Mostrando entradas con la etiqueta Reinaldo García Ramos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reinaldo García Ramos. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de septiembre de 2013

JOAQUÍN GÁLVEZ, EL PARIA VENCEDOR


                             Póster: Blog Grafoscopio, de Rita Martín
 
 

Por Reinaldo García Ramos

 
Cuando hace dos años nuestro amigo Joaquín Gálvez publicó su poemario El viaje de los elegidos, me pidió que dijera unas palabras para presentarlo, y yo accedí con gusto. En un breve texto que escribí para esa ocasión traté de expresar lo que en mi opinión era el tema más sobresaliente de esos poemas, a saber: "el viaje como metáfora de la existencia, como símbolo del transcurso metafísico que constituye toda vida". Y al comparar esos textos con los de Alguien canta en la resaca (su primer libro, publicado en el año 2000), dije en mi presentación que "la voz del poeta ha adquirido una coloración más irónica, más escéptica, y al mismo tiempo más convencida, más austera y directa".

En El viaje de los elegidos los lectores captaban enseguida esa unidad de intención y de tono. Los poemas de ese libro habían sido "gestados", según el propio Joaquín, en "corto tiempo, entre el 2000 y el 2002". Eso lo señaló el propio poeta en una entrevista publicada en julio de 2005, (1) en que añadió: "es ésta, sin duda, la razón por la que logro una cohesión temática y formal. (…) Este es un libro cuyo territorio existencial no es ningún lugar geográfico en específico y, aunque está permeado por la temporalidad, busca trascender la misma".

Han pasado dos años desde entonces. En Trilogía del paria, el libro que acaba de publicar, Gálvez vuelve a situarnos en ese viaje difícil del cuerpo y del alma que había descrito en su poemario anterior, pero en mi opinión ya no busca presentarlo como una experiencia unitaria o coherente, sino como el resumen de una serie de episodios inconexos. Ahora lo que hace es un resumen sobresaltado, pues en cada una de las tres partes en que se divide este poemario las coordenadas geográficas y anímicas que dan lugar al poema cambian, se superponen como contrastes o rupturas.

En este libro se agrupan textos escritos en un período prolongado de 21 años (1985 a 2006), y por eso el autor sabía que no podía buscar una unidad convencional de temas o de tonos, sino limitarse a pasar balance, con cierta humildad, a sus estados de ánimo en ese largo tiempo. Y ahora nos ofrece ese legado como quien muestra un álbum de imágenes que podrían resultar contradictorias, pero que siempre serán auténticas. Los textos abarcan, como dije, 21 años de labor, y marcan el itinerario del poeta por tres sitios muy distintos: La Habana, donde nació y vivió hasta sus 24 años; Nueva Jersey, donde pasó los primeros años de su exilio; y Miami, donde actualmente reside. Enfrentado en cada uno de esos sitios a circunstancias que se oponen de diversos modos a su vocación de escritor, Gálvez ha ido adoptando diferentes estrategias expresivas para seguir adelante, y este conjunto de poemas sirve de ilustración a ese proceso.

El elegido ha visto ahora su identidad con más precisión, y se nos presenta como un paria, lo cual en muchos aspectos equivale a decir una persona innecesaria o despreciada, un apestado. ¿Hay contradicción? No lo creo; por lo menos no la hay en términos de síntesis poética: porque el elegido era también, y lo fue siempre, un paria. El viaje del elegido conservaba ciertas ilusiones y esperanzas, pero ocurría en el mismo universo en que ahora transcurren los días del paria: un mundo utilitario, comercializado, donde la labor del poeta se realiza a contracorriente. Gálvez sabe que es un elegido, porque tiene el don de la palabra y la imaginación, pero sabe también que es un paria, es decir, simplemente un artista que lucha por sobrevivir y hacer su obra en condiciones adversas.

En las tres ciudades que este libro recorre, el paria nos muestra las dimensiones de esa lucha. En La Habana se describe a sí mismo como "un esquimal en los trópicos"; en Nueva Jersey recuerda al país dejado atrás, "donde la libertad reparte un universo de cuatro paredes", y afirma que es "un hijo bastardo de Norteamérica"; y en Miami, por último, nos dice: "yo soy el pistolero invisible, el vikingo tropical". En cada ciudad, por distintas vías y razones, siente su presencia como un hecho discordante.

Para concluir, baste con señalar que la única aceptación posible, el único espacio en que el paria y el elegido pueden sentirse plenamente recibidos, radica en el poema mismo, en la honestidad con que ese texto se ha escrito y la sensación intangible de liberación que su mensaje aporta. Por eso considero que este libro, Trilogía del paria, es una honrosa prueba de tenacidad creativa, pero también de fe en la palabra y su poder redentor. Con este poemario, el autor nos demuestra que no claudicó, que sus fuerzas interiores nunca lo abandonaron. Y es él, en definitiva, quien ha vencido.

(1) "Cinco preguntas a Joaquín Gálvez" por Luis de la Paz, Diario las Américas, julio 31 de 2005.

Texto publicado originalmente en la Revista digital La zorra y el cuervo
Año II - Invierno de 2008

 

miércoles, 15 de agosto de 2012

Lilliam Moro en La Otra Esquina de las Palabras: fotos y palabras de presentación












LILLIAM MORO Y LA DIGNIDAD DEL LENGUAJE

Conocí a Lilliam en La Habana a principios de los años 60, cuando ambos éramos muy jóvenes y queríamos darnos a conocer como escritores.  Después, en este medio siglo transcurrido desde entonces, nuestra amistad se ha reafirmado y nuestro intercambio se ha enriquecido. Presentarla esta noche es para mí un honor, una satisfacción excepcional: una ocasión de manifestar el respeto y la admiración que siento por su obra literaria; pero también es algo más: un festejo de familia.  Con Lilliam no me unen vínculos de parentesco, sino lazos de otro tipo de familia, una familia que se basa en la hermandad de espíritu y en las convicciones comunes con respecto a la creación artística y a la misión del escritor.  Una familia más natural y constante, que nunca se define en unos días ni en unos meses, sino que crece muy despacio, durante largo tiempo, sobre vivencias esenciales y entrañables.

Muchas de esas vivencias que tenemos en común ocurrieron, como es usual entre cubanos de hoy, en el terreno donde los poderes políticos asestan sus conocidos zarpazos. También a ella esos poderes trataron de imponer una conducta falsa, una identidad mutilada. Ante esa hostilidad de quienes prevalecen por la fuerza de las armas o por la demagogia, o por otros métodos más viles aún, Lilliam ha adoptado siempre una actitud ecuánime, diáfana, limpia: se ha puesto sin vacilaciones del lado de la verdad, de la bondad y la esperanza, no del lado del egoísmo ni del resentimiento y la frustación.  Es decir, ha buscado salvarse en la dignidad de la palabra, en la expresión genuina y honesta, que sólo nace de la libertad y se nutre de la libertad. Nunca se ha dejado llevar por el rencor, muy humano pero a menudo estéril, ni por la amargura, que tanto puede corromper o lastrar al individuo; no, ella ha encontrado refugio en la palabra plena, digna, en su belleza y sus conquistas permanentes.

La obra de Lilliam Moro es un buen ejemplo del valor de la expresión literaria como manifestación de resistencia: su poesía y sus narraciones siempre han reclamado un puesto en el enfrentamiento con la Historia, pero han ocupado ese puesto sin aspavientos ni estallidos, con un lenguaje firme y sosegado, con una claridad que proviene de la firmeza y de la magnanimidad. Su actitud no es un rechazo a la necesidad de señalar el crimen; es, por el contrario, una manera habilidosa de lograr que las dimensiones monstruosas de ese crimen queden a la luz, patentizadas en imágenes certeras e indelebles. La suya es una batalla a largo plazo; su obra mira a lo lejos, con la frente en alto, sin temor, y se enfrenta airosa a las siniestras fuerzas que han intentado aniquilarla. Su voz nos trae un canto a la nobleza y a los demás valores positivos de la criatura humana, que son intemporales por definición, y por lo tanto indestructibles.

Reinaldo García Ramos

[Texto leído el viernes 10 de agosto de 2012 en el Café Demetrio, de Coral Gables, Florida, para presentar una lectura de Lilliam Moro]

LILLIAM MORO nació en La Habana en 1946 y salió de Cuba en 1970 hacia España.Estudió en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Perteneció al grupo de jóvenes escritores de las Ediciones El Puente.Ganó el Primer Premio de Poesía en Concurso celebrado entre las Escuelas de Letras de las Universidades de La Habana, Las Villas y Oriente, con su poemario El extranjero, en 1965. Participó en el primer recital de poesía y canciones de feeling que tuvo lugar en El Gato Tuerto en 1964.Publicó críticas literarias y poemas en el periódico El Mundo, y en las revistas Unión, La Gaceta de Cuba, Bohemia y Casa de las Américas durante la década de 1960. Ha publicado los poemarios La cara de la guerra (Madrid, 1972), Poemas del 42 (Madrid, 1989), Cuaderno de La Habana (Madrid, 2005), y sus poemas han aparecido y han sido comentados en diferentes antologías, publicaciones periódicas y ensayos de España y Estados Unidos. En la boca del lobo obtuvo Premio de Novela en Madrid en 2004

 Fotos: Ernesto G.

domingo, 6 de mayo de 2012

Homenaje a Esteban Luis Cárdenas: fotos y una carta de Reinaldo García Ramos


 














                                                                    








CARTA A ESTEBAN LUIS CÁRDENAS


Estimado y viejo amigo:

Te he perdido de vista, no te he vuelto a ver desde hace un largo tiempo.  Como si quisieras jugarnos una broma sencilla, pero rotunda, con tu voz suave que nunca subía el tono, nos dijiste que eras el Centinela de algún barrio perdido, que estabas encargado de custodiar los naipes, los paquetes de hierba, los cigarros, las mesas de la conversación, y ahora resulta que te quitaste el traje de guardián,  te escapaste del cerco que tú mismo habías creado y te perdiste en las callejuelas oscuras de ese mismo rincón de la ciudad o en cualquier otro recodo extraño de este mundo.  ¡Qué broma tan pesada, pero tan tuya, tan divina nos has hecho!  Te las arreglaste para que no te viéramos partir, y la verdad es que te echamos de menos, te recordamos en el atardecer, entre viejos amigos, y a menudo nos descubrimos repitiendo algunos de tus versos (un pájaro de nácar trinaba / en la punta de un mástil amarillo).  Nos hemos aprendido estrofas enteras de tus libros y sentimos tu presencia en esas frases, pero te seguimos buscando.  Y nos preguntamos qué pasó, o mejor dicho cómo ocurrió ese viaje repentino tuyo hacia los misterios del otro lado.

Ya sabrás que algunos de nosotros fueron a indagar en la policía, donde aún te recordaban, y los agentes nada pudieron aclarar (la policía prefiere interrogar, pero no hablar); otros se arriesgaron a entrar en los hospitales, esos antros repletos de anónimos rostros, y preguntaron por ti una y otra vez, y unos seres disfrazadas de blanco se negaron a dar noticias tuyas; decían que no éramos parientes, que no teníamos derecho a conocer tu destino.  Hubo amigos impacientes que se pusieron a revisar los obituarios en la prensa local y nada pudieron encontrar.  Una médium famosa de Hialeah logró preguntarle al espíritu de Carlos Victoria, nuestro entrañable Carlos, y este, que tanto te acompañó siempre y te respaldó y buscó soluciones cuando te perdías en tu delirio, sólo nos pudo enviar una de sus frases más oscuras, en clave, con cierto tono de sarcasmo: No busquen más, él está en su sitio, así es Esteban...

Y ahora, de repente, hace sólo unos días, nuestra común amiga Belkis Cuza, envuelta en su mejor traje de adivina y astróloga, por fin encontró en un banco de datos una fecha para tu desenlace: parece que fue en 2010.  Pero esa constatación resuena en mi mente con más horror aún que todo lo demás.  Después de saber que han hallado una fecha en un archivo sin alma, para mí el misterio ha aumentado; mi inquietud no ha disminuido.

Esta noche el incesante Joaquín Gálvez, siempre alerta en su esquina de las palabras, nos ha reunido aquí para recordarte y me ha pedido que hable de ti, que diga algo.  Y lo primero que se me ocurre decir es que yo no arreglo nada con una fecha, que sigo preguntándome dónde estarás, si allá o acá, si más allá o menos acá, si estás escondido por un rato o fumando en un taburete eterno de tu tremendo barrio y nos miras con tu paz habitual, muerto de risa.  Por eso he decidido escribirte esta carta.  Porque me sigo preguntando muchas otras cosas.

Por ejemplo, Esteban, nunca me dijiste cómo te las arreglabas a principios de los años 70 en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, donde trabajabas arduamente, para mantener la sonrisa y tu dulce tono de voz, cuando las bibliotecarias irascibles de aquel sitio te pedían más esfuerzos, más “rendimiento”, y yo te preguntaba si podías conseguirme un artículo perdido de José Manuel Poveda para un ensayo que estaba haciendo sobre él, y tú nunca dejabas de recibirnos con calma ni dejabas de moverte con una tranquilidad intransigente.  ¿Cómo te las arreglabas, Esteban, para nunca dejar de sonreír?  Esa sonrisa tuya muy leve, pero siempre presente.  ¿Cómo lo lograbas?  Porque las sonrisas son difíciles de sostener ante el hostigamiento, ante el infortunio, y me parece que tú tenías ese secreto; sólo tú nos lo puedes decir.

¿Y quién puede explicarnos ahora de qué manera un intelectual como tú, con su cabeza llena de libros y de excelente poesía, se lanza desde un alto edificio habanero, como si fuera Peter Pan o Barbarella, para caer (sin perder casi la sonrisa) en el patio de unos embajadores argentinos?  Sí, ya sé que te partiste algún hueso y que los embajadores te entregaron con crueldad, y el gobierno te encerró varios años en la cárcel por eso, pero... ¿cómo lo hiciste, cómo imaginaste que era posible hacerlo?  Amigo mí, si viviéramos en la Grecia primitiva, cosas como esas bastaban para que los seres humanos ingresaran de golpe en el dominio de los héroes y enriquecieran para siempre la mitología, bien lo sabes.  Ese día, no tengo ya la menor duda, entraste de lleno en el reino de las leyendas de nuestra isla mental, las leyendas que nos ayudan a sobrevivir.

Y tal vez ahí es donde estás, sentado con placer a la sombra, tomándote una cerveza bien fría, y sonriendo de lo lindo.  Te nos escapaste, Esteban, para demostrarnos que Miami también tiene sus desaparecidos, pero sobre todo para reclamar tu puesto entre las leyendas útiles que alivian nuestro desamparo, bajo el rigor del sol que nos calcina en este exilio interminable.

Te queremos siempre,



Reinaldo Garcia Ramos

Mayo 4 de 2012

lunes, 26 de diciembre de 2011

LA PAUSA QUE REFRESCA



Por Reinaldo García Ramos

Para aludir a aquel antiguo anuncio de la Coca-Cola, confieso que para mí la lectura del libro de cuentos de Ernesto G., Los relatos de Maurice Sparks, ha sido “la pausa que refresca”. Lo he leído con alivio, con un particular regocijo. Sus páginas tienen un sabor muy diferente a lo que habitualmente producen nuestros narradores cubanos del exilio. Desde las primeras páginas, uno capta ese sabor diferente, las burbujas picantes del refresco, la brevedad calculada, que mata la sed pero que aún deja cierto deseo de seguir bebiendo.

Y es que el autor no pierde tiempo en nada que no le sirva para darnos alivio, para despejarnos del agobio conocido y relajarnos sin pretensiones ostentosas: sus rápidas historias, a veces relampagueantes, dejan a un lado de golpe las solemnidades del sufrimiento, las interminables nostalgias (decenas de páginas para recordar el silloncito en que se mecía la tía Eulalia, y cosas por el estilo), para darnos sencillamente una perspectiva más dinámica, tal vez más acorde con la rapidez de la vida actual y sus ritos.

Sus relatos son eso, relámpagos que estremecen el aire con el anuncio de algún aguacero cercano, chispazos en la oscuridad, que buscan hacernos ver, pero sólo a medias, alguna aventura fugaz, alguna manía íntima, alguna salvajada o depravación, o presentarnos sin mucha formalidad un personaje sospechoso o siniestro, insólito o senil. Este libro no nos atosiga con lloriqueos ni desfiles de víctimas, ni con otras chaturas aburridas de la inmanencia; nos habla sin engolamiento ni severidad, y eso es ya una conquista estilística para un narrador que salió de Cuba en 1995 y que desde entonces vive en Miami.

Pero no nos engañemos: tampoco estamos ante un libro inocente ni ingenuo. Aunque no lo deje entrever demasiado ni con facilidad, este autor se toma su oficio muy en serio. Si bien nunca permite que el tono se vuelva grave ni pomposo ni mucho menos altivo, el lector pronto descubre que Ernesto asume a conciencia la misión principal de una narrativa de esta índole: fabular, inventar ámbitos raros pero creíbles, llevar la mente del lector por rumbos inesperados.

El volumen está dividido en tres secciones. La primera, “Cualquiera es un Maurice”, contiene tal vez los textos menos convencionales del conjunto, y está dedicada precisamente a mostrarnos eso: que el Maurice que da título al conjunto (y que, claro está, es o quisiera ser el propio autor) pudiera también identificarse con cualquiera de los lectores. Son relatos ceñidos, casi viñetas muy certeras, que enseguida revelan su deuda con el narrador argentino Julio Cortázar, en particular con una determinada zona de la obra de este (por ejemplo, con Historias de cronopios y de famas, 1962). Ernesto se da aquí un paseo reverencial por los “juegos” cortazarianos, a los cuales impregna de una malicia entre líneas, una ironía muy cubana, como si dijera “este rioplatense sabía divertirse escribiendo, pero los tiempos cambian y yo soy un jodedor habanero…” O sea, a la estirpe satírica de los relatos de Cortázar, Ernesto añade una simpatía caribeña, un “no cojas tanta lucha”, y nos entrega en sus descripciones de bolígrafos (tal vez los mejores textos del libro, en términos de riesgo literario y actitud inusual) una serie de retratos psicológicos muy disfrutables. Aunque todos esos retratos me parecen prestigiosos, mi preferido es el que dedica a los bolígrafos de color indefinible, y en ese texto una frase como la que empieza con "En una cueva de Francia..." hasta el final del párrafo (página 19) es un buen ejemplo de que este autor puede emprender en sus próximos libros un vuelo más agudo, y llevar su intención satirizante a sitios más alejados aún del lugar común.

La segunda sección, “La primera vez fue en el carro”, está dedicada a los cuentos sobre sexo, en que el narrador (Maurice o alguno de sus dobles) nos cuenta sus aventuras ocasionales con mujeres de variada índole (incluso con una lesbiana que no lo era del todo). Por supuesto, son breves relatos bastante entretenidos, algunos más divertidos que otros, pero que transitan por terrenos más encharcados y revisitados por otros autores, con peripecias que corren más el riesgo de caer en la banalidad o en la falta de sorpresa. En esta sección ocurre uno de los eventos estilísticos más curiosos de este libro: Ernesto G. podría ser el único narrador cubano (no conozco ningún otro en la actualidad) que utiliza la palabra "pene", correctamente castiza y entalcada y bañadita, con olor a Palmolive, para referirse a lo que los varones tenemos entre las augustas piernas. Es curioso que en ningún momento recurra al catálogo casi infinito que tiene el español popular de Cuba para aludir a ese órgano, ni tampoco a los que ese español atesora para designar, dicho sea de paso, los atributos femeninos. Eso da a los relatos de esta sección del libro una resonancia muy particular, que no afecta la calidad ni el carácter genuino de los textos, pero los substrae a la apoteosis de vulgaridad que suele caracterizar mucha de la narrativa actual del cubano, ya sea de la isla o del exilio. Es como si este otro autor nos quisiera hablar de cochinadas, pero con voz ecuánime y absoluta corrección gramatical.

En la última parte del libro, “Los efectos secundarios”, hay relatos que pertenecen a zonas muy variadas: el autor se asoma a la crueldad, al absurdo, al legado kafkiano y hasta entra levemente en el reino inconfundible de Ray Bradbury. Tal vez por eso los resultados sean tan diversos, o tan desiguales. Al final, tras recorrer gamas estilísticas muy apartadas unas de otras, cierra el volumen con un texto bastante tradicional, "Un negocio redondo", un relato impecable, sellado y limpio, sin duda alguna uno de los mejores del conjunto, pero al mismo tiempo el menos personal, el que menos identifica a Ernesto G. como un autor con intereses propios e imprevisibles. Es como si el narrador se hubiera puesto a experimentar en esa última sección de su libro con distintas navajas recién compradas, para cortar la misma flauta de pan que había estado cortando en días anteriores, y al final decidiera no quedarse con ninguna de esas navajas, sino retornar, sonriendo mordazmente, al viejo cuchillo un poco oxidado, pero aún con filo suficiente, del costumbrismo o a la crónica realista.

De todos modos, una cosa hay que dejar en claro: estos cuentos son, para decirlo en buen cubano, un verdadero vacilón.

viernes, 21 de enero de 2011

Las palabras en el borde del tiempo



Por Reinaldo García Ramos

Según todo parece indicar, hay dos maneras básicas de ubicar un poema en relación con el momento de su composición: tratar de circunscribirlo a su hora, a su momento exacto, con lo cual el decursar de las imágenes adquiere una vinculación necesaria con lo que el autor padecía o disfrutaba en el instante de la escritura; y, en el otro extremo, opacar o desatender esa vinculación, o disfrazarla, considerando el texto una entidad atemporal, de valor absoluto, desligada del aquí y del ahora, y tal vez más cercana a lo eterno.

En la primera opción entrarían los autores que se sienten más ligados a su panorama tangible, más inmersos en el azar de los desastres y alegrías que han afectado directamente al individuo que escribe; en la segunda, los autores que buscan resguardarse en valores más abstractos y no quieren referirse explícitamente a sus vivencias inmediatas, sino extraer de ellas versos menos circunstanciales. Desde luego, hay formas híbridas que buscan ubicarse en puntos intermedios, pero que casi siempre terminan revelando su inclinación más o menos pronunciada hacia una de esas opciones.

En lo que respecta a esas dos posibilidades, el poeta José Abreu Felippe, nacido en La Habana en 1947, ha adoptado una actitud particular para entregarnos su más reciente libro, con el cual obtuvo el Premio de Poesía Gastón Baquero del año 2000. El nuevo poemario, El tiempo afuera [1], contiene textos que están rigurosamente fechados y que fueron escritos a lo largo de 23 años (entre 1976 y 1999), pero que no aparecen en su orden cronológico, sino que saltan en el tiempo, como las notas de una polifonía más agresiva. De hecho, tres poemas, dos escritos en 1977 y uno en 1976, los más antiguos, son los últimos del libro, como para subrayar una inversión del orden cronológico usual.

Y si bien el poeta eligió ciertos temas que se refieren a determinados hechos de su vida inmediata, éstos no imponen un carácter factual y llano a los poemas, sino que los proyectan en un sistema de reflexiones y conclusiones en que esos hechos buscan sumarse a un discurso más trascendental. Como si el autor creyera en su propia forma de atemporalidad, en la que estén presentes determinadas acciones que han moldeado su vida, pero sólo para tratar enseguida de captar la resonancia de esas acciones en un sistema de apreciaciones generales.

Esa especie de dispersión cronológica también ha estado presente en la forma en que este autor ha presentado hasta ahora el resto de su obra poética [2]. Comenzó a publicar esa obra, desde luego, después de su salida de Cuba en 1983, pero su primer poemario publicado en el exilio fue Orestes de noche[3], que en realidad era el segundo libro de poemas que había escrito (aparece fechado en 1978). Siete años después, sale a la luz Cantos y elegías[4], escrito dos años antes de Orestes de noche. Aunque esto pudo haber sido simplemente el resultado de las dificultades habituales con que tropiezan los poetas cubanos exiliados para publicar sus obras, es posible que el autor haya captado de antemano las preguntas que los lectores y los críticos podrían hacerse al respecto. Para ese aparente desasosiego, el nuevo poemario propone una solución casi lúdica: recoge textos que fueron escritos durante todo ese largo lapso de 23 años, y los presenta en un particular desorden, como para anular la trascendencia de las fechas en lo que respecta a la continuidad de la labor poética. Si eso fuera así, la revelación de las fechas de composición de cada poema al final del texto respectivo supondría cierta actitud irónica, o un modo ambiguo de subrayar la relatividad de esas mismas fechas.

Pues lo fundamental, y no está de más subrayarlo ahora, se revela en los poemas mismos, no en los ordenamientos que haya querido darles su autor. Por eso, habría que destacar que, sea cual sea el orden o la fecha de cada texto, es indudable que Abreu Felippe decidió poner en este último libro los poemas que él consideró más sólidos (31 en total) de los que escribió y guardó, inéditos, durante esos 23 años. Sobre esa base, es fácil apreciar que en este volumen el autor define en términos más exactos sus intereses temáticos y agudiza con acierto sus recursos expresivos. El nuevo libro tiene una sostenida nitidez estilística.

Muchos de esos intereses temáticos se anunciaban ya en sus libros anteriores (la nostalgia de una juventud sensual en su país natal, el amor, incluido el amor filial, la caducidad de ciertas posesiones), pero adquieren en este volumen contornos más inequívocos y dramáticos. En muchos casos, esos temas reaparecen redefinidos por determinados hechos más recientes. Entre esos hechos, mencionemos la llegada del poeta a Estados Unidos desde España en 1987 y el enfrentamiento con las manías de consumo norteamericanas y con la vacuidad de ciertos modos de vida urbana derivados de esas manías, y sobre todo, la pérdida en condiciones trágicas de su madre, la desaparición del padre, la crisis de los balseros cubanos en 1994, el pavor ante la vejez, etc.

A modo de ejemplo, sigámosle la pista a uno de esos temas, y tratemos así de ver si esta obra poética ha cobrado esplendor y continuidad a lo largo de estos años, o ha alterado sus rumbos, aspectos y dimensiones. Elijo tal vez el tema más ferviente y doloroso del libro: la orfandad, la percepción luctuosa de la existencia tras la pérdida de la madre en condiciones trágicas, y la presencia que ese hecho cobra entre los aspectos restantes de la vida y entre las imágenes del discurso personal del autor.

Es curioso que en Cantos y elegías, libro que el autor había escrito en Cuba a los 29 años, hay un hermoso poema en que éste presiente la pérdida de su madre, pero pide que ese hecho se manifieste dulcemente, "así como tan tierno su pelo / bajo mi mano cede". Pero en medio de esa dulzura, un corrientazo nos alerta súbitamente sobre el "desconcierto que ya nos acompaña", pues el poeta sospecha también que la muerte de su madre ocurriría "inesperadamente, y se caiga como suelen los árboles".

Más adelante, en su segundo libro (Orestes de noche), el poeta parece reiterar esa comprensión magnánima de la caducidad ("sólo la pérdida es eterna"), pero esta vez vislumbra el aspecto regenerador de esa condición, que se revela en una continuidad menos anecdótica. En uno de los poemas memorables de ese volumen (Museo Nacional), el autor recorre los fríos pasillos atiborrados de obras de arte, descubre súbitamente la presencia de una forma desconocida de muerte en esas "cosas", objetos presuntamente inmortalizados por la voluntad artística, y siente la nostalgia de la vida real, que ha quedado afuera, cuando nos dice:

Y pienso que la muerte que hay en la vida
sobrevive a la vida, que las cosas que creemos
salvar no son más que muerte, mínimas muertes

Esa especie de sensación rimbaudiana de verdadera vida afuera, en otra parte, cobra en el nuevo poemario dimensiones mucho más delineadas, pues la pérdida de la madre sale del marco especulativo-filosófico y entra de lleno en el reducto estridente y sangriento de los accidentes cotidianos:

Ella acerca su cara y me da un beso,
dice cuídate.
Luego sale a la calle y la aplasta un carro.

En su permanencia luctuosa en el mundo, el poeta siente que la verdadera existencia (la compañía de su madre o, en otro campo temático vinculado a éste, la compañía de su padre) está afuera, y que el cuerpo palpable del poeta y sus emociones han quedado encerrados, ateridos asfixiantemente en el tiempo de adentro, el tiempo de la pérdida y la abulia y la alienación, no el tiempo en que ocurre con indiferencia la vida de los demás:

La noche
no era como la muerte de su madre rota contra el asfalto.
La noche
estaba más allá de él, fuera de él, y tenía la música.

Esta asimilación de hechos trágicos en términos poéticos y este acercamiento directo a la rudimentaria realidad circundante, en la que los objetos y los seres humanos parecen subrayar su ajenidad y desconocer el dolor del poeta (pues tienen "la música"), se observa también, como es de esperar, en relación con otros temas (por ejemplo, la desaparición del padre, o la familia reunida ante la avalancha de objetos impersonales durante las Navidades fuera de Cuba), pero se agudiza sobre todo en los poemas escritos en los años 90. Esos poemas constituyen la mayor parte del libro (hay sólo cinco escritos en los años 80 y tres sonetos compuestos en 1976 y 1977) y son los que revelan, a mi modo de ver, el carácter singular de este libro con respecto al resto de la obra del autor.

En estos textos, el poeta ha abandonado ya definitivamente las declaraciones filosóficas generales que daban el tono más armónico y constante a las páginas de Orestes de noche (en las que el discurso estaba casi totalmente al servicio de una reflexión trascendente enmarcada entre imágenes de escueto lirismo, al estilo de Rilke[5]) y que también estaban presentes, aunque de manera más despojada y suave, en los Cantos y elegías. Ahora, el poeta quiere hablarnos en términos mucho más directos y meterse en la realidad fragmentada de su exilio sin abandonar su perplejidad ni su nostalgia; busca reflejar en sus versos una crueldad concreta y visible, y elaborar una especie de crónica ferviente de la inmediatez. De ahí que su expresión cobre, a mi modo de ver, una resonancia mucho más contemporánea.

Ese ingrediente contemporáneo alcanza una intensidad deslumbrante en el grupo de poemas que escribió en 1994, a raíz de la llamada "crisis de los balseros", durante la cual miles de cubanos se lanzaron al estrecho de la Florida en rústicas embarcaciones improvisadas para llegar a las costas de los Estados Unidos. Gran parte de esos balseros pudieron llegar a tierras norteamericanas, otros permanecieron largo tiempo hacinados en la base naval de Guantánamo, y muchos –la cifra exacta tal vez nunca se llegue a conocer– perecieron en las aguas de ese estrecho cuando sus precarios medios de navegación sucumbieron ante la furia del mar.

El poeta nos entrega en este libro varios poemas que aluden a las dimensiones trágicas de esos acontecimientos (entre ellos, Balsas y Oración). De ellos, el que deja una huella más indeleble en el lector y más pavor siembra en su espíritu es también, a mi modo de ver, el mejor poema de todo el volumen (Canto a la Virgen), en el que Abreu Felippe resume con precisión el desconcierto y la estupefacción de todo un pueblo:

Voy a cerrar los ojos
porque no quiero ver los rostros desgarrados de mis hermanos,
la espuma que ya no sé si es lona o pez o soga
o bidones sellados o gomas a punto de estallar
y tiemblo el miedo de ellos.
Porque en estos tiempos ya no hay botes, sino balsas
y no son tres, sino miles los que te llaman.
Tú sigues siendo la misma.
Protégelos, madre.

Hay que saludar, pues, con sereno entusiasmo, estos poemas del desamparo filial y la orfandad irremediable, estos cantos de la impaciencia del exilio y el fragor de la huida y el despojamiento, que uno de nuestros buenos poetas ha entregado con temeridad y pasión. Son palabras salvadas en el borde del tiempo; como si se fueran a escapar de ese tiempo sin dejar de prolongarse en nuestros días confusos; o como si fueran a caer y quedarse en su hora, pero cargadas de ecos que habían dejado de existir. Saludemos, por todas esas razones y otras, este nuevo libro de José Abreu Felippe.

1 Editorial Verbum, Madrid, 2000, 56 págs. El jurado del Premio estuvo integrado por Felipe Lázaro, Pedro Shimose y Luis Antonio de Villena.
2 Abreu Felippe es también dramaturgo, narrador y crítico. Ha publicado tres volúmenes de teatro: Amar así (Miami, 1988), Teatro (Madrid, 1998) que reúne cinco piezas, y Tres piezas (Miami, 2010). Su novela Siempre la lluvia (Miami, 1994), que fue finalista del Premio Letras de Oro en 1993, forma parte de la pentalogía El olvido y la calma, integrada por Barrio Azul (Miami, 2008), Sabanalamar (Miami, 2002), Dile adiós a la Virgen (Barcelona, 2003) y El Instante (Miami, 2011).
3 Editorial Playor, Madrid, 1985, Colección "Nueva poesía", 64 págs.
4 Editorial Verbum, Madrid, 1992, 88 págs.
5.  Esto no impedía, que conste, la presencia en el libro de poemas excelentes, como el ya citado, o como el titulado "El camino de Mitilene".

jueves, 30 de diciembre de 2010

Un poema de D.H. Lawrence (Versión al español de Reinaldo García Ramos)


 

Somos trasmisores

Mientras vivimos, somos trasmisores de la vida.
Y cuando dejamos de entregarla, ella deja de fluir a través nuestro.
Eso es parte del misterio del sexo, una corriente que no se detiene.
Las personas sin sexo no trasmiten nada.

Y si cuando hacemos un trabajo
logramos infundir vida a nuestra obra,
más vida vendrá a penetrarnos con premura, cada vez más vida,
para que nos sintamos compensados y listos,
trémulos de vida con los días.

Aunque sólo sea un pastel de manzanas que una mujer prepara
o una silla que un hombre construye;
si ambos ponen vida en el esfuerzo, bueno saldrá el pastel,
buena saldrá la silla;
contenta ha de sentirse esa mujer, con nueva vida
que vendrá a estremecerla,
contento ha de estar el hombre.

Dad y os será retribuido;
esa sigue siendo la verdad de la existencia.
Pero dar vida no es tan fácil.
No es cuestión de regalarla a algún tonto malvado
ni de permitir que los muertos vivientes nos devoren;
se trata de encontrar calidad de vida donde no la había,
aunque sólo sea en la blancura de un pañuelo recién lavado.


D. H. LAWRENCE
(1885-1930)


(Versión al español de Reinaldo García Ramos)

lunes, 26 de abril de 2010

Fragmento de un capítulo de un libro inédito de Reinaldo García Ramos



EL MOSQUITO, LOS PERROS
(fragmento) [1]

Desde que nos bajamos de las guaguas y lo vimos de cerca, el lugar nos pareció siniestro. Era una base militar pegada a la costa y rodeada de alambradas por los otros tres costados. El viaje había durado cuatro horas y estábamos entumecidos y muy cansados; nos movíamos con torpeza. El soldado que había venido con nosotros nos empezó a agitar para que saliéramos del vehículo y lo dejáramos libre; seguramente lo volverían a enviar a Cuatro Ruedas para recoger más “escoria”. A medida que nos bajábamos, un oficial que estaba afuera nos iba pidiendo los pasaportes y los “salvoconductos”.

─ Se los damos otra vez a la salida ─fue lo que explicó.

Me resigné a soltar el mío, pero enseguida me sentí indefenso, a expensas de cualquier cosa. Todos habíamos notado enseguida que en El Mosquito, como se llamaba aquel lugar, reinaba un clima de agresividad. Había algo en el ambiente que causaba una impresión de riesgo físico.

El aire era denso y venía cargado de rumores del mar. Pero todo lo demás estaba sumido en un pastoso silencio que nos hizo bajar el tono de las voces. Por el modo en que empezamos a murmurar entre nosotros, se habría dicho que estábamos por entrar en un hospital lleno de moribundos. Los únicos que hablaban normalmente eran los guardias; si bien a veces subían el volumen para dar alguna orden, nunca lo hicieron del modo estentóreo que habían adoptado los de Cuatro Ruedas.


Por todos lados se veían armas de diverso tipo, incluso artillería ligera, y camionetas de combate que daban frenazos ostentosos para hacer sentir su presencia. Más allá, a cierta distancia de nuestras guaguas, vi varios pelotones que avanzaban en formación, con cascos y armas largas. Iban custodiando a varios grupos de hombres con la cabeza rapada, seguramente prisioneros recién sacados de sus celdas.


Esos son, pensé, los viajeros que el gobierno ha elegido: los presidiarios que han visto la perspectiva del exilio como un mal menor, comparado con una prolongación de sus respectivas condenas. Llevaban amplios overoles grises y tenían aspecto sumiso, parecían autómatas adormecidos. Pero sus rostros fríos y cortantes dispersaban una filosa energía, una tácita amenaza. Al mirarlos se nos borró de golpe el tenue alivio que habíamos sentido al salir del campamento anterior.


Sin embargo, las miradas que ellos nos lanzaron a distancia no expresaban curiosidad alguna. Nuestra presencia no les provocó ni siquiera comentarios de burla. Posiblemente ya habían visto llegar muchas otras guaguas similares a la nuestra, cargadas de rostros anónimos que los observaban con desconfianza.


Al rato de tenernos allí parados, las guaguas vacías empezaron a irse y los guardias nos fueron custodiando hacia otra zona del campamento, más cercana al mar. Y nos dejaron en una especie de pedregal, muy cerca de los arrecifes. Por suerte había varias matas de uva de caleta y enseguida me metí bajo la sombra de una de ellas lo mejor que pude, porque eran más de las 2 y el sol me estaba comiendo vivo.


Y allí esperé. Todo en El Mosquito parecía marcado por una atmósfera de guerra. Una guerra callada, contenida, en acecho. Los movimientos y gestos de los soldados parecían revelar que estaba a punto de declararse un pavoroso combate; eso les daba la ocasión de exhibir todo su repertorio de ademanes bélicos; se sentían en gran medida realizados. Pero era ridículo; si había alguna guerra era virtual, era un enfrentamiento de principios, de actitud ante la vida: entre la obediencia y la rebeldía. Y también un antagonismo muy desigual: de un lado ellos, militares adiestrados y disciplinados, provistos de botas, cinturones, pistolas y mando, y del otro lado nosotros, un montón de seres humanos desarmados, enflaquecidos y hambrientos.


Pero lo más sobrecogedor de aquel lugar, según lo recuerdo, no fue la presencia de los presidiarios, ni de las armas largas y los casos, ni los gestos ostentosos de los soldados. Lo más aterrador fueron los perros.


Los vine a descubrir después de un rato de esperar junto a los arrecifes, cuando vi que llegaba un nuevo contingente de presidiarios que se empezó a bajar con torpeza del camión que los había traído. Dos de los guardias habían ido a buscar a los perros al fondo de una barraca y habían esperado la llegada del camión sin moverse, con las piernas abiertas, sujetando las traíllas con sus puños crispados. Eran como cuatro o cinco perros por traílla.


Los perros, unos pastores alemanes muy hermosos y fuertes, daban pequeños saltos de impaciencia y a cada rato soltaban ladridos de amenaza, para saludar a los recién llegados. Siempre me habían gustado los perros, pero cuando descubrí la presencia de estos ávidos guardianes en manos de los guardias, me estremecí de pavor.


Y para colmo, en ese momento descubrí que habían aparecido otros tres guardias con traíllas de perros muy cerca de nosotros. Uno de ellos se paseaba con orgullo a menos de diez pasos de mí. Las pupilas azuladas de aquellos animales nos miraban con una precisión metálica, emitían un destello devorador. Lanzaban gemidos de excitación desde debajo de sus bozales. Estaban muy bien amaestrados, pero eran la imagen misma del poder. No podían caer sobre nosotros aún, pero podían hacerlo en cualquier momento; bastaba con que el guardia interpretara erróneamente alguno de nuestros gestos. El bozal ocultaba el hocico de cada uno de ellos, pero al mismo tiempo subrayaba la capacidad destructiva de aquellos dientes.


A veces uno de ellos se incorporaba bruscamente sobre sus patas musculosas, con las orejas erectas, como si hubiera elegido ya a una víctima entre el gentío, y nos miraba de manera más fija. Con sólo ese simple gesto quedaba demostrado que ellos eran los amos, y nosotros sus miserables siervos. Por suerte, después de un rato los mismos guardias se los llevaron para la barraca de donde los habían sacado. Todos respiramos con alivio.
(… … …)

[1] Fragmento de un capítulo del libro inédito Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel. Leído por el autor el 9 de abril de 2010 en el Café Demetrio de Coral Gables, Florida, como parte de una tertulia de homenaje a los artistas y escritores cubanos que vinieron a Estados Unidos en el éxodo del Mariel.



Reinaldo García Ramos recibió en 2006 el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid por Ediciones Vitruvio. Nació en 1944 en Cienfuegos, Cuba, y terminó estudios de Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó Acta (1962), su primer poemario. Desde 1980 hasta 2001 residió en Nueva York, donde trabajó de editor en varios órganos de prensa y fue traductor durante doce años en la Secretaría de las Naciones Unidas. Fue miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985). Ahora vive en Miami Beach (Florida) y es Editor de la revista de poesía Decir del Agua (http://www.decirdelagua.com/), que fundó en 2002. Ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004) y El ánimo animal (2008).

sábado, 16 de enero de 2010

Tres poemas de Reinaldo García Ramos


LA CUCARACHA Y EL COCUYO

― ¡Soy horrible! ¡Mira estas patas peludas y estas alas ennegrecidas! Me nutro de inmundicias… ¡soy un asco!
―Pero te quiero ―respondió el cocuyo.
― ¡Jamás podré encender mis ojos y alumbrar la noche como tú! ¡No insistas; déjame!
―Pero tus antenas son suaves y armoniosas. Puedes prever peligros sin necesidad de luz…
― ¡No seas tonto! ¡Moriré aplastada cuando menos te lo esperes!
―Te sabré defender.
― ¡No lo creo! ¡Sólo podrás dar uno de esos brincos ruidosos que tanto te gustan!
―Mis saltos son hermosos, deberían gustarte.
―Sí, son lindos; pero tampoco me podrán salvar, ¡moriré aplastada!
― ¡Pero te quiero! ―respondió el cocuyo.


SABIAS GAVIOTAS

para Orlando González Esteva,
que también a veces las visita

No conocen su fin, no lo presienten;
en la visión rápida del mar reciben
el alimento y la sorpresa
que las hacen huir, mirar
y regresar despacio;
no buscan fe, no se impacientan,
y así su vuelo sin temor prosigue.

Se posan sobre la tibia arena
sin dudar de que exista;
la tocan con sus únicos cuerpos
y no la necesitan;
la abandonan al emprender de nuevo
el recorrido extraño,
y no tendrán que recordarla.

Al atardecer, como cansadas
de demostrarnos su posesión del cielo,
se agrupan sobre la roca humedecida
y se dedican a una serena espera.

¿Qué pueden desear, qué aguardan
mientras la luz del sol poniente las recubre
de un esplendor cálido y rojizo?

Jamás la falta del amor las atormenta.

Si de repente el viento arrecia y las sacude,
entrecierran los ojos y en el mismo lugar
giran un poco, para sentir de frente
la ráfaga salvaje,
para evitar que el mismo aire
que las alzó en su gloria las derribe.


VUELO RADIANTE DEL PELÍCANO

para Germán Guerra

Nadie se atemoriza cuando paso,
les doy sosiego, bienestar,
me miran con placer, van descubriendo
que es posible cruzar y no hacer daño.

Soy el dueño del aire y atravieso el espacio
sin rumbo establecido con mi poder tranquilo,
sin perturbar el día. Apenas muevo
mis alas desplegadas
para avanzar con precisión, sin prisa alguna.

Me deslizo en mi reino. Las nubes me reciben,
se apartan suavemente para darme un camino;
el viento disminuye cuando yo me aproximo
para dejar que mi radiante vuelo
se defina despacio y mi sereno cuerpo gire
para volver de nuevo hacia la calma.

Soy el antiguo y solitario poseedor
de este cielo perfecto.

Debajo están las aguas,
la corriente turbia de los ríos,
los estanques de luz, los lagos tibios,
las costas promisorias del océano;
mi mirada de vez en cuando encuentra
en esos universos su merecido premio,
y desciendo a tocarlo.


Reinaldo García Ramos recibió en 2006 el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid por Ediciones Vitruvio. Nació en 1944 en Cienfuegos, Cuba, y terminó estudios de Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó Acta (1962), su primer poemario. Desde 1980 hasta 2001 residió en Nueva York, donde trabajó de editor en varios órganos de prensa y fue traductor durante doce años en la Secretaría de las Naciones Unidas. Fue miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985). Ahora vive en Miami Beach (Florida) y es Editor de la revista de poesía Decir del Agua www.decirdelagua.com, que fundó en 2002. Ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004) y El ánimo animal (2008), al que pertenecen estos poemas.

Foto: Manuel Bello