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domingo, 16 de febrero de 2014

Joaquín Gálvez, la poesía sin amarras


 
Por Julio Benítez


Joaquín Gálvez tiene en Hábitat (Neo Club Ediciones, Miami, 2013) un libro particularmente interesante. Es esa voz que se torna universal, que rompe con sus pares los entonces poetas nuevos que por repetición suenan hoy casi viejos en su exceso de veneración por un Lezama o un Eliseo Diego, por citar solo un par de ejemplos. Este poemario nos habla con la voz poética de la universalidad, no de un neo-origenismo.

En Hábitat existe una cadencia, un ritmo que apunta más hacia lo universal que hacia los lastres del país que vio nacer a Gálvez. Reconoce el autor la influencia de una poética norteamericana o inglesa quizá más reciente, que nos recuerda el coloquialismo. Pero no el repetitivo que él, como muchos poetas cubanos, ha tratado de evitar por el cansancio excesivo. Es su poesía una que no desborda emoción pero la contiene implícitamente, en un sentido donde la imagen está siempre ahí, acompañando los versos.

“Balada del Purgatorio”, la primera sección del poemario, constituye una apertura hacia los temas centrales que aborda este autor. La Cuba hoy distante está en un cine de La Habana, en la oveja negra como símbolo que toca el desamparo y el recuerdo de quien tuvo que escapar por razones políticas. Aclaremos, no obstante, que no hay nada panfletario aquí, sino evocación de un tiempo que solo queda en la memoria. Esta sección del libro resalta por su ritmo y también por la variedad de temas desde los que el poeta lanza su visión cósmica, su recreación de la mitología griega, de los íconos de la cultura contemporánea, todos referentes nacidos de un acercamiento.

⚙ Joaquín Gálvez se declara de algún modo deudor de poetas como Ezra Pound y Robert Frost. En un poema en el que aparecen citas de los dos, se recrea lo que será título del libro y se establecen las coordenadas que indican lo beneficioso que ha sido para el autor el exilio. Efectivamente, es como si rompiera las cadenas, el cordón umbilical con una tradición poética cubana que ya no es la suya. ❌

 “En el archivo del poeta”, la segunda sección, sobresale esa mesura estilística que acompaña a Gálvez. Me resulta particularmente interesante la imagen “…ya es un buen augurio la vecindad de Tartufo en primavera”, que conecta con ese honrado vate cubano llamado Alejandro Fonseca. “¿Otredad?”, una imaginaria conversación de Pessoa con Borges, celebra a los grandes con el tema del tiempo y el poeta. Esta sección cierra con “Ante el poeta de la torre de marfil”, donde la cita de Nicanor Parra nos sugiere su norte creativo.

En “Imitación del Ave Fénix” el poemario se moverá entre el entorno y los recuerdos, como en “Pergamino”, donde no aparece esa resaca dolorosa y romanticona común en muchos poetas cubanos.  La imagen se crece en versos como “el tiempo de las vacas gordas se desinfla en el Puente del Ahorcado”. Secuencia de recuerdos y referentes que nos asoman a su intimidad y su propia herencia cultural. Desde el cine de barrio, la abuela y Arcaño y sus Maravillas hasta los apagones y mosquitos, que cierran con una frase en inglés y vuelven a su hábitat actual.

Es en esta última sección donde Joaquín Gálvez se declara de algún modo deudor de poetas como Ezra Pound y Robert Frost. En un poema en el que aparecen citas de los dos, se recrea lo que será título del libro y se establecen las coordenadas que indican lo beneficioso que ha sido para el autor el exilio. Efectivamente, es como si rompiera las cadenas, el cordón umbilical con una tradición poética cubana que ya no es la suya. Sobresalen temas como el amor a las mascotas, que tanto nos recuerda el respeto por los animales en este, su nuevo entorno.

No espere el lector una obra totalmente perfecta, pero sí mesurada. Como en todo poemario, puede existir algún desequilibrio, como las excesivas referencias en “Orgasmo de Madame Bovary”. Pero aun así la calidad y elegancia de este libro permiten señalar que Gálvez no es un igual porque tiene propia voz, con momentos muy brillantes en el uso del lenguaje. Así sobresalen temas como el holocausto, la guerra o el obituario de un sujeto lírico atrevido que llega a ser casi voyerista. Podríamos citar versos que indican un movimiento del “poeta en versos” al “poeta en actos”, como diría el destacado pensador y crítico Ángel Velázquez Callejas. Definitivamente, ocurre cuando se rompe con el pasado y se avanza un paso hacia el horizonte:

Sentado en los contenes,

cobijándose contra un poste sin alumbrado,

con toda el alma violada por el apagón de un país.

La memoria de esta calle definió mi equipaje.

Crucé un mar

            Dejé trunco este poema.  



Reseña  publicada originalmente en Neo Club Press



Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertas de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.








 

martes, 10 de diciembre de 2013

Presentación del poemario “Hábitat”, de Joaquín Gálvez: fotos y palabras del editor


 
 













                                          

                                      



      













    Fotos: Delio Regueral, Gabriel Gallego, Betty Batallan y Cristiana Robaina 


Joaquín Gálvez nos estremece de nuevo

Por Armando Añel

La poesía es algo más que un ejercicio de compilación. De compilación de palabras, quiero decir. La poesía debe transmitir eficazmente, ante todo, un estado de ánimo, y desde ahí tocar la fibra del lector. La poesía es música sobre un fondo de estremecimientos. Por supuesto, el estilo, la originalidad, nunca están de más, pero la poesía debe ante todo estremecer. Es lo que en su último libro publicado Joaquín Gálvez logra con creces para, a partir de esa secuencia, desarrollar una poética existencial iluminadora.

En ese sentido, los pone-palabras y críticos de pasillo, los murmuradores de las mafias de salón, esos para los que la calidad de un libro se mide por su peso en libras (por la cantidad de palabras que han logrado juntar en interminables horas robadas a la vida, y sé de algunos que si te dan en la cabeza te matan), nunca entenderán un poemario como el que nos ocupa. Incapaces de tocar la poesía ni con una uña pero muy vitales en su arrogancia, ahogándose en un mar de jeroglíficos prestados, son minuciosamente incapaces de ver más allá, en el horizonte, la autenticidad de libros como Hábitat (Neo Club Ediciones, 2013), la nueva propuesta de Joaquín Gálvez.

Hábitat es un poemario redondo, en el que sobresale, sobre todo, la profundidad de su poesía tajante, universal. Atravesado por un lirismo depurado, característico de su autor, más una melancolía que escarba y se mete en los huesos, este libro nos recuerda que “todos fuimos primeros en la versión de la noche”. Poemas como Otra acepción de la lluvia o Bitácora de una calle ―por mencionar solo dos― revelan que estamos ante uno de los poetas más hondos con que cuenta el exilio cubano.


Texto publicado originalmente en Neo Club Press


viernes, 6 de diciembre de 2013

"Hábitat" o la poesía que no desecha palabras




Por Luis Felipe Rojas


Estoy harto de la poesía que no dice, que no sacude y no te da en el rostro, ese puñetazo que esperamos en cada libro. Al final es eso la literatura, una especie de sadomasoquismo al que nos vamos acostumbrando. Sin embargo Joaquín Gálvez se aparece este viernes 6 de diciembre en la habitual peña del Café Demetrio, en Coral Gables (300 Alhambra Circle), con un manojo de poemas que son una bendición.

Estoy hablando de versos que hilvanan la bitácora personal de Gálvez en su Hábitat (Neo Club Ediciones, 2013) de ahora mismo. Este libro está escrito como quien huye de la meta y el aplauso, y ese me parece uno de sus recursos primeros. “Ladrón y policía: a ti te encarcelan, te castigan, te matan…/ y al final/ demuestras que jugar es el único triunfo”. Los pasadizos por donde corren los impulsos poéticos en la obra de Gálvez quedan limpios y se vuelven una luz a alcanzar por los que venimos detrás: lectores acaso.

Imagino que Hábitat emprende el difícil rumbo de los anaqueles vacíos, del libro ante la nariz achatada del niño y el cristal, pero es una suerte que se corre en estos tiempos. La poesía es un antídoto muy fuerte para las almas sensibleras y extraviadas, esas que imaginan que se puede vivir sin la poesía.

Joaquín Gálvez se ha lanzado al vacío con este nuevo libro, ha gritado una obscenidad en medio del concierto y eso es lo aplaudible. Escribir “tuve enemigos por culpa de la luz con que pude hacer el bien” es un acto de magia en la poesía misma. Este equilibrista de las palabras se las juega todas para hilvanar el sentido de su vida, de nuestras vidas, y lo está haciendo a la luz de todos, frente a ese portón a donde le vamos a lanzar piedras como a un condenado a muerte. Para eso ha escrito este, su Hábitat.


Publicado originalmente en Cruzar las alambradas, Blog de Luis Felipe Rojas

jueves, 21 de noviembre de 2013

ARRECIADOS POR EL ÉXODO


ARRECIADOS POR EL ÉXODO
María Eugenia Caseiro

Editorial ICE (Imagine Cloud Editions)

 Por Mireya Robles
Se inicia el poemario con una Profecía: “Y alguna vez vendrán a remontarme / lavados con el brillo de sus pies, / aquellos hijos de estos pies enormes / colgados al sillón que mecerá sus casas”.  Pudiera indicar que ya en espíritu, meciéndose en un sillón de la que fue su casa, los que aún están encarnados en el mundo de los vivos, vendrán a ella, estableciendo así que no hay una ruptura definitiva entre el plano de la muerte y éste que tenemos por nuestra realidad. Dedica el poemario no solamente a su familia, sino también a sus muertos, en niveles  en los que no hay separación porque son parte de un todo indivisible.

 En uno de los  poemas de María Eugenia Caseiro titulado “Que en casa de Yewá me esperen siempre”, no incluido en Arreciados por el éxodo, el leitmotiv que aparece cada tres versos --¡Hija del viento soy!—podría indicar un atisbo de inmortalidad: que, en la casa de Yewá –el cementerio--, se quedarán esperándola eternamente porque allí su alma libre nunca podrá ser encerrada. Pero mi interpretación inmediata fue la de su voluntad manifiesta de que la esperen esos seres queridos que ya han pasado a otro plano, para acogerla en el momento en que a ella le toque habitar la casa de Yewá.

  Tratar de interpretar un poema creacionista es un reto y tal vez, una audacia desmedida porque el verso sale directamente desde el origen, desde la fuente donde fue creado, y llega al lector por una corriente interior, profunda, sin pasar por un proceso de razonamiento. Nos encontramos constantemente con un elemento de sorpresa, porque el poeta creacionista tiene una visión omnisciente que le permite seleccionar fragmentos de distintas realidades que él recibe a la vez, y sintetizar esos fragmentos para formar una nueva realidad. Como sugiere Vicente Huidobro, no se trata de describir la rosa, sino de verla crecer, de crearla en el poema. Y en su “Arte poética” llega a afirmar que el poeta es un pequeño dios. Este pequeño dios está presente en todo el poemario de María Eugenia Caseiro: “tus dedos, mis dedos, nuestros / funden lingotes de animales / cautivos de ti.” 

  A veces nos parece que estamos ante un éxodo real cuando nos dice: “Como cobos arreciados por el éxodo, / no hubo sacapuntas escarmentador / ni bigornias vigías, / ni las propias tijeras extenuadas / de cortar en tiras cada noche, / que no se enrolara en  nuestro arca.”  Lanzados al éxodo, desfilaron todos los elementos que fueron parte de su entorno, para ser guardados en el recuerdo. Sólo así se mantendrá ese pasado del que somos  parte y que si desapareciera, desapareceríamos también: “Así logramos sobre nosotros mismos / ser invulnerables.”  En “Naufragio” vemos viajeros llenos de la alegría de la esperanza que son, a la vez, seres desvalidos, expuestos a peligros de muerte: “Y se hicieron a la mar con sus disfraces / prendidos al envés de la baraja / que los llevaría al fracaso, / risueños argonautas de papel / a quienes la borrasca / o un dedo del azar / interpuso el naufragio.” 

    Pero también está presente un velo fino, transparente, que marca un éxodo vivencial dirigido hacia la nada, hacia el reconocimiento del vacío que nos deja la muerte física de un ser querido, el vacío que nos queda cuando languidece el amor, la premonición de nuestra propia muerte.  Hay pautas que aparecen en el poema “Saltar”: “Acaso el polvo en sus cuatro estaciones / nos sepulte”.  En “Esperar”, vaticina: “Las ventanas se apagarán un día”. Enfatiza: “polvo   polvo  el polvo”.  Habla de “blancos palacios de hueso”, “esperándote, esperándome”.  En los cuatro segmentos de “Nadas” la pérdida se presenta visualmente en versos que se van acortando como se acorta una vida:

 Lo que no emplea siquiera costumbre

lo que guarda tibio reposo dentro

dentro  dentro  adentro    

la noche dentro, todo

ese camino cerrado

padecido, mustio

último.

 El poema titulado “Lienzo” es una bella elegía en la que la pureza de la juventud de su hijo está representada en la blancura de la tela: “Como un ángel que entibió la perfección / antes de partir y su tierno cadáver / es un sorbo de luz entre los árboles, / un tapete de blancura / se derrama en las planicies de la hora.”   En “Residuos”  describe el momento de la muerte de su padre: “Eran tus manos de azahar / dormidas sobre mí, / besé llorada la pintura / que rompió la noche / -dos mitades como dos fantasmas / aplazaron el mar- / nosotros sombra tumbada / en el instante en que te pierdo.”

 En la tercera parte de “Yo, tú, los árboles”, comienza la repetición de palabras que utiliza en varios poemas para intensificar una condición, reafirmar un propósito, acelerar el movimiento. Se sitúa en una época, acompañada de ese otro ser que tantas veces aparece a su lado, viviendo momentos felices en los que talmente parece que estuvieran estrenando la vida en todo su esplendor, arropados en el frenesí de crear: “No desentrañamos / aquellas vertientes que trajeron la sal / cuando pensabas, cuando pensaba, /sembrar  sembrar  sembrar/ eternamente/ pasajeros felices, trenes novísimos / caminos, tildes, radios, señales; / dibujos olorosos a jabón, paisajes / sin límites…”  Pero de momento asoma, a modo de presentimiento tal vez, un instante  ensombrecedor, bellamente expresado: “y la espina en el naranjo de tu piel / doliéndole a la lluvia.”  

 “Morder lo breve” consta de cuatro partes encabezadas por flechas que señalan  diferentes direcciones: hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia arriba, hacia abajo, para marcar el giro vivencial, en cuatro instantes, de dos seres creados, tal vez, por la imaginación de la autora.  En la primera trata de explicarse las razones por las que se ha perdido la vitalidad del amor: “A causa de mis vestidos rotos, / de mis estrellas fracturadas, / de mis paisajes eternamente cosidos al recuerdo, / alunizan tus avispas de seda buscadas en el aire / lo que no nace dentro”. Pero a pesar del deterioro del amor, la unión continúa, quizás porque las circunstancias así lo determinan. Y, a pesar de lo que ya se ha convertido en un “rodante cielo aburrido”, siguen, “tomados de la mano”.  En la segunda parte la convivencia se lleva como si el amor pudiera ser la realidad que ya no es: “Que no se diga nunca / que mi boca, que tu boca / sin palabra mentida / elige tarde un algo, un beso / muerde.”  En la tercera parte trata de retener lo que queda del amor, aunque sea en el pequeño nivel de lo cotidiano: “Morder lo breve / lo nuestro mordible, querible / en cremalleras, en bastillas, / en los botones estampados en las blusas, / en la seda silenciosa del bostezo.” En la última visualiza el momento “Cuando nadie, cuando nada quede”. 

En los momentos de vacío en los que ya no tiene “estrellas que contar”, se refugia en el seno materno, donde identifica “el vaivén de sus pulmones / sus arterias calientes”, donde sabe que para la madre ella es un tierno ser –“blanda gota concebida”-, hasta el momento de su nacimiento, cuando sale a ese pasar del tiempo que es la vida: “travesía vertical / hasta el mar de toda hora”.  

Como lo hiciera César Vallejo con la palabra “trilce” --posible combinación de triste y dulce--, aparecen en el poemario palabras que se unen para formar una nueva: lunijunto, velasombra, vuelapétalo… Contrariamente a la cosificación que vemos en algunas de las pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico –como Le Muse Inquietanti, Etore e Andromaca, Il guadagno--, en la poesía de María Eugenia Caseiro se personifica lo inanimado, lo abstracto, lo vegetal: “la lluvia con zapatos de cristal”; “Yo, tú, los árboles de lágrima torcida / como lenguas sedientas, /  navegamos la lluvia  sin timón”; “Después todos los bancos / lánguidamente recostados a mi espalda / fueron tibio hospedaje del adiós”.  Son versos que se mueven en la bruma, tan etéreos que son como una música en la que el significado de las palabras se diluye para formar mundos nuevos.     

 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La Revista comenta: El viaje de los elegidos


 

 

 

Por Luis de la Paz

   
Reseña: julio (5 de 5)

Publicada: viernes 29 de julio del 2005

La Revista del Diario

 

            El viaje de los elegidos

 

            En estos tiempos donde cada día se lee menos poesía, pero abundan “industrialmente” los llamados poetas, es bueno encontrar la voz de un poeta sólido, con verdadero sentido del ritmo y la metáfora, que llega al lugar exacto que ha de tocar la poesía. Ese autor es Joaquín Gálvez (La Habana, 1965), joven escritor que ha sabido dosificar su poesía y hacer de sus entregas un momento de comunicación real entre la creación literaria y el lector.

            Gálvez acaba de publicar El viaje de los elegidos (Betania, 2005), un volumen compacto, que reúne unos cuarenta poemas, incluidos prólogo y epílogo, así como una decena de haikus. Todo ello dividido en tres secciones,  Hallazgos del eterno viajero de la nada, Impromptus desde mi pausa y Noticias del otro lado del reino. 

            El escritor inicia su libro con La prodigiosa ceguera de ver la poesía: “Para que tengamos prueba de tu presencia,/ nos muestras tu cabeza,/ tus manos,/ tus piernas,/ y hasta el escándalo de tu desnudez.// Mas solamente el poeta/ -prodigioso ciego de tu presencia-/ puede dar testimonio de ti,/ cuando logra verte la invisible voz”. Esas estrofas impulsan la voz de Gálvez, que se adentra en la cotidianidad, donde se comunica con su ciudad, sus gentes, la atmósfera que le rodea. “Soy el eterno huésped de la noche”... “La ciudad se define cuando tú abres los ojos”... “Silencio, gracias a ti mí oído toca/ el tono más alto de la lluvia”...

            El libro tiene muy buenos poemas: Alegato para que el tonto se quede en la colina y Retrato maldito del poeta, son dos de ellos. La segunda parte del libro incluye varios donde el escritor confronta su obra consigo mismo y su destino de escritor. En Plegaria expresa; “Señor, cuántos demonios tiene el poeta,/ que anda con tres piernas,/ mira con tres ojos/ y ama con cien pechos.// ¿Quién le dio autoridad/ para nacer todos los días”. Entre los haikus vale citar el VII: “El tiempo existe/ porque existe el hombre:/ su atroz conciencia”.

            La parte final del libro tiene poemas en homenaje a amigos y escritores. Borges y yo, El otro retrato de Don Juan según su última confesión, Reinaldo Arenas antes que anochezca, Sylvia Plath y Juan Francisco Pulido deciden seguir vivos, entre otros.

            El viaje de los elegidos, es uno de los buenos libros de poesía que se ha escrito en los últimos tiempos en Miami. Su autor, Joaquín Gálvez, reside en Estados Unidos desde 1989. Cursó estudios de periodismo en la Universidad de Miami y obtuvo una Licenciatura en Humanidades en Barry University. Su obra, además de los libros citados, aparece recogida en diversas antologías y publicaciones electrónicas.
 
 

sábado, 26 de octubre de 2013

El origen de una fantasía en el nuevo libro de Velázquez Callejas




Por Juan Antonio Weymber
 
Genealogía del espíritu nacionalista (El mito Bayam), del profesor cubano Ángel Velázquez Callejas, es un libro extraño. Partiendo de una modalidad heterodoxa, relaciona lo místico con lo mítico, lo antropológico con lo histórico, lo etnológico con lo sociológico y, por si fuera poco, está tocado por una atmósfera poética que lo cubre todo sin desleír los detalles, las observaciones más intrincadas. Todos estos elementos trabajan desde el texto, certeramente, en beneficio del lector.

Nunca antes se había estudiado la formación de la nacionalidad cubana –creo que ninguna nacionalidad— haciendo énfasis en la sospecha de la formación de un mito. Lo que se conoce en la historiografía insular con la frase “Bayamo, cuna de la nacionalidad cubana” no es un axioma regional que únicamente define una  zona geográfica. Es decir, no se trata solo de dar unidad geográfica y cultural a intereses comunes socio-lingüísticos en una comarca donde viven personas,  sino de “desconstruir”  un mito en desarrollo que se descubre en esa región del oriente de Cuba.

⚙ “Hay que celebrar la salida de este libro al mercado, un estudio que, sospecho, va a hacer temblar los cimientos de la historiografía cubana”. Juan Antonio Weymber ❌

En este estudio la “genealogía” constituye un buen método de investigación, ya que permite descifrar hasta dónde el mito provee al sujeto de conciencia telúrica y lo aferra a la tierra que lo vio nacer. El mito Bayam, por otra parte, no es solo la invención en sí misma, la leyenda, sino también el resultado de un sonido que gravita y resuena en las profundidades interiores del ser cubano. Desde el punto de vista de Velázquez Callejas, es desde ese mito, desde Bayam(o), que se ha levantado la fantasía de lo que hoy se conoce como “nacionalidad cubana”.

Hay que celebrar la salida de este libro al mercado, un estudio que, sospecho, va a hacer temblar los cimientos de la historiografía cubana.

Cortesía: Neo Club Press

domingo, 20 de octubre de 2013

Alguien canta en la resaca


 
Por José Abreu Felippe
 
Resaca... Se dice del malestar que se siente por la mañana después de haber bebido la noche anterior mucho alcohol, cualquier alcohol, preferiblemente sobre el muro –el único muro posible para un cubano–, junto a los arrecifes, escuchando ese retroceso de las olas después de llegar a la orilla.
 
Es la resaca. Resaca por partida doble, del ser humano y de su entorno marino. Lo físico, representado por el desequilibrio artificial de los sentidos, y el mar, natural y voluble, siempre como una promesa desconocida y promisoria a la vez –¿qué escondes mar al otro lado? se preguntaba Huidobro al tiempo de que nos advertía que de una ola a la otra hay la distancia de la vida–-, y también, claro está, como prisión, “la maldita circunstancia” del mar por todas partes que atormentó a Virgilio Piñera.

Y así, con los sentidos transfigurados alguien canta en la resaca –cualquiera de las dos, la fermentación del tiempo o la vuelta de las olas contra la memoria; o con ambas en la mochila, a retortero–, y es un canto personal, único e irrepetible, pero compartido.
 
Ocurre que esa palabra, resaca, con todo lo que conlleva, con todo el lastre del que al parecer algunos no pueden –ni quieren– desprenderse asoma aquí y allá en los desgarramientos de muchos poetas cubanos que se han visto forzados al exilio. Estoy pensado ahora en David Lago González (La resaca del absurdo), en mi inolvidable amiga Edith Llerena (Resacas del amor, aires y lunas), ahora sumida en la extraña luminosidad de la locura; y también, aunque lateralmente, en Eddy Campa, en Esteban Luis Cárdenas y en Reinaldo Arenas, por sólo mencionar a cinco de nuestros mejores poetas.
 
Ahora Joaquín Gálvez nos presenta su primer libro, Alguien canta en la Resaca(Termino Editorial, Cincinnati, 2000), donde desde el mismo título se nos advierte que lo que vamos a leer o –a escuchar– tiene el ritmo de las olas que quedaron atrás, pero que todavía martillean en los huesos, en la carne y detrás de los ojos.

Los poemas de este libro son las cicatrices que deja la resaca. Uno puede palpar su borde irregular, áspero, y su textura suave, casi dulce en el centro. Imaginar las lejanas postillas en las rodillas cuando aquel niño “venía a ver danzar los arrecifes” bajo sus pies,  suficientemente armado con un tirapiedras. ¿Se necesita algo más para derribar un cíclope? Larga masa de carne de un solo ojo que todo lo ve y lo supura.

 Poco después vendría la beatlemanía, el pelo largo, las sandalias, los pantalones estrechos y las camisas anchas, las escapadas del hogar, y también las recogidas masivas de muchachos que regalaban flores y recibían patadas... por ahí mismo. “¿Es que viajábamos en un submarino amarillo para llegar al fondo de la desesperación, o en Liverpool el twist ya no muestra sus frijoles mágicos?”

Todo eso mientras se crece y se ruega  “la complicidad del mar” porque viene la era de las máscaras, de la doble moral, de la sonrisa y el aplauso de supervivencia. Y mientras, se descubre el amor en un parque, los ojos sobre el hombro siempre vigilantes, y se aprende que la madre no es un concepto sino la imagen de un pedazo de calle detenido en la infancia. Triste juventud aquella que también fue un poco la mía.

Joaquín Gálvez consigue ya con éste, su primer libro publicado, lo que algunos no consiguen nunca, una voz propia, reconocible. Sin aspavientos, ni galimatías presuntamente poéticas o ingeniosas, va armando su discurso, sus fantasmas y sus obsesiones, como en un susurro. La forma de hilar, de entrecortar, los versos le otorga un ritmo sosegado a su canto, cierto amargor, que exalta la resaca dispersa por todas las ciudades del planeta... “Pero hoy he recorrido todas esas ciudades y sólo he visto un barrio de La Habana”.

 
Reseña publicada originalmente en El Nuevo Herald (noviembre, 2000)

domingo, 29 de septiembre de 2013

JOAQUÍN GÁLVEZ, EL PARIA VENCEDOR


                             Póster: Blog Grafoscopio, de Rita Martín
 
 

Por Reinaldo García Ramos

 
Cuando hace dos años nuestro amigo Joaquín Gálvez publicó su poemario El viaje de los elegidos, me pidió que dijera unas palabras para presentarlo, y yo accedí con gusto. En un breve texto que escribí para esa ocasión traté de expresar lo que en mi opinión era el tema más sobresaliente de esos poemas, a saber: "el viaje como metáfora de la existencia, como símbolo del transcurso metafísico que constituye toda vida". Y al comparar esos textos con los de Alguien canta en la resaca (su primer libro, publicado en el año 2000), dije en mi presentación que "la voz del poeta ha adquirido una coloración más irónica, más escéptica, y al mismo tiempo más convencida, más austera y directa".

En El viaje de los elegidos los lectores captaban enseguida esa unidad de intención y de tono. Los poemas de ese libro habían sido "gestados", según el propio Joaquín, en "corto tiempo, entre el 2000 y el 2002". Eso lo señaló el propio poeta en una entrevista publicada en julio de 2005, (1) en que añadió: "es ésta, sin duda, la razón por la que logro una cohesión temática y formal. (…) Este es un libro cuyo territorio existencial no es ningún lugar geográfico en específico y, aunque está permeado por la temporalidad, busca trascender la misma".

Han pasado dos años desde entonces. En Trilogía del paria, el libro que acaba de publicar, Gálvez vuelve a situarnos en ese viaje difícil del cuerpo y del alma que había descrito en su poemario anterior, pero en mi opinión ya no busca presentarlo como una experiencia unitaria o coherente, sino como el resumen de una serie de episodios inconexos. Ahora lo que hace es un resumen sobresaltado, pues en cada una de las tres partes en que se divide este poemario las coordenadas geográficas y anímicas que dan lugar al poema cambian, se superponen como contrastes o rupturas.

En este libro se agrupan textos escritos en un período prolongado de 21 años (1985 a 2006), y por eso el autor sabía que no podía buscar una unidad convencional de temas o de tonos, sino limitarse a pasar balance, con cierta humildad, a sus estados de ánimo en ese largo tiempo. Y ahora nos ofrece ese legado como quien muestra un álbum de imágenes que podrían resultar contradictorias, pero que siempre serán auténticas. Los textos abarcan, como dije, 21 años de labor, y marcan el itinerario del poeta por tres sitios muy distintos: La Habana, donde nació y vivió hasta sus 24 años; Nueva Jersey, donde pasó los primeros años de su exilio; y Miami, donde actualmente reside. Enfrentado en cada uno de esos sitios a circunstancias que se oponen de diversos modos a su vocación de escritor, Gálvez ha ido adoptando diferentes estrategias expresivas para seguir adelante, y este conjunto de poemas sirve de ilustración a ese proceso.

El elegido ha visto ahora su identidad con más precisión, y se nos presenta como un paria, lo cual en muchos aspectos equivale a decir una persona innecesaria o despreciada, un apestado. ¿Hay contradicción? No lo creo; por lo menos no la hay en términos de síntesis poética: porque el elegido era también, y lo fue siempre, un paria. El viaje del elegido conservaba ciertas ilusiones y esperanzas, pero ocurría en el mismo universo en que ahora transcurren los días del paria: un mundo utilitario, comercializado, donde la labor del poeta se realiza a contracorriente. Gálvez sabe que es un elegido, porque tiene el don de la palabra y la imaginación, pero sabe también que es un paria, es decir, simplemente un artista que lucha por sobrevivir y hacer su obra en condiciones adversas.

En las tres ciudades que este libro recorre, el paria nos muestra las dimensiones de esa lucha. En La Habana se describe a sí mismo como "un esquimal en los trópicos"; en Nueva Jersey recuerda al país dejado atrás, "donde la libertad reparte un universo de cuatro paredes", y afirma que es "un hijo bastardo de Norteamérica"; y en Miami, por último, nos dice: "yo soy el pistolero invisible, el vikingo tropical". En cada ciudad, por distintas vías y razones, siente su presencia como un hecho discordante.

Para concluir, baste con señalar que la única aceptación posible, el único espacio en que el paria y el elegido pueden sentirse plenamente recibidos, radica en el poema mismo, en la honestidad con que ese texto se ha escrito y la sensación intangible de liberación que su mensaje aporta. Por eso considero que este libro, Trilogía del paria, es una honrosa prueba de tenacidad creativa, pero también de fe en la palabra y su poder redentor. Con este poemario, el autor nos demuestra que no claudicó, que sus fuerzas interiores nunca lo abandonaron. Y es él, en definitiva, quien ha vencido.

(1) "Cinco preguntas a Joaquín Gálvez" por Luis de la Paz, Diario las Américas, julio 31 de 2005.

Texto publicado originalmente en la Revista digital La zorra y el cuervo
Año II - Invierno de 2008

 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Versión final de "Erótica", novela de Armando Añel



Los invitamos a leer la versión final de Erótica (la primera edición se hizo en 2010), novela del escritor cubano Armando Añel, y participar con sus impresiones en el blog de la novela recién inaugurado. Para acceder, haga clic en el enlace:

http://erotica-novela.blogspot.com/

viernes, 6 de septiembre de 2013

TRES MOMENTOS DEL PARIA




Por Juan Cueto-Roig

Trilogía del paria es un pequeño libro de sólo 17 poemas, dividido en tres secciones que corresponden a tres etapas geográficas y cronológicas de la vida de su autor, Joaquín Gálvez (Cuba, 1965). Curiosamente, los poemas que conforman cada una de las secciones fueron escritos en un lapso de igual duración (dos años): Último suspiro de la inocencia (1985-1987), entre sus 20 y 22 años de edad. Poesía debajo de la tierra (1993-1995), entre sus 28 y 30. Y Premonición del iniciado (2004-2006), entre sus 39 y 41.

En la primera parte, el poeta se refugia de lleno en la poesía, sin apenas referirse al horror que le rodeaba mientras vivió en su patria. Encabeza esta sección Arte Poética, una búsqueda desesperada de su voz como escritor: un cataclismo que me haga comprender que el arpa aún existe. En Sinfonía para provocar el amor, el autor es un joven en la plenitud de sus veinte años que sublimiza la ilusión amatoria y en un arranque de exaltación le dice a la enamorada: Todo sucederá, amor, (…) más allá de las lindes de otras lenguas. / Entonces seremos un pretexto para la aurora, / y las publicaciones de Marte anunciarán: / "Se observaron señales de vida / en un accidente de la Tierra".
En la segunda parte, escrita ya en el exilio, el poeta da rienda suelta a su repudio al horror y, en su propia palabra, al "hedor" existencial que dejó atrás. En el primer poema de la sección anterior, Arte Poética, cuando Gálvez añora un cataclismo que le haga comprender que el arpa aún existe, no parece referirse más que a su estado de ánimo, a su falta de inspiración. En cambio, en Poesía debajo de la tierra, el poeta es más específico: aquí el culpable es "el país", el sistema político: Conozco un país donde el arpa / pierde su mudez, / sólo al dar con un refugio. Fuera de ese refugio, y una vez transpuesta la intimidad del hogar, en el poema Testimonio habanero para ser leído después que pase el hedor, Gálvez nos dice: Las tiñosas, cada día, multiplicaban su vuelo / sobre esa ciudad.

En A bastard son of America, poema escrito en inglés y seguido por una acertada traducción al castellano del propio autor, el poeta describe con admirable sencillez su condición de exiliado: Yo nunca asimilaré, como es debido, esta cultura extranjera. Aunque más adelante, influido por los años que vivió en un suburbio de Nueva York, confiesa: hay en mi mesa un sushi japonés, / un pan judío, una pasta italiana, una hamburguesa de Norteamérica.

En la tercera y última sección de este excelente libro, el poeta se muestra más sosegado, más maduro, y nos habla con un dejo de conformidad ante su destino. "Espantado de todo, me refugio en ti", escribió José Martí al hablarle a su pequeño hijo. Del mismo modo, Gálvez parece haber llegado a un momento de su vida en que, desengañado de todo, se refugia en su principal vocación: Escritura, ahora que he desechado todos los dioses, / que ya no me queda un ápice / de teogonía ni cosmogonía, / me entrego en cuerpo y alma a tu culto. Y hace bien Joaquín Gálvez. En definitiva, la poesía es una de las pocas cosas que nos salvan del horror, del hedor y de todas las miserias de este mundo.


Revista digital Decir del agua
Segundo ciclo/Cuarta entrega/Octubre de 2007