentos se distingue con su interpretación. Sin embargo, la ayudaría no elevar a veces innecesariamente el tono de su voz.

Cuando aparece El Hombre de Éxito (Osvaldo Strongoli), la obra alcanza el clímax, Sandra se luce en el desempeño de su rol. Él es un hombre que ha conocido el triunfo y el fracaso, que se niega a regresar a su papel de pobre. “Por el fruto se conoce al árbol, no sólo se debe ser exitoso sino ostentar”, dirá El Hombre de Éxito en alusión a su pasado de riqueza. “Yo fui uno de los que borraba del teléfono a los que iban en picada”… “Lo que más duele es el abandono de la gente”, añadirá él en una especie de mea culpa, mientras Felicia, como jueza de la conciencia del hombre, lamentará que sólo nos detengamos a pensar cuando nos atrapa la desgracia.

Osvaldo Strongoli en su interpretación de El Hombre de Éxito es poseedor de una excelente dicción y la manera en que encarna su personaje lo hace creíble.

La obra nos transmite enseñanzas de una vida que parece diseñada para el sufrimiento. Felicia nos muestra que ser feliz es otra manera de medir el éxito. Nos enseña que es necesario detenernos por un rato y respirar, contemplar el lago invisible que como un símbolo del oxigeno, de la vida, aparece bello ante los ojos de cada aparente perdedor que desfila por esta obra.

Como toda creación artística de valor, la obra escrita por Ernesto García tiene elementos que se prestan a múltiples lecturas. La enigmática carta que un desconocido entrega a Felicia al comienzo de la puesta, y que ella a su vez le ofrece al hombre de negocios al final, puede ser quizás una alusión a la vida como un ciclo que se repite. Puede ser tal vez, como las cuatro estaciones del año en que transcurre la obra, un símbolo del eterno retorno del hombre.

La música compuesta por ese polifacético artista que es Ernesto García, es una guaracha contagiosa, una atractiva y efectiva pieza para el cierre, cuando Felicia sentencia: “Vivir es como lanzar una moneda al aire, no importa lo que hagas, siempre será Fifty Fifty”. La pieza tiene un efectivo trabajo de luces de Ernesto y un vestuario muy funcional de Sandra.

Aunque llegue de manera sublime el mensaje de que el pensar demasiado está reñido con la felicidad, Ernesto García ha logrado una comedia que eleva el rasgo de humanidad en nosotros. Un melodrama de exquisita elaboración que nos hace pensar y reír a la vez.

Fifty Fifty, comedia urbana escrita y dirigida por Ernesto García, y con las actuaciones de Sandra García, Anniamary Martínez, Carlos Bueno, Simone Balmaseda y Osvaldo Strongoli, se está presentando todos los viernes y sábados a las 8:30p.m. en Teatro en Miami Studio.

Entradas: 305. 551.7473


Cortesía: Neo Club Press

sábado, 5 de febrero de 2011

Las mujeres de Vargas Llosa

 

Por Adriana Herrera


En la vida y obra del Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, las mujeres –en algunos casos personajes literarios, pero casi siempre, seres de carne y hueso que convirtió en fuertes protagonistas femeninos– no sólo enardecen la imaginación, sino que tienen la doble posibilidad de estructurar el orden del mundo o desatar el caos liberador.

Como juicioso discípulo de Flaubert, ha recurrido siempre a “el saqueo constante de la realidad real para la edificación de la realidad ficticia”, y sabe que quizá no hay otro modo de conocer el fondo abisal de la propia naturaleza que la ficción. Como escribió en el prólogo de la historia de uno de sus personajes más queridos, La señorita de Tacna, sólo la ficción muestra “el hombre ‘completo’ en su verdad y en su mentira confundidas”.

Y, en su exploración literaria del fuego del idealismo o la aventura y de la condición prometeica de quienes se atreven a romper las leyes de la tribu, pero también en su simultáneo descenso hasta lo más tenebroso de la condición humana, las mujeres poseen las claves de entrada y salida de todos los mundos.

Ya sea en la venganza de Urania Cabral al estupro permitido con la aquiescencia de su propio padre sometido al dictador Trujillo “El Chivo”, o en el placer liberador que las “visitadoras” otorgan y que deshace las rígidas jerarquías militares, los personajes femeninos suelen guardar en la madeja de su historia extrañas sorpresas para el poder.

El histórico protagonista de su último libro, El sueño del celta, Roger Casement, el idealista que denunció las mismas atrocidades del Congo Belga que inspiraron El corazón de las tinieblas y que fustigó a la casa Arana hasta lograr la parálisis de las infernales caucheras en las selvas peruanas, y que abrazó la causa de la Independencia irlandesa traicionando a Inglaterra por lo que fue ahorcado, sólo siente debilidad sexual por los furtivos encuentros con otros hombres. Pero atribuye a mujeres, como la historiadora Alice Stopford Green, el respaldo que dio fuerza a su movimiento de reforma del Congo y el haberle enseñado, como “una maestra generosa”, la pasión por “el pasado y la cultura de Irlanda”.

En un memorable diálogo con ella, discuten el libro de Joseph Conrad –que en la vida real no perdonó la “traición” a Casement, como sí lo hicieron Arthur Conan Doyle, o Bernard Shaw– y la conocida historiadora anota que en tanto esa novela no describe el Congo, sino el mal absoluto, su Informe sobre el Congo demuestra que fueron los europeos quienes llevaron las peores barbaries al África. Al personaje de la prima de Casement, Gee, Vargas Llosa atribuye algo más duradero que el enamoramiento: la complicidad de una amiga leal hasta el fin.

“Las mujeres de mi obra –reconoció el Nobel ante el comentario de la fuerza que irradian– reflejan una realidad. A menudo, la única manera de supervivir en nuestro mundo es adquiriendo una personalidad muy vigorosa, una capacidad de resistencia muy fuerte a la adversidad. Ése es un aspecto de la condición femenina en el mundo latinoamericano que a mí me impresiona mucho y, por eso, ese tipo de personajes aparecen frecuentemente en mi obra. Desde el personaje de la señorita de Tacna hasta Urania, se trata de mujeres que no son una invención: reflejan América Latina”.

Igualmente, al referirse a La niña mala –“mezcla de la nefelibata [habitante de las nubes] y la sobreviviente”, pues considera la vida como “una guerra que no puede perder”, comentó: “Tal vez en la historia de esa muchachita que desde el principio se reinventa a sí misma, único modo de sortear las limitaciones de la asfixiante marginalidad, hay, después de todo, una metáfora de la desbordante imaginación que requeriría el continente para rehacerse”.

Madame Bovary

En La orgía perpetua, el ensayo de Vargas Llosa sobre la génesis de Madame Bovary, él confiesa que ella removió los estratos más hondos de su ser y que habría podido vivir enamorado hasta la muerte de Emma Bovary. Lejos del escándalo moral que suscitó en la época la creación de la protagonista que persigue en sus aventuras amorosas una huída de la realidad anodina, admite que se identifica con ella por “su apetencia de un mundo distinto de aquel que hace añicos su sueño”, puesto que, a fin de cuentas, “el novelista es ante todo aquel que no está satisfecho con la realidad”. Más aún, para él, esta bella lectora que “enloquece” bajo la fascinación de las novelas románticas, y que acaba no en una forma de retorno a lo real, sino suicidándose, equivale a la versión femenina del primer Don Quijote. Una mujer que combate el frustrante mundo real con su imaginación ardiente. Algo que él mismo no ha dejado de hacer –a través de la lectura y la creación literaria– desde que a los 10 años el padre que creía muerto –que era sólo la foto de un apuesto marinero en su mesa de noche– reapareció para transformar su apacible mundo cotidiano en un lugar incierto.

Flora Tristán

En El Paraíso en la otra esquina (2003), Vargas Llosa narra magistralmente –a partir de su técnica de vasos comunicantes– el último año de Flora Tristán, muerta en 1844 a los 41 años, y la vida de su nieto Paul Gaugin. Vituperada por haberse negado a la servidumbre del matrimonio en su época; despojada de su herencia por el tío que, aprovechando su condición de bastarda, se apoderó de los bienes del hermano, afincado como él en Perú; inculta, pero con una convicción de justicia indomable, fue la autora del audaz libro de memorias Peregrinaciones de una paria y de La unión obrera, que la convirtió en pionera de los derechos civiles. Expuso cómo dar “a todos y a todas” el derecho al trabajo, a la instrucción y al pan. En un artículo publicado en Letras Libres, al año anterior a la salida de la novela, Vargas Llosa sintetizó la vida de esta singular inconforme, única mujer utopista, en un siglo donde la convicción de que “se podía bajar el Paraíso a la tierra”, generó incomparables furores colectivos, así: “[Flora] trazaría una imagen de rebeldía, audacia, idealismo, ingenuidad, truculencia y aventura que justifica plenamente el elogio que hizo de ella el padre del surrealismo, André Breton: ‘Acaso no haya destino femenino que deje, en el firmamento del espíritu, una semilla tan larga y luminosa’”.

La señorita de Tacna


El personaje central de esta exitosa obra teatral que se estrenó en Buenos Aires en 1981 es la “Mamaé”. Exactamente el apodo que recibió la bella Elvira –inspiradora de un verso amoroso del poeta Federico Barreto, nacido en Tacna, e impugnador de la invasión de esta provincia por el gobierno de Chile–, tras su decisión de romper un compromiso matrimonial y permanecer señorita, acompañando en la crianza de hijos y nietos a su prima Carmen, abuela materna de Vargas Llosa. Tanto en su biografía, El pez en el agua, como en esta obra, las evoca a las dos, con nombre propio –“a quienes si Dios y el cielo existen espero hayan premiado adecuadamente”–, preparando té a todos los compañeritos de clase que invitaba sin avisarles.

Pero en el viaje de la ficción no sólo llena los vacíos de la realidad –“qué dramático episodio le hizo elegir la soltería para siempre”-, sino “traiciona” los secretos que sus antepasados se llevaron a la tumba, en aras de hurgar en el pantano de las verdades indecibles. En la primera escena ella aparece orinando en el sillón mientras delira con el diluvio. Pero su memoria aún hierve de vida, y el escritor, que se llama Belisario, no sólo la lleva hasta el instante en que ella, “modesta, dulce, púdica y virtuosa”, según Barreto, experimenta el turbador deseo carnal, en medio de una escena de sexo y violencia protagonizada por el intachable esposo de Carmen, sino revela que quizá vivió siempre al lado de los abuelos secretamente enamorada de éste. Pero además, es ella quien, desdoblándose en un personaje de cuentos protagonizados por La señorita de Tacna y un  misterioso caballero, inició a Vargas Llosa en “aquella –inasible, cambiante, pasajera, eterna– manera de que están hechas las historias”.

 La madre

A diferencia de Flora Tristán o de Emma Bovary, “Dorita”, la madre de Vargas Llosa se aferró con fe al inquebrantable matrimonio católico y, cual Penélope, se negó a atender pretendientes, no obstante que, avergonzada por “la culpa” de tener una hija abandonada a los cinco meses de matrimonio, la familia entera se trasladó de Piura a Cochabamba, Bolivia, donde solía pasar por viuda, según la versión que hasta los 11 años creyó a pie juntillas Vargas Llosa. Y no sólo sostuvo “una pasión total e inconmovible”, que le duró los años que Ernesto J. Vargas tardó en volver, y el resto de los días, sino que no hubo humillación, maltrato o violencia ni ruego de su hijo, que la convenciera de dejarlo. “Masoquista y torturado como siempre me pareció, (su amor) tenía ese carácter excesivo y transgresor de los grandes amores-pasión que no vacilan en pagar el precio del Infierno para prevalecer”, escribió Vargas Llosa. El año en que abrió las puertas del Infierno –el miedo, el asco a sí mismo, el horror– fue también decisivo en su huída en la literatura y el ejercicio de la escritura como resistencia. El padre nunca entendió que escribiendo pudiera ganarse la vida, y Dorita, que en la señorita de Tacna es la apacible Amelia, no pidió la ayuda de Vargas Llosa ni siquiera cuando fue obrera o portera en una sinagoga de Los Ángeles. Es posible que algo de ella habite en la única historia de sumisión absoluta de la ingobernable “Niña mala”, que paradójicamente tiene también mucho de Emma Bovary.

La tía Julia


En La tía Julia, dedicada en 1977 “a Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela”, las historias radiales que Pedro Camacho comenzará a mezclar en un inolvidable delirio narrativo –una confusión paralela a la que puede suceder entre ficción y realidad–, se entreveran con las de Varguitas. Como el Nobel peruano, el protagonista escandaliza a los 19 años a la familia casándose con la hermana de su tía política materna, Olga, que le llevaba 10 años y, como éste, tiene que conseguirse cerca de siete trabajos –entre éstos el de la radio– para lograr vivir con ella. Tanto en esta novela como en El pez en el agua, la imagen de la tía es la de una mujer inteligente, que se sorprende al ser seducida por un casi adolescente y comparte con humor y una intensa conciencia del presente en fuga la vida a su lado. Vargas Llosa reconocía que ella le pasaba los borradores y había apoyado su vocación de escritor. La publicación de Lo que Varguitas no dijo, en 1983, malogró una relación que seguía siendo amistosa aún después de que el escritor se casara, por la Iglesia, con la sobrina de Julia, su prima Patricia Llosa. “Para entonces –escribió el Nobel sobre Varguitas–, la familia estaba ya curada de espanto y esperaba de mí (lo que equivalía a: me perdonaba de antemano) cualquier barbaridad”.

Patricia Llosa, la esposa


De Patricia, la madre del escritor Álvaro, de Gonzalo y de Morgana –la hija  fotógrafa con la que compartió un viaje que cambió su percepción del conflicto árabe-israelí– habría que decir que puede encarnar esa misma presencia protectora que siente al evocar la figura de su madre desaparecida Roger Casement. Además de una altiva belleza, ella posee las cualidades particulares de las mujeres de los grandes escritores –su invisibilidad y simultánea omnipresencia; su prudencia pública, y el poder de decidir los puntos vitales de su agenda; la admiración incondicional por la vocación imaginativa, y el carácter para moldear su trato en este mundo de la realidad–; pero no menos el mismo carácter del pequeño demonio de cabellos ensortijados que de niña solía despertarlo con un vaso de agua en la cara, y que de adulta se niega a sujetarse a ningún tipo de héroe mortal.

Muy seguramente es cierta la anécdota que cierra La Tía Julia cuando la prima Patricia “una muchacha de mucho carácter”, advierte que a ella no le interesa “cometer crímenes de lesa cultura” y que si sale a las  ocho de la mañana camino a la biblioteca y regresa a las 8 de la noche oliendo a cerveza será capaz de romperle un plato en la cabeza.

En todo caso, si la literatura no transforma el mundo, a través de sus personajes femeninos Vargas Llosa encuentra claves inconfundibles para esa alquimia que transmuta la realidad en arte.

Texto publicado originalmente en la Revista Poder

 

martes, 21 de diciembre de 2010

LEZAMA EN LOS MÁRGENES DE LA POÉTICA DEL TIEMPO


 Foto de Iván Cañas

Por Ángel Velázquez Callejas


Lo difícil es estimulante” dice Lezama, pero con el esfuerzo mismo, cuyo canal es para andar en busca de lo  lejano, se pierde la capacidad de ver; de ahí las imágenes, de ahí el ego poético. En la distancia de la lejanía, el espacio imaginario surge. Lezama enfrentó una escritura imaginaria quizás como un médium, una manera de conectarse con la imagen desde diversos cuerpos soñados e imaginados: primero el espacio insular, luego el espacio continental americano y finalmente su entorno inmediato; una especie de prisión que fue su casa, su mundo íntimo, para morir soñando su cuerpo físico, su última armadura. Es decir, Lezama fue retrocediendo en el espacio según iba formándose la idea que posteriormente  determinó su sistema poético del mundo, un sistema para soñar la realidad de la naturaleza poética en los confines del ser. En la medida que el espacio se torna reducido, mayor es la posibilidad de la imagen; es el misterio del imago: en la medida que el espacio se ensancha, la causalidad de la imagen se evapora. Eso sí, al llegar a  casa, al espacio íntimo poético, creyó haber completado el sistema: un gusto y placer por lo más íntimo y allegado; pero cuando se introdujo en el espacio del cuerpo físico del sistema, de la lateralidad de su cuerpo imaginado,  comenzó la  autodestrucción del espacio. Cemí en Paradiso representa un espacio de la imagen que va siendo escamoteada por Licario, un espacio en plena destrucción. Cuando el segundo punto sucede, Cemí tiene que creer en una imagen,  en el Paraíso, en el futuro porque ya no tiene espacio para la imagen. Esta es la idea: el paraíso se convierte en imagen del espacio y en el último reducto para la imaginación. En resumen, a lo largo de la escritura de Lezama se aprecia una estética de lo que me gustaría denominar el proceso de  explosión e implosión de la imagen: la imagen se representa como imagen en la medida que el acto de soñar, de imaginar,  se torna consciente y apunta al develamiento de una realidad que es al mismo tiempo irreal. Bachelard estudió este fenómeno de la  imagen persuasivamente, su modo de actuación, cuando del examen de la casa como espacio poético pasó a los espacios redondos y geométricos del interior. Algo así como transgredir el espacio de la finitud a la infinitud.

Sin embargo, los límites del cuerpo físico fijan una actitud imaginaria alrededor de éste, que no supone, desde luego, la conexión interna con los cuerpos sutiles trascendentales de la imagen. De modo que es casi inverosímil mostrar la gravedad cuando se trata de  construir una imagen pura, porque casi siempre en los sistemas poéticos –Bachelard y Lezama- la imagen tiene que estructurarse bajo múltiples problemas de conexión entre la recepción del sentirpensar y ser. La clave de Lezama es: Soy luego existo. Por lo general, la imagen poética en Lezama atraviesa un proceso causal que se desarrolla entre el cuerpo mental –la imaginación- y la forma que asume la escritura, la expresión formal de la simbología soñada. De ahí que los conceptos que conforman el sistema –súbito, vivencia oblicua, hipertélico, imagen, metáfora- guarden relación en una sola dirección, en la dirección intelectual.

De igual modo, la visión de Bachelard es significativa debido a este mismo  ordenamiento lógico de la imagen: a la hora de concebirla como  poética del espacio, como el valor didáctico de la imagen en el espacio, crea la necesidad del ego poético. Lezama desecha el tiempo, aunque asume este concepto en una dirección histórica y causal; no sobre la duración de una imagen en estructurarse, en formarse, sino del tiempo que causa que una imagen pase de un cuerpo sutil a otro y devenga en poética, en ego poético: una poética del tiempo. Y la mejor manera de visualizar esa poética es a través de estar consciente de la propia imaginación, de estar atento al  movimiento imaginario que provoca el ego, la masa instintiva de la erudición y el pensamiento intelectual. Lezama tenía una visión un poco extraña del tiempo. En la Cantidad hechizada, preludio a una era imaginaria, lo sostenía la cantidad. Y esa cantidad deviene, desde luego,  en espacio. Para él,  el tiempo referido a la imagen poética era eternidad, inmóvil y sustanciosa. Era la imagen lo que podía ser extraído visualmente de la recurrencia temporal de la historia y la cultura. Podría verse como el tiempo que no transcurre, como la imagen que se revela a espaldas de la razón positivista. Pero esa afirmación comporta un peligro: la eternidad que no se mueve no es eterna en sí misma; es decir, la imagen que no comporta un movimiento intrínseco, no es imagen. Por tanto, en Lezama la escritura necesita espacio, más que la simulación del tiempo. Necesita expandir la metáfora para que la imagen se muestre.  Al contrario, las imágenes en movimiento no atraviesan la secuencia; no mueren en un tiempo físico. Las imágenes en movimiento forman de hecho una estética  que es relativa a la psicología temporal del ego, lo cual  configura una teoría de los movimientos de la imagen dentro del cuerpo físico humano: si la sangre circula no es solamente por el espacio, sino también por el tiempo que necesita para circular. Como aquí el espacio se reduce a cero, la imagen representará el tiempo; de esa temporalidad circulatoria de la sangre sucede el tiempo de la angustia, la libertad, el deseo, el amor, el odio, la felicidad, todo lo que en el hombre es valor, naturaleza temporal íntima, que se recobra en el tiempo y no esencialmente en el espacio. Es como engarzar –y Lezama obvió este proceder- en una sola categoría como el espacio se reduce a tiempo y de ello brotan  imágenes humanas más comunes y cotidianas al siendo/existo.

Algo así, tiempo que  transcurre en la imagen (nacimiento/muerte),  Lezama pierde de vista aun cuando su visión es infinitamente reveladora: el tiempo en el cuerpo emocional del hombre –el amor- es recurrente entro del tiempo del cuerpo pensante (el estanque) –la velocidad de recurrencia- y el tiempo en el cuerpo mental –la imaginación- congruente con los tiempos anteriores. En efecto, una poética de la estructuración de la imagen en los cuerpos sutiles del ser humano capacitando al poeta de la mejor manera de entender la realidad de su existencia, no del realismo. La trascendencia que se pueda adquirir por este medio a la hora de concebir una poética del tiempo, contribuirá a una mejor estética de la imagen, no de la imagen espacial, sino de la imagen que no pertenece a nadie, sino a la vida, a su naturaleza de la conciencia.  

Ángel Velázquez Callejas (Cuba, 1962). Profesor, museólogo e investigador. Publicó La hacienda ganadera de Bayamo 1800-1868 (1996). Coautor del libro Bayamo: crisol de la nacionalidad cubana. El Centro Juan Marinello para la cultura premió como investigación del año 1996 su libro El proceso de concentración y centralización azucarera en la región de manzanillo. Es miembro del consejo editorial de la revista de arte y literatura: Surco Sur. Reside en Miami.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Elogio de la diferencia



Por Armando Añel

El tema fundamental en Erótica no es tener o no tener. Se puede ser feliz teniendo y se puede ser feliz también no teniendo. El punto en todo caso resultaría la aproximación que se haga al tema (“la presencia incómoda de las cosas, del valor de las cosas, había impelido a Beatriz de Eugenia a explorar las posibilidades del retraimiento”, página 59). Eso sería lo verdaderamente importante.

Conozco personas que detentan un discurso de la austeridad, que insisten todos los días en que es innecesario tanto consumo, y sin embargo son profundamente infelices dentro de esa supuesta austeridad. Alaban el no tener, mas sufren por no tener. En el fondo la suya no es una posición de hedonismo vs consumismo, sino sencillamente de resentimiento. No hay que creerse ese discurso. A los que me creería es a aquellos que son consecuentes con su discurso y son felices en la austeridad, o construyen algo desde la austeridad. Pero no a los críticos del consumo que no pueden vivir sin consumir, y viven amargados por su pobreza material.

En Erótica no hay por ninguna parte una relación de dependencia entre el consumo y la felicidad, sino más bien un elogio de la diferencia. El consumo es asumido con naturalidad y puede habitar la anécdota como parte de su narrativa, pero nada más. De ahí que se desdramatice, o des-demonice, el dinero (“había que hacer bueno el dinero” –esto es, la diferencia--, página 78). Se habla de la productividad en tanto creatividad (el concepto “democracia creativa” que se maneja en la novela), y por supuesto en tanto responsabilidad, porque para que el Reducto funcionara como ciudad y subsistiera tenía que producir algo. Pero hablamos de thamacuneses, gente que no vivía esclavizada al producto, sino que disfrutaba produciendo el producto, que no es lo mismo.

Otra vez, todo desemboca en el crecimiento interior, madre de todas las cosas según el discurso hedónico presente en la novela.

La novela Erótica, de Armando Añel, se presenta este viernes 19 de noviembre, a las 7:30 p.m., en Café Demetrio (300 Alhambra Circle, Coral Gables, Miami).

jueves, 4 de noviembre de 2010

A propósito de Barrio Azul



Por Rodolfo Martínez Sotomayor

El tiempo es como un mago que va pulverizando las cosas, la impermanencia es esa ley que nos recuerda que un paisaje dejará de ser, para transformarse en otro sitio ya desconocido.

He subido la loma donde descansa la Iglesia de Jesús del Monte, he visto en ruinas las viejas cuarterías al pie de los peldaños agrietados, donde en el siglo XVIII, fueron condenados a la horca los vegueros que se rebelaron contra el poder colonial.

Unos niños jugaban junto al obelisco que hablaba de la historia, donde la hierba crecida intentaba cubrir todo el espacio posible. Nada me decían aquellas ruinas. Nada que no fuera lo aprendido en textos y ahora evocaba frente a la patética imagen, frente a la decadencia de las calles adoquinadas.

Me adentro en las páginas de Barrio Azul (Editorial Silueta, 2008) y todo cambia. Un niño llamado Tavi mira a través de la ventana la torre de la Iglesia, un carnero muere y arrastra una cruz, resignado al sacrificio. A ese niño lo conocí de adolescente en la novela Sabanalamar, de ella dije que no miramos a Octavio con los ojos del mundo, sino que miramos al mundo con los ojos de Octavio. Ese hecho se repite y se intensifica en Barrio Azul.

Octavio ahora es Tavi y es un niño. Su mirada es ese caleidoscopio con el que observamos, más que los colores, los matices de la vida. Los primeros años de quien vimos padecer en Siempre la lluvia. El mismo que vi aplastado por las circunstancias en Dile adiós a la Virgen.

Tavi ahora va dándole una nueva forma a ese paisaje. Lo acompaño a descubrir la plaza de los Cuatro Caminos. Las paredes vistas en múltiples fotografías de la época toman vida. La literatura retiene el tiempo inexistente como un cinerama. Los lugares y la gente que han partido vuelven allí.

Algo mágico suele ocurrir con la palabra, no sólo embriaga en una prosa poética, no es sólo la forma, el ritmo que atrapa los sentidos y traslada a ese estado de contemplación del intelecto. Con la palabra suele sentirse el olor de las frutas, el ruido de ese hervidero de gente. María Teresa Vera vuelve a pernoctar ese espacio entre sorbos de ron, con su guitarra, eternizando la tonada de Veinte Años. Y renacen los recuerdos de Tavi y con voz del autor cuando nos dice: A mí me encantaba la Plaza de los Cuatro Caminos…….. Los aromas de las frutas se mezclaban; anones, guanábanas, chirimoyas, mameyes y enormes mangos envueltos en papel de China morado. Los pescados estaban vivos sobre la humedad de las tablas y si uno los tocaba se movían. En el hielo estaba el olor del mar.

En Barrio Azul, confluyen los afectos más intensos, la familia es una de esas obsesiones del autor. A veces su escritura, parece un afán constante de atrapar el pasado y traer de regreso a los ausentes. La literatura se convierte en esa realidad alternativa donde nada ha cambiado. La calzada de 10 de Octubre es otra vez Jesús del Monte. La casa de la Cultura de la Víbora es la clínica Lourdes, donde Tavi juega con la estatua de un negrito cargando un farol y custodiando la entrada en ese sitio donde muere su abuela Tata

Nadie nos enseña que la vida concluye, hasta que descubrimos un día la primera muerte, para Tavi, esa realidad se va convirtiendo en un hecho cotidiano. En Barrio Azul, la muerte no es razón para borrar una presencia. Los muertos se integran a los espejismos de Tavi. Su infancia está rodeada de fantasmas, donde hasta los doce vegueros ahorcados son seres omnipresentes que habitan los rincones de Jesús del Monte. La vida es un constante aprendizaje que conlleva la lección de las pérdidas. Barrio Azul es una novela donde la acción es el paso del tiempo, y esa lenta enseñanza, del envejecimiento humano.

El hilo conductor es la belleza, la prueba palpable de que la literatura es un antídoto para el olvido. Nos espera Barrio Azul, el inicio de una pentalogía que nos convida a la aventura de la infancia. Entremos junto a Tavi en ese viaje. Nos esperan el olvido y la calma.


Rodolfo Martínez Sotomayor(La Habana, 1966). Llegó a los Estados Unidos en 1989. Cursó estudios de periodismo en el Koubek Center de la Universidad de Miami. Sus artículos, poemas, cuentos y críticas literarias han aparecido en diversas revistas y periódicos de los Estados Unidos y España. Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, 2005) y la recopilación de textos y documentos Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, 2006). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos(Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like. Otro cuento suyo fue incluido en la antología Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004) y en la recopilación de textos Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Universal, Miami, 2001).

domingo, 5 de septiembre de 2010

Relatos bajo el mar de una mirada


Por Amílcar Barca

“No quiero escribir de ti. Por eso no escribo. Hace días, semanas que no escribo”. Así empieza Ojo de pez, uno de los treinta y siete relatos que contiene y que da nombre al libro, observando desde una perspectiva de ciento ochenta grados el recuerdo ácido y resentido de una mujer hacia un hombre que… “como una enfermedad se sitúa en su cráneo…y va a las naúseas de una taza de café ” en su búsqueda. Proveniente del campo del arte donde aún ejerce como creadora visual en Miami, Susana Della Latta, (Buenos Aires, 1955) es de estas mujeres que aún tintan sus manos con el color y la suciedad unidas, en una misma escritura llena de sorpresas, dolor, cotidianeidad, pánico blanco, picaresca y alguna carcajada interminable.

Empecé a leer el libro por sus páginas finales una mañana soleada camino al aeropuerto de Barcelona, y me encontré con Buenas noches, un alegórico microrrelato que bajo la metáfora de la caja de Pandora, refiere el sujeto poético al de Edipo con la madre. Una manera inteligente de finalizar un libro al hacernos recordar que somos, en el fondo, lo que el lenguaje materno nos lega.

Los matices obscenos se alternan con diálogos aparentemente de colegio de niñas en Sesión, un humilde cuento erótico con la perversión más polimorfa e infantil que diría el difunto Sigmund, que con el esquema llano de “pregúntame que te contesto”, crea una seriación de sumo interés libidinal sobre el efecto de la mirada en el cuerpo del otro.

En una historia de estructura clásica con un comienzo parecido al de los chistes que dicen “ había una vez un ruso, un chino y un argentino…” , Susana gira la dirección y acaba la historia en Sarasota con un tal Mr. Davies, fornicando con la misma intención que lo hiciera el título al cual se refiere: Rutinas. La ridiculización típica final de estas historias, se rompe al omitir al “gallego”, argentino o cubano de turno, por la delicia del triunfo real de un acostumbrado perdedor y a menudo motivo de mofa por su carácter infantil en las pequeñas historias de burla: un americano.

Pero hay un cuento que es francamente malo. Malo el título Concierto porque en vez de notas hay ruido. Y malo su planteamiento: una historia que no va a ninguna parte; un diálogo de sordos; una duración excesivamente extensa, a pesar de sus quince líneas…
( ..señor Amílcar Barca, haga el favor de comportarse, no es adecuado ni oportuno lo que ud. está haciendo. No olvide que estamos en Miami. A nadie le gusta que le pongan la daga al final del comentario… you should be politically correct). Como dije al principio del párrafo, y a pesar que la conciencia me hable a las cuatro de la mañana -hora que escribo este final- Concierto es “deliberadamente” malo. Y ésta es la gracia de esta historia: la voluntad de hacerlo así y mostrarlo así. Una manera de evocar a conciencia lo absurdo y lo nimio de lo real. Una perorata entre dos que, confirmo, es común entre ciertos humanos. Y que además, me sirve para cerrar esta reseña crítica con las últimas líneas del texto … “por eso tienes que decir algo. Podría no decir, decir que no diré nada. Dilo. Nada”

Mucho es poco para recomendar el libro y felicitar a la editorial Silueta y a su autora por su elección y puesta en escena el junio pasado en la pequeña Habana. Ojo de pez les permitirá atisbar tanto el fondo como los acantilados de una mujer que se sumerge en el inconsciente colectivo a través de una variabilidad de temas y con diferentes arquitecturas a la hora de construir su discurso. El ojo de este animal acuático ve a derecha e izquierda de nuestra conciencia...seguro que en este momento nos estará observando. No sea que nos pongamos viejos y nos pase como al personaje del primer cuento que inaugura el libro Noticia y en nuestra huida a ninguna parte, un día, en nuestro buzón
“ Cuidadosamente envueltos en papel de color rosa se encontraran mis dientes. Es todo”.

Publicado originalmente en Setra Artes

viernes, 30 de abril de 2010

Erótica, una novela erotizante


Por Richard del Monte Jr.

Más que una novela erótica, Erótica (Letra de Molde Ediciones, Miami, 2010) es una novela erotizante. Cuando Armando Añel me hizo llegar el manuscrito, a finales del pasado año, aún el libro no se llamaba como terminó llamándose, ni el autor había incluido las notas al margen que redondean la historia, pero aún así ya era discernible en sus páginas el ejercicio imaginativo, sensorial, que seguramente constituye su seña de identidad más agresiva. Una seña de identidad que abarca tanto el concepto de “hedonismo práctico” que enfila el relato como los avatares de una historia americana en la que el autor se afianza para levantar su infraestructura narrativa.

En Erótica, adicionalmente, Añel introduce lo que pudiéramos llamar “escritura inclusiva”, concepto a mi modo de ver inédito en el contexto de la narrativa cubana, y que está directamente relacionado con la revolución cibernética que recorre las cuatro esquinas del globo. En este sentido, el hilo argumental de Erótica se prolonga también a partir de las recreaciones desarrolladas por sus personajes, quienes actúan, en ocasiones, como ciber-referentes de la novela. Personajes con los que los lectores nos relacionamos aquí y ahora, fundamentalmente escritores, blogueros e internautas residentes en Miami y otras ciudades del mundo, que aparecen en el libro ya sea con sus nombres y apellidos, ya sea por medio de seudónimos o alias.

Esto lleva a una reflexión al margen. Tal vez, a pesar de su acento en el individuo, en la libertad, Erótica sea una novela colectiva, concebida por Añel en primer término, pero también por sus familiares y amigos (esto lo apunta el propio autor en su dedicatoria). Una concepción inclusiva que seguramente inspirará nuevos capítulos de lo que ya se anuncia como el inicio de una saga.

Erótica, para cerrar estas disquisiciones, es un libro sui generis en el marco de la narrativa cubana contemporánea. Cumberland (Playa Hedónica), punto de confluencia del éxodo desatado tras la invasión del islote de Thamacun, en 1960, es la patria paralela, la nación erotizante, una respuesta tecnológica y sensorial a la “conjura de los necios” del ultranacionalismo puntoCON. Cumberland es la revolución de Internet, y este libro una metáfora del futuro.

Trailer de Erótica

sábado, 6 de febrero de 2010

El piloto de El principito


Por Adriana Herrera

Hace 66 años el piloto Antoine de Saint-Exúpery voló hacia la muerte. El avión F-5 en el que partió la mañana del 31 de julio de 1944 para una misión de reconocimiento destinada a preparar el desembarco aliado en Provenza, se estrelló contra los acantilados costeros de Marsella, entonces ocupada por los nazis.
Contra ellos había escrito Piloto de guerra, un libro prohibido en 1942 por las fuerzas alemanas de la ocupación en Francia. Para contrarrestar el exterminio de la Svástica había abandonado Nueva York, la ciudad en donde se refugió tras la invasión a su país, y se había incorporado a un escuadrón de los aliados en el Mediterráneo. Sabía que la guerra no es una aventura, sino “una enfermedad, como el tifo”, pero sabía también que “lo que da sentido a la vida da sentido a la muerte". En esa hora desventurada de la tierra, cumplir su papel como piloto oponiéndose al totalitarismo, era lo único que podía permitirle “vivir en paz y morir en paz”.
Acostumbrado a los vastos horizontes, después de sobrevolar durante más de 6.500 horas los desiertos de África, las cordilleras de América del Sur, y los océanos de tres continentes en el día y en la noche, conocía la embriaguez de ver desde arriba “el auténtico rostro de la tierra” y de atisbar “directamente en el corazón del misterio”. Pero sus ojos estaban cansados.
“¿Qué habrá quedado de lo que amé?” –preguntaba en su Carta al general X- escrita un año atrás, para pedir que lo reintegraran a las fuerzas militares como piloto de exploración, un servicio del cual había sido retirado después de sufrir un gravísimo accidente en Guatemala y un mal aterrizaje en el Ródano.
A Nueva York había llegado para pedir ayuda contra los invasores alemanes con la idea de pasar un mes que se prolongó por espacio de dos años en los cuales le torturaba la idea de haber abandonado Francia y el deseo de estar allá actuando... Aquella parte de él mismo, capaz del coraje físico necesario para haber sido pionero de la aviación en riesgosas rutas, o de rescatar compañeros extraviados en combates, lo impelía a incorporarse de modo activo en la defensa de su tierra. Y, no obstante, años atrás, mientras cubría la Guerra Civil Española en los frentes de Cataluña y Carabanchel, había descubierto con una lucidez que le impidió ser admitido en la España franquista, que los hombres que morían en ambos mandos eran hermanos.
No le bastaba saber que Piloto de guerra se agotaba en las estanterías y quizá no comprendía que en los textos escritos en la “inactividad” de 1943, dejaba un legado humanista que explica la angustia de su época, y alcanza estos tiempos donde tanta necesidad hay de oír la voz de alerta de sus Cartas a un rehén y al General X, y de encontrar, en El Principito, la lección más sencilla, profunda y luminosa que se ha dado sobre la construcción de los vínculos humanos.
En medio de la ciudad cosmopolita estaba entonces tan triste, tan aislado sin saber hablar inglés, aunque Dalí o Joan Miró, lo visitaran, que no podía imaginar que ese cuento para niños escribió pensando en consolar a León Weith, judío y militante socialista en la Francia ocupada por los Nazis, donde pasaba “hambre y frío”, sería traducida a 118 idiomas, y se convertiría en el libro más leído en el siglo XX, después de la Biblia y El capital. Pero, de haberlo sabido, una cosa es cierta: no le habría importado las cifras que lo rodearan, sino saber que a través de sus páginas, ilustradas con el pequeño personaje de cabellos dorados que solía garabateaba desde hacía años en su correspondencia y escritos, otros seres humanos lograrían volar hacia “lo esencial, que es invisible a los ojos” o descubrir el sentido sagrado de cada acto de ternura realizado por otro.
Saint Exupéry se debate entre el desaliento ante el oscurantismo impuesto por las ideologías totalitaristas, y la esperanza en la llama que enciende un solo gesto fraterno, un sólo acto personal ante la responsabilidad común. En su Carta a un rehén cita cómo, en el instante en que un captor le enciende el cigarrillo al prisionero que tiene las manos amarradas, el drama que los separa se borra. Busca esa forma de resistencia que “ennoblece al que la acomete y dignifica también al adversario”. Espera “el advenimiento del hombre” como una hora en la que no habrá ya no haya seres sometidos a soportar lo insoportable.
No es ingenuo. Basta oír las advertencias que dirige a su tiempo. “Bajo un totalitarismo universal, el hombre se convierte en ganado afable, educado y tranquilo”. Teme la llegada de “la más sombría época de la historia del mundo” en la que se distraiga a las personas con una cultura banal “como se alimenta a los bueyes con heno”. “Si me derriban –dejó escrito- no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica. Yo nací para jardinero”.
Al fin y al cabo, en el mundo que dejaba, el destino de los escritores estaba signado por rutas tenebrosas: Jean Prevost, muerto en combate; Brasillach, Saint John Perse, y Benjamín Péret vivían exilados en América; Aragón y Camus, en la Resistencia. Pero, al tiempo, sabía que Breton tenía razón cuando exorcizaba la desesperanza proclamando: “¡En el amor humano reside todo el poder de regeneración del mundo!”.
Por eso escribe: “No hay más que un problema, uno solo: volver a descubrir que existe una vida del espíritu más elevada todavía que la vida de la inteligencia y que es la única que satisface el hombre”. Pero esa espiritualidad no tiene nada que ver con la proliferación de grupos a los que se refirió proféticamente: “surgirán como champiñones, treinta y seis sectas que se subdividirán”. En cambio, está en los pequeños gestos que engrandecen lo humano, como aquél que reflejó en la imagen de Guillaumet, piloto del correo de Buenos Aires, cuyo avión cayó en los picos andinos y que, mientras caminaba por la nieve, a punto de congelarse, arrastraba las bolsas del correo, porque era su deber cumplir hasta el fin.
Lo que ennoblece al ser es su capacidad de comprometerse hasta el fin con quienes lo aman, el descubrimiento de que la rosa de El Principito, tan semejante a otras cinco mil, o el zorro que halla en el desierto, tan parecido a otros cien mil, son únicos porque él ha “creado lazos” con ambos gracias al tiempo que “ha perdido” en conocerlos, creando ritos para acercarse. “Los hombres han olvidado esta verdad –le reveló el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado”.
Por ello dice el crítico Pedro Sorela que ante todo “intentaba dar su visión de la peripecia humana, que justamente no tiene que ver con la aventura y sí con la responsabilidad en la construcción de los lazos”.
Saint-Exúpery ideó dispositivos para aterrizaje de aviones sin visibilidad y métodos de localización, pero ningún invento es tan grande como esa carta de navegación para el futuro y para la región más profunda del corazón humano que se encuentra en sus textos. Él, que buscó con avidez “lo esencial”, en un tiempo en que “el hombre muere de ser”, anotó: “El amor comienza donde no hay ya don que esperar. El amor ante todo es ejercicio de la plegaria y el aprendizaje de la plegaria es el aprendizaje del silencio”. Desde aquél vuelo del que jamás regresó, sus lectores lo imaginaban piloteando en algún cielo silencioso. El 13 de marzo de 1930, había anotado en un diario el descubrimiento de Plutón. “Me pregunto –decía- ¿cómo será esa lejano planeta?”.
Desde 1975, Saint-Exupéry encontró un lugar en el universo. El asteroide No.2578 recibió su nombre.

Frases
"Hoy estoy profundamente triste, y hasta el fondo. Me siento triste por mi generación, que carece de toda sustancia humana... Todo lirismo parece ridículo y el hombre se niega a que despierten en él cualquier clase de vida espiritual... Es el siglo de la publicidad... El hombre se muere de sed”.

La verdad “es lo que hace que el mundo sea sencillo y no lo que crea el caos”

La perfección se produce «no cuando no hay nada más que sumar, sino cuando no hay nada más que restar».

“Odio esta época en la que el hombre se convierte, bajo un totalitarismo universal, en ganado amable, educado y tranquilo. ¡Y quieren convencernos de que eso es progreso moral...!”

"La propia sustancia está amenazada. Pero cuando la hayamos salvado, se planteará el problema fundamental de nuestro tiempo: El problema del sentido del hombre."

“Ah, General! En el mundo no hay más que un problema y sólo uno. Devolver al hombre un significado espiritual, inquietudes espirituales. Hacer llover sobre él algo que se parezca a un canto gregoriano”.


Adriana Herrera (Bogotá, Colombia). Escritora de arte y literatura. Se desempeña en la sección de Artes y Letras de El Nuevo Herald y colabora para diferentes publicaciones de Estados Unidos, Europa y América Latina. Cursó estudios graduados en Ciencias de la Comunicación y estudió paralelamente filosofía, además de cursos de especialización en arte y literatura. En la actualidad se encuentra realizando la tesis doctoral en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Internacional de la Florida.

sábado, 30 de enero de 2010

Armando Álvarez Bravo y su Cuaderno de campo



Por Luis de la Paz

Hay un turbador pesimismo en Cuaderno de campo (Ediciones Universal, 2009), del escritor cubano Armando Álvarez Bravo (La Habana, 1938), una de las voces poéticas más sólidas y trascendentes de las letras cubanas. El volumen, más que un libro propiamente de poesía, es un testamento literario. Dividido en tres partes: Un puñado de poemas, donde se recogen casi noventa poemas escritos entre 1996 y el 2008; Cartas para el siempre, espacio en el que se da cabida a cinco definitivas misivas, dirigidas a seres queridos (hijas y nietos), así como al posible lector y, al igual que Rilke o Sábato, a un joven poeta; y para el cierre, Autoentrevista a los 70 años, espacio propicio para dejar en claro reflexiones sobre su propia obra y la realidad que le tocó vivir.

En el desolador prefacio Álvarez Bravo dice: Cuaderno de campo tiene un diverso registro. En buena medida me atrevo a decir que este poemario –además de constituir un testimonio de mi entrada en el acabamiento– es una suerte de destilación de un discurso que por siempre ha definido mi escritura poética”. Estas impactantes palabras resultan para este lector, un manejo inexacto del cansancio y el agotamiento al que puede conducir la vida, la larga vida, pues a continuación el poeta ilumina las páginas con versos como estos: “Ínfimo, frágil, delicado,/ es la inmensidad, la belleza,/ el sueño que nos falta/ y la dicha que no llega”. Sólo un poeta total, en total dominio, es capaz de llegar a la belleza y a lo sugerente de esas palabras. El 9 de abril del 2001, hace ya casi un década, el escritor se echa a morir en este lacónico texto: “Ya es hora/ de detener el reloj./ No importa el tiempo”. En otro poema, en víspera de cumplir sus 65 años, en pleno señorío de su sensibilidad, y control absoluto de sus medios expresivos, escribió Del acabamiento: “La voz/ que/ se apaga”. Sin embargo la vida ha seguido en su fluir y el poeta ha estado ahí, presente, activo, creador.

Vale destacar que los poemas de Cuaderno de campo no visitan a la muerte, sino a la vejez, al deterioro, a la pérdida de la lucidez y la capacidad de escribir. El poeta es un hombre de fe y cree en su encuentro con la divinidad. En uno de los poemas se pregunta: “El arte de vivir/ y el arte de morir./ Finalmente,/ ¿cuál y cómo/ prevalece?”.

Armando Álvarez Bravo ha expresado en muchas ocasiones, lo hace también en este volumen, que su obra la conforma un solo poema. Los versos que habitan en su primer libro El azoro (¿qué es el azoro sino el aprendizaje y el descubrimiento), hasta el último que pueda escribir al final del tortuoso camino. Este concepto en el cual ha reincidido el poeta, engrandece su obra, pues la perfecciona, la funde en una sola idea final y vital, creando una pieza que cincela con esmerado cuidado, para no dejar fuera ideas o añadir banalidades. La obra literaria de Armando Álvarez Bravo, ha marcado un ascenso (siempre cuesta arriba y difícil) a la cúspide de la poesía, la narrativa y el ensayo, tres géneros en los que el escritor ha depositado su fe, su proyecto personal y humano.

Publicada en La Revista del Diario, suplemento cultural de Diario Las Américas, el sábado 23 de enero del 2010.


Luis de la Paz (La Habana, 1956). Salió de Cuba durante los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el posterior éxodo del Mariel, en 1980. Desde entonces reside en Miami. Fue miembro del consejo de editores de la revista Mariel (1983-1985) y de Nexos de difusión electrónica. Entre el 2001 y el 2008 edita El Ateje, revista de literatura cubana. Ha publicado los libros de relatos: Un verano incesante (Ediciones Universal, Miami, 1996), El otro lado (Ediciones Universal, Miami, 1999), Tiempo vencido (Editorial Silueta, Miami, 2009), y la recopilación de textos y documentos: Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Un cuento suyo es recogido en Cuentos desde Miami (Poliedro, Barcelona, 2004) y en Palabras por un joven suicida (Editorial Silueta, Miami, 2006). Es columnista de Diario Las Américas.

martes, 12 de enero de 2010

Fernando Vallejo. El escandalizador


Por Adriana Herrera

Alguien dijo, años atrás, que Fernando Vallejo tenía la tercera lengua más peligrosa de América, después de Andy Warhol y Truman Capote. No tenía razón. Es aún más corrosiva. Decir que el escritor es “políticamente incorrecto” es un eufemismo en su caso. Es “humanamente incorrecto” en tanto no alberga la más mínima esperanza para una especie —“la más miserable del planeta”— abocada a la destrucción y cree que el crimen no es apagar la vida: “Es encenderla. Hacer que resulte, donde no lo había, el dolor”.

No hay ningún otro colombiano cuya obra suscite una polémica tan álgida como para llegar al punto de pedir públicamente la prohibición de la película La virgen de los Sicarios basada en una de sus novelas, publicada por Alfaguara. Y, sin embargo, hay algo claro frente a su obra: entre las poquísimas cosas que se libran de sus furibundas arremetidas es la gramática, y por eso escribe como alguien a quien no le queda nada más que el lenguaje.

Más que México, donde reside, o que los incontables países que ha visitado —siguió durante diez años las huellas de Barba Jacob por toda Centroamérica, residió un año en Nueva York, deambuló por Italia y Europa tras el fantasma de una película que realizó veinte años después, cuando ya había dejado de creer en las virtudes del séptimo arte— ése es el territorio donde habita creando una prosa de ritmo raudo, acaballada en el efímero presente, siempre encabritada sobre el lomo de la muerte.

Escribe libros malditos como Las Flores del mal de Baudelaire, desalmados como el Canto de Maldoror, himnos de perdición como Sade, en la desbordante narrativa de su obra El Río de la Memoria que reúne seis novelas —Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia, Entre fantasmas, La virgen de los sicarios y El desbarrancadero— que merecen la hoguera porque quien pasa cada página prueba polvo de arsénico. Pero al tiempo, quien es capaz de asomarse a los horrores de la literatura sin traslaparlos a la vida —él diría que sucede todo lo inverso—, salvaría sus libros del fuego por dos razones: porque están exentos de mentira y porque Vallejo sabe de qué escribe y cómo hacerlo.

De todo se lo puede acusar al autor —dueño de una irreverencia rayana en el disparate— salvo de mentiroso. “Parezco Torquemada”, dice él. Ha cometido el acto de atreverse a ver la infamia y de querer nombrarla “con el lápiz atrancado y con el alma a la deriva”. Algo poco usual entre sus coterráneos, en un país — “El más asesino de la tierra” — donde “ha corrido tanta tinta como sangre” y donde “lo más terrible no es la fugacidad de la vida, sino la fugacidad de la muerte”: el último magnicidio se borra con el partido de fútbol que transmiten 30 minutos después. Negarlo es confirmar esa otra violencia que es la amnesia colectiva.

El diario francés Les Inrockuprtibles dijo de La virgen de los sicarios, con razón: “Es una prosa apocalíptica, en la cual ira y desesperación se vuelven ternura desamparada”. Fernando Vallejo escribe en primera persona, con la voz de un personaje que se llama como él y que cuenta su regreso, después de treinta años de ausencia, a una tierra irrecuperable en el tiempo: la ciudad de Medellín, convertida en “Metrallo” por obra de la miseria —esos ojos desorbitados del niño que inhala bóxer para aguantar el hambre—, de la corrupción estatal, de la indiferencia y del sicariato, el funesto imperio que inició “El Capo”, Pablo Escobar, contratando muchachitos para el “trabajo” de matar en las guerras de la droga.

En esa Metrallo, niños de 12, 13, 15 años, asesinan a cambio de un par de tenis, por dinero, y luego por nada, bajo la tácita avenencia de sus madres, en los extramuros de una ciudad donde cada día que pasan es rapado a la muerte en una lógica que convierte en locura destripar una grabadora contra el piso, y en horror matar a un perro malherido, mientras los “muñecos” —así se llama a los asesinados— no se cuentan, ni remuerden, y se arrojan a los gallinazos en los despeñaderos de las comunas ignorando los letreros que rezan: “Prohibido arrojar cadáveres”...

Esa crónica que narra la vida cotidiana de los niños asesinos, “protegidos” por una parafernalia religiosa que los lleva pedir a la Virgen tener buena puntería y que la víctima muera sin dolor, o a rezar las balas en un ritual macabro, brota desde lo más maldito de una realidad gangrenada, y es como un escupitajo aun más terrible porque lo único bello son los lazos de ternura entre un muchachito de 16 años —Alexis— “ángel exterminador de la muerte” y Vallejo, quincuagenario, hastiado y sólo por ese amor entre varones fascinado con el latido de “la noche de alma negra, delincuente, de Medellín, capital del odio”.

También Barba Jacob — “el día de su muerte y el de mi concepción coinciden”, dice Vallejo— describió la embriaguez por la belleza prohibida de los adolescentes —por cuenta de la vejez al fin indiferente y ajena a Vallejo— quien se identifica con el tremendo dolor del poeta trashumante. Lo siente cosido al aliento: a los cuatro años golpeaba su cabeza contra el suelo como si fuera la caja de percusión de una pena innominada. “Dejé de creer en Dios cuando tuve uso de razón”, fue justo entonces cuando ante sus ojos de niño se desató la guerra entre campesinos liberales y conservadores con sus filas de decapitados.

Pero no fue en ese momento, sino cuando envejeció, y exactamente una tarde en una feria del libro en Barcelona, cuando se le vino encima, como una sombra inmensa, “la claridad del destino miserable de todo ser vivo que no es más que un viaje hacia la muerte”, evoca y al volver en sí, concluye: “Somos un espejismo de la nada”. Vallejo cree que estamos abocados de un modo irremediable a la catástrofe. La escritura, entre tanto, es su “borrador de los recuerdos”. Gracias a ella entierra el pasado; lo pierde feliz a medida que lo exorciza en páginas.

Vallejo sólo cree en el libro de memorias del mismo modo en que sostiene que “una propiedad de la felicidad es no darse cuenta de ella” y que por tanto sólo existe en el recuerdo y apenas nos roza con la furtividad de un beso entre amantes. Cuánto de autobiográfico hay en sus historias es inocuo. Lo que queda es la imagen de una realidad de la que sólo insiste en capturar lo terrible. Pero quizá su visión sombría es antídoto contra la banalidad, contra el crimen de no querer ver la hondura de la pesadilla que a espaldas de los hombres decentes continúa lacerando a los niños que matan y mueren sin poder escapar del infierno.

En cada regreso a Colombia la siente más lejana y más huida, como aquel inmenso globo rojo que se perdió en el horizonte una mañana de su infancia y que sintió caer al abismo donde termina el mundo. Allá mismo se deslizó Colombia en sombras. Le duele tanto que no le permite ver lo bello: esa asombrosa capacidad de los colombianos —casi siempre los más anónimos— de crear esperanza a contrapelo de la muerte, de reinventar la vida instante a instante, de incendiar de sólo poemas las noches de la misma Medellín...

Algo más: hay una escena en el libro en que Vallejo pasa desafiante entre las balas. Luego, hay otra en que lo mata y aun lo deja vivo: esa en que Alexis —en el instante en que cae asesinado— dice, por primera y única vez, su nombre: “Fernando”. Tal vez la “Virgencita niña” a la que en alguna página le pide: “Que vuelva a ser el que fui de niño, uno solo. Ayúdame a juntar las tablas del naufragio”, lo pronuncie también cuando al fin la “Señora Muerte” lo deje con los ojos abiertos, como a los que amó y murieron “como mirando sin mirar, en la eternidad”.


Adriana Herrera (Bogotá, Colombia). Escritora de arte y literatura. Se desempeña en la sección de Artes y Letras de El Nuevo Herald y colabora para diferentes publicaciones de Estados Unidos, Europa y América Latina. Cursó estudios graduados en Ciencias de la Comunicación y estudió paralelamente filosofía, además de cursos de especialización en arte y literatura. En la actualidad se encuentra realizando la tesis doctoral en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Internacional de la Florida.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La náusea en el espejo


Alejandro Fonseca
Bluebird Editions
Miami, 2009, 52 págs.
Por Joaquín Gálvez

La náusea en el espejo (Bluebird Editions, Miami/2009), último poemario de Alejandro Fonseca, puede considerarse un acto de confirmación poética; la bitácora de un viaje que tuvo su partida en Ínsula del cosmos, su poemario anterior y el primero escrito en el exilio. El poeta, esta vez, lleva al lector hasta las lindes de su limbo existencial, punto extremo que revela sus visiones más confidenciales sobre su ámbito y sus vivencias. Al igual que en Ínsula del cosmos, el tema axial de este libro vuelve a ser el desarraigo y la memoria.

El poeta se debate entre el desasosiego de un presente que le resulta ajeno y con el que no puede conciliarse, y un pasado que lleva a cuestas como Sísifo con la roca, pero al que, inevitablemente, permanece atado: Tuve la llave de un paisaje y sus natalicios/Los espejos captan el espionaje de mi rostro/ Pero soy el que siempre regresa tanteando con furor el borde de una isla.

El dilema que acecha al poeta está simbolizado por dos palabras: archivo y espejo, es decir, pasado y presente. Las mismas son elementos de contraposición que se repelen y convergen a la vez, trazando un mapa independiente donde se ubica la geografía existencial del poeta: Y el hijo del archivero temeroso pero partidario aprende a falsificar su nombre/ Tendré que seguir fingiendo ante la nausea en el espejo. En efecto, Fonseca toma distancia y se convierte en un ente pasivo de su medio, para así darnos un testimonio desprovisto de toda tendencia épica, cuyo único compromiso son los dictados de su voz.

Esa mirada hiperconsciente, con la que el poeta logra ver la náusea en el espejo, confirma el carácter existencialista de este libro. De hecho, advierto que este es un poemario no apto para los que buscan asirse a un credo, ni tampoco para los que aspiran a un espejo donde se reflejen las complacencias del rostro multitudinario. Alejandro Fonseca, en La náusea en el espejo, desecha todos los dioses; aunque sólo le queda un credo para hacer de su bitácora un acto de confirmación poética: la palabra y su posible patente de belleza.

(Esta reseña se publicó originalmente en El submarino amarillo).

viernes, 25 de diciembre de 2009

El adolescente pálido


EL ADOLESCENTE PÁLIDO
Manuel Reguera Saumell, 2009
Novela. Parnass Ediciones, Barcelona. 326 págs.

Por Juan Cueto-Roig

El adolescente pálido, tercera novela de Manuel Reguera Saumell, retoma el tema y algunos de los personajes que el dramaturgo cubano había explorado en su anterior incursión en el género novelístico. En La noche era joven y nosotros tan hermosos (Ediciones Barataria, 2007) la acción se centraba en la relación entre un joven y un hombre maduro en la Cuba del batistato, y en los riesgos y en la violencia inherentes a un régimen dictatorial. En El adolescente pálido los hechos ocurren en los primeros años del castrismo, y los personajes son esta vez víctimas de un gobierno totalitario que engendra la homofobia, la sospecha generalizada, las delaciones y los más brutales castigos.
Algunos de los méritos que resaltaré en esta reseña son similares a los que atribuí a otras novelas de Reguera Saumell, repetición que es intencional; porque no deja de asombrarme la habilidad de este autor para resolver situaciones difíciles y manejar con singular destreza las relaciones humanas más conflictivas. Y lo hace con un poder de persuasión tal, que el lector no cuestiona los insólitos desenlaces.
Todos los personajes de El adolescente pálido han sido concebidos magistralmente, pero hay tres que están descritos con la pericia de un experto psicólogo: Luis, el médico y profesor universitario, capaz de perdonar hasta la traición; el comandante negro, que no repara en nada por conservar a su amada; y Ñico, un joven que lucha contra viento y marea hasta lograr su objetivo; personaje este tan bien creado que no nos extraña su mezcla de ternura y cinismo, de bondad y maquiavelismo.
Además de la fluidez de los diálogos y de la acabada psicología de los personajes (todo lo cual es resultado de la vasta experiencia teatral del autor), hay otro aspecto digno de mención y elogio: la forma tan convincente con que Reguera Saumell maneja las relaciones humanas. Lo que en cualquier otro escritor hubiera resultado falso e increíble, él lo expresa con eficacia y convicción. Así, el lector participa en los amores y desamores de los personajes, con la misma naturalidad con que estos asumen y sobrellevan sus propias emociones, con el mismo candor con que estos aceptan las lealtades y deslealtades que esas relaciones les ocasionan.
Estoy seguro de que esta novela de Reguera Saumell será de interés para cualquier lector, pero en especial para los cubanos, pues aunque lo que impera en sus páginas es el amor, su trama describe a la perfección las iniquidades que caracterizaron al régimen castrista desde su comienzo.

(El dibujo de la portada es del pintor cubano Servando Cabrera Moreno).

EXTRACTOS DE LA NOVELA EL ADOLESCENTE PÁLIDO

Párrafo inicial

Ahora, después de tanto tiempo, resulta fácil denostar al estudiante elegido para perpetrar la traición, o el deicidio, si tenemos en cuenta que el profesor era su dios personal. Pero hay que haber nacido y crecido en un pueblucho asfixiado entre ciénagas para comprender qué precio estaría dispuesto a pagar un jovencito marginado con el sello de “distinto” para escapar y hasta qué extremo pactar, por evitar el retorno.
En una isla como ésta, tan dada a los extremos, en que hasta el héroe de la guerra de Independencia, Máximo Gómez, sentenció que «el cubano no llega o se pasa», lo habitual son los excesos, tales como el choteo, el flamboyán, el sol y el bolero. Por supuesto, la geografía no podía ser una excepción: termina abruptamente al Oeste en un cabo (San Antonio) y al Este en una punta (Maisí), definiendo sólo dos costas, la Norte, arenosa y la Sur, fangosa.

Parte del interrogatorio en el Juicio Popular contra el profesor

P: ¿Intentó el incriminado alguna maniobra esa noche? ¿Insinuarse? ¿Intentar emborracharlo? ¿Propasarse? ¿Aprovecharse de su sueño?
R: ¡En absoluto! ¡Se comportó con toda corrección! ¡Yo soy muy hombre y quiero dejar claro que al día siguiente puse en conocimiento del incidente al Responsable ideológico de la Juventud en el internado y le dejé saber que no volvería a mantener ningún tipo de contacto con él… ¡Eso lo puede confirmar el compañero Artime, aquí presente!... y entonces fue cuando el compañero Paco me pidió que en vez de evitarlo, continuara cultivando su amistad porque el comité de depuración estaría interesado en mis informes. Y así lo hice, obedeciendo órdenes. ¡Aunque repito que nunca permití ningún tocamiento!... Eso es todo.
P: ¡No, compañero, eso no es todo! ¡Tiene que denunciar el acoso a que lo sometía el reo, el hecho de que se aprovechara de su situación privilegiada en la Escuela y hasta de su dinero sucio con la intención de sodomizar a un joven proletario, socialista y menor de edad! ¡Explíquese!

Fragmento de una caminata por El Vedado

–¿Vamos a dar una vuelta por la cuadra?... El Auditórium –señaló Paco al teatro de conciertos en la acera opuesta– Consultaré los programas a ver si hay anunciado algo y te llevo. ¿Verdad que me dijiste que nunca habías ido? Nosotros, toda la familia, estábamos abonados a Pro-Arte. Mamá era del Patronato de la Filarmónica y amiga de Kleiber… el mejor director de la época…
–Esta es la escuela de ballet de la Alonso. Hoy aquí estudia la gente del pueblo, hasta los negros entran, pero antes de la Revolución era de Pro-Arte, exclusiva para burguesitos como mis viejos… ahí matricularon a Mariana, pero duró poco. Era demasiado bajita y culona.
Ñico iba caminando a su lado, absorbiendo, envidiando el entorno en que había crecido su amigo, incapaz de comprender el rechazo y hasta el repudio de éste por unos orígenes que tanto hubiera deseado para sí.
–¿Verdad que no hay nada comparable al atardecer del Vedado cuando entran los nortes? No me explico cómo mis padres renegaron de esta maravilla para mudarse a la gusanera de Miami. Si por mí fuera nunca saldría de mi útero particular.



Juan Cueto-Roig nació en Caibarién, Cuba. Exiliado de la Isla en 1966, reside actualmente en Miami. Ha publicado los libros de poesía En la tarde, tarde (Miami, 1996), Palabras en fila, en clase y en recreo (Madrid, 2000), y En época de lilas (traducción al castellano de 44 poemas de E. E. Cummings) (Madrid, 2004), de relatos, Ex-Cuetos (Miami, 2002), Hallarás lobregueces (Miami, 2004), las crónicas Verycuetos (Miami, 2007) y Veintiún cuentos concisos (Editorial Silueta, 2009).