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domingo, 26 de mayo de 2013

La poesía de Joaquín Gálvez: una discusión de su territorio





Por Adriana Herrera, Especial/El Nuevo Herald

Jueves, 22 de mayo de 2008


Este sábado, el círculo de lectura de West Kendall Regional Library, discutirá lo poético de Trilogía del paria, el más reciente libro del cubano Joaquín Gálvez, nacido a mediados de los sesenta y quien no en vano ha dedicado tres décadas de su vida al oficio de encontrar el verdadero nombre de las cosas a través del poema. Tenía 19 años cuando abandonó sus estudios de medicina, hastiado de un entorno asfixiante buscó refugio en S.O.S., un grupo cultural independiente al que pertenecían otros poetas jóvenes de la época como Ernesto Olivera, que era, como él, de Guanabacoa. En esa época, iluminado por la voz tierna y oscura de César Vallejo --que le dejó como impronta su sombra y la presencia desamparada de la lluvia que una y otra vez cae en el espacio de sus poemas-- creyó posible intentar una transformación en la vida social de la isla.
''En 1989, en plena época de la Perestroika, nos dimos cuenta de que no era posible'', recuerda. S.O.S, fue desintegrado, entre otras razones, bajo la acusación de que algunos de sus miembros escribían una poesía contrarrevolucionaria por nihilista y desesperanzada. Algo que no era del todo exacto. Si ciertamente Gálvez escribía amparado por el espejo de Vallejo que entonces era para él el gran poeta del dolor humano, no era menos cierto que su poesía conservaba un reducto de esperanza, un espacio donde la compasión humana era tan profunda que colindaba incluso con una forma de religiosidad. Pero abandonar Cuba para desembocar en New Jersey, donde conoció las implacables horas grisáceas en una fábrica de relojes, no constituyó tampoco el hallazgo de un territorio más humano.
Su primer libro, con algunos poemas escritos en la isla y que jamás habrían sido publicados, y otros surgidos de la experiencia del exilio, configura precisamente ''el símbolo de la otra orilla que se busca y a la que nunca se llega. En él plasmó la negación de la utopía, la comprensión de que el arte es la única llegada, el solo territorio utópico posible''. En medio de la desolación y el desarraigo, el canto es la única llegada posible. De ahí, el título: Alguien canta en la resaca.
Después de esa etapa, cuando el poeta emprendió de nuevo la peregrinación hacia otro lugar --Miami-- con su esposa Aida, y sus dos hijos --Rolando y Alejandro-- a quienes dedica El viaje de los elegidos, fue cada vez más clara la comprensión de que en la invención del destino existe siempre la posibilidad de elegir y la poesía, quizás por encima de otras opciones, puede transformar la existencia. Por eso toma el epígrafe de Cavafis, poeta griego, Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado/ Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/ entenderás ya qué significan las Itacas-- para introducir al lector en un viaje que no conduce a ninguna parte, pero le revela la invisible voz de la poesía.
Desde ahí escribe: Toda voz es continuación/y regresión de una misma voz, de la que no hallamos su raíz primera./ La única voz original es el silencio. Y no obstante, por su voz transitan Huidobro, Ezra Pound y T. S. Eliot, incluso con sus épicas de un mundo que se precipita hacia la nada. Cuando llegue el tiempo --si algún día llega-- en que el hombre desaparezca de la faz de la Tierra/ la soledad, nuestra cotidiana compañera,/ comenzará a conocer su propia soledad./
En Miami, dejó la ruta de las fábricas y los trabajos en edificios, para obtener una licenciatura en Humanidades de Barry University, trabajar como bibliotecario y adelantar un máster en literatura en la Universidad Internacional de la Florida. No obstante, como revela su último libro, Trilogía del paria (Editorial Silueta, Miami, 2007), la sombra del exilio no tiene que ver con la nostalgia de una tierra, sino con la condición del hombre que recorre la geografía de la existencia bajo el acoso de la muerte y la conciencia de que no hacemos otra cosa que ``poner un rostro (provisional) en el vacío''.
En medio de todos los destierros, Joaquín Gálvez afirma, como Miguel Hernández en los poemas, la certidumbre que proviene del amor y lo hace de un modo decantado donde se advierte la presencia poderosa de la poesía: Precisamente aquí (no en las páginas del esplendor),/en un ámbito oscuro/ --¡tu cuerpo!-- / descubrí yo la luz. Del mismo modo en que su palabra se inclina siempre ante el silencio con la conciencia de que sólo éste posee ''el vocablo absoluto'', construye un reino donde cada edificio ha sido creado con una argamasa común: la tierra que se deslizó cuando se precipitaron en la nada las utopías, y las manos que a pesar de todo insisten en fraguar mundos.*

jueves, 30 de agosto de 2012

domingo, 10 de junio de 2012

De cómo conocí a Esteban Luis Cárdenas (vídeo III)






Por Luis de la Paz


             Me dio la dirección exacta y la llave de su Chevette, para que yo condujera. Mientras me aproximaba a la 17 Avenida por Flagler, Carlos Victoria, con esa excesiva precaución que lo caracterizaba, intentaba prepararme para lo que sería mi primer encuentro con Esteban Luis Cárdenas. Es un gran poeta, pero es un marginal. Yo, como Joe Brown (el legendario Bocaza) en Some Like It Hot, le respondía: I Don't Care. Carlos insistía, Es un hombre que sufrió mucho en Cuba, y aquí no le ha ido nada bien, y yo volvía: I Don't Care.

            Estacionamos en un callejón, justo frente a un edificio de dos plantas. Nervioso, Carlos se apresuró con la clara intención de anunciar con tiempo mi presencia. En el segundo piso, casi al final del maltrecho pasillo estaba el apartamento. No había puerta, sino un trapo largo a manera de cortina colgando del marco, cogido con dos clavos en los extremos para procurar cierta privacidad. La cabeza de Carlos traspasó el umbral de tela, dejando el cuerpo del lado del pasillo. Esteban, Esteban, llamó. Entra, dijo una voz que no pude retener. Se abrazaron. Esteban ya sabía de mí, pues la presentación fue este es el escritor del que te había hablado”. ¡Coño!, dijo Esteban extendiendo su mano. Una mano grande, de dedos muy delgados, huesuda. Intentó justificar el desorden, pero no le di tiempo. El lugar era sombrío: colchones en el suelo, una mesa muy pequeña, con, literalmente, un reverbero encima, donde una gorda americana, de enterrados ojos azules y pesados y esparramados pechos, intentaba calentar o cocinar algo. En un costado, un negro grande, de abdomen prominente, se desayunaba una Budweiser. Esteban tenía otra junto a su camastro.

            Carlos movió la conversación rápidamente al tema literario, a los escritores del Mariel, que poco tiempo antes habíamos llegado a Miami, justo unos meses después del arribo de Esteban al exilio. En medio del espeso humo que brotaba de la hornilla, del oscilar de un ruidoso ventilador, las risotadas sin sentido del negro gigantesco y de la gringa hablando sin parar en su jerigonza, Esteban sacó unos poemas de un file que guardaba bajo la colchoneta. Leyó. Leímos. Hablamos de proyectos literarios, soñamos con publicar libros y lograr un espacio, el espacio que nos correspondía como escritores, pero que en Cuba no pudimos alcanzar por razones políticas y en Miami tampoco, por circunstancias económicas. Antes de despedirnos, Esteban, que ya se había tomado tres o cuatro cervezas (yo ninguna en solidaridad con Carlos que ya luchaba contra el alcoholismo), dijo: ¡Cojones!, esto aquí hay que festejarlo a lo grande. Levantó nuevamente el colchón, que era como su armario privado, sacó una marihuana que prendió y comenzó a fumar con estilo. Absorbía con fuerza, y tras cada chupada batía la mano cerca de la nariz repetidamente con el pitillo bien sujeto entre los dedos para sentir cerca el humo y el olor. Con los amigos se comparte y se festeja, dijo, extendiendo su cigarrillo.   

Poco después, el proyecto de la Revista Mariel tomaba cuerpo aceleradamente. En lo que sería el primer número apareció su poema Las doncellas en la isla. No estoy seguro, pero creo que fue el primer poema que publicó en el exilio.

            Lo recuerdo en casa de Juan Abreu y Marcia Morgado, a donde llegó con Carlos Victoria para revisar la maquetación de ese número inaugural de Mariel que se dedicó a José Lezama Lima. Sus doncellas brillaron en las páginas de Mariel. Se mostraba entusiasmado con la naciente revista de literatura y arte; una publicación que dejó una sólida huella, porque se propuso, y lo logró, servir de puente generacional, de reconocer la labor de los escritores cubanos que nos habían precedidos en el exilio y de demostrar, que el éxodo del Mariel, más que un hecho político y social, fue también un contundente acontecimiento cultural. Esa tarde, Esteban nos leyó su poema Las doncellas de la isla.


Palabras leídas en el homenaje a Esteban Luis Cárdenas en La Otra Esquina de las Palabras

Cortesía: iSawFingerProduction/Neo Club Press

lunes, 14 de mayo de 2012

Esteban Luis Cárdenas y la literatura marginal exiliada



Por Rodolfo Martínez Sotomayor

Si alguien se propusiera recoger en una antología la mejor literatura cubana del exilio que describe el mundo marginal en los Estados Unidos, sin duda tendría que contar con nombres y obras tales como Misa de sanación, de José Abreu Felippe, Frente al expressway, de Armando de Armas, Mandrake el Mago brilla en el Southwest, de Luis de la Paz, El estrangulador de la calle Flagler, de Néstor Díaz de Villegas, El Portero, de Reinaldo Arenas, entre muchos otros que por falta de tiempo y espacio no puedo mencionar.

Entre esos otros, hay cuatro nombres fundamentales, que escogeré para trazar un punto de vista sobre su relación con la marginalidad. Comenzaré por Guillermo Rosales: Su relación con el mundo marginal es paralela a su demencia, la que la describe en su literatura de manera magistral, pero también su explicación es desde una óptica racional donde prevalece su intelecto. Su novela Boarding Home, avala esta teoría. En ella nos dice “He estado ingresado en más de tres salas de locos desde que estoy aquí, en la ciudad de Miami, a donde llegué hace seis meses huyendo de la cultura, la música, la literatura, la televisión, los eventos deportivos, la historia y la filosofía de la isla de Cuba. No soy un exiliado político. Soy un exiliado total. A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, Venezuela o Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y praderas”.

A Carlos Victoria la marginalidad lo asecha, pero él escapa de sus fauces, de sus límites estrechos, comulga con las víctimas y las hace sus personajes, sus protegidos en el mundo ficticio y real.

Pero él necesita un orden, un ancla para salvarse y escapar de esa asechanza. El aislamiento, la soledad, la distancia, son herramientas que utiliza para ese escape. En su novela Puente en la oscuridad, las zonas oscuras de Miami son coprotagonistas de la historia.

En Eddy Campa y Esteban Cárdenas, ocurre algo singular, y es que hay un regodeo en mantenerse en los bordes. Sus personajes no establecen conflictos con el mundo marginal, todo lo contrario, pareciera que hay un disfrute en ellos que los hace asumirla de manera natural. A Campa solía encontrarlo a veces por los alrededores de la biblioteca Hispánica. En la Pequeña Habana, allí se nutría su intelecto. Ese era su Estado mayor, a varias cuadras más abajo, en inhóspitas barriadas se alimentaba su vida. Él nos dejó un extraordinario libro inédito titulado Curso para estafar y otros relatos, donde el protagonista es el mismo Eddy Campa. Hace unos años, Joaquín me contaba que el propio Eddy le decía que vivir sin posesiones de ningún tipo, sin vínculo laboral, eran las únicas maneras de ser totalmente libre.

Esteban Cárdenas, por su parte, se abrazaba a la alienación con verdadero fervor, también era un ingrediente vital de su literatura, de su narrativa e incluso de su poesía. Su poema Magic City debería de estar en un catálogo para visitantes de la ciudad. Al lado del glamour y el Jet set de Miami Beach, los turistas conocerían ese otro Miami, el pintoresco hábitat de los verdaderos outsiders, como diría un angloparlante. Se llevarían grabada el “alma de la ciudad”. Esteban no explora las causas del marginalismo como un sociólogo, las retrata como un escritor, nos adentra en la cosmovisión de sus personajes donde él es uno más. En algunos de sus cuentos, como en el cine negro norteamericano, la frontera entre el bien y el mal es muy leve y el protagonista es un antihéroe de oscuro pasado y presente. Además de sus amigos escritores, Esteban tenía otros de ese mundo. Una tarde en que se presentaba en el Koubeck Center, vino acompañado de aquellos seres casi impresentables, y en medio de un recital de poesía, uno de ellos, sirviendo de líder a los otros en la retirada le dijo: “Oye Esteban, nos vamos que aquí no hay curda”.

Su cuento Un café exquisito es una vitrina donde confluyen crimen y sadismo con una naturalidad que subvierte al lector. Su prosa limpia y su estilo directo hacen fluir el relato dulcemente hasta el final. Con certeza, un clásico de la literatura cubana del exilio con el que Esteban Cárdenas, ya se hace inmortal.


sábado, 12 de mayo de 2012

UN CAFÉ EXQUISITO



Por José Abreu Felippe

Que existe ya en español una literatura propiamente miamense es algo que no se puede negar. Es un hecho, que nos asalta a diario desde los estantes de bibliotecas y librerías.En el caso de los autores cubanos, entre la nostalgia, las vivencias pasadas y los recuerdos, fueron apareciendo, se fueron colando aquí y allá, primero, tal vez, el nombre de una calle,Flagler pudiera ser; luego un entramado urbano más que rural, definiéndose, ramificándose, poblándose de seres y de cosas. Al final –tenía que ocurrir–, una herida, un goce, nacía en sus entrañas. Una herida nueva que no se podía aliviar con antiguos remedios. O un placer que se abría, lúdico, cuyo único vínculo con la isla rajada en la memoria era el protagonista. Entonces, si el dolor y el placer se manifiestan, también estamos hablando de emociones, de sentimientos, de sensaciones. De ahí que sea esperado, y hasta lógico, que la fundación literaria de esta ciudad mágica esté basada en la poesía. Que sea la poesía quien primero se ocupe de levantarla, de cantarla, de estigmatizarla, de situarla en el mapa. Lo que sí resulta curioso –aunque tal vez no tanto–, es que sea uno de sus primeros poetas, Esteban Luis Cárdenas (Ciego de Ávila, 1945), quien ahora nos invite a degustar, en una prosa llena de espeluznantes recovecos y misteriosos desvaríos, un café exquisito.

Un café exquisito (Ediciones Universal, 2001), es un libro que se expande en dos infiernos casi paralelos que se tocan y se entrelazan como si fueran amantes. Dos amantes muy diferentes entre sí, pero unidos por el horror compartido y por un ritmo magnético, que a veces logra independizarse, aislarse, dejando sobre la página en blanco un hueco, un alarido, en fin, poemas, que complementan el horror. Dos infiernos, flotando sobre la ciudad perdida y la ciudad mágica. En el primero, el general Marbas y su escriba deambulan por la ciudad perdida, símbolos de un terror pretérito que se proyecta hacia el futuro como una repetición. Un círculo macabro. Cambian los partidos de nombre, pero los cuerpos, jóvenes cuerpos, siguen apretándose contra el muro cuando reciben los impactos, y una misma mano es la que se inclina sobre las sienes para otorgar la gracia de un último estampido. Tal vez uno de los monjes que pulen Las uñas de Satanás no se asombre y sea él mismo quien repita las palabras del Predicador: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol”. No importa, de cualquier forma los de siempre asaltarán el templo, y las peores pesadillas serán como islotes navegando las aguas fantasmales donde han de abrirse los ojos del escriba. Crónicas de guerra: la parábola del adolescente, casi un niño, que mantiene en vilo a cincuenta hombres que quieren atraparlo, también asoma en esa parcela del infierno. Prosa suave, delicada, dulce, delineando monstruos que parecen sacados de cuentos infantiles.

En el segundo, el paisaje es frío, pura armazón de acero y concreto, útil para sostener superavenidas y contener un río: el mismo por donde entran y salen los cargamentos de estupefacientes. Junto a él hay sombras casi humanas; alguien que vende crack, y en la esquina, la prostituta de grandes nalgas y profundas ojeras. Uno que busca pan y otro que busca sexo. También la muerte se ha exiliado y ronda como siempre entre el plástico desechable. Cuentos durísimos que dibujan una ciudad ya no tan mágica que sólo vemos, a veces, a través de la pantalla de televisor, cuando estamos aburridos o abúlicos. Alta frecuencia marginal. Es vida de noticiero, vida ajena. O más bien, muerte ajena.

Si la poesía del horror que Esteban Luis Cárdenas crea, espléndidamente, en su inclasificable libro, no bastara para redimirlo; si la fantasía infernal que corre paralela a la realidad también infernal, no fuera suficiente para situar de lleno este libro entre los mejores publicados en el exilio en las últimas décadas; si su estructura trunca, caprichosa a veces, si su cuidada y sinuosa prosa, no alcanzaran a cerrarlo en absoluta e imposible perfección, entonces, olvídense de todo lo anterior, abran el libro en la página 45 y lean el cuento que le da título al volumen: Un café exquisito. Decir una sola palabra sobre él sería cometer un crimen de lesa literatura y yo no lo haré. Sólo voy a advertir una cosa: Un café exquisito en uno de los mejores cuentos escritos en los últimos cincuenta años. Una joya que, absolutamente nadie que ame la buena literatura, puede dejar de leer. Un cuento de antología estrella.

En el estremecedor documental de Néstor Almendros y Jorge Ulla, Nadie escuchaba, Esteban Luis Cárdenas dejó narrado para la posteridad su intento de fuga del paraíso castrista. Vuela desde una azotea para caer en el patio de la embajada argentina, lo consigue, pero los funcionarios lo arrastran herido fuera de la sede y lo entregan a la policía. Sufre prisión. En 1980 llega al exilio donde ha publicado dos cuadernos de poesía: Cantos del centinela (1993) y Ciudad mágica (1997).

(publicado en el Nuevo Herald en 2001)

martes, 1 de mayo de 2012

Esteban Luis Cárdenas: la poesía celeste



Por Emilio Ichikawa

Cuando la cinta Nadie escuchaba (Néstor Almendros-Jorge Ulla, 1989) comenzó a circular en algunas casas de La Habana, se pudo ver a un joven que refería su tensa experiencia política bajo el castrismo con sarcasmo e inteligencia. Llevaba espejuelos oscuros, risa plena, fino descaro. Era una suerte de héroe al descuido.

Se trataba del poeta Esteban Luis Cárdenas, ciudadano de La Habana y Miami. Hoy se le ve poco. Acaso en alguna Feria del Libro donde trata de recordar con desespero lo mucho que ha vivido y sentido. Tiene voz de jazzista a las tres de la madrugada; acaso demasiado grave para la elegancia de los textos que escribe. El poeta, alto y moreno, vive entre palabras celestes. Altas palabras, limpias, sin una concesión al mal gusto o a la rabia insincera.

Esteban Luis, además de un nombre exacto de poeta, tiene la admiración de algunos de los más notables escritores de Miami; de Carlos Victoria y Joaquín Gálvez, por poner dos ejemplos. Su libro Ciudad mágica (Deleatur, Francia, 1997), editado hermosamente por el pintor Ramón Alejandro, descubre la belleza en la contención, en la abstinencia. Es un poemario cubano por negación: se crece en el mérito de los límites.

Si alguien quiere poesía ''pura'' puede encontrarla en los versos de Esteban Luis. Excluye delicadamente las lealtades, la rivalidad; ni intenta hacer sufrir ni hacer reír a alguien. Ni se vale de nacionalismos simbólicos ni chistes que negocien la simpatía de un lector relajado.

Emerson puede justificar a Estaban Luis. Cuando en su ensayo The poet el pensador de Concord afirmaba: "La amplitud del problema es grande, porque el poeta es un hombre representativo. Entre los hombres parciales, él representa el hombre completo y no nos da cuenta de su riqueza, sino de la riqueza de su comunidad", habla de hombres continentes como el poeta de Miami.

Es celeste la poesía de Esteban Luis porque es él mismo un poeta encumbrado. Demasiado alto a veces, harto pegado al cielo para los tiempos veloces. Cuando nos creamos perdidos, defraudados, absurdos, demos una vuelta por ese reino de paz donde hasta la desgracia es hermosa. Ese lugar que es el canto extremo de Esteban Luis Cárdenas en algún rincón de Magic City: La última paz se avecina, / nos ilumine, entonces, la música / de los sacrificios; / el don de la pureza, acrisolados / el rumor y el relevo, por la luz / de los pájaros.

Cortesía: Cubanos sin fronteras, 5 de octubre de 2006

Este viernes, en La Otra Esquina de las Palabras, homenaje al escritor cubano Esteban Luis Cárdenas.

Café Demetrio
300 Alhambra Circle, Coral Gables
Viernes 4 de mayo, a las 7:00 p.m.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

2011 en fotos, en La Otra Esquina de las Palabras

Presentación del libro Inscrita bajo sospecha, de la escritora Mabel Cuesta

Presentación del libro De ceca en meca, del escritor Gabriel Cartaya

Encuentro con el escritor Santiago "Chago" Rodríguez

Presentación del poemario Inestable, del poeta Pablo de Cuba Soria







Los poetas María Eugenia Caseiro, Jesús Díaz (Tinito), Joaquín Badajoz y Beatriz Mendoza leen sus poemas en el evento dedicado al Mes Nacional de la Poesía

Encuentro con el escritor Daniel Fernández

              Presentación del poemario Yo no bailo con Juana, del poeta Ramón Fernández-Larrea

El escritor y periodista Alexis Ortiz le rinde homenaje al poeta venezolano Andrés Eloy Blanco

Presentacion del libro Lepanto, la batalla inacabada, del escritor Rafael Cerrato

Presentación del libro El libro de los cocozapatos, del escritor Denis Fortún

Presentación del libro La noche del gran Godo, del escritor Manuel Gayol

Presentación del libro En el lenguaje lascivo de los perros, del escritor Adalberto Guerra

Lectura de los poetas nicaraguenses Francisco Larios, Rubi Arana y Roberto Cuadra

Presentacion del libro Los Martinez-Casado, una dinastía de artistas cubanos, de Marta Martínez-Casado

An evening with Cuban American Poet and Art Critic Ricardo Pau-Llosa

Presentacion del libro Fundación del centro, del poeta Orlando Rossardi

Una tarde con el poeta Roberto Cazorla

Encuentro con la escritora Rosie Inguanzo

Homenaje al compositor y cantautor Mike Porcel

Encuentro con el escritor Juan Cueto-Roig

domingo, 2 de octubre de 2011

EL MUNDO DE HENRY DARGER



Por José Abreu Felippe

La gran literatura está marcada por seres, ellos mismos actores o más bien prisioneros de una trama absurda que no escogieron pero que no pueden abandonar, obsesionados por extraer de su interior lo que el Bosco inmortalizó como “la piedra de la locura”. Seres extraños para su tiempo y para todos los tiempos, solitarios, enfermos de males incomprensibles para la mayoría de los mortales, a veces hoscos, casi siempre tímidos, viviendo y muriendo por una obra, perturbadora e inquietante, que en su momento sólo a ellos interesa.

Sin embargo, ahora, en este siglo XXI que se encamina sabe Dios hacia dónde, en medio de la globalización y la comunicación masiva e inmediata vía internet, esos seres misteriosos, rarísimos, se nos antojan lejanos en el tiempo, pertenecientes a otras épocas, no pensamos que puedan ser nuestros vecinos. Hoy en día los excéntricos del mundo de las artes responden, en su mayoría, más al deseo de llamar la atención, a veces mediante la provocación gratuita o la trasgresión circense, con la obvia intención de vender lo que sea, que a la inevitable y no deseada angustia existencial o creativa. Mercado contra maldición, nada que ver con la extracción de la piedra de la locura. Por eso asombra que salten a la luz caso como el de Henry Darger.

Henry Darger nació en Chicago el 12 de abril de 1892 y a los 4 años sufrió el primer golpe. Su madre, Rosa Darger –su apellido de soltera era Fullman– moriría por complicaciones en el parto de su hermana, a la que Henry nunca conoció. Vivió unos años con su padre, un sastre de igual nombre, que al poco tiempo lo ingresó en una institución mental en Illinois, donde aterrorizado tuvo que vivir varios años hasta que en 1909 logra escapar y regresa a Chicago. Consigue un empleo de lavaplatos en el hospital St. Joseph, labor que desempeñaría el resto de su vida en distintos hospitales de la ciudad.

El 2 de noviembre de 1972, con 80 años y sintiéndose próximo a la muerte, llama a su casero, Nathan Lerner, un fotógrafo y profesor, y le hace saber que se marcha a un asilo, un hospicio católico operado por Little Sisters of the Poor. Darger era un anciano solitario, hosco, sin familiares ni amigos. Su rutina era la misma desde hacía más de 60 años, ir a misa todos las mañanas, a veces varias veces en el día, cumplir con su empleo de lavaplatos y vagabundear –antes de encerrarse en su casa–, por los latones de basura en busca de revistas y periódicos viejos. Los vecinos lo tenían por un loco inofensivo que establecía misteriosos diálogos consigo mismo, cambiando la voz, para cada uno de los numerosos personajes que intervenían en los mismos.

Darger le entregó las llaves de su apartamento, un lugar pequeño, de apenas dos habitaciones, y Lerner le preguntó que qué hacia con sus cosas. “Puede quedárselas o tirarlas”, le respondió el anciano. Darger moría unos meses después, en octubre de 1973, hace ahora 38 años. Con su muerte comenzaría la leyenda, que no ha hecho más que crecer con los años.

Nathan Lerner no podía creer lo que veían sus ojos. El local donde había vivido Darger por varias décadas estaba abarrotado de cuadernos cosidos a mano, decenas de miles de páginas manuscritas, dibujos, pinturas –algunas enormes–, historietas bellamente ilustradas y collages. A espaldas del mundo, aquel hombre había dedicado más de 60 años a construir un mundo paralelo, mágico, saturado de una fantasía inquietante y perturbadora. Una obra monumental y terrible. Se encontraron muchas obras terminadas, entre ellas, una autobiografía de 5,000 páginas donde no menciona ni una sola vez que escribe o pinta.

La principal de estas obras tiene un título largo: The Story of the Vivian Girls, in What is Known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinnian War Storm, as caused by the Child Slave Rebelion, que abreviadamente se le conoce como The Realms of the Unreal, algo así como El reino o el imperio de la irrealidad, que tiene unas 15,000 páginas escritas a mano –está considerada la novela más larga jamás escrita–, a un espacio y que está protagonizada por las siete hermanitas Vivian. Estas aguerridas hermanitas provocan pavorosas batallas para liberar a los niños de un mundo donde los adultos se dedican a esclavizarlos. A los rebeldes los torturan horriblemente y luego los matan. Las descripciones pormenorizadas de las batallas y de los abusos son, sencillamente, espeluznantes. Las guerras ocurren entre las naciones de un enorme planeta sin nombre –del cual la Tierra es un satélite o Luna–. El conflicto es provocado por los “glandelinians”, que practican la esclavitud infantil. Un dato curioso es que muchas niñas que aparecen en las ilustraciones están desnudas y poseen diminutos penes. Tal vez, afirman los estudiosos de la obra de Darger, sus historias hubiesen pasado inadvertidas –aparte de la labor de Lerner, una especie de Max Brod– si no fuera por la calidad y la belleza de las pinturas que las acompañan. Puesto que Darger jamás estudió pintura, ni poseía formación técnica alguna, no le quedó más remedio que inventarse un método: calcaba figuras de las revistas que encontraba en los basureros, las recortaba, las fundía y las recomponía, a su antojo. También empleaba ampliaciones y reducciones fotográficas que encargaba en un establecimiento vecino.

La viuda de Lerner vendió algunas de sus pinturas en un millón de dólares, pero el grueso de su obra –incluyendo los manuscritos– se encuentra en el American Folk Museum de Nueva York, que creó un centro para su conservación y estudio. El volumen es tal que todavía no se ha terminado de leer todo el material. Se han publicados fragmentos de su obra. Sus dibujos y pinturas se cotizan en la actualidad en decenas de miles de dólares. En el Festival de Sundance del 2003, se presentó un documental de Jessica Yu –ganadora de un Oscar– sobre Darger titulado In the Realms of the Unreal.

Hay constantes en la obra de Darger: su defensa de la infancia y el vacío que dejó la muerte de su hermana. También lo obsesionaba un crimen ocurrido en 1912 –una niña violada y asesinada– cuyo asesino jamás fue detenido –Darger puso a sus personajes a buscarlo afanosamente–, al extremo que John McGregor, el principal estudioso de su obra, llega a preguntarse si no sería Darger el autor del crimen.

Arte bruto, arte maldito, arte como terapia, arte marginal, arte por el arte. El tiempo lo dirá. El mito Henry Darger apenas comienza.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RAMÓN COMEGALLO


Por Alejandro Fonseca

Como toda ciudad provinciana del mundo, Holguín, Cuba, tuvo varios personajes que la gente les llamaba locos, aunque para la argucia tropológica de Coco Salas, eran “criaturas erotizadas”. Y es que en esta ciudad, del norte cubano, tuvo (y aún tiene) una importante galería de orates que han deambulado por toda la historia cristiana de este hato rodeado, no de agua precisamente, sino de lomas donde ahora se esconden, en rocosos hangares abandonados, las armas escleróticas de la Guerra Fría. A las calles de Holguín, perteneció, desde los cincuenta, un hombre negro que siempre tuvo la misma edad, de furibunda mirada, dientes de oro, bastón o estilete, joyas de dudoso valor y una manía constante (que aún el cubano de ahora la sigue padeciendo) de entrometerse en cualquier asunto, y hasta opinar de temas que desconoce. A esta criatura “erotizada” le hacían llamar “Ramón comegallo”. Este sobrenombre, que le producía una cólera incontrolable, se lo había ganado en las otroras lidias de gallos, celebradas en la famosas vallas, que pululaban alrededor de la ciudad y que fueron prohibidas para el populacho a principio de la Revolución, pero que continuaron, un tanto encubiertas, para algunos pertinaces violadores de las leyes y otros que pertenecían a la nomenclatura oficial del gobierno. Nuestro personaje de marras se dedicaba a recorrer las vallas de Holguín, y a esperar que muriera uno de aquellos diabólicos animalitos, para pedírselo al dueño y convertirlo en un delicioso fricasé. Por aquellos tiempos en que a Ramón le guindaron aquel nombrete innombrable, la ciudad gozaba de muchos mercados donde se exhibían millares de plumíferos de todo tipo, y a todo precio. Este acto miserable de Ramón de comer animales muertos, amoratados, le causaba repugnancia a la gente. Decir que alguien se había comido un gallo descuartizado en una lidia, no era nada halagador. Pero también, como decía antes, este personaje padecía de una paranoia progresiva. Siempre se mantenía presto a cualquier mirada, a cualquier gesto, a cualquier movimiento al soslayo. Es decir, pendenciero por naturaleza, su arma preferida era propinarle insultos, amenazas y descalificaciones a todo “adversario” que le chillara el nombrete fatal de “comegallo”. Por razones del azar, hace muchos años fui testigo de cierto pasaje que siempre recordaré, acontecido una mañana en un ómnibus público, que a esa hora viajaba un poco vacío, donde sólo se encontraban personas mayores bajo un silencio casi absoluto. En una de las paradas, entre varias personas que tomaron el ómnibus, apareció la figura oscura de Ramón, con sus atuendos inconfundibles. Recuerdo que su mirada de águila irreverente, a través de unos espesos cristales de aumento, regularmente sucios, recorrió una por una a todas las personas que venían despreocupadas dentro del autobús. Y de pronto, todavía de pie, en el centro de todo, y sacando un cuchillo viejo de carnicero, mandó el siguiente y aterrador mensaje: “Estoy esperando que algún cabrón de esta guagua me diga Ramón comegallo. “El primero que me diga ja, le parto el corazón en dos". Pero la gente, ya acostumbrada a semejantes personajes, siguió impasible mirando el paisaje, a través de los cristales, de aquella hermosa mañana de los años setenta.

domingo, 25 de julio de 2010

EL AZOTE DE PRÍNCIPES



Por José Abreu Felippe

En los ambientes literarios marginales de La Habana de los 70 circulaba una lista, según Reinaldo Arenas confeccionada por el mismísimo Lezama Lima, con las “cien obras imprescindibles de la literatura universal” de forzada y reglamentada lectura. Allí, desde luego figuraban –por mencionar algunas–, Balzac (La Comedia Humana), Proust (En busca del tiempo perdido), Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), Cervantes (El Quijote y Los trabajos de Persiles y Segismunda), Mann (La montaña mágica), Dostoievski (Crimen y castigo), Hörderlin (El Hiperión), Cyrano de Bergerac (Viaje a la luna e Historia cómica de los estados e imperios del sol), Khayyam (El Rubaiyat), Apuleyo (El asno de oro) y Petronio (Satiricón). También El Cantar de Roldán, el Amadís de Gaula, Tirante el Blanco, el Gilgamesh, junto a obras de reconocidos clásicos de todos los puntos del planeta y de los grandes malditos. Recuerdo, especialmente, Perse (Lluvias), que leíamos en la bellísima traducción de Lezama, Eliot (La tierra baldía), Rimbaud (Las iluminaciones y Una temporada en el infierno), Rilke (Elegías de Duino), Lautremont (Cantos de Maldoror) y raros anónimos como los Cantos de Caravana y El espejo mágico. O exóticos, como los Cuentos de lluvia y de luna de Ueda Akinari; y un autor, y es de él de quien deseo divagar un poco hoy, que para mí fue todo un descubrimiento, un tal Pedro Aretino con sus ”diálogos putescos”.

La mayoría de esos libros, en esa época, no eran demasiado difíciles de conseguir, si no estaban por un lado, aparecían por otro. Recuerdo que visitábamos insólitas bibliotecas públicas porque algún amigo nos había comentado que allí existía un ejemplar de, por ejemplo, A la sombra de las muchachas en flor de Proust, en la edición de Alianza Editorial. A veces tuve la suerte de tropezarme con algún tesoro en Cuba Científica o El Canelo, las dos librerías más famosas de libros de uso, o viejos, como se decía. El enamorado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki, fue uno de ellos, que no estaba en la famosa lista o El negrero de Lino Novás Calvo, que sí figuraba.

Gracias a mi gran amiga Aimée, que estudiaba conmigo en el Pre de La Víbora, tuve la suerte de conocer a su padre, el doctor Rodolfo Tro (La Habana, 1907-Caracas, 1989), políglota y escritor vinculado al grupo Orígenes, amigo y médico personal de gran parte de la bohemia artística habanera. Recuerdo haber visto en la sala de su casa Bodas de las novicias con Cristo, un Ponce espléndido –regalo del pintor, muy amigo suyo y del cual también poseía un magnífico autorretrato–, y haberme quedado fascinado ante su aún más espléndida biblioteca que cubría toda la pared de un inmenso pasillo. Allí vi, por primera vez la colección de Orígenes y tuve la oportunidad de leer algunos buenos libros de la famosa lista y, también, la entonces vaporizadísima novela Paradiso de Lezama en la edición de Diógenes, dedicada por el autor.

En esos años iba mucho, casi todos los días, a la Biblioteca Nacional José Martí y allí, en sus más o menos apacibles salas de lectura, devoré los deliciosos diálogos del Aretino. Tres tomos o “jornadas” que se ocupaban de “la vida de las monjas”, “la vida de las mujeres casadas” y “la vida de las putas”. La BNJM posee –o poseía, ya no lo sé– la invaluable edición príncipe de los “ragionamenti”, donde se lee “ahora por primera vez puestos de la lengua toscana en castellano” y que traduce, anota y “publica a su costa” el comediógrafo español nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1874 y muerto en Madrid en 1922, Don Joaquín López Barba¬dillo. Este erudito andaluz fue muy conocido en su tiempo y sus obras (El fin del mundo, Camino de flores, El traje de Venus, Romance pastoril, entre otras, algunas escritas en colaboración con diversos autores) se representaban con bastante éxito según los cronistas de la época. Pero me temo que su nombre habría quedado relegado al olvido (apenas aparecen datos sobre su persona en algunas obras especializadas), si no fuera por su interés en cierta literatura que hoy llamaríamos erótica. Barbadillo no sólo tradujo, editó y comentó con gran erudición y elegancia, los famosos ragionamenti, sino que creó una muy bella colección de obras con esa temática, entre las que figuraban La comedia del herrador, también del Aretino; Gamiani o dos noches de placer: “maravilloso cuadro en que se pintan las orgías sáficas y sádicas de una frenética gozadora de amor” de Alfredo de Musset; La Academia de las damas: “llamada Sátira Sotádica de Luisa Sigea sobre los arcanos del amor y de Venus”, de Nicolás Chorier; Confesiones de la señorita Safo: “obra francesa anónima del siglo XVIII”; El gineceo: “imponderable colección de setenta y seis portentosos estudios de desnudo” de André Rouveyre; Margot la remendona: “historia de una prostituta”, novela filosófica-erótica; Museo de Nápoles: “–gabinete secreto–, pinturas, bronces y estatuas eróticas con su explicación”; Las delicias de los césares: “famosa colección erótica de monumentos de la vida privada de los primeros emperadores romanos, sacadas de una serie de piedras y medallones grabados en su tiempo, con la representación al desnudo de sus amores, sus orgías y aberraciones”, un texto de 1782, y El culto secreto de las matronas romanas, continuación del anterior, ambos de Hancarville, entre muchos otros. Ramón Akal, en la década del 70 del siglo pasado, recogió y publicó en edición facsímil, esta gran –y rara– colección de Barbadillo que ya se ha convertido en joya de bibliófilos.

Pedro Aretino nació pobre en un tugurio de Arezzo –ciudad de cuyo gentilicio tomo el nombre– el 19 de abril del mismo año del descubrimiento de América y murió rico en su palacio de Venecia, el 21 de octubre de 1556 (otros autores anotan que fue en diciembre de 1557). Su madre fue una cortesana de baja ralea y modelo de pintores para cuadros sacros –su efigie estuvo durante mucho tiempo adornando la fachada de San Pedro de Arezzo– llamada la Tita. Por eso Barbadillo apunta en sus notas bibliográficas sobre el Aretino que fue “hijo de carne de placer”. No obstante, hay autores que plantean que sólo fue una campesina que los pintores se disputaban por su belleza. De su padre se sabe poco, en realidad nadie está muy seguro de quién fue su padre. Buonamici, Burali, Camaiani, Bonci, Lucha o Luca, son apellidos que acompañan a Pedro en distintos sitios, aunque Aretino se tenía a sí mismo como hijo de Luca el zapatero y así consta en algunos documentos. Cela en su Enciclopedia del Erotismo lo llama Pedro Bacci el Aretino. Bacci era un gentilhombre de la zona, lo cual echaría leña al fuego de la leyenda de su origen humilde. Creció en Arezzo, a unos 80 kilómetros de Florencia, en la toscana, abandonado y vagabundo. A los quince años, se dice, escribe un soneto contra las indulgencias y tiene que huir a Perusa donde aprendió el oficio de librero y probó fortuna como pintor. A los 20 ya nos lo encontramos en Roma formando parte de la corte del Papa León X, pero sin abandonar, para decirlo de una forma elegante, su vida disoluta, cultivando amigos y enemigos –sobre todo a estos últimos– a diestra y siniestra. Empezó a escribir encendidas diatribas, artículos satíricos y detractores; ya que pronto aprendió que si alguien virtuoso pagaba generosamente un soneto laudatorio, quien no lo merecía, lo retribuiría mejor. Fue protegido del cardenal Julio de Médicis, del Marqués de Mantua, y consejero del con-dottiero Juan de Médicis. Al llegar Julio al papado como Clemente VII vuelve a la corte, pero pronto cae en desgracia y hasta sufre un intento de asesinato, entonces regresa al amparo de Juan de Médicis y más tarde huye a Venecia. La historia de los dieciséis sonetos lujuriosos que ilustraron los dibujos de Giulio Romano, un soneto por cada dibujo celebrando otras tantas posturas sexuales y grabados por Raimondi, no tiene desperdicio. Retrata a nuestro renacentista toscano de cuerpo entero. Visor publicó hace ya unos años los dieciséis sonetos en edición bilingüe traducidos por Luis Antonio de Villena.



Allí, en su soberbio palacio junto al Canale Grande, rodeado de su harén privado –seis mujeres jóvenes a las que llamaba sus aretinas–, acuña medallas de cobre y plata con su efigie y divisa (El Divino Pedro Aretino, Azote de Príncipes), recibe nobles y emba-ja¬dores, discípulos y aventureros, clérigos y putas famosas; pero también a gente humilde. Y a sus amigos, entre ellos Tiziano, que lo pintó magistralmente –en la actualidad uno de sus cua¬dros puede ser admirado en la Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia– y Sansovino –hay un pequeño busto suyo del Aretino posando como san Bartolomé en la Catedral de san Marcos–. Allí, odiado y temido, pero también amado, muere en santa paz. A pesar del poder que llegó a tener, no fue un hombre feliz. No pudo retener a la única mujer que en realidad amó, sin embargo fue capaz de recibirla cuando enferma de muerte se refugió en su palacio. Puro hombre de su tiempo, él solo enmarca todas las virtudes y los defectos de su siglo. Agotó el placer en casi todas sus formas, habló mal de todos y de casi todos vivió. Hoy pocos lo recuerdan. Pero ahí están y estarán sus “ragionamenti”, esos chispeantes diálogos dedicados a su mona, todavía burlándose sabiamente de su tiempo... y del nuestro.

Texto publicado originalmente en El ateje, revista electrónica de literatura cubana.


José Abreu Felippe(La Habana, 1947) Salió al exilio en 1983. Ha publicado varios libros de poesía. También ha incursionado en el cuento, la novela y el teatro. Actualmente reside en Miami.

domingo, 4 de julio de 2010

En la casa de Beby Urbino

Delfín Prats y Alejandro Fonseca, Holguín, 1987

Por Alejandro Fonseca

A través de Róger Salas, tuve noticias de la existencia de un poeta holguinero, que en esos momentos se encontraba deambulando por las calles de La Habana. Pasaron algunos años, y, de pronto, Delfín Prats comenzó a convertirse en noticia. Como a muchos escritores del momento, a este poeta oriundo de la Cuaba, le habían censurado, quemado, archivado, olvidado,etc., Lenguaje de mudos, poemario que obtuviera el premio de poesía "David" de 1968.

Pasaron muchas águilas por el cielo y una bandada de totíes, y un día el bardo, vestido de "animal extraño", reculó a las tierras holguineras. Tal vez, si la alcohólica memoria de aquella época no me traiciona, algunos lo recibimos como un acontecimiento. Ubicada por fin su tarjeta de abastecimiento en "La ciudad de los parques", comenzaron sus días de repatriado. Un tanto inadaptado a la vida cultural bastante árida en la década de los setenta en las provincias de Cuba, de inmediato se hizo parte de un grupo de escritores que, por entonces, se ejercitaban para conformar el grupo más importante de toda la historia literaria de la ciudad de Holguín.

Recuerdo que nos reuníamos en la casa de Beby Urbino. Una casa pequeña,desatendida y colonial, que perteneció a un patriota de las Guerras de Independencia. Pero independencia también teníamos nosotros; jóvenes por entonces, ilusos, deseosos de un día escribir El barco ebrio o irnos todos en una juerga infinita bordeando cualquier orilla del Sena. Pero a gusto tuvimos que conformarnos con las anécdotas de Coco, la sabiduría de Beby y las magistrales opiniones sobre literatura del amigo Alejandro Querejeta.

Por aquella casa mágica de la calle Pepe Tórrez, también anduvo el vértigo poético de Lourdes González, los deliciosos monstruos de Jorge Hidalgo, los primeros pasos culteranos de Marrón, los esperpentos de Carlín, Carlos Tomate, Rodolfo de la Fuente, Orlando Coré, Teodoro Tapia, Manolo Guillén, Manolo Pascual, las conferencias del arquitecto Walter Betancourt, el buen cuentista ya fallecido Pedro Ortiz, la música de Ramiro, en fin, una galería de personajes, que, por diferentes circunstancias de la vida, fue desmembrándose. Algunos murieron, otros viven fuera de Cuba y ya pocos quedan en la ciudad.

De esa época guardo especiales recuerdos. En una ocasión, en medio de aquellas burundales burundangas, como diría R. Arenas, matizadas por abundante cerveza de termo, Delfín alzó la voz pidiendo silencio. De pronto el bardo, retorciéndose, poseído por un patético furor, desde su sillón comenzó a recitar un texto. Al principio quedamos un tanto confundidos con el idioma en que leía. Al terminar la larga lectura con espasmos apasionados, todos eufóricos aplaudimos pensando en la grandeza de Esenin, de Maiakovsky, etc. Pero luego, algunos nos percatamos que el libro que tenía Delfín en las manos era una desvencijada versión, propiedad de Urbino Nates, del Nuevo Testamento en ruso.

Delfín Prats y Alejandro Fonseca, Holguín, 2000

Alejandro Fonseca (Holguín, Cuba, 1954). Poeta. Ha publicado los libros de poesía: Bajo un cielo tan amplio (Holguín, 1986), Testigo de los días (Holguín, 1988), Juegos preferidos (Holguín, 1992), Advertencia a Francisco de Quevedo y otros poemas (Madrid, 1998), Anotaciones para un archivo (La Habana, 1999), Ínsula del cosmos (Miami, 2006) y La náusea en el espejo (Miami, 2009). Reside en Miami.

jueves, 20 de mayo de 2010

Ciudad cerrada



Por Armando Añel

A la vuelta de la esquina puede acechar un viejo Oldsmobile, y alguien arrebatarte el bolso si la curiosidad te distrae contra uno esos escaparates en los que nunca nadie exhibe nada, en los que la desesperanza, saturada de una pátina nostálgica, se disfraza de novedad. Eso en La Habana, porque en Roma las tiendas son las tiendas, lo que sería una tienda si lo fuera, y el visitante deja de significar un nerviosismo, una ventana al mundo, para convertirse en plusvalía, y la podredumbre no sugiere podredumbre sino una suerte de vacío existencial, convenientemente adulterado por el barroquismo de lo histórico.

Los olores, la ausencia de algunos olores, la irrupción de ciertos olores que alguna vez, durante tu infancia habanera, habías digerido sin reconocer, matizan la fastuosidad de una ciudad cerrada, engañosamente abierta al extranjero.

En Roma, La Habana vuelve sobre sí misma, penetrando, a escala subconsciente, el tiempo ligeramente maquillado de los recuerdos. Ese de los helados pomposos y el café bien fuerte y las mujeres de grandes ojos pardos sobrenadando la indiferencia de sus grandes ojos pardos. Y por las noches, en ciertas barriadas periféricas, más allá del Trastevere y la Piazza Navona, puede auscultarse el latir de la decadencia, activa no ya en lo antiguo, sino en lo nuevo que aspira a serlo. Poblando los muros, las fachadas, el itinerario de los autobuses gratuitos.

Aunque en Roma –la viviente, la ordinaria– casi no hay balcones. El interludio entre el pretérito imperial y la actualidad arquitectónica se salda a través de edificaciones monótonas, insulsas, cuya carencia de espacios exteriores acentúa la cerrazón circundante. Balcones hacia dentro en una urbe que habita su pasado, que se abraza a él con el alivio del náufrago aferrado a las sinuosidades de la roca.

Y la ropa puesta a secar en las ventanas de algunas callejuelas del centro –no en las afueras, donde signaría la pobreza– desmiente una y otra vez, sin ningún éxito, el carácter comunitario, primermundista, de la ciudad eterna. Pretende ignorar la promiscuidad de lo contemporáneo, la omnipresencia del desarrollo en los vagones del metro, en el rumor de los supermercados. Quiere agitarse a solas sobre sus fontanas, y retroceder, y hacerse historia.

Desde el mar de fondo del Coliseo y la Fontana di Trevi y la Piazza del Campidoglio. Con la intensidad de lo que fue. Con la insistencia de lo que no puede ser.


Armando Añel (La Habana, 1966). Escritor y editor cubano. Entre los años 1998 y 2000 se desempeñó como periodista independiente en Cuba, siendo cofundador y vicepresidente del aún activo Grupo de Trabajo Decoro. Tras recibir el premio de ensayo anual de la fundación alemana Friedrich Naumann en la primavera de 2000, viajó a Europa, donde residió en España e Inglaterra hasta radicarse en Miami, Estados Unidos, en el verano de 2004. Fue corresponsal en Londres de la revista madrileña Arte y Naturaleza, y en España, editor del diario digital Encuentro en la Red y la revista Perfiles del Siglo XXI. En Miami, ha sido editor en español de las revistas Islas y Herencia Cultural Cubana. Literatura y artículos suyos aparecen regularmente en publicaciones de Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. Ha publicado Escuela de vida (biografía, Miami, 2006), la plaquette de poesía Éxodo (La Habana, 1995)y,recientemente,Erótica, su primera novela(Letra de Molde Ediciones, Miami, 2010).

domingo, 9 de mayo de 2010

El NO, NO EXISTE (Notas sobre mi amistad con el escritor Juan Arcocha)



 Por Armando Valdés-Zamora

Durante una suma de domingos que alcanzaron años, puntualmente a las cinco de la tarde, mi amigo Juan y yo pasábamos revista a la vida con una botella de whisky de por medio.
Juan me enseñó la elegancia de llegar a la hora exacta. Una elegancia, que como todas las elegancias, se hace antigua y rara en nuestra época de desesperos, vulgaridades y entretenimientos.
Y suponía Juan, sin equivocarse, que muchas veces, adelantado, daba yo vueltas a la manzana de su edificio para otorgarle el placer de sonar el interruptor a la hora justa, y escucharle decir con satisfacción al abrir la puerta:
 Caballero…adelante…
Comenzaba así el ceremonial en el que comentábamos, reíamos, criticábamos o celebrábamos las noticias o chismes más recientes, antes de introducirnos, después del primer trago, en su tema predilecto: Cuba.
Con el tiempo, y ahora con su despedida definitiva, llegué a creer que nuestra amistad se sustentaba en dos necesidades recíprocas: yo representaba para él una Cuba enigmática por desconocida, la que siguió existiendo después de irse definitivamente de La Habana, al final de los años 60.  
Mientras que, para mí, Juan reunía consigo las virtudes y los modales de una Cuba refinada. La de una intimidad respetada, una dicción y un discurso precisos, una manera, en fin, a la vez esencial y ligera de encarnar una vocación: la cubanía.
Conociéndolo bien sé que Juan hubiera preferido resumir todo esto con una frase que me repetía a menudo: “Se puede ser cubano, Armando, y, a la vez, civilizado y cosmopolita”.
Juan no sólo era políglota sino que también había viajado por el mundo entero como intérprete de conferencias internacionales. Y en sus novelas ese trasiego de culturas, religiones, cocinas, olores y supersticiones, se insinúa con rara intensidad, detrás de diálogos, situaciones y tramas aparentemente banales, en las que muchas veces ni siquiera aparece la referencia a Cuba.
En otras ocasiones, no aquí,  quizás me detenga en nuestras elecciones y hallazgos mutuos a lo largo de mis visitas dominicales: los personajes de los libros de Abilio Estévez, la narración fabulada de Ponte sobre la visita de Sartre a La Habana, las presencias de Marcel Proust y de la lengua rusa en la novela Rex de José Manuel Prieto, o la crudeza, que lo obligó a interrumpir su lectura cuando ya estaba muy enfermo, de Boarding Home de Guillermo Rosales…
En cada caso Juan buscaba pruebas de esa necesidad suya de creer universal una identidad como la cubana a través de la escritura o de la propia vida.
Montaigne en su ensayo De la amistad,  al evocar la relación con su amigo Estienne de La Boëtie, insiste en un detalle que él consideraba esencial entre dos amigos: la comunicación. “Es la comunicación lo que alimenta una amistad,” escribió Montaigne. Una comunicación, añade, donde ambos espíritus se complementen hasta el punto de no tener que preocuparse por las imperfecciones.
Para Juan el hecho de poder hablar y entendernos, a pesar de nuestras enormes distancias de edades, de gustos y de vivencias, era la mejor prueba de que una Cuba futura, en la que pudieran coexistir  las rabias y las virtudes, los valores y los defectos de individuos diferentes, era posible.
“Este país es tan imprevisible que cualquier día surge en él un Shakespeare”, me contaba Juan que le había oído decir en Cuba a Virgilio Piñera.
Esa predicción insólita era una sus citas preferidas para ilustrar un hipotético regreso a una Cuba, eso sí, sin dictaduras, donde podría enseñar a otros lo aprendido en las errancias del exilio.
Unos días antes de morir, al llegar a verlo al hospital, ya de vuelta de un coma profundo, Juan me contó uno de sus delirios: veía a Virgilio Piñera montar una y otra vez una escalera de caracol y escuchaba al mismo tiempo una voz que repetía sin cesar la misma frase:
-El no, no existe…
Aunque nunca nos pusimos de acuerdo sobre las modalidades de otra vida en la cual ambos creíamos (él, esotérico y medio budista, yo, católico indisciplinado y negro brujero), quiero aceptar que Juan me estaba dando la última enseñanza de nuestros diálogos. La de poseer una fe ciega en la persistencia, la de intentar completar con lealtad lo que siempre va a faltarnos.
Como si el domingo próximo yo volviera a estar adelantado a nuestra cita, y después de dar  unas cuantas vueltas a la manzana de su barrio parisino, llegara a las 5 en punto y lo escuchara pronunciar nuestra frase mágica al abrirme la puerta:
Caballero…adelante...


Armando Valdés-Zamora nació en La Habana, en abril de 1964, pero creció en Santa Clara por una razón trágica: sus padres fueron encarcelados y fue criado por una tía en esa ciudad del centro del país.Ha publicado el poemario Libertad del silencio, Ediciones Trazos de Cuba, París, 1996, y la novela Las vacaciones de Hegel, Madrid, 2000, que resultó finalista del Premio Felipe Trigo, publicada en Francia como Les vacances de Hegel, donde fue finalista del Premio a la mejor primera novela en Francia. Doctorado por la universidad de la Sorbona en 2003 con una tesis sobre José Lezama Lima, es profesor Adjunto de la Universidad de Paris XII y de la Escuela Superior de Gestion (ESG) de París. También es autor de decenas de artículos y ensayos sobre la literatura cubana publicados en Cuba, Europa y Estados Unidos.