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domingo, 11 de marzo de 2012

Adalberto Guerra y un fantasma de La Seguridad del Estado Cubano




En un artículo de Waldo González López, cabalgando llega hasta mi puerta un fantasma de La Seguridad del Estado Cubano.


 Por Adalberto Guerra


En la época temprana de los años 90’s  andaba con un manuscrito de textos, diría yo “inocentes” bajo el brazo en mi pueblo Santa Cruz del Norte, cuando conocí a Fausto Adolfo Martí hijo del conocido poeta Adolfo Martí Fuentes,  y hermano de Carlos Martí Brenes, viceministro de cultura de Cuba en los 90’s. Fausto estaba convenientemente viviendo en el pueblo y se presentaba de vez en cuando en mi casa con la intensión de compartir textos, de ahí nació una amistad custodiada por el ojo amonestador de mi esposa, que siempre lo presintió como una persona de poca fidelidad y ligero en las palabras, pero yo andaba en los años de mi juventud, que como es sabido por muchos, me llevaron a APAL (Asociación Pro-Arte Libre) a finales de la década de los 80’s y no reparaba en Fausto más que a un hombre en busca de “las palabras”. Fausto de aprendiz de poeta pasó a activista de derechos humanos y en poco tiempo ya militaba en un grupo que cambió de nombre  y se dividió en varias ocasiones, junto a Héctor Castañeda y José Antonio Fornaris.  En el año 1991 mi hija Keyla, de tres años de edad, contrajo una enfermedad viral que le producía fiebre cada 15 días, que después de muchos estudios fue diagnosticada y le prescribieron penicilina benzatinica, que no era posible conseguir en las farmacias cubanas.  En una de esas conversaciones de sillón que sostenía con Fausto, sin otra intensión que el desahogo, le conté sobre la penicilina benzatinica y a los pocos días se apreció en mi casa con un frasco y posteriormente con otro, y en adición a algunos que yo pude conseguir en el mercado negro, terminó el tratamiento de 8 inyecciones.


En el  año 91, Fausto incrementó su actividad dentro de los grupos de pro-derechos humanos donde cubría los sucesos de Alamar en el caso María Elena Cruz Varela de Criterio Alternativo. El día  21 de Noviembre de 1991 llegó sorpresivamente a una casa en la playa de Guanabo donde me encontraba de vacaciones, visiblemente maltrecho, golpeado según él en Alamar, pero no ensangrentado como se conoció fuera de Cuba en este artículo (http://www.sigloxxi.org/Fisura/braga-13.htm).  Para hablar en privado nos fuimos a dar una larga caminata, tiempo que aprovechó mi esposa para extraer de su mochila una grabadora de bolcillo y una libreta de notas de las cuales se hicieron trascripciones del contenido (aún en mi poder), por lo que supimos que de hecho que Fausto era un Agente de la Seguridad del Estado, esa fue la última vez que vi a Fausto Adolfo Martí en persona.


Agosto 13 de 1992, en un juicio militar, el Gobierno cubano condenó a tres civiles; al Dr. Omar del Pozo Marrero a 15 años, a Víctor Reynaldo Infante Estrada a 13 años y a Carmen Julia Arias Iglesias a nueve años; y a un miembro del aparato de seguridad del Estado, el subteniente, Julio César Álvarez López, a 19 años, todos por revelación de secretos de Estado. Este documento de denuncia puede encontrase en www.directorio.org buscar bajo Directorio Democrático Cubano, 2007, ver  página 79, Fausto Adolfo Martí. El gobierno había infiltrado en sus organizaciones a Héctor Castañeda, Fausto Adolfo Martí y José Antonio Fornaris quienes testificaron para la fiscalía, en pocos días el señor Fausto fue enviado por su hermano a Islas Canaria con el título de “publicista”.


A raíz del “Maleconazo” en 1994, surge un caso de una embarcación cubana que naufragó en Cozumel-Quintana Ross, México donde mueren 9 de sus ocupantes y otros 8 fueron regresados a Cuba, a mi pueblo Santa Cruz del Norte, donde le facilité que fueran entrevistado por  agencias de prensa, entre ellas EFE y REUTER. Después de  las entrevistas hay un boycott de los productos Mexicanos en EU, dirigido por los exiliados de Miami y surgen presiones de todo tipo hacia el gobierno Mexicano por lo que fueron regresados a México y posteriormente recibidos por EU, a donde también se trasladaron los 9 cadáveres, suceso muy conocido por esta comunidad. Todo esto me situó en el centro de una controversia y tuve la habitual visita de la Seguridad del Estado donde entre otra cosas  me dijeron “hemos hablado contigo ya tantas veces y no haces caso, que te vamos a dar por donde más te duele” a primera instancia no capté la profundidad de la advertencia, posteriormente en la entrevista, uno de  ellos (que eran 5) me dice: “eres un mal agradecido” y al preguntarle la razón, me dice: “por lo que hemos hecho por la salud de tu hija” y le dejé saber que yo sabía que se referían al medicamento que me había provisto Fausto, en lo cual no había pensado hasta ese momento,  hubo un silencio momentáneo, de ahí en adelante mi mundo se fue en blanco y negro, no supe cuanto demoró la entrevista, solo pensaba que pudieron poner algo en la penicilina y matarla o dejarla parapléjica. Esto únicamente puede compararse a un padre que sabe que su hija estuvo tan cerca de un depredador sexual que pudo tocarle el pelo, las manos, las entrepiernas, pero quiso dejar para otro tiempo el resto. Llegué a mi casa y le dije a mi esposa que preparara todo, que nos íbamos, y tres días  después, el 21 de agosto de 1994 salimos ilegal de las costas de Santa Cruz del Norte en una embarcación. He pretendido olvidarlo todo por 20 años, pero me ha sido imposible porque el fantasma de Fausto me ha llegado cabalgando en este artículo de Waldo González López (http://fausto-adolfo-marti.artelista.com/) ahora en Miami, que me lo presenta renovado como un pintor, con otra cara, otra mano donde la crueldad se aplica con pinceles y colores tiernos. Recientemente en mi reencuentro inevitable con el fantasma de Fausto (en Facebook), le he escrito a su perfil la siguiente nota, con la que quiero cerrar estas palabras y finalmente olvidar, porque después de ver la obra, prefiero recordar  a Fausto “el pintor” que a Fausto el hombre. Un hombre puede hacer su obra buena, más una obra no puede hacer a un hombre bueno.“Esperó que la vida te haya dado la medida justa de las cosas, ni paz ni guerra extrema, para morir o vivir por algo”


Adalberto Guerra


Nov.8.2011


Velamenes@gmail.com



           Correspondencia en respuesta.


Guayaquil, 9 de noviembre de 2011.


CARTA ABIERTA DEL FANTASMA AL FANTASMÓN



Sr. Adalberto Guerra:


Han pasado 20 años desde que lo conocí y continuo recordándole como un talentoso joven poeta del lugar donde vivía en ese entonces. Es indudable su interés por la literatura pues aún hoy vuelvo a saber de usted, pero en este caso no por su poesía, sino por la capacidad narrativa de que hace gala el cuento que me dedicó recientemente en su blog.


Construir literatura desde su subjetividad no se le da tan bien como la poesía y pretender hacer historia sin profundizar antes en los temas que escoge, no creo sea un buen camino para alcanzar notoriedad, más bien, esta falta de rigor lo puede convertir en el amplificador idóneo del mensaje de aquellos a los que cree repudiar. El Sr. José Antonio Fornaris me ha distinguido en varias ocasiones con trabajos muy parecidos al suyo. Extraña coincidencia esa que lo une a usted y a ese señor. A él nunca me he tomado el trabajo de responderle, en su caso lo hago más por el asombro que por el tema que sugiere. Hace años que lo oigo y ya a estas alturas de mi vida, si le soy sincero, me da igual las opiniones de los individuos como usted y de la mitología donde mecen sus frustraciones y olvido. 


Solo recuerdo haberle hecho el bien siempre que pude, lo cual veo no ha olvidado y reconoce en sus líneas, por lo que sobran las explicaciones que no le debo. Le aseguro que nunca registre sus pertenencias como hizo su esposa con mi mochila, supongo que obnubilada por la paranoia. Ignoro de que importantes pruebas pudo hacerse en tal robo, pero créame que tampoco me interesa mucho el asunto, más bien le sugiero que haga públicos tan valiosos documentos a fin de dar algún alo de credibilidad a su relato.
No me arrepiento de haber resuelto en su momento esa medicina que le hacía falta a su hija. Hacer el bien supongo que compensará siempre cualquier desaire u ofensa suya. Eso que sugiere de que podría haberla envenenado o contaminado es digno de quien lo piensa y no de mí, la mejor prueba con la que cuento no es su agradecimiento, sino que supongo su hija está viva. El juicio que me interesa es el de Dios y créame duermo tranquilo. Desconocía hasta hoy todo ese resentimiento y mala voluntad de su parte, pero no puedo hacer nada al respecto y tampoco me importa mucho.


Desgraciadamente toda esta historia no se ha terminado aun de escribir, así que le sugiero espere el final para hacer resúmenes. Por suerte para mí y para mi familia supongo no todos piensan como usted que he muerto y soy un fantasma. Una búsqueda en Google con mi nombre completo le ayudarán a convencerse que usted encaja mejor en esa definición o perfil. 


Como veo le han gustado mis pinturas, lo que reconoce indirectamente en sus despreciables e injuriosas líneas. Espero no tener que valerme de incidentes de este tipo para promoverme como pintor y desearía que a usted no le hagan falta para que lo reconozcan como poeta o alguien se decida a leerlo.
Sin más.


Fausto Adolfo Martí.


  
West Palm Beach Florida.


Noviembre 9 de 2011.


 Tengo lamentablemente que comunicarle Sr. Fausto que lo que usted leyó no es un relato, cuento o inventiva narrativa, donde lo incluyo, aunque presiento que sería de su agrado que lo fuera, porque  en los cuentos se distorsiona la realidad y al menos eso, le proporcionaría un escape de la realidad que sigue siendo su pasado. Las historias que son bochornosas duelen hasta el papel en que se escriben, como me duele usted profundamente.


 No me gastaría yo una letra o pensamiento en un personaje que tenga su semblanza. No figura usted en una lista de odio, porque no la tengo. En el final de mi artículo (era un artículo) le dejó el olvido como puente para que viaje usted hacia la luz, si tiene fuerzas. Sorprende que no se defienda de la realidad empírica que es, haber sido (o ser) un Agente de la Seguridad del Estado. Difícil será para Fausto explicar la resurrección de Fausto, lo que bien pudiera ser su reaparición en Cuba en el 2009. Admiro su obra por encima del hombre y le agradezco al hombre el bien que el hombre ha hecho. No ha negado usted lo de la medicina, cosa que me agrada, como tampoco ha negado que la obtuvo del mismo cuarto oscuro donde le daban órdenes.


Si hablamos de fantasmas te diré Fausto, que amo esta muerte donde me recuerdan con amor, que es más justa que estar vivo y ser recordado con encono. Nadie ha ido a la cárcel por mí, no tengo pasado, puedo morir en paz, ¿puedes tu Fausto? Te invito a que publiquemos tu carta y la mía (todas) en el sitio que elijas, a ver si das un paso hacia la luz.


Sobre google, poniendo tu nombre he encontrado cosas buenas y malas, las últimas son menos, pero pesan más en mi balanza, tu obra es buena, más las obras de un hombre es el peso completo de su vida. Poniendo mi nombre en google: tienes razón, me da un fantasma con unos libros publicados (dos), nadie me busca o me maldice, lo que me hace un fantasma feliz.


Con todo respeto.


               Ad Guerra.



Guayaquil, 10 de noviembre de 2011.



Pensé responderle de inmediato su mensaje al recibirlo, pero después de analizar su contenido decidí esperar unas horas a fin de poder discernir sus verdaderas intenciones tras esta, llamémosla, provocación digital tras veinte años de silencio.


Coincidirá conmigo que la publicación en su Blog de este artículo donde trata de hacerse mi víctima y su reproducción en Facebook no podían quedar sin una adecuada respuesta dejando clara mi posición, pero no le daré más valor que el que día a los artículos publicados por Fornaris y a los que no hace referencia alguna en este segundo mensaje. No será conmigo con quien hará meritos para sus ambiciones. 


Sus argumentos para iniciar este tardío debate después de 20 años no termino de verlos con claridad, ni cuál es su verdadero propósito tras este falso arrebato ético con el que pretende aleccionarme o dictarme cátedra de moralidad. En fin que no le debo ninguna explicación. Desgraciadamente no entiendo bien el lascivo lenguaje de los perros y no suelo actuar por impulsos entupidos, ni aguijoneado por situaciones imprevistas.


Usted ya hizo público el asunto así que no se a que nuevo espacio promocional pretende llevarlo. Lamento decirle que no soy su camino a la fama, ni la escalera a sus ambiciones personales.


Me perdona, pero no soy tan ingenuo como para dejarme dictar la agenda de lo que debo o no debo hacer por usted y ponerme a darle explicaciones. Dar mi versión de lo que sucedió realmente en aquel entonces sería caer en su juego.


Sus opiniones le repito me tienen sin cuidado así que haga lo que le parezca. Escriba lo que escriba y destile el veneno que destile, no le serviré de puente para salir de su mediocridad.


Mi primera reacción fue de asombro, en esta segunda parte comienzo a ver más claro su juego. Mal le debe ir económicamente con la poesía cuando necesita echar mano a un incidente de hace veinte años para comer supongo. No es mi caso y le comunico que este es el fin de nuestra comunicación.


Le deseo suerte y que Dios lo ayude.


                     Fausto Adolfo Martí.



West Palm Beach 10 de noviembre de 2011.


 Sr. Fausto:


Al inicio de todo esto pensé que me encontraría a un Fausto humanizado en la pintura, pero en fin, los colores que usted conoce son apliques que el tiempo o las manos dejan en las parares, que las mismas manos manchan o borran y yo venía pensando en los colores imperecederos. No le ofrecía más, que borrar de su mejor cuadro, (su vida) la mancha que lo arruina.  Lamento que en un impronto cierre la puerta de su tumba sin que al menos diga unas palabras de despedida al vivo que fue, o al fantasma que deja levitando. Veinte años son mucho tiempo para usted, creo que más largo le han resultado quince a Omar del Pozo, y a los otros de la causa. Usted pretende que el tiempo borre, yo pretendo que el tiempo sane, dos cosas muy distintas.


 Nada tiene que explicar sobre lo que sucedió porque las explicaciones son para los hombres que ponen luz donde hay sombras y no para los que ponen sombra donde hay luz. No me complazco en su respuesta pávida, asustadiza, más bien me apeno por usted. Ya habrá un tiempo para responderse así mismo, tal vez nunca llegue y siga el silencio escalando en las sombras de sus cuadros (que son muchas) y entre tanta sombra finalmente pueda enterrar ese fantasma que le habita los hueso.


 No lo uso a usted, como refiere en su carta, para afamarme, paladeó una vida meritoria, más bien humilde, sin que me persiga el pasado, ni busco en la literatura esconder al hombre que fui. ¿Qué otra riqueza digna pudiera un hombre pedirle al hombre que ha sido? Hay un momento donde no está la pluma o el pincel y el hombre entra en conversación con el hombre, no hay en esos momentos para mí bochorno.


 Sobre el Sr. José Antonio Fornaris, lo vi dos veces en mi vida, siempre en su compañía, y no hay cosa que tenga que decir,  más bien es usted quien tiene, que viene del mismo saco y comparten el esqueleto de un mismo fantasma. Por favor, no caiga en mi juego, siga en el suyo, el que le dictan la sombras que lo han acompañado por más de veinte años, no se gaste el tiempo en tratar de  entender “el lenguaje lascivo de los perros” que es para gente que entienden a los perros, que de hecho, ladran cuando un fantasma pasa. La próxima vez que ladre mi perro, le explicare que hay fantasmas míseros.


 Adiós para siempre Fausto, yo te perdono, y con esto te bajo misericordiosamente los parpados.


                       Ad Guerra.

domingo, 9 de enero de 2011

Cuatro poemas de Adalberto Guerra



En temporada de la muerte de mi madre

Yo tenía los ojos en esa foto de niño
como los ojos vidriosos de un toro entristecido,
como solo en la tierra tenía yo los ojos
en esa foto en la que mi madre clavó dos alfileres
con la finísima delicadeza de una campesina;
que queriendo huir se quedó allí cuidando mi alma tanto tiempo
que envejeció sin cambiar sus prendas interiores,
como un animal atado a un árbol envejeció mi madre,
yo la miraba con los ojos vidriosos de haber llorado mucho,
sola como una baliza olvidada en medio de las aguas.
Yo le tejí un vestido oscuro para su viudez
y lloré con ella sin saber a quién
por los muertos de la casa,
en la casa donde no había muerto gente alguna,
yo le leí Job Treinta y ella tornó su cara hacia la luz y se fue yendo
como una niña de regreso a casa
con los ojos vidriosos de haber llorado mucho.
Yo he llorado a mi madre
y ciertamente he llorado al que tuvo un día duro por igual,
una vida dura,
le he llorado públicamente como un hombre,
como un hijo enfermo,
mas ella andaba como buscando alguien o algo
olvidado en la vasta región de su memoria,
no me miró, no me maldijo o dijo nada
y entró riendo para siempre en los cuartos interiores de la muerte.

Volviendo de la guerra

Estoy volviendo de la guerra 
como quien vuelve del polvo 
a su antigua armadura de hombre, 
no reconozco la ciudad que me aguarda, 
si alguna vez fue mi ciudad este laberinto, 
y cabía en mi bolsillo como una llave 
el secreto de sus grandes puertas.
Yo fui a la guerra 
y de buen guerrero puse mi rostro 
mas he vuelto hoy ciego y desnudo a ser quien antes fuera, 
he vuelto como quien busca 
dónde acomodar en paz su frente y ya no hay sitio, 
la ciudad danza en su demencia 
y yo he olvidado el secreto de sus grandes puertas. 
Los que no fueron a la guerra 
hicieron la paz en sus cabezas 
y enterraron las tablas 
en que escribían extensos manuscritos, 
acerca de hambre o acerca de Dios 
que según las tablas estaba en todas partes.
Los que no fueron a la guerra 
mal inventaron la historia 
e hicieron muros para que no volvieran las noticias 
porque era un bochorno la guerra y lo contrario 
y en pavorosas llamas 
quemaron los intranquilos ángeles de la mente 
para no pensar en el mármol 
y en la sagrada tristeza de la ciudad 
que habían fundado bajo pretexto.
Esta es la ciudad a la que he vuelto 
como quien busca dónde acomodar su frente 
y ya no hay sitio,
la ciudad danza en su demencia, 
los que vuelven de la guerra 
han olvidado el secreto de sus puertas, 
y yo estoy volviendo del polvo 
a mi antigua armadura de hombre, 
no reconozco sus templos 
convertidos en abrevaderos de bestias, 
sus vírgenes que vinieron a ser 
como cántaros al borde de la fuente 
para apaciguar la sed de los viajeros, 
no sé si es esta mi ciudad 
la que ahora como una generosa madre 
me abre las puertas de su laberinto.

El Chino (Angel Escobar)

Contadas estaban las caras que le daría Dios para perderse entre la gente,
contados los amigos, los días, las mujeres todas que le daría Dios,
contado todo tan exacto que vio venir la muerte
y se dejó caer sobre el cemento como un pájaro helado.

Yo que llegué a ver temporada de mi muerte

Hay una temporada
en que el hombre enmudece y muere
y se cava en el pecho para enterrar la lucidez un hueco,
hay un tiempo en que los amados tuyos
te abandonan en los manicomios
y tienden a desconocerte
y un tiempo en que se vuelven a la codicia,
los hombres pobres codician cosas simple,
la lucidez de otros o cosas simples,
pero hay un tiempo en que se muere
y la lucidez cesa
y los amados queman tus fotos con bochorno
y te entierran en el patio de sus casas por bochorno.
En una temporada así viniste Tú
y no te percibió mi ojo enfermo,
yo era un extraño en hombros de un extraño
que conducía mi cuerpo a parte alguna y no te vi
yo no te vi porque los hombres
en estas temporadas mueren
o fingen estar sordos o se van por los puentes
lamentando en un verso la oscuridad ajena.
Mi madre me enviaba cartas
y panecillos de su indigencia
(desde otro tiempo supongo)
porque me hablaba de la muerte de alguien
que yo sabía muerto hacía tiempo,
mi madre residía en el Estado
y el Estado era anciano
y los ancianos prefieren cosas simples para moldear la mente.
Nunca escapó por el corredizo
que unía mi casa con su casa,
literalmente no había unión alguna
porque los ancianos prefieren cosas simples como la soledad,
yo le hacía señas, me aprestaba a correr con sus huesos,
mas ella nunca abrió, o huyó de SÍ.
La casa de los amados míos está en un hueco
que cavaron los antepasados de mis antepasados
para esconder su lucidez,
que murieron y fueron enterrados
por desconocidos hombres o por amados suyos
en el corredizo que unía mi casa con sus casas.
Los amados míos que me hacían muerto
cortaron los árboles que había plantado yo hacía tiempo
para marcar los límites que me pertenecían de la lucidez;
mas estaba severamente enfermo
en la temporada en que vino mi madre
por el corredizo que unía nuestras casas
y yo no abrí, no estaba yo dentro de las habitaciones
que había enlucido para el recibimiento de los míos,
había desorden y extraños versos que no habría escrito yo
en los tiempos de la lucidez,
no estoy seguro si fue realmente así
porque me he visto recostado a mi madre en una foto
de aquella temporada en que Dios me vio flaco y postergó mi muerte.

viernes, 15 de octubre de 2010

Un cuento de Adalberto Guerra



DEL REY DE LOS TOLDOS LO HEREDAMOS


Un 29 de junio de 1856 salió por primera vez el apellido de mi familia en los periódicos, un fabricante de toldos de origen portugués puso el nombre de la familia en alto, tan en alto que salió de La Plaza de Marte de la Habana a las 5 de la tarde volando en su aerostático Villa de París y aun le estamos esperando.

La locura de conquistar el aire alcanzó a la familia desde entonces, a partir de ese momento los chicos nacían mirando al cielo, decían las parteras y agregaban -como genuinos descendientes del toldero-. Se dibujaron desde entonces globos en los bordados de las canastillas de los recién nacidos y cuadrúpedos que caían del cielo en paracaídas lanzados desde una nave aerostática. Para acentuar el sello familiar se fabricaban biberones distintivos con agarraderas de madera en forma de globos, los chicos perseguían a otros chicos con los brazos extendidos en similitud de vuelo. Uno de los tatarabuelos se lanzó a 40 pies de altura desde la cima de una palma real, sosteniendo dos pencas de guano debajo de los brazos y murió del trastazo o de miedo, nadie sabe.

Muchos años más tarde uno de mis tíos tuvo la brillante idea de hacer un avión de madera con un pequeño motor de turbina de agua, la idea se puso en marcha con la complicidad de todos de una forma u otra, se discutieron los planos y se propuso la constitución de los materiales de construcción, como no había medios de consulta se le preguntaba a los más viejos que vieron volar al bisabuelo, la forma en que cayó, la distancia en relación con el tronco de la palma y la posible inclinación del cuerpo, el mes del año y las corrientes de aire, se calcularon los detalles y se hicieron demostraciones reales con pencas de palma. Las mujeres cosieron las alas y el traje del piloto de un rústico cuero de vaca, hicieron una banderita para identificar el país. Los hombres cortaron la madera de ateje y le dieron forma a las aspas, montaron las vigas del cuerpo de la nave, la pintaron con una argamasa de polvo blanco de la tierra y resina de árbol. Por fuera tenía la apariencia real de un aparato aerodinámico y de cerca tenía olor a vaca muerta, pero así se le fue dando forma a aquel disparate alado, se le colocó un letrero que decía “GuBaRoMa” en alusión a las dos primeras letras del nombre de los hermanos de mi madre, Gustavo, Bartolo, Rogelio, María, que después de muchas discusiones se cambió por “Aéreo De La Viajaca” en alusión al nombre de la finca de nuestra posesión por si no caía en la región o caía fuera del país donde hablaran otro idioma, algunos hasta aseveraban que construirían un puente aéreo para traer pescado fresco a las fincas y llevar vegetales a otros mercados de las islas, lo que alentó a otros campesinos a apoyar el proyecto. Poco a poco se fue completando la tarea, toda la labor se realizó en el pico de una loma para poder propulsar el aparato con más facilidad. Los hombres trabajaban incansablemente, se puso una fecha de despegue y se completaron las tareas en tiempo, el último detalle fue la banderita del país hecha a mano que ataron a una vara de bambú y la clavaron a la cola del aparato con la esperanza de que le reconocieran otras tierras. Se dieron cita todos a la misma hora en el pico de la loma que años más tarde llegó a llamarse La Sobreviviente, el piloto lucía su traje de cuero rústico y olía a vaca en celo, algunos confiados en el éxito trajeron racimos de plátanos, yucas, calabazas por si se daba la oportunidad de empezar el comercio. Después de varios intentos arrancaron la turbinita de agua que era el corazón de la nave y el piloto oliendo a vaca aceleró el motor halando un cable que se había atado a un pie y todos se posicionaron para empujar el armatoste, el piloto dio la orden: CORTEN, CORTEN, CORTEN- y cortaron la soga que suspendía la nave y los hombres empujaron a un tiempo y de hecho despegó la nave al caer al vacío de la loma, subió y dio una vuelta de trescientos sesenta grados y se desplomó loma abajo, el piloto colgaba del cable del acelerador por un pie por la parte de afuera de la nave como tirado por cordeles de marionetas, giraba y vociferaba mientras salían calabazas como bolas de cañón y yucas en el aire y pedazos de madera y cuero de vaca y humo y gasolina. La nave fue a parar a un campo de piña y se arrastró por unos 100 pies. Después de largas horas de desmonte llegaron a la nave y encontraron al piloto aun vociferando, colgado por un pie con el cuerpo lleno de espinas de piña y aceite del motor y pigmentación verde de cuanta vegetación encontró en el descenso. Olía intensamente a vaca, a estiércol de vaca. Lo bañaron en la tina de abrevar los animales, de lejos lo restregaban con una escoba de ramas de palmiche y lo tendieron encima de una mesa como a un mantel y le extrajeron las espinas entre todos como se apartan las impurezas del arroz y aún vociferaba CORTEN, CORTEN, CORTEN y halaba el pie como si aun accionara el acelerador y extendía los brazos a cuanta cosa se ponía el frente de él y lo giraba como a un timón y hablaba desordenadamente de las variedades de frutas de la finca como un vendedor de paraguas. Envejeció en un día y murió con una coloración verde hasta dentro de la boca y oliendo aun a cuero de vaca. Lo enterraron en el surco que dejó la nave en el campo de piña en una caja que hicieron los hombres recolectando las tablas que se desprendieron de la nave y resaltaban las letras inscritas en las tablas ADA, único remanente que quedó del “Aéreo De La Viajaca” y las parteras, desde entonces, empezaron a nombrar a los recién nacidos que nacieran “como genuinos descendientes del toldero, mirando al cielo", con nombres como Adán, Adelfa, Adelfo Adelo, Adela, Adrian, Adelina, Adolfo, Ada, Adin, Adonis y Adalberto… mi nombre.




Adalberto Guerra
(San Antonio de Cabezas, Matanzas, Cuba, 1967). Poeta, narrador y editor. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Ha publicado recientemente “Cazadores de la sombra del ave” (Poesía, Editorial Velámenes). Este relato pertenece a “En el lenguaje lascivo de los perros”, libro de cuento que será presentado en los próximos meses por la Editorial Velámenes.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

Un cuento de Adalberto Guerra


GENTE DE CAMPO


Si quieres, ahórrate el tiempo que te gastarás en leer la historia de mis padres, pudieras resumirla de la siguiente manera: Mis padres se amaron brevemente, tuvieron un hijo y se odiaron por el resto de sus días…..Fin


Mi padre, campesino terco y sin oficio, amó a mi madre campesina terca y sin oficio, a su manera. Construyeron una casa verde en Santa Ana de Viajacas, aún queda allí el cimiento y algunas tablas traspasadas por el aire, aún queda algún zapato enterrado en la terquedad del fango como si el tiempo hubiera sepultado todo, sepultado los pasos, las fotografías, las memorias, los nombres. La casa era de un verde que entra por los ojos como un chorro de luz incontenible. La ternura era verde o sin color, no había ternura entre las tablas de la casa que se había construido en medio de un terreno yermo donde mi padre se sentó anciano ya a nombrar sobre sus bienes a los hijos que no tuvo, a contar sobre un amor que nunca tuvo y murió y fue sepultado en fango, en el más absoluto de los silencios. Mis padres eran tan iguales que se odiaban y los perros de la casa les ladraban como si les vieran muertos, como si fueran el reflejo doble de un fantasma. La soledad les habitaba como una mosca en la punta de la nariz que todos miran en las conversaciones y nadie espanta. Mis padres se mataron uno al otro, se devoraron uno al otro y tranquilos se sentaron a contemplar sus cadáveres podrirse y a llorar el uno por el otro y así muertos tuvieron un hijo y lo colgaron sobre un muro como un tapiz de oro agujereado. Cortaron los horcones de la casa y la dejaron caer sobre sus lomos y soportaron el peso que un buey mismo se negaría a cargar, anduvieron por los límites de la propiedad sin detenerse, por un año, como buscando un hueco entre las tablas verdes para irse o meter la cabeza. Se vistieron de saco, se desconocieron el uno del otro. Los vecinos dejaron de llamarlos, de mirar sobre las cercas que dividían la cordura, nadie supo de ellos por un tiempo y fueron olvidados y la oscuridad penetró el verde y ahoyó el verde de tal manera que la luz que había antiguamente se fue yendo, las manos que abrazan uno al otro se acortaron.


Mis padres rompieron sus votos con palabras y partieron sus bienes como quien parte un pan con palabras, dejaron de mirarse, de pronunciar el nombre uno del otro y erigieron una frontera verde y se hizo la ley de los domingos en que se ponía un manta agujereada sobre el muro y cada cual tiraba fuerte. Y cuando la palabra no pudo juzgar sobre los bienes llegó la ley de las reparticiones, como gente de campo entramos en el pueblo vestidos con ropa de campo, con zapatos de campo caminamos directo al tribunal y nos seguían gente de pueblo, riendo como gente de pueblo. Se partió la tierra por cordeles, se contaron los perros, las gallinas, los cerdos todos, se repartieron los bueyes y los yugos, los arados de romper la tierra justamente, las medidas del agua justamente y cuando estaban equitativamente dividas en dos todas las cosas, hicieron una hoguera con lo que les pertenecía y ardieron en ella hasta extinguirse. Mis padres eran tan iguales que me cuesta trabajo separarlos por nombres y apellidos, o eran animales diferentes que se acostaron cerca uno del otro como se echa una manada de toros a pastar sobre la roca dura, y sin saberlo se encontraron.



Adalberto Guerra (San Antonio de Cabezas, Matanzas, Cuba, 1967). Poeta, narrador y editor. Reside en Palm Beach, Florida, desde 1994. Ha publicado recientemente “Cazadores de la sombra del ave” (Poesía, Editorial Velámenes). Este relato pertenece a “En el lenguaje lascivo de los perros”, libro de cuento que será presentado en los próximos meses por la Editorial Velámenes.