lunes, 26 de abril de 2010

Fragmento de un capítulo de un libro inédito de Reinaldo García Ramos



EL MOSQUITO, LOS PERROS
(fragmento) [1]

Desde que nos bajamos de las guaguas y lo vimos de cerca, el lugar nos pareció siniestro. Era una base militar pegada a la costa y rodeada de alambradas por los otros tres costados. El viaje había durado cuatro horas y estábamos entumecidos y muy cansados; nos movíamos con torpeza. El soldado que había venido con nosotros nos empezó a agitar para que saliéramos del vehículo y lo dejáramos libre; seguramente lo volverían a enviar a Cuatro Ruedas para recoger más “escoria”. A medida que nos bajábamos, un oficial que estaba afuera nos iba pidiendo los pasaportes y los “salvoconductos”.

─ Se los damos otra vez a la salida ─fue lo que explicó.

Me resigné a soltar el mío, pero enseguida me sentí indefenso, a expensas de cualquier cosa. Todos habíamos notado enseguida que en El Mosquito, como se llamaba aquel lugar, reinaba un clima de agresividad. Había algo en el ambiente que causaba una impresión de riesgo físico.

El aire era denso y venía cargado de rumores del mar. Pero todo lo demás estaba sumido en un pastoso silencio que nos hizo bajar el tono de las voces. Por el modo en que empezamos a murmurar entre nosotros, se habría dicho que estábamos por entrar en un hospital lleno de moribundos. Los únicos que hablaban normalmente eran los guardias; si bien a veces subían el volumen para dar alguna orden, nunca lo hicieron del modo estentóreo que habían adoptado los de Cuatro Ruedas.


Por todos lados se veían armas de diverso tipo, incluso artillería ligera, y camionetas de combate que daban frenazos ostentosos para hacer sentir su presencia. Más allá, a cierta distancia de nuestras guaguas, vi varios pelotones que avanzaban en formación, con cascos y armas largas. Iban custodiando a varios grupos de hombres con la cabeza rapada, seguramente prisioneros recién sacados de sus celdas.


Esos son, pensé, los viajeros que el gobierno ha elegido: los presidiarios que han visto la perspectiva del exilio como un mal menor, comparado con una prolongación de sus respectivas condenas. Llevaban amplios overoles grises y tenían aspecto sumiso, parecían autómatas adormecidos. Pero sus rostros fríos y cortantes dispersaban una filosa energía, una tácita amenaza. Al mirarlos se nos borró de golpe el tenue alivio que habíamos sentido al salir del campamento anterior.


Sin embargo, las miradas que ellos nos lanzaron a distancia no expresaban curiosidad alguna. Nuestra presencia no les provocó ni siquiera comentarios de burla. Posiblemente ya habían visto llegar muchas otras guaguas similares a la nuestra, cargadas de rostros anónimos que los observaban con desconfianza.


Al rato de tenernos allí parados, las guaguas vacías empezaron a irse y los guardias nos fueron custodiando hacia otra zona del campamento, más cercana al mar. Y nos dejaron en una especie de pedregal, muy cerca de los arrecifes. Por suerte había varias matas de uva de caleta y enseguida me metí bajo la sombra de una de ellas lo mejor que pude, porque eran más de las 2 y el sol me estaba comiendo vivo.


Y allí esperé. Todo en El Mosquito parecía marcado por una atmósfera de guerra. Una guerra callada, contenida, en acecho. Los movimientos y gestos de los soldados parecían revelar que estaba a punto de declararse un pavoroso combate; eso les daba la ocasión de exhibir todo su repertorio de ademanes bélicos; se sentían en gran medida realizados. Pero era ridículo; si había alguna guerra era virtual, era un enfrentamiento de principios, de actitud ante la vida: entre la obediencia y la rebeldía. Y también un antagonismo muy desigual: de un lado ellos, militares adiestrados y disciplinados, provistos de botas, cinturones, pistolas y mando, y del otro lado nosotros, un montón de seres humanos desarmados, enflaquecidos y hambrientos.


Pero lo más sobrecogedor de aquel lugar, según lo recuerdo, no fue la presencia de los presidiarios, ni de las armas largas y los casos, ni los gestos ostentosos de los soldados. Lo más aterrador fueron los perros.


Los vine a descubrir después de un rato de esperar junto a los arrecifes, cuando vi que llegaba un nuevo contingente de presidiarios que se empezó a bajar con torpeza del camión que los había traído. Dos de los guardias habían ido a buscar a los perros al fondo de una barraca y habían esperado la llegada del camión sin moverse, con las piernas abiertas, sujetando las traíllas con sus puños crispados. Eran como cuatro o cinco perros por traílla.


Los perros, unos pastores alemanes muy hermosos y fuertes, daban pequeños saltos de impaciencia y a cada rato soltaban ladridos de amenaza, para saludar a los recién llegados. Siempre me habían gustado los perros, pero cuando descubrí la presencia de estos ávidos guardianes en manos de los guardias, me estremecí de pavor.


Y para colmo, en ese momento descubrí que habían aparecido otros tres guardias con traíllas de perros muy cerca de nosotros. Uno de ellos se paseaba con orgullo a menos de diez pasos de mí. Las pupilas azuladas de aquellos animales nos miraban con una precisión metálica, emitían un destello devorador. Lanzaban gemidos de excitación desde debajo de sus bozales. Estaban muy bien amaestrados, pero eran la imagen misma del poder. No podían caer sobre nosotros aún, pero podían hacerlo en cualquier momento; bastaba con que el guardia interpretara erróneamente alguno de nuestros gestos. El bozal ocultaba el hocico de cada uno de ellos, pero al mismo tiempo subrayaba la capacidad destructiva de aquellos dientes.


A veces uno de ellos se incorporaba bruscamente sobre sus patas musculosas, con las orejas erectas, como si hubiera elegido ya a una víctima entre el gentío, y nos miraba de manera más fija. Con sólo ese simple gesto quedaba demostrado que ellos eran los amos, y nosotros sus miserables siervos. Por suerte, después de un rato los mismos guardias se los llevaron para la barraca de donde los habían sacado. Todos respiramos con alivio.
(… … …)

[1] Fragmento de un capítulo del libro inédito Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel. Leído por el autor el 9 de abril de 2010 en el Café Demetrio de Coral Gables, Florida, como parte de una tertulia de homenaje a los artistas y escritores cubanos que vinieron a Estados Unidos en el éxodo del Mariel.



Reinaldo García Ramos recibió en 2006 el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid por Ediciones Vitruvio. Nació en 1944 en Cienfuegos, Cuba, y terminó estudios de Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó Acta (1962), su primer poemario. Desde 1980 hasta 2001 residió en Nueva York, donde trabajó de editor en varios órganos de prensa y fue traductor durante doce años en la Secretaría de las Naciones Unidas. Fue miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985). Ahora vive en Miami Beach (Florida) y es Editor de la revista de poesía Decir del Agua (http://www.decirdelagua.com/), que fundó en 2002. Ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004) y El ánimo animal (2008).

5 comentarios:

EL SITIO DE LA LUZ dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Joaquín Gálvez dijo...

Le pido disculpas al Sitio de la Luz: accidentalmente eliminé su comentario. Le agradecería que lo pusiese de nuevo. Felicitaciones a Reinaldo por este excelente fragmento de su libro.