Mostrando entradas con la etiqueta María Espinoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta María Espinoza. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de enero de 2012

María Espinoza entrevista a Carlos Alberto Montaner

                       Carlos Alberto Montaner con María Espinoza.
                                      Foto: José Satizabal.


Por María Espinoza

Carlos Alberto Montaner, escritor, periodista, analista político, para muchos el hombre que más sabe de Cuba, nació en La Habana en 1943. Ha trabajado en diversos periódicos de renombre y se calcula que alrededor de seis millones de lectores leen sus columnas semanalmente. En 1990 creó la Unión Liberal Cubana, que reunió a exiliados y a cubanos radicados en Cuba.

En 1992 fue elegido vicepresidente de la Internacional Liberal, cargo que ejerce desde entonces. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina, España y Estados Unidos. La revista Poder lo calificó como uno de los columnistas más leídos e influyentes de América Latina. Ha publicado unos veinticinco libros, varios de los cuales han sido traducidos a diferentes idiomas. Entre los más conocidos y reeditados están Viaje al corazón de Cuba (1999), Cómo y por qué desapareció el comunismo (1994), Libertad: la clave de la prosperidad (1995), Perromundo (1972), y 1898: La trama (1987). Dos de sus más polémicos y divulgados ensayos son los best sellers: Manual del perfecto idiota latinoamericano y Fabricantes de miseria, ambos escritos con la colaboración de Plinio Mendoza y Álvaro Vargas Llosa. Recientemente publicó su tercera novela, La mujer del coronel (2011), bajo el sello Alfaguara. En la actualidad vive entre Madrid y Miami.

Entre sus premios y distinciones destacan:

•Premio de Periodismo de Nueva York 1975

•Premio del ABC de Sevilla 1981

•Premio de la Fundación Independiente de Periodismo 1999

•Orden Rubén Darío en Grado de Gran Oficial (2006, Nicaragua)]

•Doctor honoris causa en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala (2007)

•Profesor honorario de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (2004)]

•Premio a la Tolerancia 2007 (Comunidad Autónoma de Madrid)]

•Premio Juan de Mariana 2010 en defensa de la libertad.

Nacido en Cuba, uno de los países con menor estabilidad económica y política, Carlos Alberto Montaner aprendió desde muy joven a valorar la democracia y la libertad de expresión. Durante sus años en la isla, el escritor alcanzó a conocer en detalle la realidad política de un país que vivía bajo el yugo de la dictadura. Convencido de que “el peor aspecto del totalitarismo es la intromisión del Estado en la zona afectiva de los individuos”, en La mujer del coronel (2011) el escritor explora —a través del tema de la infidelidad— la represión y control de las relaciones sexuales de los individuos bajo el régimen castrista.

La novela recrea la vida de la psicóloga cubana Nuria Garcés, de cuarenta años, casada con el coronel Arturo Gómez. Durante un congreso de su especialidad en Italia, ella conoce al profesor neurolingüista Valerio Martinelli y halla con este la pasión que faltaba en su relación matrimonial. Sin embargo, a causa de la política inquisitorial del Ejército cubano y el partido, la relación adúltera acarrea un desenlace funesto.

Al finalizar la lectura nos preguntamos si no es la situación de Nuria análoga a la experiencia de muchos en Cuba. Víctimas de su sociedad, pero también de sus propios valores, las personas no solo no pueden elegir libremente a sus representantes, sino que tampoco pueden elegir a quién amar.

En la siguiente entrevista, Carlos Alberto Montaner dialoga sobre esta, su más reciente novela, al tiempo que rememora sus experiencias e incursión en la literatura y el periodismo. Asimismo, el escritor y periodista profundiza sobre temas de actualidad, como la censura en la Cuba actual y los retos del cubano contemporáneo y su necesidad de libertad de expresión.

ME: Don Carlos, nos gustaría recorrer la etapa de su infancia. ¿Qué anécdotas recuerda? ¿Qué lo impulsó a ser periodista y escritor? ¿Recuerda algún momento que podamos identificar como el inicio de su carrera?

CAM: Nací en una familia de clase media. Mi padre era periodista y mi madre maestra. Mi padre me llevaba desde muy niño a los periódicos donde trabajaba, pero se divorció de mi madre cuando yo era un adolescente. Y siempre tuve claro que me gustaba escribir. Como todos los muchachos, empecé escribiendo unos versos espantosos. Luego, como Cuba era un país muy complicado, todo fue derivando en la crítica política.

ME: ¿Cuál fue su primer trabajo?

CAM: Entré como mecanógrafo en una oficina en un hospital de maternidad; luego, fui vendedor de productos médicos. Me casé muy joven: a los 16 años. La historia de cómo mi mujer y yo nos conocimos es, desgraciadamente, típica de Cuba. Un día pusieron una bomba en el hotel Comodoro. Yo estaba jugando squash —tenía 14 años— e hirieron a varias personas. Era la época de la lucha contra Batista y había una muchacha muy bonita llorando con unos niños pequeños. Yo fui a protegerla, y desde entonces estamos juntos.

ME: A los 17 años, usted fue apresado y condenado a veinte años de cárcel por oponerse al gobierno cubano. ¿Cómo logró escapar? ¿Cómo marcó esta experiencia su vida y su escritura?

CAM: Fue muy importante. Un grupo de estudiantes fuimos apresados y condenados. No habíamos hecho nada —no tuvimos tiempo—, pero sí estabamos tratando de ayudar a grupos campesinos que se habían alzado. En un inicio yo simpaticé con la Revolución, pero cuando esta tomó el camino del comunismo, me pareció que había que oponerse. En esa época —la gente no tiene por qué saberlo—, la gran resistencia a la entronización del comunismo en Cuba fue de los estudiantes y de los campesinos. Entre 1960 y 1966 hubo miles de alzados en Cuba. El gobierno logró exterminar a las guerrillas, y en ese proceso yo caí con cuatro estudiantes. Me pusieron en una prisión de menores, pero logré escapar con un compañero. Después nos asilaron en una embajada y salimos siete meses después. Eso significó para mí un compromiso político muy fuerte. De aquellos muchachos que caímos presos, a uno lo asesinaron los guardias; los otros dos cumplieron veinte años en la cárcel, y salieron muy maltrechos y golpeados por la experiencia.

ME: ¿Cuál es su apreciación de las protestas que se están produciendo en Cuba? ¿Es el comienzo del final? ¿Debe temer el régimen castrista a la resistencia organizada, a las masas opositoras que están empezando a ser más activas? ¿Se avizoran cambios en la isla?

CAM: Yo creo que sí, eso está en una fase final. ¿Cuándo es la fase final de un régimen totalitario? Cuando la propia estructura ya no cree en el mensaje político. En Cuba, hay muy poca gente dentro del propio gobierno que cree que ese país se va a redimir económicamente y va a ser socialmente feliz mediante el colectivismo y el Estado como gran protagonista de las actividades económicas o como gran director de la operación social. Ya eso se acabó. Lo que hay es la inercia del poder: se viene haciendo esto mismo desde hace 52 años. Hay un grupo que ocupó todo el espacio institucional, que tiene el control de las reglas que se impone a través del parlamento, del aparato que divulga la información a través de los medios de comunicación, de la capacidad represiva del país. Cuando tú sumas todo eso, se genera un régimen casi invulnerable. Los regímenes totalitarios son invulnerables, es muy difícil demolerlos desde dentro. En Cuba estamos viendo una manifestación heroica de grupos de oposición, tan como en Polonia y en la República Checa. Ese es el principio del fin, pero puede demorar mucho tiempo, porque son regímenes muy duros que no tienen inconveniente en matar a quienes tengan que matar.

ME: En los últimos años hay un torrente informativo gracias a los celulares, las computadoras, la internet, etc. ¿Cree usted que esto ha cambiado las reglas de juego en la isla?

CAM: Sí, las ha cambiado, porque mientras más información entra, mayor es el descrédito y la deslegitimización del poder. Y ellos ya no pueden pararlo. Esa misma pregunta se la hice ayer a Yoani Sánchez por teléfono y me dijo que sí, que la tecnología juega a favor de la información, y si la información es un componente de la libertad, juega a favor de la libertad.

ME: ¿Qué les diría a aquellos jóvenes que sueñan en incursionar en el periodismo, la literatura, etc., y que sueñan con ser escritores o periodistas, como usted?

CAM: Que perseveren, porque no hay una profesión más grata y que genere tanta satisfacción desde el punto de vista emocional como el periodismo. Aunque no sea muy rentable, se puede convertir en una pasión muy grata. Y que sigan luchando por la libertad, que no es una abstracción. La libertad no es una palabra para hacer soneto, es la capacidad que tenemos de tomar decisiones sobre todas las cosas importantes de la vida: qué quieres estudiar, qué quieres hacer, dónde quieres vivir, cómo vas a trabajar, a quién quieres amar, etc. Y cuando hay un Estado autoritario que usurpa esas funciones y toma las decisiones por ti, te conviertes en una persona muy desdichada.

ME: ¿Cómo ve el proceso electoral en los Estados Unidos? ¿Está cerca el día de ver a un presidente de origen hispano en la Casa Blanca?

CAM: Estoy seguro de que sí. La maravilla de la elección de Obama es que pulverizó cualquier prejuicio de que aquí no puede gobernar cualquiera: aquí sí puede gobernar cualquiera. Que después de la crisis con el mundo islámico un señor que se llama Barack Hussein Obama, negro, llega a la presidencia con la ilusión de gobernar al país. Eso es maravilloso, porque quiere decir que aquí puede gobernar cualquiera que tenga la capacidad de mandar un mensaje, que tenga la astucia, que llegue en el momento adecuado, y eso le abre las puertas a cualquier hispano. Alguien como Marco Rubio, por ejemplo, puede ser interesantísimo.

(En ese momento suena el teléfono. El escritor se disculpa y toma la llamada. Alguien comenta acerca del reciente suicidio de la hija del escritor Donoso. Unos minutos después el escritor afirma):

El suicidio de la hija de Donoso. ¡Es tremenda la historia! Yo conocí a Donoso en España. Pilar Donoso estudiaba los manuscritos que dejó Donoso en una universidad por el año 1964. Y entre esos textos estaba el guión de la historia de una hija que encuentra unos manuscritos, y cuando lee cómo era su padre y su madre se suicida. Ella lo que hace es cumplir con el guión. ¡Eso es tremendo! Él era un un tipo muy complicado desde el punto de vista emocional. Ella descubrió ahí que él era homosexual, que tenía problemas con la madre, muchas cosas… Se suicidó en Chile. Ella era adoptada. Otro problema de la muchachita es que nunca pudo saber quiénes eran sus padres biológicos, lo que le generó, además, una angustia, curiosidad. La frase aquella de Nietzsche “para qué quiero padre si ya he nacido” no es cierta. El hecho de que no se pueda averiguar sobre los orígenes genera una desazón tremenda.

ME: Pasemos ahora a hablar de su obra y creación literaria. En esta, su novela más reciente, La mujer del coronel, ¿cuál de los personajes fue el que le costó más trabajo elaborar?

CAM: El que más me gusta es Nuria. Es el más interesante y complejo. El que más me divierte es Valerio Martinelli: mentiroso, tramposo, inteligente, lleno de información, viejo seductor. Interesante.

ME: ¿Carlos Montaner se esconde detrás de alguno de sus personajes?

CAM: De todos. Aquella frase de Flaubert “yo soy Madame Bovary”, eso es verdad.

ME: Muchos de los escritores escriben para exorcizar sus temores. ¿Ese también es su caso?

CAM: Eso siempre pasa: los demonios se escapan, tú no los controlas. Es como las motivaciones, por qué hacemos las cosas. Nunca sabemos exactamente por qué las hacemos. Hay toda una zona opaca de la personalidad y la psicología. En el ensayo manejas ideas, pero en la ficción se cuelan muchas cosas que tú no tenías previsto que aparecieran. A veces te emocionas escribiendo —por lo menos en mi caso—, y descubres algo muy interesante: que esa emoción es transmisible. Cuando tú te emocionas escribiendo algo, cuando hay algo que te toca el corazón fuertemente, eso le va a pasar al lector inevitablemente, y cuando haces trampa y es muy rígida y es mentira o lo que estás diciendo es demasiado artificial, se descubre, se sabe, se te ve la costura malvada.

ME: A lo largo de los años, los seguidores de su obra hemos visto a un Carlos Alberto Montaner muy prolífico en el oficio de la escritura, y a veces nos preguntamos: ¿Cómo sería la vida de Carlos Montaner si le estuviera prohibido hacer lo que le gusta, hacer periodismo, escribir y contar historias?

CAM: Sería muy triste. Si yo viviera en Cuba me sentiría muy triste; en cualquier régimen que no pueda escribir lo que yo quiera, hacer lo que quiera, que no pueda hablar. La frase muy bonita de Martí que hablaba de la necesidad de hablar sin hipocresías. Entonces me sentiría muy mal. Para sentirse bien con uno mismo, uno necesita coherencia con lo que se dice, con lo que se piensa, con lo que se cree.

ME: Regresando al tema de la tecnología, nadie hubiera sospechado hace algunos años sobre el enorme impacto que está causando la internet en el mundo. De hecho, en el ámbito literario, el exito de ventas es abrumador. ¿Qué opina sobre la digitalización de los libros?

CAM: Es inevitable. En el siglo XV, hubo una enorme resistencia a la imprenta, un lobbying católico-religioso muy importante, porque los copistas vivían en los conventos y esa era una fuente de ingreso fundamental para la Iglesia. La gente pedía libros y le pagaba a la Iglesia para que los copistas hicieran las copias, y eso de pronto desapareció. Hubo resistencia también de los autores, que pensaban que se perdía la cosa cálida de escribir a mano. Pero se impuso la imprenta porque se tenía que imponer. Yo pasé de la escritura a mano a la computadora. A mí no me gustaba usar la máquina de escribir: yo escribía a mano, le daba mi manuscrito a la secretaria, y entonces ella copiaba. Yo escribía con dos dedos, y así pase a la computadora. Ahora no se me ocurre escribir de otra manera, porque es muy cómodo. Los tiempos en los que podías tomar la obra de un escritor y deducir su proceso creativo se acabaron: ahora haces delete e introduces un párrafo.

ME: Casi al final del libro, la protagonista advierte a su esposo que “hay mil cosas peores que las infidelidades”. ¿Comparte usted este pensamiento?

CAM: Estoy seguro de eso. He conocido hombres y personas absolutamente fieles, pero canallas y malvados. Lo que pasa es que vivimos en un mundo de gran hipocresía, pero la exclusividad sexual es una imposición cultural. No hay ningún elemento real en la naturaleza humana que nos indique que la exclusividad sexual es una tendencia natural de la especie. He visto hombres y mujeres que han tenido relaciones extramatrimoniales sin perder ni la pasión ni el cariño por su pareja, y por supuesto, protegiendo a sus hijos. Hay muchas cosas peores que la infidelidad, como la traición, por ejemplo, o la crueldad emocional. Eso es infinitamente peor que romper el mito de la exclusividad sexual.

ME: Latinoamérica por momentos pareciera ser un tablero de ajedrez, con fichas que se mueven, o las hacen mover. ¿El caudillismo es uno de los males que seguirá aquejando a la región?

CAM: Yo creo que sí, porque la debilidad institucional en América Latina es muy fuerte. Los países no son de leyes e instituciones sino de personalidades dominantes, y eso está en el origen de nuestras debilidades. Países como Estados Unidos, Inglaterra, y otros que han logrado construir una convivencia pública basada en el respeto a la ley y las instituciones son países muchos más fuertes. Contaba en un artículo reciente que en Estados Unidos han muerto ocho personas en la Casa Blanca: cuatro de enfermedades y cuatro asesinados a tiros. No pasó nada. ¿Por qué no paso nada? Porque son países de leyes e instituciones. El vicepresidente ocupa el poder pacíficamente, hay una ceremonia para enterrar al anterior, emiten un sello de correo y aquí no pasó nada. En nuestros países eso sería un estremecimiento tremendo, porque las instituciones y leyes valen muy poco. Por eso cada cierto tiempo viene una catástrofe.

Te cuento una anécdota reciente que me pareció terrible de Venezuela. Hay un joven abogado que estuvo en la cárcel debido a que cometió un fraude. Cuando llega a la cárcel en Caracas se le aparece un tipo y le dice “tu derecho a vivir cuesta 300.000 bolívares mensuales, y el de comer 150.000. Tu derecho a no convertirte en la novia de uno de aquí del grupo es tanto. Así que la familia busca dinero: vende una casa. La novia lo va a ver. Cuando sale de la visita, un oficial le da una tarjeta y le dice que vaya a ver a una persona. Ella lo va a ver y se encuentra con que es un chulo. O trabaja de prostituta o matan al tipo. ¿A quién va a denunciarlo, si la Policía está metida en eso? A mí me pareció que eso es el Estado fallido, donde lo que impera es el gobierno de los matones que están en las calles, que hacen lo que les da la gana con la vida de la gente. Eso me parece el horror de los horrores. Las únicas sociedades en las que vale la pena criar una familia son las sociedades en donde funcionan las instituciones y la ley.

ME: Ha sido usted generosísimo con su tiempo, ha hablado de muchas cosas que contribuirán a conocer más de su obra y su personalidad. Me gustaría finalizar esta entrevista preguntándole cómo le gustaría que lo recuerden.

CAM: Se parece a una pregunta que le hicieron a Julián Marías, el filósofo español, a quien yo he plagiado mucho. Le dijeron: ¿a usted que le gustaría que pusieran en su lápida cuando muera? Él se quedó pensando y dijo una frase muy corta: “Hice lo que pude”. Eso mismo es lo que yo quisiera: que me recordaran como alguien que hizo lo que pudo.

Entrevista publicada originalmente en el Suburbano, Revista Cultural de Miami

martes, 20 de diciembre de 2011

María Espinoza entrevista a Juan Gabriel Vázquez, Premio Alfaguara de novela 2011


Entrevista exclusiva al Premio Alfaguara de novela 2011, Juan Gabriel Vásquez

Por María Espinoza

Juan Gabriel Vásquez estudió Derecho en la Universidad del Rosario y Literatura Latinoamericana en La Sorbona. Vivió en Bélgica, pero actualmente reside en Barcelona. Ha publicado una recopilación de ensayos literarios, El arte de la distorsión (que incluye el ensayo ganador del Premio Simón Bolívar en 2007) y una biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte. Colabora en diversas revistas y suplementos culturales, escribe ensayos y es columnista semanal del periódico colombiano El Espectador. Ha traducido obras de John Hersey, Víctor Hugo y E. M. Forster, entre otros. Es autor de la colección de relatos Los amantes de Todos los Santos y de las novelas Los informantes eHistoria secreta de Costaguana. Su tercera novela, El ruido de las cosas al caer, ha ganado el Premio Alfaguara 2011.

Entre sus premios y distinciones se destacan:

• Finalista del Independent Foreign Fiction Prize en Reino Unido con Los informantes.

• Premio Qwerty al mejor libro de narrativa en castellano (Barcelona) por Historia secreta de Costaguana.

• Premio Fundación Libros & Letras al mejor libro de ficción (Bogotá) 2007 por Historia secreta de Costaguana.

• Premio Alfaguara 2011 por El ruido de las cosas al caer.

¿Cómo entender la violencia en Colombia? ¿Cuál es su origen? ¿De qué manera se manifiesta? ¿Cómo buscarle una solución? Estas parecieran ser las preguntas que sirven de base al discurso de la novela El ruido de las cosas al caer, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. La obra comienza con el recuento de la fuga del hipopótamo del antiguo zoológico de Pablo Escobar, en el Valle del Magdalena. Este incidente es el punto de partida para que el protagonista y narrador, Antonio Yammara, haga un balance de la etapa de terror y violencia por la que pasó Colombia en los años setenta. La historia es prodigiosa, porque refleja la realidad a través de una observación minuciosa del comportamiento humano.

El ovillo que el escritor va desenrollando a lo largo de las más de 250 páginas es una prolongación de la memoria colectiva: una memoria que es activa, que no se circunscribe a hacer un recuento de los hechos y plasmarlos sobre el papel sino que estudia, observa, compara, analiza y saca conclusiones, siempre de manera constante, con digresiones (ineludibles), omisiones y vaivenes. Temas como la amistad frustrada, el amor o el miedo son examinados bajo el atento microscopio de la escritura de Juan Gabriel Vásquez. Quizá esta vehemencia por tratar estos temas humanos, por intentar comprender entre sus páginas todo lo imaginable, es el mayor reto al que Vásquez enfrenta en esta, su más reciente novela.

Al alejarse de la razón y la lógica para intentar hallar esas respuestas que busca mediante la memoria individual y colectiva, el escritor multiplica las probabilidades artísticas de la literatura, puesto que su novela alcanza múltiples interpretaciones, todas legítimas y compaginadas: novela de la violencia, novela psicológica, reflexión sobre la literatura colombiana. Es esto, quizá, lo más significativo en la obra de Vásquez: la posibilidad de descubrir en cada uno de sus pasajes y personajes la representación metafórica y simbólica de algo más. Juan Gabriel Vásquez nos concede la siguiente entrevista en exclusiva después de recibir el Premio Alfaguara 2011 por esta obra.


María Espinoza y Juan Gabriel Vázquez.
Fotografía José Santizabal.

ME: Ante una biografía interesante como la tuya surgen muchas preguntas. La primera de ellas: ¿cómo fueron tus inicios en términos de ambiente, inquietudes, etc.? ¿Qué factores empujaron o marcaron tu decisión de ser escritor? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

JGV: No recuerdo un momento en mi vida en que no haya escrito —y esto lo digo de manera muy literal, porque mi primer cuento apareció en publicaciones escolares y lo escribí cuando tenía ocho años—, de manera que mi oficio de contar historias por escrito viene realmente de muy lejos. En realidad siempre fui un escritor. No hubo un momento en el que decidiera convertirme en escritor: más bien siempre lo fui, porque esa siempre fue la parte más importante de mi vida. Más bien la decisión que tuve que tomar en cierto momento —mientras estudiaba Derecho— fue que eso no podía ser un hobby, un pasatiempo, sino que era el centro de mi vida. Entonces decidí reorganizar mi vida, eliminar la carrera y tratar de dar una serie de pasos hacia la decisión de que la literatura fuera mi profesión y mi manera de ganarme la vida. En otras palabras, nunca tomé la decisión activa de convertirme en escritor: más bien tomé la decisión de eliminar todo lo demás, todo lo que estorbaba, todo lo que se interponía en el cumplimiento de mi vocación.

ME: Te doctoraste en Literatura Latinoamericana en la prestigiosa Universidad de La Sorbona. ¿Qué papel ha jugado la academia en tu formación como escritor?

JGV: Bueno, tengo que aclarar que yo no llegué a terminar el Doctorado: terminé los estudios pero luego, en el momento de escribir la gran tesis que es el final de un Doctorado, me di cuenta de que los estudios doctorales habían sido solo un pretexto para estar en París y para aprender a escribir ficción mientras estaba en esta ciudad. Entonces, al momento de escoger entre escribir una tesis de 500 páginas o una novela, opté por la novela. Sin embargo, creo que el paso por la universidad —no solo por esa sino por otras en las que he estudiado de distintas formas la literatura— ha sido muy útil. Yo siempre he sido un escritor muy consciente de los procesos internos de la escritura, me gusta la reflexión, y sobre eso, me gusta la reflexión sobre lo que llamamos la cocina del escritor y la comprensión crítica de las novelas que me han marcado. Creo que los escritores no necesariamente tienen esto: hay escritores que repudian cualquier acercamiento a la teoría —como García Márquez, por ejemplo, que nunca ha escrito un ensayo de crítica literaria como tal—, y tenemos a otros, como Vargas Llosa y Fuentes, que tienen grandes libros sobre Madame Bovary, Cervantes, Víctor Hugo, sobre la novela como género, que son libros teóricos, interpretativos. Yo me siento mucho más afín a esta manera de entender la literatura, a esta conciencia de qué es lo que hace que un libro funcione.

ME: ¿Cuáles son los autores a los que recurres periódicamente? ¿Quiénes son tus influencias?

JGV: Creo que cuando hablamos de influencias nos referimos a aquellos escritores que nos abrieron una puerta. Esos escritores que nos demostraron que está permitido algo que hasta ese momento habíamos creído prohibido. En ese momento yo suelo repetir el nombre de Phillip Roth, que fue quien me enseñó que yo podía escribir sobre el pasado colombiano a través de individuos y a través de mi propia experiencia, pero también hablo mucho de Orhan Pamuk, de Carlos Fuentes en ciertas novelas, de algunos escritores que me demostraron algo muy importante, que es la libertad total del novelista frente a la historia, el derecho que tiene de modificar la historia conocida si es necesario para escribir sus propias ficciones. Luego hay otros, como Vargas Llosa, que me influenciaron no tanto por sus novelas —aunque las leo y las admiro—, sino por una suerte de ética del escritor. Esa consagración total del escritor al oficio, esa idea de que la literatura es un trabajo excluyente y la labor del escritor es eliminar de su vida todo lo que estorbe, todo lo que se interponga entre él y el siguiente libro, ese tratamiento de la literatura como una obsesión, como un vicio, es una gran influencia para mí, y eso viene de Vargas Llosa.

Entonces hay muchos. Quizá si yo tuviera que escoger a uno solo entre los clásicos modernos sería Joseph Conrad, que me ha marcado de una manera que no puedo explicar muy bien. Probablemente tiene que ver con una cierta idea de que la literatura —entre muchas otras cosas— lo que mejor hace es explorar los momentos oscuros de nuestra experiencia no solo individual, sino también colectiva, la experiencia como países, por ejemplo. Eso es una cosa que yo he hecho obsesivamente en mis novelas: tratar de echar un poco de luz sobre momentos oscuros de la historia colombiana y ver lo que hay allí. Eso es un resultado, yo creo, de la lectura de Conrad; entonces, en muchos sentidos, las novelas que yo hago son un resultado de la lectura obsesiva de las suyas.

ME: En tu opinión, ¿cuáles fueron los ingredientes para que la novela El ruido de las cosas al caer tuviera los éxitos que ha logrado?

JGV: Lamentablemente no los conozco: si así fuera estaría tranquilo, porque haría la siguiente novela la haría con esos presupuestos y no tendría ningún problema, pero nadie sabe cuáles son. Creo que era William Sommerset Maugham, el escritor inglés, quien decía que para escribir una novela hay diez reglas, el problema es que nadie sabe cuáles son. Yo creo que es cierto: no hay recetas, nadie sabe por qué un libro encuentra comunicación con los lectores. El ruido de las cosas al caer viene acompañado de un premio y eso le da el impulso inicial, pero vamos a ver si la gente lo sigue leyendo dentro de diez años: ese es el reto real. Hay muchos libros que son exitosos en su comienzo porque nacen en determinadas circunstancias y de los que en diez años los lectores se han olvidado, y por el contrario, hay libros que cuando salen publicados no hacen ningun ruido, en los que nadie se fija, y cincuenta años después se convierten en los grandes clásicos de su tiempo, de manera que nadie sabe.

ME: Terminar esta, tu más reciente novela, te tomó más o menos dos años. Cuéntanos un poco cómo fueron esos dos años: de cuánto tiempo disponías para escribir, cómo era tu rutina, cual fue tu método.

JGV: Bueno, el tiempo era absolutamente libre: yo no tenía limitaciones de ningún tipo. Me tomó dos años y medio. Me resulta muy difícil hablar del método, porque es la novela menos metódica que he escrito, pero es curioso, porque el resultado final da la apariencia de que el método es muy pensado y muy calculado, y resulta, que en esos dos años y medio yo llegué dos o tres veces a la página 100 de la novela y tuve que tirar todo a la basura porque no funcionaba, porque no servía, porque yo no había encontrado cuál era mi historia, cuáles eran mis temas. Fue una novela que me costó mucho trabajo, porque tardé mucho en descubrir la novela que estaba escribiendo. Cuando se escribe sin planes, sin calcularlo todo, sin medirlo todo, esos son riesgos que se corren. Por otra parte, esta es una novela que escribí en momentos de muchos viajes, y eso, que al principio me pareció un problema para la escritura de una novela, al final se convirtió en una ventaja. Tuve una especie de revelación: me di cuenta de que los viajes me sirven mucho para escribir porque aportan momentos de absoluta soledad y absoluta desconexión con el mundo, sin ninguna de las obligaciones de la cotidianidad de la vida doméstica. Eso a mí me alimenta mucho la imaginación. Los largos tiempos de reflexión que exige una novela han sido muy benéficos para mí. De manera que he descubierto que viajar, no estar en mi estudio, no estar en mi casa, paradójicamente alimenta mi trabajo como novelista.

Se trata sobre todo de esos momentos de mucha soledad e instropección que tiene uno cuando viaja. Un vuelo de seis o siete horas, por ejemplo, para mí es un espacio extraordinario, porque son siete horas en las que uno no tiene ni teléfono celular, ni internet, ni obligaciones domésticas: lo único que puedes hacer es pensar y trabajar, y además te traen la comida. Entonces es un espacio fantástico.

ME: ¿Los personajes de esta novela son ficticios o reales? ¿Cuál de ellos fue el mas difícil de lograr?

JGV: El personaje principal, Ricardo Laverde, es un joven colombiano que forma parte de la primera generación de pilotos que llevaron droga a los Estados Unidos. Fue el más difícil, porque es alguien absolutamente alejado de mi experiencia. Como nunca he tenido un contacto ni siquiera relativamente cercano con un narcotraficante, requirió un esfuerzo de imaginación, comprensión e investigación: hablar con gente, buscar libros, documentarme. Y el esfuerzo es doble por cuanto es un personaje moralmente dudoso. Yo tenía que cuidarme mucho de la condena, porque la labor de un novelista no es condenar ni absolver, sino comprender y conservar esa especie de imparcialidad que tanto preocupaba a Flaubert. De manera que, en ese sentido, fue quizá el más difícil.

ME: ¿Qué cambios técnicos o estructurales ha experimentado tu obra desde tus inicios hasta la fecha? ¿Cómo se diferencia El ruido de las cosas al caer de tus novelas pasadas?

JGV: Yo publiqué dos novelas muy joven, con 24 y 26 años, y son novelas que desde entonces he desechado de mi biografía, de mis solapas, he dejado de declararlas, digamos. Después de esas novelas vino un libro de cuentos cuyas historias suceden casi todas en Bélgica y en los países en los que viví antes de llegar a Barcelona. Y ninguno de esos tres libros: ni las dos novelas desechadas ni el primer libro maduro y presentable, que es un libro de cuentos, ninguno de esos libros habla de Colombia porque no sabía cómo hacerlo. Yo creo que la gran novedad, el gran descubrimiento a partir de Los informantes fue cómo escribir sobre mi país, y eso tiene también relación con cambios estructurales, porque es un determinado tono, son ciertos descubrimientos estilísticos lo que me ha permitido escribir sobre Colombia. Eso es lo más importante.

ME: Estudiaste Derecho, ejerces el oficio del periodismo y además eres traductor. ¿De qué manera esta visión múltiple ha influido en tu obra?

JGV: La traducción es una escuela de escritura. Creo que si escritores jóvenes me pidieran consejos para escribir, les diría que aprendiesen a traducir literatura: es la mejor escuela. El periodismo ha sido algo que me ha acompañado siempre, pero la escritura de una columna de opinión —que es una de las cosas que hago— me parece muy extraña para un novelista. El novelista —o por lo menos el tipo de novelista que soy yo— es alguien que trabaja con preguntas, alguien que escribe porque ignora algo, porque no conoce, porque tiene dudas, porque hace preguntas. En cambio un columnista, por lo menos durante el espacio de la columna, está absolutamente seguro de algo y quiere convencer al resto de la gente de eso, entonces tiene certidumbres, todo es absolutamente claro para él en ese espacio. A mi entender estas dos actitudes chocan, hay allí una esquizofrenia muy rara.

ME: El narcotráfico, tema pivote en esta última novela, es uno de los grandes problemas de Latinoamérica, Estados Unidos y del mundo en general. En tu opinión, ¿esta es una guerra perdida? ¿Qué retos enfrentan las nuevas generaciones?

JGV: Cuando uno de los países más ricos del mundo dedica una parte tan grande de su presupuesto a un objetivo durante cuarenta años y no lo logra, creo que es tiempo de sospechar que es imposible hacerlo.Yo creo que es el caso de la llamada “guerra contra las drogas”. Es una guerra que no se puede ganar porque siempre habrá consumo; como dije en mi presentación en la Feria del Libro de Miami, no hay una sociedad libre de drogas en toda la historia de la humanidad. Entonces lo que debemos es que ese consumo haga el menor daño posible, y desde luego, esto no se puede hacer por la vía de la ilegalización, la cual criminaliza algo que simplemente es un problema de salud pública y lo convierte en un problema de orden público. Para mí ese es un grave error y sus consecuencias las vemos ahora en Latinoamérica en general, y en México en particular.

ME: El desarraigo y el exilio han marcado la vida de los inmigrantes en este país. ¿De qué manera te ha marcado a ti como escritor? ¿Qué podrías decirnos de tu decisión de migrar a Europa? ¿Cómo fue la experiencia de vivir lejos de Colombia?

JGV: Yo suelo defenderme de la idea de exilio porque no soy un exiliado: yo puedo volver a mi país cuando quiera. De hecho lo hago, no pierdo el contacto; en cambio sí tengo amigos que son exiliados políticos para quienes la situación es muy distinta.

Sí creo que el desarraigo me ha marcado mucho, y la verdad de manera positiva —aunque claro que no viene sin problemas—. Yo, por razones temperamentales, me siento mucho mejor en países que no son el mío, en lugares donde me siento extraño, donde hay un cierto choque con otra gente, con el país de acogida, y pienso que eso ha sido muy fértil. Creo que mirar a Colombia desde la distancia me ha permitido tener otra perspectiva. En muchos sentidos yo repito siempre que ha sido la distancia en el espacio, pero también la distancia en el tiempo, los años que he pasado fuera de Colombia lo que me ha permitido escribir sobre mi país. De manera que no ha sido sino provechoso en ese sentido.

ME: Se dice que un escritor es una persona inexcusablemente solitaria. ¿Compartes esta idea?

JGV: Sí, yo nunca sé si uno comienza a escribir porque tiene el temperamento solitario y es un canal de salida, una catarsis, para ciertas emociones, o si es al contrario, uno se vuelve solitario porque lo que lo que lo obsesiona es escribir historias y eso no se puede hacer en compañía. Entonces no lo sé, pero sí creo que hay una cuestión de temperamento que condiciona mucho el oficio de escritor. Me gusta mucho estar con la gente que quiero, con mi familia, con mis amigos, pero tengo el temperamento muy independiente, muy solitario, y eso ha sido así siempre. Por lo tanto sí creo que hay relación, claro.

ME: ¿Qué piensas de la revolución tecnológica aplicada a la industria editorial: los e-book, las nuevas costumbres de lectura, etc.?

JGV: Creo que estamos en un momento muy incierto en el que es muy difícil prever lo que va a pasar. A mí me suele molestar mucho esa especie de tecnolatría, de adoración ciega en la que se ha caído que yo no comparto para nada. Creo que el libro electrónico tiene varios problemas y que aún no hemos llegado al fondo de ellos. No hemos medido las consecuencias de lo que puede pasar en un mundo en el que el libro electrónico sea el único soporte; creo que hay varios problemas de censura, por ejemplo, que se producirían en sociedades donde solo hubiese libros electrónicos. Pero también creo que mi relación con los libros tiene un grado de romanticismo que está destinado al fracaso y a la extinción, porque tiene un punto irracional. Pienso que esto, como tantas otras cosas, es de pronóstico reservado, como dicen los médicos.

ME: Coméntanos tu opinión acerca de la narrativa colombiana actual.

JGV: Pienso que pasa por un buen momento, y la prueba —ya lo he dicho en otra parte— es que no entra una sola mesa de novedades en Colombia: hay cinco generaciones distintas publicando novedades. En este momento hay escritores que acaban de pasar la treintena y están publicando libros interesantes, y hay otros que van a cumplir setenta años y están publicando libros nuevos. No estoy hablando de García Márquez o de Álvaro Mutis, quienes pertenecen a una generación que ya está en otro nivel, sino escritores como Tomás González, por ejemplo. Entonces creo que también es un buen momento para los lectores.

ME: ¿Qué consejos les darías a los escritores que recién comienzan?

JGV: Que no se metan en esto si creen que pueden vivir sin hacerlo. Es decir, que solo se dediquen a la literatura si están convencidos de que serían absolutamente infelices si no lo hicieran. El trayecto de un escritor es muy duro, está lleno de dificultades, de renuncias. Uno tiene que renunciar a la tranquilidad económica, tiene que renunciar muchas veces al tiempo con la gente que quiere, tiene que renunciar —en el noventa por ciento de los casos— al reconocimiento. Todo es muy difícil si uno no está obsesionado con el asunto, si la literatura no es una obsesión, un vicio que no se puede dejar de lado. Si la literatura no es lo que a uno lo hace realmente sentirse satisfecho con su vida, no vale la pena pasar por todas esas dificultades. Entonces mi consejo es ese: que no lo hagan si no sienten que es absolutamente necesario para su bienestar emocional.

ME: ¿Qué ha significado para ti el Premio Alfaguara?

Lo primero es encontrarme de la noche a la mañana prácticamente hablándole a un grupo de lectores mucho mayor del que yo tenía. Yo nunca había sido un escritor de grandes ventas, y de repente, sin haber cambiado mi idea de lo que son mis novelas, mi idea de lo que es mi proyecto literario, tener un público que se ha multiplicado de una manera muy grande para mí, es una novedad y también una satisfacción, porque a mí me gusta la idea de la novela como un acto de comunicación, entonces con cuántas más personas me comunique tanto mejor. Eso es lo más interesante.

ME: ¿Qué es para ti Miami?

JGV: No sé… Es una ciudad muy rara, impredecible. Creo que tiene una mezcla de culturas con las que no se hace mucho escándalo, como sí sucede con Londres o Nueva York, por ejemplo, por esa mezcla de culturas. Pero creo que lo que sucede en Miami no es inferior a lo que sucede en esas mezclas de esas otras ciudades y eso genera choques, genera encuentros que son muy interesantes.

ME: Probablemente seas muy joven para formularte esta pregunta, pero de igual manera te la hago: ¿cómo le gustaría a Juan Gabriel Vásquez que lo recuerden?

JGV: La verdad es que no me interesa mucho que me recuerden, pero sí que recuerden mis libros. En realidad me interesaría mucho más que dentro de cincuenta o cien años todavía se siga leyendo algún libro mío y que la gente —aunque no tenga la menor idea de quién era yo—sepa quién es uno de mis personajes. Esa sería mi única relación con esa idea de porvenir.

ME: Juan Gabriel, muchas gracias por esta entrevista, y que sigan los éxitos.

Posted In MIAMI ON,NUESTROS ARTISTAS,VOLUMEN 16