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domingo, 20 de octubre de 2013

Alguien canta en la resaca


 
Por José Abreu Felippe
 
Resaca... Se dice del malestar que se siente por la mañana después de haber bebido la noche anterior mucho alcohol, cualquier alcohol, preferiblemente sobre el muro –el único muro posible para un cubano–, junto a los arrecifes, escuchando ese retroceso de las olas después de llegar a la orilla.
 
Es la resaca. Resaca por partida doble, del ser humano y de su entorno marino. Lo físico, representado por el desequilibrio artificial de los sentidos, y el mar, natural y voluble, siempre como una promesa desconocida y promisoria a la vez –¿qué escondes mar al otro lado? se preguntaba Huidobro al tiempo de que nos advertía que de una ola a la otra hay la distancia de la vida–-, y también, claro está, como prisión, “la maldita circunstancia” del mar por todas partes que atormentó a Virgilio Piñera.

Y así, con los sentidos transfigurados alguien canta en la resaca –cualquiera de las dos, la fermentación del tiempo o la vuelta de las olas contra la memoria; o con ambas en la mochila, a retortero–, y es un canto personal, único e irrepetible, pero compartido.
 
Ocurre que esa palabra, resaca, con todo lo que conlleva, con todo el lastre del que al parecer algunos no pueden –ni quieren– desprenderse asoma aquí y allá en los desgarramientos de muchos poetas cubanos que se han visto forzados al exilio. Estoy pensado ahora en David Lago González (La resaca del absurdo), en mi inolvidable amiga Edith Llerena (Resacas del amor, aires y lunas), ahora sumida en la extraña luminosidad de la locura; y también, aunque lateralmente, en Eddy Campa, en Esteban Luis Cárdenas y en Reinaldo Arenas, por sólo mencionar a cinco de nuestros mejores poetas.
 
Ahora Joaquín Gálvez nos presenta su primer libro, Alguien canta en la Resaca(Termino Editorial, Cincinnati, 2000), donde desde el mismo título se nos advierte que lo que vamos a leer o –a escuchar– tiene el ritmo de las olas que quedaron atrás, pero que todavía martillean en los huesos, en la carne y detrás de los ojos.

Los poemas de este libro son las cicatrices que deja la resaca. Uno puede palpar su borde irregular, áspero, y su textura suave, casi dulce en el centro. Imaginar las lejanas postillas en las rodillas cuando aquel niño “venía a ver danzar los arrecifes” bajo sus pies,  suficientemente armado con un tirapiedras. ¿Se necesita algo más para derribar un cíclope? Larga masa de carne de un solo ojo que todo lo ve y lo supura.

 Poco después vendría la beatlemanía, el pelo largo, las sandalias, los pantalones estrechos y las camisas anchas, las escapadas del hogar, y también las recogidas masivas de muchachos que regalaban flores y recibían patadas... por ahí mismo. “¿Es que viajábamos en un submarino amarillo para llegar al fondo de la desesperación, o en Liverpool el twist ya no muestra sus frijoles mágicos?”

Todo eso mientras se crece y se ruega  “la complicidad del mar” porque viene la era de las máscaras, de la doble moral, de la sonrisa y el aplauso de supervivencia. Y mientras, se descubre el amor en un parque, los ojos sobre el hombro siempre vigilantes, y se aprende que la madre no es un concepto sino la imagen de un pedazo de calle detenido en la infancia. Triste juventud aquella que también fue un poco la mía.

Joaquín Gálvez consigue ya con éste, su primer libro publicado, lo que algunos no consiguen nunca, una voz propia, reconocible. Sin aspavientos, ni galimatías presuntamente poéticas o ingeniosas, va armando su discurso, sus fantasmas y sus obsesiones, como en un susurro. La forma de hilar, de entrecortar, los versos le otorga un ritmo sosegado a su canto, cierto amargor, que exalta la resaca dispersa por todas las ciudades del planeta... “Pero hoy he recorrido todas esas ciudades y sólo he visto un barrio de La Habana”.

 
Reseña publicada originalmente en El Nuevo Herald (noviembre, 2000)

lunes, 29 de julio de 2013

"Volver" poema terriblemente hermoso



En esta época de tantos y tantos poetas de a tres por un dólar –que abarrotan las revistas virtuales y los ‘egoblogs’– encontrar una voz como la de Magali Alabau es como hallar, y ruego se me perdone lo pobre y gastado de la imagen, un oasis en medio del desierto. Después de un silencio de casi 20 años, Magali publicó en el 2011, Dos mujeres. Ahora regresa a la palestra con Volver (Betania, 2012, con prólogo de Ileana Álvarez), un largo poema de gran aliento que a mí me gusta ver como su reafirmación definitiva en la poesía, pero que es mucho más que eso.

Alabau ha escrito sin proponérselo, quizás sin saberlo, el gran poema del exilio cubano. Lo ha escrito, como era de esperar, con sus entrañas y le ha dolido mucho. Leyéndolo, se siente ese dolor. Casi que se huele, que se palpa. Y busco una palabra que me resuma el tamaño de ese dolor –y el de la pérdida que lo produce–; que abarque ese desgarramiento, esa angustia que hace que una palabra te lleve a la otra, que todas se encadenen y te empujen y te atropellen, proponiendo un ritmo cada vez más vertiginoso, más impetuoso, más acelerado, y así hasta el final, sin catarsis posible. Una palabra que a la vez sea pérdida y recuperación, muerte y vida, y un amor insalvable flotando sobre todo eso, y sólo hallo una. Exilio.

Al volver se recupera el miedo que se creía olvidado. Otra vez ahí está la maleta abandonada que vamos llenando: Tres ajustadores, un par de zapatos, una saya o pantalón, una blusa, un corpiño, un par de medias de señora, un par de calcetines, un pañuelo y nada más. Le echamos una última mirada a la casa donde nacimos, donde crecimos, a un cuadro en la pared que no podemos llevar, a un rincón más memorable que los otros; aquel árbol de enfrente, aquel otro del patio. Los muertos que fueron cayendo y que vamos dejando atrás irremediablemente, primero el abuelo, luego los demás. Irse. Partir. Cualquier palabra de esperanza quedó allá. Como el amor. Miro como tú el paisaje con límites marcados para que ni tú ni yo podamos encontrarnos. Para que la distancia se haga definitiva, se transforme en pérdida. Querer a alguien de lejos, enviar telegramas diciendo yo te quiero, sin atreverme a decir yo te deseo. Irse. Partir. Siempre hay alguien que se va y nunca vuelve. Romper con la rutina, matar la cotidianidad, y en ese otro sitio que ignoramos y que se nos antoja hostil, que imaginamos frío y desolado, reconstruir, o al menos intentarlo, la pérdida. Con ese monedero tan vacío en ese registrar en vano de qué es lo que permiten que me lleve. Me quitaron lo irremplazable. Menos el miedo. Te quiero así, temblando.

Volver no es un libro pensado, fríamente calculado, rigurosamente estructurado. Volver es un libro vivido, sentido, parido. Hermosamente desolado, sacudido por el miedo. Un miedo que sigue ahí, que no se va, y del que sólo saben los que han padecido lo mismo. Es el miedo kafkiano ante la ley, el del inocente que camina descalzo a la orilla del mar, al atardecer, y se siente vigilado. Es culpable porque es inocente. Luego no queda más remedio que escapar, que huir, mientras sea posible. Me fui de la prisión que más quería. Y no hay retorno, porque como escribió alguien alguna vez, un exiliado lo será de por vida y de por muerte. Sólo cabe preguntarse: ¿Quién los llevará mañana hacia la densidad del bosque?

Volver es un libro terriblemente hermoso, en el sentido que Rilke le daba a la palabra, pues, según él, “lo hermoso no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. Casi no se puede tolerar la carga que nos deja Volver, que no es otra que la del exilio, un exilio que para muchos cubanos ya pasa de medio siglo. Hay que, no obstante, darle las gracias a Magali Alabau por escribirlo, que es guardar para la historia y para la posteridad el dolor y el sufrimiento del cubano exiliado.

Alabau reside en Woodstock, Nueva York, desde 1966. Hasta mediados de los años 1980 desarrolló una exitosa carrera como actriz con diversas compañías teatrales, hasta que con Manuel Martín fundó el Teatro Dúo. Más tarde trabajó con Ana María Simo en Medusa’s Revenge Theatre. Ha recibido númerosos premios por su labor, entre ellos la Beca Cintas. Entre sus libros de poesía destacan: Electra, Clitemnestra (1986), Ras (1987), Hermana (1989), Hemos llegado a Ilión (1992) y Liebe (1993).•  

Articulo publicado originalmente en  El Nuevo Herald

El poemario "Volver", de Magali Alabau, se presentara este viernes , 2 de agosto, en la tertulia La Otra Esquina de las Palabras.

sábado, 12 de mayo de 2012

UN CAFÉ EXQUISITO



Por José Abreu Felippe

Que existe ya en español una literatura propiamente miamense es algo que no se puede negar. Es un hecho, que nos asalta a diario desde los estantes de bibliotecas y librerías.En el caso de los autores cubanos, entre la nostalgia, las vivencias pasadas y los recuerdos, fueron apareciendo, se fueron colando aquí y allá, primero, tal vez, el nombre de una calle,Flagler pudiera ser; luego un entramado urbano más que rural, definiéndose, ramificándose, poblándose de seres y de cosas. Al final –tenía que ocurrir–, una herida, un goce, nacía en sus entrañas. Una herida nueva que no se podía aliviar con antiguos remedios. O un placer que se abría, lúdico, cuyo único vínculo con la isla rajada en la memoria era el protagonista. Entonces, si el dolor y el placer se manifiestan, también estamos hablando de emociones, de sentimientos, de sensaciones. De ahí que sea esperado, y hasta lógico, que la fundación literaria de esta ciudad mágica esté basada en la poesía. Que sea la poesía quien primero se ocupe de levantarla, de cantarla, de estigmatizarla, de situarla en el mapa. Lo que sí resulta curioso –aunque tal vez no tanto–, es que sea uno de sus primeros poetas, Esteban Luis Cárdenas (Ciego de Ávila, 1945), quien ahora nos invite a degustar, en una prosa llena de espeluznantes recovecos y misteriosos desvaríos, un café exquisito.

Un café exquisito (Ediciones Universal, 2001), es un libro que se expande en dos infiernos casi paralelos que se tocan y se entrelazan como si fueran amantes. Dos amantes muy diferentes entre sí, pero unidos por el horror compartido y por un ritmo magnético, que a veces logra independizarse, aislarse, dejando sobre la página en blanco un hueco, un alarido, en fin, poemas, que complementan el horror. Dos infiernos, flotando sobre la ciudad perdida y la ciudad mágica. En el primero, el general Marbas y su escriba deambulan por la ciudad perdida, símbolos de un terror pretérito que se proyecta hacia el futuro como una repetición. Un círculo macabro. Cambian los partidos de nombre, pero los cuerpos, jóvenes cuerpos, siguen apretándose contra el muro cuando reciben los impactos, y una misma mano es la que se inclina sobre las sienes para otorgar la gracia de un último estampido. Tal vez uno de los monjes que pulen Las uñas de Satanás no se asombre y sea él mismo quien repita las palabras del Predicador: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará: y nada hay nuevo debajo del sol”. No importa, de cualquier forma los de siempre asaltarán el templo, y las peores pesadillas serán como islotes navegando las aguas fantasmales donde han de abrirse los ojos del escriba. Crónicas de guerra: la parábola del adolescente, casi un niño, que mantiene en vilo a cincuenta hombres que quieren atraparlo, también asoma en esa parcela del infierno. Prosa suave, delicada, dulce, delineando monstruos que parecen sacados de cuentos infantiles.

En el segundo, el paisaje es frío, pura armazón de acero y concreto, útil para sostener superavenidas y contener un río: el mismo por donde entran y salen los cargamentos de estupefacientes. Junto a él hay sombras casi humanas; alguien que vende crack, y en la esquina, la prostituta de grandes nalgas y profundas ojeras. Uno que busca pan y otro que busca sexo. También la muerte se ha exiliado y ronda como siempre entre el plástico desechable. Cuentos durísimos que dibujan una ciudad ya no tan mágica que sólo vemos, a veces, a través de la pantalla de televisor, cuando estamos aburridos o abúlicos. Alta frecuencia marginal. Es vida de noticiero, vida ajena. O más bien, muerte ajena.

Si la poesía del horror que Esteban Luis Cárdenas crea, espléndidamente, en su inclasificable libro, no bastara para redimirlo; si la fantasía infernal que corre paralela a la realidad también infernal, no fuera suficiente para situar de lleno este libro entre los mejores publicados en el exilio en las últimas décadas; si su estructura trunca, caprichosa a veces, si su cuidada y sinuosa prosa, no alcanzaran a cerrarlo en absoluta e imposible perfección, entonces, olvídense de todo lo anterior, abran el libro en la página 45 y lean el cuento que le da título al volumen: Un café exquisito. Decir una sola palabra sobre él sería cometer un crimen de lesa literatura y yo no lo haré. Sólo voy a advertir una cosa: Un café exquisito en uno de los mejores cuentos escritos en los últimos cincuenta años. Una joya que, absolutamente nadie que ame la buena literatura, puede dejar de leer. Un cuento de antología estrella.

En el estremecedor documental de Néstor Almendros y Jorge Ulla, Nadie escuchaba, Esteban Luis Cárdenas dejó narrado para la posteridad su intento de fuga del paraíso castrista. Vuela desde una azotea para caer en el patio de la embajada argentina, lo consigue, pero los funcionarios lo arrastran herido fuera de la sede y lo entregan a la policía. Sufre prisión. En 1980 llega al exilio donde ha publicado dos cuadernos de poesía: Cantos del centinela (1993) y Ciudad mágica (1997).

(publicado en el Nuevo Herald en 2001)

viernes, 21 de octubre de 2011

Los relatos de Maurice Sparks (reseña y vídeo)




Por José Abreu Felippe


Acabo de leer Los relatos de Maurice Sparks (Silueta 2011) de un tal Ernesto G. (vaya nombrecito).

Podría afirmar, sin temor a equivocarme, que:

Es un diario personal escrito por muchas personas.

Es un cuaderno multiusos.

Es la colección de máscaras de un exhibicionista maniático (y depresivo).

Es un manual para melómanos pervertidos.

Es el guión de muchas películas.

Es un muestrario con instrucciones para corazones menopáusicos.

Es un catálogo virtual de cortos (algunos semipornos) intercambiables.

Es todo eso y, probablemente, todo lo contrario.

O nada que ver.

Estoy confundido y algo desconcertado. Creo que su lectura me ha convertido en un Maurice más, un Maurice cualquiera.

No obstante, no tengo dudas: Maurice Sparks, quien quiera que sea, está de atar y eso es un muy buen síntoma, un indicativo, que invitaba a finalizar la lectura. De esto uno se percata ya en la tercera historia (la primera es para decir que cada uno de sus inocentes lectores puede ser un Maurice y la segunda para advertir que pueden ser alevosamente cazados). La tercera historia proclama el caos: “Esta historia puede empezar en cualquier lado y de cualquier forma” Leído esto miro el índice, por disciplina, para enterarme de por dónde van los tiros, y de cómo es que han aliñado semejante conjunto de historias. Ah, compruebo, el libro está dividido en tres partes. Cabeza, tronco y extremidades, como el cuerpo, supongo, de Maurice. En la cabeza están las aclaraciones pertinentes a las que hacía referencia antes (entre otros sobresaltos), más escritoras libidinosas, un poeta natural, bibliotecas de erratas y bolígrafos multicolores (ésta es la parte más cerebral de la cabeza, la sesera, especulativa y mitómana).

El tronco, bueno, en el tronco están todos los órganos vitales y en esta sección algunos (órganos) se destacan más que otros. A mí me gustan los más supurantes (Tú desnuda, yo soñando; Las rositas de maíz; La cena; La primera vez fue en el carro, por ejemplo). Tanta lubricación trae como consecuencia que, en las extremidades, recaigan, indefectiblemente, los efectos secundarios. Que implican (manzana aparte) imprescindibles manuales para extraterrestres e historias, casi cuentos formales, con o sin moraleja. Todo el libro es un cuerpo que invita a que lo gocen.

Lo antes expuesto me hace afirmar que Los relatos de Maurice Sparks son frescos, inteligentes sin ser pedantes ni petulantes, saturados de una poesía urbana, vivencial, pragmática, que deberían abrir con esta cita (sí, ya sé que un intelectual verdadero, graduado del ISA, debería decir, exergo) de los Cantos de Caravana: “Apresúrate a gozar de la primavera, porque la primavera es efímera”.

Irreverentes como ha de ser la buena literatura, son, en resumen, una invitación a la vida.



Los relatos de Maurice Sparks de Ernesto G se presentará el viernes 28 de octubre a la 7 PM en Delio Photo Studio. 2399 Coral Way, Miami. La actividad estará a cargo de Denis Fortún y Rodolfo Martínez Sotomayor.

domingo, 2 de octubre de 2011

EL MUNDO DE HENRY DARGER



Por José Abreu Felippe

La gran literatura está marcada por seres, ellos mismos actores o más bien prisioneros de una trama absurda que no escogieron pero que no pueden abandonar, obsesionados por extraer de su interior lo que el Bosco inmortalizó como “la piedra de la locura”. Seres extraños para su tiempo y para todos los tiempos, solitarios, enfermos de males incomprensibles para la mayoría de los mortales, a veces hoscos, casi siempre tímidos, viviendo y muriendo por una obra, perturbadora e inquietante, que en su momento sólo a ellos interesa.

Sin embargo, ahora, en este siglo XXI que se encamina sabe Dios hacia dónde, en medio de la globalización y la comunicación masiva e inmediata vía internet, esos seres misteriosos, rarísimos, se nos antojan lejanos en el tiempo, pertenecientes a otras épocas, no pensamos que puedan ser nuestros vecinos. Hoy en día los excéntricos del mundo de las artes responden, en su mayoría, más al deseo de llamar la atención, a veces mediante la provocación gratuita o la trasgresión circense, con la obvia intención de vender lo que sea, que a la inevitable y no deseada angustia existencial o creativa. Mercado contra maldición, nada que ver con la extracción de la piedra de la locura. Por eso asombra que salten a la luz caso como el de Henry Darger.

Henry Darger nació en Chicago el 12 de abril de 1892 y a los 4 años sufrió el primer golpe. Su madre, Rosa Darger –su apellido de soltera era Fullman– moriría por complicaciones en el parto de su hermana, a la que Henry nunca conoció. Vivió unos años con su padre, un sastre de igual nombre, que al poco tiempo lo ingresó en una institución mental en Illinois, donde aterrorizado tuvo que vivir varios años hasta que en 1909 logra escapar y regresa a Chicago. Consigue un empleo de lavaplatos en el hospital St. Joseph, labor que desempeñaría el resto de su vida en distintos hospitales de la ciudad.

El 2 de noviembre de 1972, con 80 años y sintiéndose próximo a la muerte, llama a su casero, Nathan Lerner, un fotógrafo y profesor, y le hace saber que se marcha a un asilo, un hospicio católico operado por Little Sisters of the Poor. Darger era un anciano solitario, hosco, sin familiares ni amigos. Su rutina era la misma desde hacía más de 60 años, ir a misa todos las mañanas, a veces varias veces en el día, cumplir con su empleo de lavaplatos y vagabundear –antes de encerrarse en su casa–, por los latones de basura en busca de revistas y periódicos viejos. Los vecinos lo tenían por un loco inofensivo que establecía misteriosos diálogos consigo mismo, cambiando la voz, para cada uno de los numerosos personajes que intervenían en los mismos.

Darger le entregó las llaves de su apartamento, un lugar pequeño, de apenas dos habitaciones, y Lerner le preguntó que qué hacia con sus cosas. “Puede quedárselas o tirarlas”, le respondió el anciano. Darger moría unos meses después, en octubre de 1973, hace ahora 38 años. Con su muerte comenzaría la leyenda, que no ha hecho más que crecer con los años.

Nathan Lerner no podía creer lo que veían sus ojos. El local donde había vivido Darger por varias décadas estaba abarrotado de cuadernos cosidos a mano, decenas de miles de páginas manuscritas, dibujos, pinturas –algunas enormes–, historietas bellamente ilustradas y collages. A espaldas del mundo, aquel hombre había dedicado más de 60 años a construir un mundo paralelo, mágico, saturado de una fantasía inquietante y perturbadora. Una obra monumental y terrible. Se encontraron muchas obras terminadas, entre ellas, una autobiografía de 5,000 páginas donde no menciona ni una sola vez que escribe o pinta.

La principal de estas obras tiene un título largo: The Story of the Vivian Girls, in What is Known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinnian War Storm, as caused by the Child Slave Rebelion, que abreviadamente se le conoce como The Realms of the Unreal, algo así como El reino o el imperio de la irrealidad, que tiene unas 15,000 páginas escritas a mano –está considerada la novela más larga jamás escrita–, a un espacio y que está protagonizada por las siete hermanitas Vivian. Estas aguerridas hermanitas provocan pavorosas batallas para liberar a los niños de un mundo donde los adultos se dedican a esclavizarlos. A los rebeldes los torturan horriblemente y luego los matan. Las descripciones pormenorizadas de las batallas y de los abusos son, sencillamente, espeluznantes. Las guerras ocurren entre las naciones de un enorme planeta sin nombre –del cual la Tierra es un satélite o Luna–. El conflicto es provocado por los “glandelinians”, que practican la esclavitud infantil. Un dato curioso es que muchas niñas que aparecen en las ilustraciones están desnudas y poseen diminutos penes. Tal vez, afirman los estudiosos de la obra de Darger, sus historias hubiesen pasado inadvertidas –aparte de la labor de Lerner, una especie de Max Brod– si no fuera por la calidad y la belleza de las pinturas que las acompañan. Puesto que Darger jamás estudió pintura, ni poseía formación técnica alguna, no le quedó más remedio que inventarse un método: calcaba figuras de las revistas que encontraba en los basureros, las recortaba, las fundía y las recomponía, a su antojo. También empleaba ampliaciones y reducciones fotográficas que encargaba en un establecimiento vecino.

La viuda de Lerner vendió algunas de sus pinturas en un millón de dólares, pero el grueso de su obra –incluyendo los manuscritos– se encuentra en el American Folk Museum de Nueva York, que creó un centro para su conservación y estudio. El volumen es tal que todavía no se ha terminado de leer todo el material. Se han publicados fragmentos de su obra. Sus dibujos y pinturas se cotizan en la actualidad en decenas de miles de dólares. En el Festival de Sundance del 2003, se presentó un documental de Jessica Yu –ganadora de un Oscar– sobre Darger titulado In the Realms of the Unreal.

Hay constantes en la obra de Darger: su defensa de la infancia y el vacío que dejó la muerte de su hermana. También lo obsesionaba un crimen ocurrido en 1912 –una niña violada y asesinada– cuyo asesino jamás fue detenido –Darger puso a sus personajes a buscarlo afanosamente–, al extremo que John McGregor, el principal estudioso de su obra, llega a preguntarse si no sería Darger el autor del crimen.

Arte bruto, arte maldito, arte como terapia, arte marginal, arte por el arte. El tiempo lo dirá. El mito Henry Darger apenas comienza.

miércoles, 13 de julio de 2011

José Ángel Valente



Por José Abreu Felippe

Transgresor sin límites, rabiosamente solitario, luchador por sus ideas, y por consiguiente exiliado de un país donde imperaba una dictadura que lo sometió a un consejo de guerra en 1972 por escribir El uniforme del general, un cuento que fue considerado como una ofensa al ejército, José Ángel Valente ha sido una de las voces poéticas y filosóficas más importante de la segunda mitad del siglo XX en España.


Este mes se cumplen once años de su desaparición física –murió de cáncer en Ginebra, Suiza, el 18 de julio de 2000–, tenía 71 años y había vivido en esa ciudad desde 1958. Antes que sus cenizas fueran trasladadas a Orense, región de Galicia donde había nacido el 25 de abril de 1929, se celebró una misa en la Basílica Notre Dame de Ginebra, con música de Bach y Beethoven. Más tarde, en la capilla del cementerio de Saint Georges se escuchó la voz del poeta recitando: “Cruzo mi desierto/ y su secreta desolación sin nombre”..., poema de su primer libro A modo de esperanza (1955) con el que obtuvo el Adonais. Muchos, e importantes escritores, consideran a José Ángel Valente como un poeta fundamental de la generación del 50, grupo con el que el propio Valente nunca se sintió identificado. Sin embargo, hay un consenso generacional que apunta al poeta como una de las voces más agudas –una voz clave– para comprender la evolución de la poesía española.

Valente recibió los más importantes premios literarios de su país natal, además del Adonais, entre ellos el Premio de la Crítica por Poema a Lázaro en 1960. También el Príncipe de Asturias de las Letras en 1988 –compartido con Carmen Martín Gaite (1925-2000)–, el Premio Nacional de Poesía y el VII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

Trabajador incansable, poco antes de morir, hizo la presentación de dos gruesos volúmenes de poesía, publicados por Alianza, Obra poética 1. Punto cero (1953-1976) y Obra poética 2. Material memoria (1977-1992) y en el acto afirmó que: “La poesía conlleva una experiencia espiritual que transforma al poeta mismo”; para luego agregar: “Una vez que se termina de escribir un poema, ya no es tuyo. Será el lector el que lo resucitará en cada lectura”.

El poeta cubano José Lezama Lima dijo de Valente: “No creo que haya en la España de los últimos veinte años un poeta más en el centro germinativo que José Ángel Valente, con la precisión de la ceniza, de la flor y del cuerpo que cae”. El escritor español Luis Antonio de Villena toca un aspecto controversial, pero bien conocido del carácter del poeta gallego: “Valente la emprendía, lanza en ristre y talante agresivo, contra cualquiera que no compartiese sus postulados estéticos”. Sus ataques virulentos, incluso personales, contra algunos miembros de la generación del 50 forman ya parte del entorno mítico de este poeta arisco que atesoraba sus muy malas pulgas. Hosco, místico, amante del silencio, orgulloso hasta el desplante, vivió y murió –a pesar de los reconocimientos– como un marginal, como el solitario que siempre quiso ser. Hoy las furias que soplaban a su alrededor se confunden con la música de Bach y de Beethoven que lo acompañó al cruzar el tiempo. Y con las cenizas, las suyas y las otras, que como el amor al que aludía Quevedo, “tendrán sentido”:

Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre.

El corazón,

tiene la sequedad de la piedra y los estallidos nocturnos

de su materia o de su nada.

Hay una luz remota, sin embargo, y sé que no estoy solo;

aunque después de tanto y tanto no hay

ni un solo pensamiento

capaz contra la muerte,

no estoy solo.


(Fragmento del poema Serán ceniza, perteneciente a su libro A modo de esperanza).

miércoles, 23 de febrero de 2011

Esas divinas cosas (Tribulaciones y alegrías de un traductor)





En Esas divinas cosas, Juan Cueto-Roig nos propone un acercamiento a la poesía desde la sensibilidad y el gusto de un traductor, que es también poeta.  El resultado es la exaltación de la palabra, una aventura dolorosa en busca de esa cuerda en la que vibra el cuerpo del poema y un recorrido por distintos hitos de la creación universal. Un viaje  memorable que comienza en  la poesía latina y culmina con “la mejor canción del siglo XX”, pasando por Shakespeare, Shelley, Blake, Tennyson, Yeats, Dickinson, Cummings, Williams, y Plath, entre otros.
Un disfrute de buena poesía traducida con precisión y elegancia.
*Palabras de José Abreu Felippe en la contraportada del libro
Esas divinas cosas
Tribulaciones y alegrías de un traductor.
De Juan Cueto- Roig
 (Editorial Silueta, Miami, 2011)

domingo, 25 de julio de 2010

EL AZOTE DE PRÍNCIPES



Por José Abreu Felippe

En los ambientes literarios marginales de La Habana de los 70 circulaba una lista, según Reinaldo Arenas confeccionada por el mismísimo Lezama Lima, con las “cien obras imprescindibles de la literatura universal” de forzada y reglamentada lectura. Allí, desde luego figuraban –por mencionar algunas–, Balzac (La Comedia Humana), Proust (En busca del tiempo perdido), Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), Cervantes (El Quijote y Los trabajos de Persiles y Segismunda), Mann (La montaña mágica), Dostoievski (Crimen y castigo), Hörderlin (El Hiperión), Cyrano de Bergerac (Viaje a la luna e Historia cómica de los estados e imperios del sol), Khayyam (El Rubaiyat), Apuleyo (El asno de oro) y Petronio (Satiricón). También El Cantar de Roldán, el Amadís de Gaula, Tirante el Blanco, el Gilgamesh, junto a obras de reconocidos clásicos de todos los puntos del planeta y de los grandes malditos. Recuerdo, especialmente, Perse (Lluvias), que leíamos en la bellísima traducción de Lezama, Eliot (La tierra baldía), Rimbaud (Las iluminaciones y Una temporada en el infierno), Rilke (Elegías de Duino), Lautremont (Cantos de Maldoror) y raros anónimos como los Cantos de Caravana y El espejo mágico. O exóticos, como los Cuentos de lluvia y de luna de Ueda Akinari; y un autor, y es de él de quien deseo divagar un poco hoy, que para mí fue todo un descubrimiento, un tal Pedro Aretino con sus ”diálogos putescos”.

La mayoría de esos libros, en esa época, no eran demasiado difíciles de conseguir, si no estaban por un lado, aparecían por otro. Recuerdo que visitábamos insólitas bibliotecas públicas porque algún amigo nos había comentado que allí existía un ejemplar de, por ejemplo, A la sombra de las muchachas en flor de Proust, en la edición de Alianza Editorial. A veces tuve la suerte de tropezarme con algún tesoro en Cuba Científica o El Canelo, las dos librerías más famosas de libros de uso, o viejos, como se decía. El enamorado de la osa mayor de Sergiusz Piasecki, fue uno de ellos, que no estaba en la famosa lista o El negrero de Lino Novás Calvo, que sí figuraba.

Gracias a mi gran amiga Aimée, que estudiaba conmigo en el Pre de La Víbora, tuve la suerte de conocer a su padre, el doctor Rodolfo Tro (La Habana, 1907-Caracas, 1989), políglota y escritor vinculado al grupo Orígenes, amigo y médico personal de gran parte de la bohemia artística habanera. Recuerdo haber visto en la sala de su casa Bodas de las novicias con Cristo, un Ponce espléndido –regalo del pintor, muy amigo suyo y del cual también poseía un magnífico autorretrato–, y haberme quedado fascinado ante su aún más espléndida biblioteca que cubría toda la pared de un inmenso pasillo. Allí vi, por primera vez la colección de Orígenes y tuve la oportunidad de leer algunos buenos libros de la famosa lista y, también, la entonces vaporizadísima novela Paradiso de Lezama en la edición de Diógenes, dedicada por el autor.

En esos años iba mucho, casi todos los días, a la Biblioteca Nacional José Martí y allí, en sus más o menos apacibles salas de lectura, devoré los deliciosos diálogos del Aretino. Tres tomos o “jornadas” que se ocupaban de “la vida de las monjas”, “la vida de las mujeres casadas” y “la vida de las putas”. La BNJM posee –o poseía, ya no lo sé– la invaluable edición príncipe de los “ragionamenti”, donde se lee “ahora por primera vez puestos de la lengua toscana en castellano” y que traduce, anota y “publica a su costa” el comediógrafo español nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1874 y muerto en Madrid en 1922, Don Joaquín López Barba¬dillo. Este erudito andaluz fue muy conocido en su tiempo y sus obras (El fin del mundo, Camino de flores, El traje de Venus, Romance pastoril, entre otras, algunas escritas en colaboración con diversos autores) se representaban con bastante éxito según los cronistas de la época. Pero me temo que su nombre habría quedado relegado al olvido (apenas aparecen datos sobre su persona en algunas obras especializadas), si no fuera por su interés en cierta literatura que hoy llamaríamos erótica. Barbadillo no sólo tradujo, editó y comentó con gran erudición y elegancia, los famosos ragionamenti, sino que creó una muy bella colección de obras con esa temática, entre las que figuraban La comedia del herrador, también del Aretino; Gamiani o dos noches de placer: “maravilloso cuadro en que se pintan las orgías sáficas y sádicas de una frenética gozadora de amor” de Alfredo de Musset; La Academia de las damas: “llamada Sátira Sotádica de Luisa Sigea sobre los arcanos del amor y de Venus”, de Nicolás Chorier; Confesiones de la señorita Safo: “obra francesa anónima del siglo XVIII”; El gineceo: “imponderable colección de setenta y seis portentosos estudios de desnudo” de André Rouveyre; Margot la remendona: “historia de una prostituta”, novela filosófica-erótica; Museo de Nápoles: “–gabinete secreto–, pinturas, bronces y estatuas eróticas con su explicación”; Las delicias de los césares: “famosa colección erótica de monumentos de la vida privada de los primeros emperadores romanos, sacadas de una serie de piedras y medallones grabados en su tiempo, con la representación al desnudo de sus amores, sus orgías y aberraciones”, un texto de 1782, y El culto secreto de las matronas romanas, continuación del anterior, ambos de Hancarville, entre muchos otros. Ramón Akal, en la década del 70 del siglo pasado, recogió y publicó en edición facsímil, esta gran –y rara– colección de Barbadillo que ya se ha convertido en joya de bibliófilos.

Pedro Aretino nació pobre en un tugurio de Arezzo –ciudad de cuyo gentilicio tomo el nombre– el 19 de abril del mismo año del descubrimiento de América y murió rico en su palacio de Venecia, el 21 de octubre de 1556 (otros autores anotan que fue en diciembre de 1557). Su madre fue una cortesana de baja ralea y modelo de pintores para cuadros sacros –su efigie estuvo durante mucho tiempo adornando la fachada de San Pedro de Arezzo– llamada la Tita. Por eso Barbadillo apunta en sus notas bibliográficas sobre el Aretino que fue “hijo de carne de placer”. No obstante, hay autores que plantean que sólo fue una campesina que los pintores se disputaban por su belleza. De su padre se sabe poco, en realidad nadie está muy seguro de quién fue su padre. Buonamici, Burali, Camaiani, Bonci, Lucha o Luca, son apellidos que acompañan a Pedro en distintos sitios, aunque Aretino se tenía a sí mismo como hijo de Luca el zapatero y así consta en algunos documentos. Cela en su Enciclopedia del Erotismo lo llama Pedro Bacci el Aretino. Bacci era un gentilhombre de la zona, lo cual echaría leña al fuego de la leyenda de su origen humilde. Creció en Arezzo, a unos 80 kilómetros de Florencia, en la toscana, abandonado y vagabundo. A los quince años, se dice, escribe un soneto contra las indulgencias y tiene que huir a Perusa donde aprendió el oficio de librero y probó fortuna como pintor. A los 20 ya nos lo encontramos en Roma formando parte de la corte del Papa León X, pero sin abandonar, para decirlo de una forma elegante, su vida disoluta, cultivando amigos y enemigos –sobre todo a estos últimos– a diestra y siniestra. Empezó a escribir encendidas diatribas, artículos satíricos y detractores; ya que pronto aprendió que si alguien virtuoso pagaba generosamente un soneto laudatorio, quien no lo merecía, lo retribuiría mejor. Fue protegido del cardenal Julio de Médicis, del Marqués de Mantua, y consejero del con-dottiero Juan de Médicis. Al llegar Julio al papado como Clemente VII vuelve a la corte, pero pronto cae en desgracia y hasta sufre un intento de asesinato, entonces regresa al amparo de Juan de Médicis y más tarde huye a Venecia. La historia de los dieciséis sonetos lujuriosos que ilustraron los dibujos de Giulio Romano, un soneto por cada dibujo celebrando otras tantas posturas sexuales y grabados por Raimondi, no tiene desperdicio. Retrata a nuestro renacentista toscano de cuerpo entero. Visor publicó hace ya unos años los dieciséis sonetos en edición bilingüe traducidos por Luis Antonio de Villena.



Allí, en su soberbio palacio junto al Canale Grande, rodeado de su harén privado –seis mujeres jóvenes a las que llamaba sus aretinas–, acuña medallas de cobre y plata con su efigie y divisa (El Divino Pedro Aretino, Azote de Príncipes), recibe nobles y emba-ja¬dores, discípulos y aventureros, clérigos y putas famosas; pero también a gente humilde. Y a sus amigos, entre ellos Tiziano, que lo pintó magistralmente –en la actualidad uno de sus cua¬dros puede ser admirado en la Galería Palatina del Palacio Pitti de Florencia– y Sansovino –hay un pequeño busto suyo del Aretino posando como san Bartolomé en la Catedral de san Marcos–. Allí, odiado y temido, pero también amado, muere en santa paz. A pesar del poder que llegó a tener, no fue un hombre feliz. No pudo retener a la única mujer que en realidad amó, sin embargo fue capaz de recibirla cuando enferma de muerte se refugió en su palacio. Puro hombre de su tiempo, él solo enmarca todas las virtudes y los defectos de su siglo. Agotó el placer en casi todas sus formas, habló mal de todos y de casi todos vivió. Hoy pocos lo recuerdan. Pero ahí están y estarán sus “ragionamenti”, esos chispeantes diálogos dedicados a su mona, todavía burlándose sabiamente de su tiempo... y del nuestro.

Texto publicado originalmente en El ateje, revista electrónica de literatura cubana.


José Abreu Felippe(La Habana, 1947) Salió al exilio en 1983. Ha publicado varios libros de poesía. También ha incursionado en el cuento, la novela y el teatro. Actualmente reside en Miami.

jueves, 18 de febrero de 2010

Un cuento de José Abreu Felippe


Perdedor

Para Exys, también siempre.

A los catorce años me violaron dos veces. Primero una mujer y después un hombre. Yo era un muchacho más bien pequeño para mi edad, flaco casi transparente y con la cara llena de inmundos barros. La mujer se llamaba Clara y parecía un estibador de los muelles. Tenía veintidós años y un fuego uterino inextinguible, como la antorcha de esos monumentos sembrados por ahí a la memoria de algún infeliz soldado desconocido. Yo era amigo de su hermano, cuatro años mayor que yo, que se llamaba Rafael, y ese día, como tantos otros, había ido a su casa preguntando por él. Cuando Clara me dijo que no estaba, de imbécil le hice caso y me senté a esperarlo en el cuarto. Al rato entró ella y en la cara le vi una mirada muy rara, quise escapar asustado pero me tiró sobre la cama y se me subió arriba que casi me aplasta. Me defendí todo lo que pude, aunque sabía que poco podía hacer. No grité, me dio pena gritar. Esa es la verdad, no voy a mentir ahora después de tantos años. ¿A quién voy a engañar y para qué? Cuando me soltó, me levanté temblando subiéndome los pantalones. El olor de Clara se me había metido por la piel y por mucho que me lavaba seguía ahí. Por las noches, entre sueños, y también de día, en los lugares más insólitos, me venía de pronto y yo comenzaba a sudar porque me imaginaba que todos los que estaban próximos a mí podían percibir aquel olor. Estuve más de una semana sin ir por su casa hasta que Rafael vino a buscarme para vagabundear por la finca, que era un lugar casi mágico. Allí, lejos, apartada de todo en mi memoria, en el centro del monte y del universo, más allá del mangal, había una ridícula poceta donde a cada rato nos bañábamos. Esa tarde yo estaba alegre, no sé bien por qué, y retozamos revolcándonos en el fango. Luego nos tendimos uno junto al otro, bocabajo, a fumar un cigarro. Sentía el silencio del monte y una mezcla de olores que me perturbaba. Entonces, sin decir nada, Rafael, con un solo movimiento se encaramó sobre mí apretándome los brazos y la cabeza contra el fango. Forcejeé, me revolví, pero sólo conseguí acomodarlo mejor. No sé si duró lo mismo que con la hermana. Lo oía jadear sobre mi nuca, babeárseme en la oreja, murmurando palabras y quejidos. Cuando terminó, de un salto se separó de mí y nadó hasta el centro de la poceta. Yo me quedé quieto unos instantes, después me senté como pude y empecé a llorar. Al rato se me acercó, diciéndome que era jugando, que no había pasado nada, que me vistiera que se estaba haciendo de noche. Yo no le hacía caso. Cuando se cansó de sus esfuerzos por tranquilizarme, se fue algo asustado y yo me metí en el agua temblando todavía. Llegué a casa de noche, no había nada de comer, y me senté en el patio a leer y espantar mosquitos hasta que me entró sueño.

Aquellas dos violaciones marcaron mi existencia. Volvían en sueños mezcladas siempre con olores. A veces veía el pecho de Rafael, que ya comenzaba a llenarse de vellos, o su sexo saliendo de la poceta y renqueando amenazador contra sus muslos. Otras era el peso de Clara, a horcajadas sobre mi cuerpo, vuelta hacia mis entrepiernas mientras su sexo se abría y se cerraba chorreado cerca de mi cara, como si quisiera tragarme. Así, enfebrecido, me retorcía en la cama, frotándome contra las sábanas hasta que sentía que me moría. Rodaba de una pesadilla en otra, me veía desnudo entre aquellos dos cuerpos que me palpaban buscando el sexo, pero mi vientre estaba liso y ellos comenzaban a reírse. Entonces, para calmarme, yo gritaba y gritaba hasta quedar exhausto. Rendido. En la misma pesadilla a veces no estaban ellos, yo me tocaba el sexo enhiesto y se me desprendía. Angustiado lo recogía del piso y trataba de pegármelo, casi siempre sin éxito. Muchos años después encontré, leyendo a Freud o a Piaget, ya no me acuerdo bien, que aquella pesadilla era bastante común en muchos niños. Quiero dejar bien claro que si las dos violaciones marcaron, como dije, toda mi vida no fue porque yo fuera un inocente. Quizás hasta las deseara, sobre todo la de Rafael. Yo había estado antes con muchachas y también con muchachos, pero había sido distinto. Siempre mediaba cierta complicidad, un deseo compartido, una búsqueda común, y generalmente éramos de la misma edad o casi. Tengo muchos recuerdos en ese sentido y ningún complejo de culpa ni de nada. Tampoco pienso que esas lejanas violaciones físicas, quizás las menos dolorosas de todas después de eso me han violado hasta el alma–, me hayan convertido en lo que soy. Ni siquiera sé por qué hoy, veintidós de marzo de 1995, cuando me decido a escribir estas líneas, en este momento tan melodramáticamente cursi, en que casi por cumplir con una tradición no escrita, por evitar inconvenientes posteriores de todo tipo a los demás, y para salvaguardar a mis amigos, y hasta a mis enemigos, tenga que empezar hablando de Clara y Rafael, dos queridos fantasmas de la memoria, que si están vivos aún, nada tienen que ver conmigo, ni nada sé de sus vidas desde que escapé al exilio el 27 de mayo de 1980 –ellos se quedaron en el infierno, más o menos integrados en aquella mierda, por las apariencias supongo, como casi todo el mundo.

Tengo cincuenta y cinco años y estoy, como se acostumbra a decir en estos casos, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales. Sano de cuerpo y de mente. Sigo siendo un hombre muy delgado, pero ya sin barros en la cara. Ni siquiera espinillas. Probablemente eso sí sea algo verdaderamente trágico porque habla del tiempo. También estoy casi calvo. Me gustaría hacer un recuento de mi aburrida existencia, pero no tengo deseos y creo que tampoco vale la pena. ¿A quién podría importarle, morbo aparte, que yo cuente aquí cuatro o cinco anécdotas intrascendentes, que no serían más que confusos gestos en un espacio vacío? Espasmos de la memoria. Quisiera escribir algo profundo, pero si hasta hoy no lo he conseguido, dudo mucho que ahora pueda. Siempre me entusiasmaron los suicidas, los grandes y los pequeños. Desde Stefan Zweig hasta la loca del barrio, que cuando no pudo más, se dio candela. En Cuba, siendo muy joven, lo intenté dos veces con el clásico pomo de pastillas. He sido un suicida frustrado y eso es terrible. Con el tiempo he sabido perfeccionar la oportuna máscara de hombre ecuánime y fuerte, aunque raspando un poco aflora el cobarde, el débil y el pusilánime.


José Abreu Felippe (La Habana, 1947) Salió al exilio en 1983. Ha publicado varios libros de poesía. También ha incursionado en el cuento, la novela y el teatro. Actualmente reside en Miami.

Foto de la ilustración: Jesús Hernandez
Modelo: Isaniel Rojas



IX FESTIVAL LATINOAMERICANO DEL MONÓLOGO

Domingo, Marzo 7 de 2010

"Perdedor"

Actor: Isaniel Rojas

País: Venezuela

Autor: José Abreu Felippe

Director: Juan Roca

Havanafama Teatro Estudio, 752 SW 10 Ave., Miami, FL 33130

Hora: 6:00 PM

miércoles, 10 de febrero de 2010

Un pino en el ombligo/ Poemas de José Abreu Felippe


Vejez

Mi padre está esperando la muerte.
Cada mañana se levanta más humillado
que la anterior.
Una larga carrilera de coches
trota sobre su cabeza y él se mira la cara,
el pozo que se ahonda y el tubo
por donde se desbocan los caballos.
Luego me mira.
Están viejos los ojos de mi padre.

Definitivo

Qué extraños los ojos de mi padre.
Hay un arco gris que los circunda
y una palabra blanca que parece una colcha infantil.
Creo que los ojos de mi padre se han doblado hacia dentro.
No obstante aún me miran,
pues me regalan ese gesto antiguo que ahora
se torna definitivo.

Espejo

El viejo está sentado en su catre
y se mira detenidamente en el espejo.
Las orejas se han separado de la cabeza
y ahora desafían la perpendicularidad.
El tubo que brota del centro del cráneo
y desciende por el lado derecho
ya se dibuja perfectamente,
se puede palpar.
El viejo cuenta que los médicos aseguran
que así sigue por el cuello, por el pecho,
y se adentra en sus entrañas hasta el peritoneo.
También,
que pronto habrá otra sombra en el espejo.

La esfera

Todo en él se había encogido,
era posible observar el movimiento casi compulsivo de la sangre,
cimbreando como flejes en los brazos.

La esfera era brillante
pero cuando se alzaba contra la luz
cantaba al opacarse.

La vida se le perdía por los ojos.

La luz

Tiene brazos y piernas y cuando se desnuda
la sala huele igual.
Yo la siento sobre la mesa y la contemplo
rodeado de relámpagos.
Abro los brazos,
camino.

Y entonces ahí es que nos morimos.

José Abreu Felippe (La Habana, 1947) salió al exilio en 1983. Ha publicado varios libros de poesía. También ha incursionado en el cuento, la novela y el teatro. Estos poemas pertenecen a su libro inédito De vuelta. Actualmente reside en Miami.