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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Versión final de "Erótica", novela de Armando Añel



Los invitamos a leer la versión final de Erótica (la primera edición se hizo en 2010), novela del escritor cubano Armando Añel, y participar con sus impresiones en el blog de la novela recién inaugurado. Para acceder, haga clic en el enlace:

http://erotica-novela.blogspot.com/

miércoles, 6 de febrero de 2013

Fragmento inicial de la novela "La Casa del Sol Naciente", de Daniel Morales



No bien el ruido del teléfono me despertó, lo primero que me vino a la mente fue una soga capaz de soportar todo el peso de mi cuerpo. Vi la hora, serían pasadas las cinco, pero no entendí, así de pronto, el tiempo.

Esperé con el auricular pegado a la oreja, escuchando un vacío. Ya iba a cortar la comunicación, cuando sentí la voz de mi madre distorsionada por el llanto.


Aquellas lágrimas eran un buen síntoma. Todas sus llamadas se resumían en un reclamo por mi condición de mal hijo. Entonces deseché la idea de una recaída, y me decidí a hablarle.

Empecé como siempre, con alguna disculpa, pues en nuestra relación cada cual aceptaba su papel sin reproches. Sin embargo, no fue igual que otras veces, porque al instante me interrumpió, más calmada, para decirme que la Abuela le había aclarado la sospecha de que ella no era la persona que siempre creyó ser.

Según lo poco que oí habíamos recobrado, en el lecho de la moribunda Abuela, nuestra genealogía. No sé qué motivos tendría mi madre para sentirse mal ante la posibilidad de verse despojada de los felices recuerdos de una ascendencia llena de primos y tíos. Una familia de la que sólo habíamos recibido sobras.

Sus palabras me sacaron la rabia acumulada desde mi niñez por el agradecimiento que mi madre le guardaba a ellos (tan diferentes a nosotros) por habernos permitido servirles, siempre y cuando nos limpiáramos bien los pies antes de entrar, por la puerta de atrás, a sus pulcras vidas, y disimuláramos la náusea provocada por las sobras que nos ofrecían con exagerada bondad.

El teléfono rodó por el piso del cuarto, algunos pedazos aún quedaron prendidos del cable, resistiéndose a callar los juicios de mi madre en relación a unos sucesos ocurridos a cientos de millas de aquí, y a más de medio siglo de silencio de la Abuela, que nos inventó una confesión destinada a preservar el pasado de todos sus descendientes, confiada en que la angustia de su existencia la exoneraba de aquella mentira.

Regresé a la cama y volví a pensar en la soga, en mi posible error de cálculo para soportar el peso de mi cuerpo. Afuera, los autos emitían un murmullo semejante a los rumores del viento, y la presumible nieve lo cubriría todo.

Permanecí acostado, contemplando el gris, sintiendo el frío que suponía la abundancia de ese tono.

Recordé que alguien me había escrito para decirme que ya tenía mi propio Londres. Mi presunto amigo no aceptaba que hubiera venido huyendo de la luz, que hubiera optado por las sombras y me limitara a interiores, a una penumbra que aquí, en el norte, había encontrado tan agradable, como para no moverme nunca más de este sitio.

Debió haber transcurrido bastante tiempo desde que interrumpí los lamentos de mi madre, porque de nuevo miré el reloj y esta vez pude reconocer la claridad que se filtraba a través de la ventana.

Habría dormido cerca de doce horas.

Al levantarme, una sensación de debilidad me hizo caer otra vez sobre la cama. Me paré despacio, y esperé hasta recobrar la costumbre de la verticalidad.

Me acerqué a la ventana del cuarto y descorrí las cortinas para que el conocido paisaje de afuera —un edificio de ladrillos desnudos con las ventanas cubiertas con hojas de periódicos, la cerca de tablas rotas y la peste de la basura proveniente de los depósitos desbordados de inmundicias— me trajera de vuelta.

Pero al enfrentarme al paisaje vi que el edificio del fondo tenía las paredes pintadas de un verde nítido, y cristales oscuros en las ventanas. En el patio no había cerca, y la frondosidad de un roble se desplegaba en todas sus ramas y hojas de colores amarillo, rojo, sepia. Abrí la ventana y el aroma del árbol entró en al cuarto. Sin frío ni nieve. Sin gris.

Cerré la ventana, corrí las cortinas y me encaminé hacia el baño confiado en que el impacto del agua en mi piel me haría recobrar la impresión invernal del tiempo. Dejé brotar el agua caliente hasta que el humo subió; regulé la temperatura. Hundí mis manos en el líquido, mojé mi rostro, levanté los ojos, miré el reflejo de mi cara en el espejo envuelta en el vapor y abrí la boca: la debilidad volvió a llenarme. Terminé de lavarme, y me fui evitando el reflejo de mi rostro en el espejo.

Me serví el café y lo bebí despacio, mientras elegía la ropa para salir. Me puse el abrigo y el sudor empezó a correr por debajo de mis brazos. Un vaho caliente me golpeó junto a la puerta del cuarto. Aun así yo no aceptaba el cambio, insistía en el gris a pesar del calor y la imagen vista desde la ventana.

Llegué a la calle asfixiado. El sol me lanzó hacia el interior del edificio. Subí. Me quité el abrigo y lo tiré dentro del cuarto.

En la calle estaban todos los colores menos el gris. La luz hacía relucir todas las cosas. No había nadie. La quietud y el silencio se habían generalizado.

Aunque no era la primera vez que olvidaba dónde había parqueado mi auto, creí que se lo habrían robado porque no hallé la referencia del lugar que suponía: frente a la farmacia, por ejemplo; ni tampoco vi ningún otro vehículo mientras buscaba.

Los sucesos se fragmentaban en mi memoria. Aquel sol pertenecía a una latitud que yo había superado desde hacía mucho tiempo. Me resultaba difícil entender el cambio del gris por aquella claridad, la ausencia de los trenes y sus ruidos.

Pensé que quizás la imagen de la ciudad, en la otra orilla, aún permanecía entristecida por las brumas que ocultaban los edificios y las cúpulas de las catedrales; y me fui hacia el bulevar junto al río, extrañando en los cruces de las esquinas la irrupción de los transeúntes.

Pero al terminar la cuesta, emprendí el descenso con un impulso violento. Corrí, tropezando y cayendo, mientras resbalaba hacia una oscuridad súbita, hasta el fondo de un lecho de piedras húmedas.

A pesar de haber recibido muchos golpes, logré ponerme de pie. Miré hacia arriba. La calle ascendía en una pendiente imposible de remontar. Vi los pulidos adoquines empinados hacia la luz y palpé las paredes del hueco tratando de hallar una grieta, alguna piedra donde apoyarme, o tal vez una soga capaz de soportar todo el peso de mi cuerpo, para subir a desconectar el teléfono antes de que volviera a escuchar, en el contestador, la voz de mi madre distorsionada por el llanto.

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Fragmento inicial de la novela La Casa del Sol Naciente, de Daniel Morales. El libro se presenta el próximo viernes 8 de febrero, a las siete de la noche, en La Otra Esquina de las Palabras, en Café Demetrio (300 Alhambra Circle, Coral Gables).

Publicado originalmente en Neo Club Press

viernes, 29 de octubre de 2010

Un cuento de Mabel Cuesta


EN LA OFICINA


Llegada de Pakistán, destino Londres… para hacer la sangre… make a blood. Like people, like poor. El giro de MIA me esperaba al otro lado del puente. Houston, primer destino… like people, like poor, MIA, llegada de Pakistán, siempre tendremos un túnel que atravesar, siempre la sangre. De Pakistán llega también alguna de la ropa colgada en nuestro ropero, Plaza Monroe, madrugada en que ya estoy del otro lado y Manhattan se apaga porque se harta de cada presencia reconocible. Manhattan likes people; aeropuerto de Houston en donde he sido seleccionada, Miss, solo una rutina, déjeme que vea sus bolsillos, estire las manos, haga de su cuerpo una cruz… debo revisar cada centímetro suyo, solo una rutina, deje allí sus pertenencias. Qué me pertenece exactamente, me pregunta el oficial de Inmigración, mexicano, especialista en derechos humanos, dice. Usted quiere pasar el puente y aquí estoy para prohibirlo, regresarla, será nada, nunca más saldrá de su país. Cuál era mi país, cuál mi frontera. Quiere refugio político, dice. Niego, solo trabajo con el tema de las fronteras, mujeres y fronteras; pertenezco a cierta universidad, cierto rasgo de verdad que queda deshecho en un segundo. Miente, dice.

Miento, sé. Insisto en demostrar la verdad que lo es a medias. Muestro certificados, cartas, realidades que se diluyen a la entrada del puente que debo pasar… Llegada de Pakistán, estrecho de La Mancha, probablemente MIA también haya mentido. It´s ok, forget me. Forget me, pido al oficial que insulta, que mete sus dedos, meticulosos al interior de cada una de mis agendas, teléfonos, postales, certificaciones de las que se burla. Quiere pasar, insiste, quién es esta mujer, pregunta. La que firma las postales, el teléfono que se repite. Quién es, cuánto puede ofrecernos… no llore más, señorita, ya está usted en los Estados Unidos; no llore, pasa su mano por mi cabeza despeinada… ¿trae brujería? Niego… ¿el collar? El collar no, es solo una compilación de piedras, sin valor… tiene usted derecho a hacer silencio y debe recordar, todo lo que diga puede ser usado en su contra. Debo recordar.

¿Qué tenemos a favor? ¿Cuál es el puente? Ese, madre, perdone que la llame madre… es un modo mexicano de decir… ¿y quién la espera al otro lado? ¿Cuánto puede ofrecernos? Nada que ofrecer, señor, nada que no sea yo misma, una ofrenda de mí es cuanto tendría… la regresaré y será nada… nadie.

MIA, al otro lado del Estrecho de la Mancha era lo mismo que yo en Matamoros… matar a los moros, esa sí que resulta una ironía, los moros han decidido que no los matan más, que ya fue la hora de la Reconquista… cinco siglos atrás… todo al mismo tiempo, fuera los moros, arriba la América… dónde queda América, señor… I like people, no blood, si fuera posible… he sido muerta en Pakistán, en Irak, en Vietnam, Sarajevo… tantas veces en La Habana, muerta… pero en Matamoros viven pobres a los que no veré el rostro… estoy dentro de una oficina en la que solo hay buitres. De nada ha valido la advertencia… de nada… buitres que sorberán mi sangre deliciosa… sangre de los que reciben parole, ley de ajuste cubano, sangre que será sangre de alien por un año… alien quiere decir extranjero, pero en realidad quiere decir Alien, filme de la tanda del domingo cuando tengo seis años y solo estoy esperando a que mi madre venga a recogerme después de que algún amante la deje tan abandonada como estoy en esta oficina. Alien, seis años tengo cuando veo el filme y no sé aún que seré lo mismo a uno y otro lado del puente. Sospecha pura. Y mi madre que no llega.

Es entonces que salgo a buscarla, salto cercos, desafío buitres que rondan mi sangre. Una madre que busco cada noche… ropa de Pakistán en el ropero… los pechos dispuestos para mí… tú vienes de otro tiempo, dice… vienes de un tiempo en que te he condenado a muerte dentro de una pared… sonrío y palpo sus pechos, llenos sus pechos ahora que estoy para beberlos… quiero los pechos de mi madre, debo decir al oficial de la Inmigración mexicana… quiero ser el alien, reconocerme solo en el segundo en el que temblamos porque la leche que hay en ellos consigue llenar mi estómago… I like people… soy el alien en todas partes menos en ese sitio en que mi madre abre su pijama y ofrece… debo decir al oficial que esa es la razón de la cruzada en Matamoros… no mataré, seré la muerta que solo encontrará sosiego en ese cuerpo que espera… invertiré el rumbo de la muerte.

Llegaré de cualquier parte, juraré como MIA, que haré la sangre queriendo pobres que vengan a mí como flores en cuaresma… seré la abanderada de una multitud que seguirá mi paso ennoblecido en la memoria… sospecharán y amarán mi cuerpo todos los que esperan… cruzaré al fin con la certeza de que en cada túnel estaré rehaciendo la morada. Pakistán sin Londres, Matamoros sin Matanzas… Manhattan apagada donde me dispongo a desaparecer para siempre todo vestigio de mi pasaporte en su rojiza coloración…

Todo sucederá mientras oficiales tecleen sin cesar mi nombre en los ordenadores en donde quedarán mis dedos inscritos, huellas por las que seré reconocida… todo sucederá en la hora en que ya nadie pueda comprender el acento inteligible con que balbuceo -no mi nombre que no existe- sino alguna palabra con que querré ser reconocida, filantrópico oficio que no digo en voz alta, no vaya a ser usado en mi contra.

Mabel Cuesta

West New York, marzo de 2006




Mabel Cuesta (Matanzas, Cuba, 1976). Ensayista, crítica y narradora. Es Graduada de Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad de la La Habana, Cuba, en 1999. Ha publicado los libros de cuentos: Confesiones online (Aldabón, 2003) y Cuaderno de la fiancée (Ediciones Vigía, 2005) e Inscrita bajo sospecha (Betania, 2010). Cuentos suyos aparecen en las antologías: Las musas inquietantes (Ediciones Unión, 2003); La hora 0 (Ediciones Matanzas, 2005); Havana Noir (Akashic Books, 2007); Two Shores: Voices in Lesbian Narratives (Grup Elles, 2008) y Dos Orillas: Voces en la narrativa lésbica (Grup Elles, 2008). Así mismo sus trabajos de crítica literaria y ensayística, pueden leerse en publicaciones especializadas de Cuba, Estados Unidos, México, Honduras, Canadá, Brasil y España. En la actualidad finaliza sus estudios doctorales en la Universidad de la Ciudad de Nueva York, CUNY. Se desempeña como profesora de Lengua y Literatura Hispanoamericana en Baruch College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y en la Universidad de Columbia (Barnard College).

viernes, 15 de octubre de 2010

Un cuento de Adalberto Guerra



DEL REY DE LOS TOLDOS LO HEREDAMOS


Un 29 de junio de 1856 salió por primera vez el apellido de mi familia en los periódicos, un fabricante de toldos de origen portugués puso el nombre de la familia en alto, tan en alto que salió de La Plaza de Marte de la Habana a las 5 de la tarde volando en su aerostático Villa de París y aun le estamos esperando.

La locura de conquistar el aire alcanzó a la familia desde entonces, a partir de ese momento los chicos nacían mirando al cielo, decían las parteras y agregaban -como genuinos descendientes del toldero-. Se dibujaron desde entonces globos en los bordados de las canastillas de los recién nacidos y cuadrúpedos que caían del cielo en paracaídas lanzados desde una nave aerostática. Para acentuar el sello familiar se fabricaban biberones distintivos con agarraderas de madera en forma de globos, los chicos perseguían a otros chicos con los brazos extendidos en similitud de vuelo. Uno de los tatarabuelos se lanzó a 40 pies de altura desde la cima de una palma real, sosteniendo dos pencas de guano debajo de los brazos y murió del trastazo o de miedo, nadie sabe.

Muchos años más tarde uno de mis tíos tuvo la brillante idea de hacer un avión de madera con un pequeño motor de turbina de agua, la idea se puso en marcha con la complicidad de todos de una forma u otra, se discutieron los planos y se propuso la constitución de los materiales de construcción, como no había medios de consulta se le preguntaba a los más viejos que vieron volar al bisabuelo, la forma en que cayó, la distancia en relación con el tronco de la palma y la posible inclinación del cuerpo, el mes del año y las corrientes de aire, se calcularon los detalles y se hicieron demostraciones reales con pencas de palma. Las mujeres cosieron las alas y el traje del piloto de un rústico cuero de vaca, hicieron una banderita para identificar el país. Los hombres cortaron la madera de ateje y le dieron forma a las aspas, montaron las vigas del cuerpo de la nave, la pintaron con una argamasa de polvo blanco de la tierra y resina de árbol. Por fuera tenía la apariencia real de un aparato aerodinámico y de cerca tenía olor a vaca muerta, pero así se le fue dando forma a aquel disparate alado, se le colocó un letrero que decía “GuBaRoMa” en alusión a las dos primeras letras del nombre de los hermanos de mi madre, Gustavo, Bartolo, Rogelio, María, que después de muchas discusiones se cambió por “Aéreo De La Viajaca” en alusión al nombre de la finca de nuestra posesión por si no caía en la región o caía fuera del país donde hablaran otro idioma, algunos hasta aseveraban que construirían un puente aéreo para traer pescado fresco a las fincas y llevar vegetales a otros mercados de las islas, lo que alentó a otros campesinos a apoyar el proyecto. Poco a poco se fue completando la tarea, toda la labor se realizó en el pico de una loma para poder propulsar el aparato con más facilidad. Los hombres trabajaban incansablemente, se puso una fecha de despegue y se completaron las tareas en tiempo, el último detalle fue la banderita del país hecha a mano que ataron a una vara de bambú y la clavaron a la cola del aparato con la esperanza de que le reconocieran otras tierras. Se dieron cita todos a la misma hora en el pico de la loma que años más tarde llegó a llamarse La Sobreviviente, el piloto lucía su traje de cuero rústico y olía a vaca en celo, algunos confiados en el éxito trajeron racimos de plátanos, yucas, calabazas por si se daba la oportunidad de empezar el comercio. Después de varios intentos arrancaron la turbinita de agua que era el corazón de la nave y el piloto oliendo a vaca aceleró el motor halando un cable que se había atado a un pie y todos se posicionaron para empujar el armatoste, el piloto dio la orden: CORTEN, CORTEN, CORTEN- y cortaron la soga que suspendía la nave y los hombres empujaron a un tiempo y de hecho despegó la nave al caer al vacío de la loma, subió y dio una vuelta de trescientos sesenta grados y se desplomó loma abajo, el piloto colgaba del cable del acelerador por un pie por la parte de afuera de la nave como tirado por cordeles de marionetas, giraba y vociferaba mientras salían calabazas como bolas de cañón y yucas en el aire y pedazos de madera y cuero de vaca y humo y gasolina. La nave fue a parar a un campo de piña y se arrastró por unos 100 pies. Después de largas horas de desmonte llegaron a la nave y encontraron al piloto aun vociferando, colgado por un pie con el cuerpo lleno de espinas de piña y aceite del motor y pigmentación verde de cuanta vegetación encontró en el descenso. Olía intensamente a vaca, a estiércol de vaca. Lo bañaron en la tina de abrevar los animales, de lejos lo restregaban con una escoba de ramas de palmiche y lo tendieron encima de una mesa como a un mantel y le extrajeron las espinas entre todos como se apartan las impurezas del arroz y aún vociferaba CORTEN, CORTEN, CORTEN y halaba el pie como si aun accionara el acelerador y extendía los brazos a cuanta cosa se ponía el frente de él y lo giraba como a un timón y hablaba desordenadamente de las variedades de frutas de la finca como un vendedor de paraguas. Envejeció en un día y murió con una coloración verde hasta dentro de la boca y oliendo aun a cuero de vaca. Lo enterraron en el surco que dejó la nave en el campo de piña en una caja que hicieron los hombres recolectando las tablas que se desprendieron de la nave y resaltaban las letras inscritas en las tablas ADA, único remanente que quedó del “Aéreo De La Viajaca” y las parteras, desde entonces, empezaron a nombrar a los recién nacidos que nacieran “como genuinos descendientes del toldero, mirando al cielo", con nombres como Adán, Adelfa, Adelfo Adelo, Adela, Adrian, Adelina, Adolfo, Ada, Adin, Adonis y Adalberto… mi nombre.




Adalberto Guerra
(San Antonio de Cabezas, Matanzas, Cuba, 1967). Poeta, narrador y editor. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Ha publicado recientemente “Cazadores de la sombra del ave” (Poesía, Editorial Velámenes). Este relato pertenece a “En el lenguaje lascivo de los perros”, libro de cuento que será presentado en los próximos meses por la Editorial Velámenes.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

Un cuento de Adalberto Guerra


GENTE DE CAMPO


Si quieres, ahórrate el tiempo que te gastarás en leer la historia de mis padres, pudieras resumirla de la siguiente manera: Mis padres se amaron brevemente, tuvieron un hijo y se odiaron por el resto de sus días…..Fin


Mi padre, campesino terco y sin oficio, amó a mi madre campesina terca y sin oficio, a su manera. Construyeron una casa verde en Santa Ana de Viajacas, aún queda allí el cimiento y algunas tablas traspasadas por el aire, aún queda algún zapato enterrado en la terquedad del fango como si el tiempo hubiera sepultado todo, sepultado los pasos, las fotografías, las memorias, los nombres. La casa era de un verde que entra por los ojos como un chorro de luz incontenible. La ternura era verde o sin color, no había ternura entre las tablas de la casa que se había construido en medio de un terreno yermo donde mi padre se sentó anciano ya a nombrar sobre sus bienes a los hijos que no tuvo, a contar sobre un amor que nunca tuvo y murió y fue sepultado en fango, en el más absoluto de los silencios. Mis padres eran tan iguales que se odiaban y los perros de la casa les ladraban como si les vieran muertos, como si fueran el reflejo doble de un fantasma. La soledad les habitaba como una mosca en la punta de la nariz que todos miran en las conversaciones y nadie espanta. Mis padres se mataron uno al otro, se devoraron uno al otro y tranquilos se sentaron a contemplar sus cadáveres podrirse y a llorar el uno por el otro y así muertos tuvieron un hijo y lo colgaron sobre un muro como un tapiz de oro agujereado. Cortaron los horcones de la casa y la dejaron caer sobre sus lomos y soportaron el peso que un buey mismo se negaría a cargar, anduvieron por los límites de la propiedad sin detenerse, por un año, como buscando un hueco entre las tablas verdes para irse o meter la cabeza. Se vistieron de saco, se desconocieron el uno del otro. Los vecinos dejaron de llamarlos, de mirar sobre las cercas que dividían la cordura, nadie supo de ellos por un tiempo y fueron olvidados y la oscuridad penetró el verde y ahoyó el verde de tal manera que la luz que había antiguamente se fue yendo, las manos que abrazan uno al otro se acortaron.


Mis padres rompieron sus votos con palabras y partieron sus bienes como quien parte un pan con palabras, dejaron de mirarse, de pronunciar el nombre uno del otro y erigieron una frontera verde y se hizo la ley de los domingos en que se ponía un manta agujereada sobre el muro y cada cual tiraba fuerte. Y cuando la palabra no pudo juzgar sobre los bienes llegó la ley de las reparticiones, como gente de campo entramos en el pueblo vestidos con ropa de campo, con zapatos de campo caminamos directo al tribunal y nos seguían gente de pueblo, riendo como gente de pueblo. Se partió la tierra por cordeles, se contaron los perros, las gallinas, los cerdos todos, se repartieron los bueyes y los yugos, los arados de romper la tierra justamente, las medidas del agua justamente y cuando estaban equitativamente dividas en dos todas las cosas, hicieron una hoguera con lo que les pertenecía y ardieron en ella hasta extinguirse. Mis padres eran tan iguales que me cuesta trabajo separarlos por nombres y apellidos, o eran animales diferentes que se acostaron cerca uno del otro como se echa una manada de toros a pastar sobre la roca dura, y sin saberlo se encontraron.



Adalberto Guerra (San Antonio de Cabezas, Matanzas, Cuba, 1967). Poeta, narrador y editor. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Ha publicado recientemente “Cazadores de la sombra del ave” (Poesía, Editorial Velámenes). Este relato pertenece a “En el lenguaje lascivo de los perros”, libro de cuento que será presentado en los próximos meses por la Editorial Velámenes.