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domingo, 26 de agosto de 2012

"Doces mensajes a Hercules", de Elvira de las Casas: fotos y palabras de presentación

 





 





 

 

 
Transcripción de las palabras introductorias dichas por Rodolfo Martínez Sotomayor durante la presentación por la Editorial Silueta de la novela Doce mensajes a Hércules de Elvira de las Casas

 
Buenas noches, muchas gracias a todos por su presencia. Es meritorio que estén aquí y no abarrotando las tiendas, apertrechándose para un ciclón patrocinado por Home Depot.

Para elevar el tono, he de evocar a Borges, quien nos enseñó que las personas prefieren lo personal a lo general y lo concreto a lo abstracto, he de decir entonces que es para mí un día especial, no sólo porque la Editorial Silueta presenta un nuevo libro. He de redundar diciendo que no sólo se trata de una excelente novela sino que la autora es una excelente amiga.

Conozco muchos buenos escritores que no son amigos y tengo muy buenos amigos que no son escritores, pero cuando ambas excelencias convergen, es un motivo doble de celebración.

El día en que recibí una llamada de Yvonne López Arenal, hablándome sobre la novela de Elvira, mi memoria se trasladó hacia algunos años atrás, cuando la conocí. Ese día fue un aval de Geoffrey Chaucer, cuando dijo que “si queremos actuar sabiamente, debemos siempre escuchar a las mujeres”. Recuerdo que con intervalos de copas de vino, unos “manganzones” leían sus cuentos, entre ellos yo, mientras Elvira casi tímidamente, parecía pedir permiso para leer uno. En realidad  nos salvó la noche y confieso que fue lo mejor que se leyó.

Algunos años después, mientras caminaba junto a Eva por la avenida de Ponce de León, me encontré con un consagrado escritor, visiblemente resentido o malhumorado. Él me decía que venía de una ceremonia de premiación de un concurso de cuentos, del que evidentemente no había sido el ganador, sino que la premiada fue una tal Elvira de las Casas, a la que nadie conocía y que además de eso, ni siquiera se presentó.

Mas tarde supe que Elvira se había marchado de Miami para los Estados Unidos, es decir, para Nueva York.

Me alegró verla, un tiempo después, durante una presentación de Silueta y descubrir su faceta de pintora con una exposición en el teatro Akuara.

Vino después la llamada de Yvonne y el resto es historia, el placer de adentrarse en el universo de ficción creado por Elvira. Ese pueblo mítico llamado Hormiguero del Campo y sus habitantes, su narrativa que atrapa desde las primeras páginas, llenas de humor y misterio, de intrahistoria y leyenda. En fin, sus Doce mensajes a Hércules, la maravillosa novela que el escritor y periodista Luis de la Paz nos presentará.

 
Muchas gracias.



DOCE MENSAJES A HÉRCULES

 
Por Luis de la Paz

 
            Hormiguero del campo, “pueblo polvoriento donde el tiempo parecía transcurrir más despacio que en el resto del mundo”, enclavado en las faldas de la cordillera del Escambray, en Cuba, es el marco de Doce mensajes a Hércules, la primera novela de Elvira de las Casas, publicada por la Editorial Silueta. Aunque el título parece remitirnos al Hércules de la mitología griega, obligado a realizar doce trabajos de leyenda, en realidad si algo vincula al viril Hércules, hijo de Zeus, con el campesino caribeño que nos entrega Elvira, serían los retos iguales en número. Uno lucha contra el Can Cerbero, el otro logra mantener en jaque a las fuerzas represivas, que como se sabe son las encargadas de salvaguardar las puertas (y las ventanas) del infierno, por lo que devienen en una representación moderna y castrista de temible Can.  

            Que yo conozca no hay en la literatura cubana del exilio una novela que se desarrolle teniendo como escenario los sucesos del Escambray. En cuento está Historias de la otra revolucion, libro de Vicente Echerri, y como legado documental hay importantes libros, como Cuba en guerra de Enrique Encinosa, así como los materiales recabados por el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo que dirige Pedro Corzo, destacando en particular Cuba, desplazados y pueblos cautivos. Pero una novela, creo que sólo Elvira de las Casas ha acometido tal empresa. Por lo antes dicho, pienso que debo apresurarme a señalar que Doce mensajes a Hércules no es propiamente un libro sobre el Escambray, sino que cada uno de los vecinos de Hormiguero del Campo (pueblo ficticio, pero perfectamente localizable, no hay duda de su ubicación), en la región central de Cuba, tejen con sus vivencias, los eventos que tuvieron lugar en su comunidad durante la década del sesenta, en el período de la llamada Limpia del Escambray.

Los personajes: Pura, la comadrona del pueblo; el capitán Lorenzo Arteaga; el Dr. Porfirio Mendoza; Eulalia, su esposa; Rodrigo el taxista; Gabriel Arcángel, militar y enano; Fermín Madrigal, poeta e historiador de Hormiguero del Campo; Rudolf Eisenhand, coronel alemán de la temida Stasi; Horacio el barbero; Urbino el boticario; Margarito el afeminado que estuvo en la UMAP, entre otros memorables pobladores, fortalecen con sus vidas y labores cotidianas las distintas aristas de este thriller.

Elvira de las Casas nos entrega una novela perfectamente estructurada, cuidada hasta en los detalles que parecen menos relevantes. Como lector, siento el diario vivir de los habitantes de la comarca. Gente próspera y trabajadora, que ha logrado abrirse paso con su propio esfuerzo. No hay terratenientes, ni explotadores. Cada uno sus habitantes ha contribuido a levantar un pueblo (su pueblo) que, a punto de cumplir cien años de existencia, tiene una historia que contar, que Elvira, con imaginación, una prosa fluida, costumbrista, elegante y sazonada con mucho humor, nos entrega.

En Hormiguero.., como prácticamente en toda Cuba, con la llegada del castrismo y la instauración de un régimen socialista, se altera el orden social. La revolución castrista, desde sus inicios comienza a inmiscuirse en la vida privada y a cometer desmanes, con cientos de fusilados tras juicios sumarísimos y con pocas garantías, intervención de negocios, cambio de moneda y una larga lista de atrocidades encaminadas a revertir el orden establecido, que si bien no era ni remotamente perfecto, al menos era sustancialmente armónico.

Quienes se oponían a las nuevas normas, iban a parar a prisión, al exilio, o marchaban a las montañas del Escambray para combatir al gobierno militar  que se imponía en la isla. Muchos se unieron a los grupos de alzados, entre ellos el comandado por José Manuel Cabargas (personaje de esta novela), quien con sus hombres enfrentaban al sistema castrista.

En medio de la cotidianidad de Hormiguero del Campo, estaban quienes ayudaban a los alzados con comidas y con avisos (mensajes) que los alertaban sobre las acciones del ejército y la milicia. De esa manera van llegando los mensajes al escurridizo Hércules. Pero, ¿quién es su contacto?, ¿quiénes ayudan a los alzados?, ¿qué hacen para poner en ridículo al oficial alemán y sus tácticas? Esa es parte de la trama de esta novela de aventura, con matices detectivescos que hoy presentamos.

A medida que el lector penetra en estas páginas, no sólo va descubriendo las situaciones de cada familia. También siente cómo se fragmenta y empobrece la comunidad, con el cierre de comercios, las carestías que a modo de agenda política va implantando el nuevo régimen. Cómo las relaciones se hacen prudentes por temor a la delación. Cómo la familia se desmiembra. Cada uno de los doce capítulos de este sobrecogedor libro termina con el testimonio, de alguien que desde el exilio, recuerda su pasado en Hormiguero del Campo.

Elvira de las Casas nos brinda una novela que se puede ver como una película. Pienso que la autora dibujó, como hacen los cineastas, cada escena antes de escribirla, porque la estructura narrativa es perfecta. Sólo me queda recomendar la lectura de Doce mensajes a Hércules, porque de seguir hablándole (o leyéndole) podría cometer la imprudencia de revelar más detalles de los que debo, y porque les estoy quitando la oportunidad de escuchar a la verdadera figura de esta noche, a Elvira de las Casas.

 
Palabras pronunciadas en la presentación de la novela, de Elvira de las Casas, Doces mensajes a Hércules, en La Otra Esquina de las Palabras, Café Demetrio,  el viernes 24 de agosto de 2012.

lunes, 20 de agosto de 2012

Presentación del libro "Asídesencillo": fotos y palabras de Rodolfo Martínez Sotomayor












Asidesencillo y la crítica inflexible

Por: Rodolfo Martínez Sotomayor         


La Editorial Silueta presenta hoy el libro Asidesencillo, cinco poetas cubanos en los Estados Unidos. Aunque adjetivar es casi un pecado de lesa humanidad en poesía, y más aun tratándose de los poetas agrupados aquí, me atrevo a recurrir a esa falta y decir que se trata de poetas de larga, destacada y laureada trayectoria, algunos. Son ellos José Kozer, Rolando Jorge, Alejandro Fonseca, Pablo de Cuba Soria y Michael Miranda. Cinco poetas que han escogido a un antologador y no viceversa: Se trata de José Prats Sariol, quien partiendo de determinadas preferencias estéticas articuladas por la subjetividad y justificadas por un criterio unificador, accedió a escribir un lúcido prólogo en el que no cae en adulaciones con anhelo exegético, tan comunes en estos días al género recopilatorio. Ese es otro de los aspectos positivos de una muestra muy destacable, y con vida propia en el proliferante mundo de las selecciones.

La diversidad es un rasgo distintivo de la libertad. La creación poética no es ajena a este dogma. Tratar de interpretar, de abrir el entendimiento a una propuesta, es un hecho más complejo que juzgar, cuando se parte de un canon pre-establecido.

Escritores, críticos y grandes editores han desviado a veces la ruta, y han abrazado al ego incontrolable al tratar de determinar lo que es y lo que no es, según su criterio personal. Un canon no es una opinión. El mejor crítico es el tiempo. Y ese juez implacable con las palabras, ha condenado más la necedad de errados juicios que a su destinatario. Victor Hugo, por ejemplo, dijo que Stendhal murió sin saber lo que era escribir, y ese torpe juicio sobre uno de los grandes exponentes de la novela psicológica lo perseguirá siempre. El famoso rechazo de André Gide al manuscrito de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, fue una culpa que arrastró por el resto de su vida. Dublineses de Joyce fue rechazado por veintidós editoriales que nadie recuerda. Otras veinte veces, su obra inmortal Ulises, recibió rechazos que acusaban a aquellos párrafos de enrevesados, incoherentes, disparatados y lo poco que se entendía, de obsceno y escandaloso.

Virginia y Leonard Woolf, quienes tenían una editorial, fueron autores de uno de esos rechazos. La creadora de Orlando, comparaba al Ulises con indecentes páginas que eran como el sarpullido de un niño.

También existe un crítico y editor español reincidente en errores, memorables, es el caso de Guillermo de Torre, quien le rechazaría a Neruda el manuscrito de Residencia en la tierra, diciendo que “no veía ni entendía nada y no sabía que se proponía con él”. Veinticinco años después, trabajando en la Editorial Losada de Buenos Aires, volvería a cometer otro error, rechazando el manuscrito de un joven escritor de Aracata en Colombia, diciéndole que se dedicara a cualquier cosa, menos a la literatura, se trataba de La hojarasca, de Gabriel García Márquez, una especie de preludio de Cien años de soledad. En fin, podría pasar la noche argumentando el hecho evidente de que el único juez justo y crítico certero es el tiempo. La Editorial Silueta, celebra cada lanzamiento, sabiendo que sus autores poseen ese arbitrario don del talento. Y ese es el caso de la selección que hoy presentamos ASíDESENCILLO, los años dirán el resto.

sábado, 30 de junio de 2012

Sindo Pacheco en La Otra Esquina de las Palabras: Fotos y palabras de presentación






























Sindo Pacheco y Las raíces del tamarindo

Por Rodolfo Martínez Sotomayor

Acercarse al autor de un libro que nos guste puede ser una osadía peligrosa, la decepción suele estar al acecho a la vuelta de la esquina.

Con Gumersindo Pacheco es todo lo contrario. Aunque se trate de la presentación de su novela y no de un panegírico o una campaña política. Me resulta notorio que coincida tanta gente en decir de él: “El guajiro es buen escritor y buena gente”. Lo novedoso no es sólo cuantos lo dicen, si no que se trate de escritores los que lo digan, un oficio no muy pródigo en halagos a colegas.

Lo que nos apasiona al leer refleja a veces nuestras tendencias, nuestras inclinaciones no siempre conscientes. El personaje central de Las raíces del tamarindo, llamado Tony, es un adolescente al que le duele crecer como el origen mismo de la palabra.

él busca la evasión a través de los libros, el escape a una realidad que resulta brutal para sus ojos. Un refugio, placentero además. Al iniciarse con lecturas como El Principito, también descubre el poder humanizador de la literatura. “A uno le dan deseos de ser bueno cuando lee algo así, le dirá Maité a Tony después de regalarle el libro. Por cierto, es aquí donde pensé en esa confluencia entre la obra y el autor. También en la misteriosa coincidencia que fuera un día como hoy el nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry, un especie de santo patrón de aquellos que como Gumersindo Pacheco, son capaces de escribir una literatura juvenil para adultos, que nos reviste con la piel del niño o el adolescente que hemos sido o que hemos querido ser.

Las raíces del tamarindo es una novela lineal, con un lenguaje limpio, certero. No hay en ella grandes elucubraciones filosóficas. Sin embargo, son los diálogos y las situaciones creíbles los que nos hacen pensar. La literatura, entre otras, tiene la capacidad fascinante de dejar registrado una época que se hace más lejana con el tiempo. La realidad de un pueblo del interior de la Isla queda atrapada en una novela como Las raíces del tamarindo; la memoria espiritual de su tiempo; los matices que no recogen los libros de historias y la vida que no cabe en fotografías de limitados espacios geográficos.

Si en la novela El beso de Susana Bustamante, Gumersindo logra en el lector  una regresión  a esa infancia perdida de aventuras y sueños, de las primeras trampas, del primer amor –que aún no llevaba ese nombre y era sólo la necesidad, el deseo naciente de unos labios de mujer en una niña–; si ya se vislumbraba el autoritarismo y la censura; si los libros de muñequitos se iban haciendo subversivos; si todo lo vemos a través del prisma de la inocencia, en Las raíces del tamarindo se ha perdido esa inocencia. La escuela es rechazada como todo símbolo del orden impuesto. Tony sufre sin precisar las razones, pero descubriéndolas poco a poco. El drama nacional se devela con una naturalidad que, para disfrute del lector, no pierde la frescura de una novela juvenil. Un logro peculiar en la narrativa de Sindo Pacheco, aun cuando la intensidad dramática de ciertos diálogos nos hablen de la crudeza de aquellos días: Fragmentos de lo que le cuenta su amigo Rafael ilustran lo anterior, él le dirá: “… Mi abuelo tenía una finca al pie del Escambray. Y cuando estaban allí los alzados contra el gobierno, le quitaron la tierra y todo lo que tenía, y lo mandaron con mi abuela para Pinar del Río, en la punta del país. No sólo a ellos, enviaron para allá a cientos de campesinos… Para salir de allí a visitar a sus hijos tenían que conseguir un permiso especial. Nunca más pudieron volver a su finca”.

En Las raíces del tamarindo, se percibe el  sufrimiento de la migración, aun cuando la prosperidad económica o la asfixia política la justifiquen.  La respuesta del Abuelo de Tony  a la interrogante de por qué no regresó a Canarias es proverbial y precisa, él nos dirá entre otras cosas: “Tengo miedo de romper el recuerdo que me queda. Tal vez las cosas allá hayan cambiado demasiado. No me arrepiento de haber venido porque tengo una familia, pero abandonar la tierra es como negar a Dios. Por alguna razón Dios nos puso en ese punto del mundo, por alguna razón pertenecemos  a él, como los árboles y las hierbas, como los animales”.

Una visita a la cárcel, al padre preso, es un pretexto del autor,  para adentrarse en ese desgarramiento familiar que provoca en las víctimas, la cárcel, pero este narrador convulsivo va más allá. Sus juicios, más que políticos son humanos. El dolor del hombre es el mismo en todas partes,  dándole así un sentido de trascendencia a su literatura.

La narrativa de Sindo no está exenta de humor, de una mordaz ironía. La descripción del adolescente Tony procurando devorar una croqueta que se pega al cielo de su boca nos arranca una sonrisa amarga. Que se encuentre en las primeras páginas puede resultar casual o es una introducción a las calamidades cotidianas que irán aumentando en proporción ante los ojos de Tony. No hay adjetivos que sobren para describir la escasez, no hay ditirambos de la miseria, tan sólo la imagen  detallada de  un  adolescente  tratando  de desprender  una   croqueta

–comprada en un establecimiento estatal– que se le ha pegado sin remedio al cielo de la boca.  Sindo posee la habilidad de un narrador, que conoce muy bien las herramientas de su prosa, sabe además que las zonas más oscuras no carecen de luz

Y allí están el campo y la finca de los abuelos para darnos esa claridad del paisaje, el amor de Maité, el nacer de ese sentimiento, la agradable sensación de escuchar la lluvia en el campo, la contemplación de un amanecer donde el sol emerge como una mancha rojiza, el esplendor de los platanales, los pastos, el maíz, el ganado, bandadas de aves que iniciaban su peregrinar surcando el cielo pálido, las palmas reales, las flores, trinos de pájaros que llegan de los arbustos cercanos; grupos de campesinos que a lo lejos inician su faena.

Todas esas bucólicas imágenes se entremezclan, como la propia vida, con la crueldad; desde los detalles del sacrificio de un cerdo que muere lentamente hasta la imposición de ideas y vocación padecidos por Tony en la escuela.

Las raíces del tamarindo, es una novela que además del placer estético de su lectura, hace que habitemos junto a los fantasmas de su autor. Transmite emociones y ellas superan la temporalidad. Degustarla no es sólo acercarnos a la enigmática distancia que nos separa del adolescente que fuimos. Es entrar en el deleite incomparable de leer una historia bien contada. No se le puede pedir más a un autor, sólo queda agradecerle a Sindo por escribirla y convidarlos a ustedes a comprarla. No se arrepentirán.

jueves, 31 de mayo de 2012

Diente por diente a la medida de Ernesto García


Por Rodolfo Martínez Sotomayor


Para la celebración del quinto aniversario de Teatro en Miami Studio, su director Ernesto García ha elegido la obra Medida por Medida de William Shakespeare; una acertada selección. Por supuesto, tratándose de Ernesto no es de extrañar que veamos  una versión muy personal llamada Diente por Diente, haciendo alusión a la ley del Talión aparecida en el Éxodo veterotestamentario ¿Qué? Me quedó pretencioso, ¿no?

Para aquellos que gusten de largas monsergas semiacadémicas con el origen, la etimología, las fuentes precisas y un largo etcétera, les diremos que se trata de una comedia publicada en 1623, aunque en la actualidad se torne difícil encasillarla en un género. Según los entendidos, la fuente es una obra en dos partes de George Whetstone, titulada Promos y Cassandra (1578). También tiene cierta influencia de la pedantesca tragedia latina de Claude Rovillet Philandia (publicada en 1556). En fin, un drama, que como en muchas otras obras del autor o “copión inglésWilliam Shakespeare (según la última versión cinematográfica sobre su vida llamada Anonimous), toma prestado de aquí y de allá para escribir una pieza que trata sobre la relación de los hombres con el poder, la aplicación de la justicia, la moral y la ley. Una especie de sátira política, religiosa y sexual.  Nada, que en este toma de quien no te dio histórico, y teniendo en cuenta que no hay nada nuevo bajo el sol, bien podría decir Ernesto que se trata de una obra de su autoría con ciertas lejanas influencias. ¿Con qué moral se iba a protestar? ¿Acaso sólo a los clásicos se les perdona?

La sinopsis del original es simple: una ciudad gobernada por un duque que desea abandonar sus funciones por un tiempo y ser reemplazado por el severo juez Ángelo.  Un joven noble, llamado Claudio, es castigado, ya que dejó embarazada a su novia antes de la boda. Su hermana Isabel, una atractiva novicia, le implora piedad a Ángelo, quien trata de tomar ventaja de la ocasión para negociar el perdón a cambio de los favores sexuales de la novicia. Al final, el regreso del duque obliga a romper todos los planes.

Después de esta larga introducción, he de personalizar mi opinión hasta la médula, creo que Ernesto García mejoró la pieza. Y es que al contextualizarla, le confirió valores adicionales que tal vez en tiempos de Shakespeare no se entenderían, pero ahora, ocasionan risa al espectador: con juegos de palabras, doble sentido de buen gusto y una hilaridad más a tono con nuestros tiempos.  Las sentencias filosóficas hacen que no se trate de un simple espectáculo de evasión. Ya Ernesto, nos tiene acostumbrados a ejercitar las neuronas mientras sonreímos. Una sutil y efectiva manera de elevar el espíritu: Risa y reflexión. Así son sus comedias, o así las veo yo. Pareciera que el joven dramaturgo y director (lo de joven no lo quito, ya que tiene mi edad) hubiese puesto en una licuadora de la imaginación, elementos del teatro bufo, de la picaresca española y por supuesto, con su probada capacidad de innovación nos regalara un personaje como Chucho. Anniamary Martínez ha tenido la oportunidad de incursionar en esa difícil caracterización, por aquello de que es más difícil hacer reír que llorar y ha salido airosa. Además, se trata de Chucho y no Chucha, por lo que la joven actriz (y sigo con lo de joven, aunque ella sí lo es) con el rigor de interpretación, requerido para Chucho, ha tenido que actuar dos veces (¿Esto se entenderá?). Vaya que ha tenido que interpretar a su vez otro sexo además del personaje. Con la ingeniosidad y el dominio de la escena de Anniamary, tanto ella como Chucho, cautivan, atrapan al espectador.

En la pieza se disfruta la inclusión de aspectos cotidianos, con una mixtura perfecta, donde hasta el Ai Se Eu Te Pego de Michel Teló, roza ligeramente por un parlamento. Ángel Lucena interpreta a Lucio con dinamismo. Lucio es un arquetipo de la maledicencia, un mal omnipresente, que deriva en adicción. En el decir del personaje: el vicio de hablar mal de los otros. Osvaldo Strongoli en el papel del Alcalde se desplaza con una naturalidad por la escena, con un dominio de su oficio actoral que convence.

El Alcalde es quien pone a prueba a Ángelo, una necesidad de manejar los hilos del poder con la capacidad de ser justo. Fernando  Goicochea, como el Carcelero y Bernardo Bernal, como el Cura y Dimitri, tienen una notable actuación.

Nirma Necuze es Mariana y Tres palitos, este último papel lo interpreta con gracia, desde el recibimiento en la puerta a los espectadores, junto a Chucho y Sobrecogida (Sandra García).

Decir que Sandra García se destaca con una actuación magistral es pura redundancia, vaya, casi un lugar común. Un crítico que no quiera repetirse debería pedirle que por favor, actúe mal un día para sentenciarla, condenarla, en fin decirle algo diferente. Sandra es una actriz que no deja de sorprender. Sus personajes se impregnan en el recuerdo de la obra por esa fuerza vital, ese movimiento escénico preciso que entrega. Su imaginación e ingenio, se manifiestan desde el recibimiento al público. Allí comienza su actuación.

Simone Balmaseda interpreta a Doña Remigia, un difícil rol, del que sale airosa con sutil desempeño. Oneysis Valido encarna a Isabel, la novicia, ella cuestiona “qué sentido tiene el poder sin la clemencia”, pero es a su vez el idealismo que prefiere el dolor a las concesiones con sus preceptos morales. Oneysis Valido realiza una espléndida actuación con un movimiento escénico de experimentada actriz. Es agradable asistir a la madurez de un actor en el escenario, y éste es el caso de Carlos Bueno interpretando el personaje de Claudio. Lo cual demuestra que Teatro en Miami Studio, también ha sido una especie de ¿severa escuela? para los actores. Las dos últimas actuaciones de Carlos legitiman el método, sea cual sea, por aquello de que lo importante es el resultado. Nada Carlos: Sigue resistiendo, que la aprobación de críticos y público lo merece. Es una pena que un buen actor como Lian Cenzano, al menos en el segundo día de presentación, al cual asistí, no haya estado por momentos a la altura de la gestualidad requerida por su personaje Ángelo. Un desnivel que teniendo en cuenta su experiencia y proyección en escena debe de haberse corregido en próximas funciones. Eso espero.

Uno de los tantos aciertos de esta pieza sobre la doble moral, un “balance entre benevolencia y perversidad” como nos dijera su director; es el hacer al público partícipe de la misma. Con las lunetas preparadas en forma triangular, con una ancha pasarela en su centro por donde se desplazan los actores, somos en un instante parte de ese pueblo, masa que vitorea cuando quiere repudiar. Yo no sé si esa suspicacia de Ernesto García juega con nosotros como parte de esa doble moral que se condena, pero haya sido o no su propósito, bien pudiera llevarnos también a cuestionarnos nuestras relaciones con el poder. Un magnífico trabajo de luces de Ernesto García complementa la pieza. Su precisión no parece dejar escapar ningún detalle, todo llega a su tiempo. "La música, también escrita por el director, es parte de esa armonía. Vestuario acorde, adecuado. Y cierro mencionando lo afortunado de  ese casi “video-clip” promocional, tan exitoso como el montaje de la obra,  con una contagiosa guaracha que seduce y magnetiza con su estribillo “Ojo por ojo, diente por diente”.


 Publicado originalmente en www.TeatroenMiami.com

lunes, 14 de mayo de 2012

Esteban Luis Cárdenas y la literatura marginal exiliada



Por Rodolfo Martínez Sotomayor

Si alguien se propusiera recoger en una antología la mejor literatura cubana del exilio que describe el mundo marginal en los Estados Unidos, sin duda tendría que contar con nombres y obras tales como Misa de sanación, de José Abreu Felippe, Frente al expressway, de Armando de Armas, Mandrake el Mago brilla en el Southwest, de Luis de la Paz, El estrangulador de la calle Flagler, de Néstor Díaz de Villegas, El Portero, de Reinaldo Arenas, entre muchos otros que por falta de tiempo y espacio no puedo mencionar.

Entre esos otros, hay cuatro nombres fundamentales, que escogeré para trazar un punto de vista sobre su relación con la marginalidad. Comenzaré por Guillermo Rosales: Su relación con el mundo marginal es paralela a su demencia, la que la describe en su literatura de manera magistral, pero también su explicación es desde una óptica racional donde prevalece su intelecto. Su novela Boarding Home, avala esta teoría. En ella nos dice “He estado ingresado en más de tres salas de locos desde que estoy aquí, en la ciudad de Miami, a donde llegué hace seis meses huyendo de la cultura, la música, la literatura, la televisión, los eventos deportivos, la historia y la filosofía de la isla de Cuba. No soy un exiliado político. Soy un exiliado total. A veces pienso que si hubiera nacido en Brasil, Venezuela o Escandinavia, hubiera salido huyendo también de sus calles, puertos y praderas”.

A Carlos Victoria la marginalidad lo asecha, pero él escapa de sus fauces, de sus límites estrechos, comulga con las víctimas y las hace sus personajes, sus protegidos en el mundo ficticio y real.

Pero él necesita un orden, un ancla para salvarse y escapar de esa asechanza. El aislamiento, la soledad, la distancia, son herramientas que utiliza para ese escape. En su novela Puente en la oscuridad, las zonas oscuras de Miami son coprotagonistas de la historia.

En Eddy Campa y Esteban Cárdenas, ocurre algo singular, y es que hay un regodeo en mantenerse en los bordes. Sus personajes no establecen conflictos con el mundo marginal, todo lo contrario, pareciera que hay un disfrute en ellos que los hace asumirla de manera natural. A Campa solía encontrarlo a veces por los alrededores de la biblioteca Hispánica. En la Pequeña Habana, allí se nutría su intelecto. Ese era su Estado mayor, a varias cuadras más abajo, en inhóspitas barriadas se alimentaba su vida. Él nos dejó un extraordinario libro inédito titulado Curso para estafar y otros relatos, donde el protagonista es el mismo Eddy Campa. Hace unos años, Joaquín me contaba que el propio Eddy le decía que vivir sin posesiones de ningún tipo, sin vínculo laboral, eran las únicas maneras de ser totalmente libre.

Esteban Cárdenas, por su parte, se abrazaba a la alienación con verdadero fervor, también era un ingrediente vital de su literatura, de su narrativa e incluso de su poesía. Su poema Magic City debería de estar en un catálogo para visitantes de la ciudad. Al lado del glamour y el Jet set de Miami Beach, los turistas conocerían ese otro Miami, el pintoresco hábitat de los verdaderos outsiders, como diría un angloparlante. Se llevarían grabada el “alma de la ciudad”. Esteban no explora las causas del marginalismo como un sociólogo, las retrata como un escritor, nos adentra en la cosmovisión de sus personajes donde él es uno más. En algunos de sus cuentos, como en el cine negro norteamericano, la frontera entre el bien y el mal es muy leve y el protagonista es un antihéroe de oscuro pasado y presente. Además de sus amigos escritores, Esteban tenía otros de ese mundo. Una tarde en que se presentaba en el Koubeck Center, vino acompañado de aquellos seres casi impresentables, y en medio de un recital de poesía, uno de ellos, sirviendo de líder a los otros en la retirada le dijo: “Oye Esteban, nos vamos que aquí no hay curda”.

Su cuento Un café exquisito es una vitrina donde confluyen crimen y sadismo con una naturalidad que subvierte al lector. Su prosa limpia y su estilo directo hacen fluir el relato dulcemente hasta el final. Con certeza, un clásico de la literatura cubana del exilio con el que Esteban Cárdenas, ya se hace inmortal.