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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez





ELOGIO DEL PAYASO

 
Que tu rostro de coloretes baje

como dulce relámpago donde asir la esperanza.

Que no deje de desbordarse tu mueca:

único tigre curándonos la fiebre.

Y que siga la función, señor, que siga;

que al menos, esta noche,

Dios estrangule su pesadilla-puede en tu noche restaurar

su omnipotencia-.

Nosotros: solsticio sin rotación. Adentro, bien adentro:

tripas de tu pirueta. Alegres,                 (¡más alegres!):

                                                                    esta noche

nos ha devuelto un dedo

el cadáver que nos crece en el archivo.

Por eso brinque, señor, brinque, a carcajadas,

en lo más mono

                              de lo humano:

                                                           extraviada estatuilla,

                                                           hallazgo de la inocencia.

Reconozcamos que el ser es eso (sólo eso):

alazán que canta, que delira, cruzando

    las nubes.

Y monee otra vez, señor, monee,

pues todo ha sido un fraude,

oscura urna que nos hizo un

( 

                                                              ).

¡Mentira! Nunca fuimos Historia:

                                           decapitada, histérica guillotina de

                    la Historia.

Que sólo ahora existe un retorno

a nuestra porción de hierba.

Pero siga la función, señor, siga;

afirmemos que la vida es eso (sólo eso):

un circo eternamente abierto.

Y danos otra oportunidad.

“¡Que, por una noche, este rostro

sea su pirueta!”

Comprenda, nos urge deshabitar el ayuno,

todo ese calendario de agonía,

en que entontecimos aplaudiendo al caudillo.

 
Poema perteneciente al libro Alguien canta en la resaca ( Término Editorial, Cincinnati, 2000)
 

domingo, 27 de octubre de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
SYLVIA PLATH Y JUAN FRANCISCO PULIDO
DECIDEN SEGUIR VIVOS

                              
                               Para Rodolfo Martínez Sotomayor
                              y Armando de Armas

 

Sylvia Plath ha escrito mi poema favorito

de la lengua inglesa. Y ese poema lo escribió

porque tuvo el presagio de que yo,

Juan Francisco Pulido –como ella, joven poeta-,

en los umbrales del siglo veintiuno, me iba a suicidar.

Entonces Sylvia escribió ese poema,

como última rendija por donde me diera

su testimonio la luz.

Y eché la soga a un lado

y le escribí un poema de amor a Sylvia

y ella se detuvo a escucharlo, precisamente

en el momento en que iba a meter su cabeza en el horno

sin la piedad del gas.
 
 
Poema perteneciente al libro El viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005)

sábado, 12 de octubre de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
 
RETRATO MALDITO DEL POETA

 

Soy la nota disonante del orden establecido:

la oveja negra del rebaño

humanamente social y familiar;

el hijo pródigo que se marcha y más nunca regresa.

Soy el portador de la antorcha de Sócrates y de Jesús,

aún sin los designios de la cicuta y la cruz;

a quien le causa fiebre las inclemencias del status quo.

Soy Ovidio, otro expulsado de la vida,

precisamente, por cargar con mi pluma tanta vida.

Soy el que lleva la soledad como diadema,

aquel que inunda todo espacio con su lava

de eterno inconforme:

el dandi y también el santo.

Soy el cabecilla en la lista negra,

el que sólo cumple con las leyes de sí mismo

-por supuesto, un condenado de sí mismo-.

Soy el que cree en cierta bondad de los demonios,

así como en cierta maldad de los ángeles.

Soy el profeta Kahlil Gibran: “mi maldad es mi bondad terriblemente herida”

(algún amor –alguna nobleza- me mostró la ruta del crimen).

Soy el Abad devoto de la duda,

el eterno viajero de esa nave que zarpa hacia la nada.

Soy el que, más allá de todas las posibilidades,

intuye en el suicidio una puerta.

Soy el que convivió con Erich Fromm en un manicomio de América

(ambos no fuimos patológicamente normales).

Soy el que no descarta el alcohol y otras alturas (prohibidas),

quien deja rastros de sus ojos en unas piernas entreabiertas.

Soy, inevitablemente, el que se encontrará con Charles Bukowski en su camino.

Soy el militante del antiextremismo

(¿acaso otra forma de ser extremista?).

Soy el discípulo que reniega de su maestro,

y el maestro en cuya estrella brilla el desafío de su discípulo.

Soy el defensor de la lógica del absurdo,

quien cultiva con altiva humildad

este gladiolo del ego.

Soy el aguafiestas de las manidas fiestas,

el único que pudo dar con la luz en un Gulag de Siberia

(¡ah, mi sagrada escritura!).

Soy el peregrino que parte a cumplir su misión estética,

para nunca llegar al rostro definitivo de la belleza.

Soy el que no soy,

pues siempre habrá otro Yo esperándome.

Soy, obviamente, el poeta.
 
 
Poema perteneciente al libro El viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005)

domingo, 22 de septiembre de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 



Retrato desde la cuerda floja

 

Mientras bailo Rock and Roll, ronda una bala

cuyo blanco es mi corazón.

Y he salido, sin la compañía de un dios,

a encontrar el Cielo en un Nightclub

de esta ciudad…

 

-Hijos míos, la vida es un rompecabezas

que solo se lograr armar apelando a la ficha de la soledad.

Quien soy, he sido y seré, sino el deseoso habitante

Condenado a nunca poblar su sed.

Mas siempre nos vendrá a visitar una lluvia sin nombre

-desposeído diamante del instante-,

que entra, en nuestros ojos,

                                              entre el abismo y la luz.

 

¿Por qué ningún periódico anuncia:

“en la otra orilla de una voz el barro vuelve a ser el esplendor”?

 

Otra vez calzo el júbilo de unos zapatos

para bailar Rock and Roll

                                            sobre la eterna cuerda floja.

                            

 

Poema perteneciente al libro Trilogia del paria (Editorial Silueta, Miami, 2007)

 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Memorables memorias




Por Joaquín Gálvez


En la cinta Memorias del Subdesarrollo, el clásico de Tomás Gutiérrez Alea, los temas de la sexualidad, el trópico y el propio subdesarrollo se entrecruzan y retroalimentan, entrampando al protagonista de la historia.

La relación de Sergio –el personaje principal- con sus mujeres es ambivalente. Se mofa de su esposa, Laura, por considerarla frívola, vacía, histérica, y se siente liberado cuando ésta abandona el país. De manera que, tras conocer a Elena, busca en ella todo lo contrario. Elena representa a la muchacha de pueblo, sin ninguna elegancia ni sofisticación. Sergio la utiliza para vengarse indirectamente de su ex cónyuge. Por eso la lleva a su casa, le regala la ropa de Laura y tiene relaciones sexuales con ella en su misma cama.

Muy pronto, sin embargo, cae en la cuenta de que Elena, aunque pobre, puede ser tan vacía como Laura, y no comparte sus inquietudes intelectuales. Para Sergio, Elena simboliza el subdesarrollo: le parece inconsistente, sin capacidad para relacionar las cosas y necesitada de que alguien piense por ella. Él siempre quiso vivir como un europeo, y Elena le recuerda a cada momento que vive en un país subdesarrollado.

La relación de amor-odio que establece Sergio con sus parejas lo lleva a afirmar que la mujer cubana se descompone entre los treinta y los treinta y cinco años: “Después de eso es una pudrición”. En cambio, idealiza a su ex novia alemana, considerando que sí lo entendía y apoyaba como escritor. El falso sentido de la moral en la sociedad criolla, expresado a través de la sexualidad, también sale a relucir aquí. Elena, por ejemplo, muestra su hipocresía llorando porque supuestamente Sergio la ha deshonrado, cuando ni siquiera era virgen. Por otra parte, este último es un paradigma del machismo cubano: aunque aparenta buscar la pareja ideal, sólo utiliza a las mujeres para satisfacer su apetito sexual y alimentar su ego.

“Tú no eres ni revolucionario ni gusano… ¡no eres nada!”, espeta Elena. Esta frase es la que mejor define a Sergio, habitante de un limbo existencial, personaje que no consigue hallar un espacio vital desde el que insertarse en la sociedad cubana. Se despide de sus amigos que abandonan el país con regocijo, pues ya no tendrá que lidiar con sus conversaciones triviales y su mundo vacío. Pero, aunque prefiere permanecer en Cuba, sabe que en el marco del nuevo sistema empiezan a hacerse visibles las costumbres y el modo de vida del hombre de pueblo, o de clase baja, los cuales le resultan igualmente repulsivos, inconsistentes. Como él mismo afirma, “en el trópico todo se descompone, nada tiene permanencia”.

“Cómo se sale del subdesarrollo, el subdesarrollo lo marca todo; y tú –dice Sergio refiriéndose a su realidad- qué haces aquí, dónde está tu gente, tu mujer… Tú no tienes nada que ver con esta gente; ahora comienza tu destrucción final”. El protagonista de la película se asume en una vejez anticipada, como un vegetal sin frutos. Considera a Cuba una trampa, pero una trampa de la cual se siente incapaz de escapar.

En Memorias del Subdesarrollo, Tomás Gutiérrez Alea se vale de la técnica del collage o de la yuxtaposición de imágenes para recrear el momento histórico del que parte el filme. Una forma de montaje en la que se advierte la influencia de la nueva ola francesa, sobre todo de Godard. Memorable es la escena donde Sergio, el protagonista, se sumerge oníricamente en una fantasía erótica, mientras su criada le cuenta cómo la bautizaban en un río. Aquí, súbitamente, pasamos de una escenificación cristiana a una pagana, intercaladas magistralmente con Las cuatro estaciones de Vivaldi y El nacimiento de Venus de Botticelli.

La huella que el neorrealismo italiano dejó en Gutiérrez Alea es evidente en esta cinta. El enfoque social, visto a través de la alienación del individuo, las tomas aisladas de la cámara y el silencio de las escenas, trasmitiéndonos el estado anímico de los personajes, recuerdan el cine de Antonioni.

Las reminiscencias del Free Cinema son apreciables por medio del formato reportaje. Sergio es el espectador de un medio social que se está transformando ante los ojos del documentalista o el reportero televisivo. Por eso, una alusión suya sirve de pretexto para combinar una imagen estilo documental, como cuando se hace referencia a la pobreza y, de pronto, aparecen imágenes de América Latina y cifras estadísticas. La película cierra con tomas del despliegue de las milicias y de la gente en las calles, esperando la invasión norteamericana que nunca se produjo.

Sergio personifica al antihéroe existencialista por su visión escéptica y pesimista de la vida, por su ambigüedad y su actitud pasiva ante el medio que lo rodea. Puede recordarnos a personajes literarios como el Harry Haller de Hermann Hesse, en El lobo estepario, o el Meaursault de Albert Camus, en El extranjero. En su relación con las mujeres pueden establecerse puntos de contactos con el Guido de Fellini en 8 ½, prototipo fellinesco de antihéroe.

Este filme es tan revolucionario como subversivo gracias a la ambigüedad del protagonista, reflejo de una nación atomizada política y socialmente, donde no existe margen para lo políticamente tendencioso. Debe añadirse que el término subdesarrollo trasciende lo meramente político para indagar en los factores socioculturales que lo determinan, de ahí la indefinición del personaje principal, sin dudas un alter ego del director.

En Memorias del Subdesarrollo, Tomás Gutiérrez Alea nos presenta una etapa de transición en Cuba que comprende desde la invasión a Bahía Cochinos, en 1961, hasta la crisis de los misiles de 1962, narrada por Sergio, el protagonista, miembro de una extinta burguesía cubana que en su inmensa mayoría abandonó el país tras el triunfo de la revolución en 1959. El filme comienza con una fiesta, o carnaval cubano, donde alguien es asesinado; pero continúa como si nada hubiera ocurrido, señal de que las masas tienden a enajenarse por medio de la diversión.

Sergio es un burgués que siempre deseó ser escritor, pero las circunstancias no le concedieron el tiempo necesario (según él). En realidad, careció de voluntad para imponer su vocación en el marco de una clase burguesa provinciana que, por lo general, no apreciaba la cultura. No cabe duda de que el desprecio que muestra el protagonista hacia su familia y sus amigos, pertenecientes a la burguesía habanera anterior a la revolución, así como a las masas populares, le ayuda a justificar su incapacidad de no poderse realizar como ente social. Esto último es lo que le permite al director usar sutilmente al personaje para deslizar críticas que, de otra forma, nunca hubieran sido permitidas en la Cuba castrista.

Desde su posición de burgués frustrado y sin afiliación política, el personaje principal se refiere a Picasso como el comunista que vive muy cómodo en París, o a los carteles con propaganda revolucionaria como el que reza “Esta humanidad ha dicho basta y ha echado a andar”: “Y no se detendrá hasta llegar a Miami”, añade Sergio.

En cualquier caso, el arte triunfa en Memorias del Subdesarrollo. Gutiérrez Alea logra imponer, por encima del discurso absolutista y en tiempos de clamores colectivistas, lo singularmente humano como expresión universal. Sergio, o mejor dicho, Titón, fue un visionario que expuso, desde su soberana ambigüedad política, una realidad que con el tiempo se parece más a la ficción. Si es la vida la que imita al arte, según Oscar Wilde, no es placentero ser personaje en una película de horror, ni en una obra del absurdo. Entonces la vida puede estar en otra parte, pues “esa humanidad sigue diciendo basta y no se detiene hasta llegar a Miami”.
Digo, si hasta aquí basta.

Texto publicado originalmente en el blog Cuba Inglesa
Para ver la película, haga clic: https://www.youtube.com/watch?v=VY2PsSnsNOA

domingo, 25 de agosto de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
Respuesta a Walt Whitman
 
Te celebro y te canto a ti mismo.
A tu verso: verde sinfonía que no se puede escindir
                             de la hierba.
A tu atisbo: todo el universo reproduciéndose
                             en tu atisbo;
redoble de tierra donde las lilas eligen
                             su nacimiento.
 
Ríos, bosques, cosmos (es ese hombre que lo contempla
desnudo),
Manhattan, una locomotora de invierno…
Erudición es el ojo del buey, el soldado,
o una prostituta cualquiera; tu tumba, en Camden,
                                                                      condenada
a que siempre la atraviese la vida.
Ellos, junto a tu orgasmo, forman un mismo cuerpo.
                ¡Han recuperado su lengua!       
 
Atrás quedó el soterrado rostro en la timidez
                             de los espejos.
Tu voz se desboca
                                                  y nos devuelve
semejantes a la lluvia.

Qué será de mi tiempo: amorfo mundo
donde las computadoras, por el hombre, sueñan;
donde, de ultrajar tanto al ojo, no hay visibilidad
para sostener esas hojas de hierba.
 
Yo, poeta, clamo por mi origen (mi tribu, que un día
fue arrancada del fuego).
Que tus palabras –rayo que nos roba Zeus-
                             me protejan.
Yo también necesito celebrarme y cantarme
                             a mí mismo.
 
 
 
Poema perteneciente al libro Alguien canta en la resaca (Término Editorial, Cincinnati, 2000)

martes, 23 de julio de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
 
Premonición del iniciado

 

Escritura, ahora que he desechado todos los dioses,
que ya no me queda un ápice
de teogonía ni cosmogonía,
me entrego en cuerpo y alma a tu culto.
Serás mi adorable tótem:
el halcón que vuela desde el innombrable abismo
de mi voz,
                   para anunciar la apertura del templo.

Entonces alguien reconocerá en tus ojos
                                                mis ojos,
cuando tu lengua sea definitivamente un árbol,
y en tus manos se abra una ruta hacia la gran pirámide,
y tus piernas sean el mapa por donde se recobre el camino,
y, al amanecer de unas metáforas,
alguien crea haber perdido por siempre la ceguera,
sin saber que, apenas, ha llegado a la leve culminación
                                                de mi rostro.
Entonces, sólo entonces, comenzarás a ser La obra.


 
Poema perteneciente al libro Trilogia del paria (Editorial Silueta, Miami, 2007)

sábado, 29 de junio de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
 Hábitat

My City, my beloved, my white! Ah, slender,

Listen! Listen to me, and I will breathe into thee a soul.

Ezra Pound

He says again, "Good fences make good neighbors."

Robert Frost

 

I

La noticia de última hora no es una esquina

donde la noche cancela su anonimato.

Ni la luna que baja hasta los condominios

ha encontrado un ojo para iniciar la leyenda.

 

Ezra Pound no tuvo el corazón sitiado por un iPod

en el momento en que la música es un abismo,

y el silencio no se avergüenza de ser

                                               un escándalo mayor.

 

II

Mi vecino ha levantado una cerca

para que no me tropiece con sus palabras,

para que no me llegue de soslayo la fisura que distingue a su alma.

 

―Hello, sir.

(A prudencial distancia…

“Don’t cross the line!”)

 

Mi vecino ha levantado una cerca

para que no se funde un nido cuando se crucen nuestros pasos.

 

Le teme a la estación con que puedo entrar en su casa.

¡Ni un pie adentro…!

Para que nunca meta las narices en su cabeza.

 

Una cerca se interpone entre su alegría y la mía,

                                   entre su tristeza y la mía.

 

Seremos muy buenos vecinos, Mister Frost,

entre nosotros nunca se levantará la vida.


Poema perteneciente al libro inédito Hábitat, de próxima aparición





sábado, 15 de junio de 2013

Un poema de Joaquín Gálvez


 
 
 
Otra acepción de la lluvia

 

 
Cuando yo contemplo la lluvia, vuelvo a conversar con mi padre.

Acaso porque la lluvia es su rostro ubicuo,

el territorio donde siempre se reúne con este hijo

que se fue al extranjero.

 

Mi padre y yo fundamos una comunión:

un juego que se sigue extendiendo en la lluvia.

Y así, a prueba de lluvias,

nos descubrió Gene Kelly en un anfiteatro de barrio.

Y la memoria se convirtió en la mejor pesca del riachuelo

-el mapa que lo libera de una geografía anodina-.

Por eso, junto a mi padre, en aquel estadio

ningún juego se suspendió por lluvia.

Y en cualquier parque, y en cualquier feria,

y en todo carnaval de la intemperie,

la lluvia nos ofrendó su lealtad cual infalible techo.

 

Y ahora sé por qué llueve:

nunca nos separamos en el espíritu de la lluvia.

 

Poema perteneciente al libro inédito Hábitat, de próxima aparición