domingo, 21 de marzo de 2010

Fotos y apuntes de la tertulia


Rubí Arana


Aymara Aymerich


Ena Columbié


Susana Della Latta


Alejandra Ferraza


Marta Sepúlveda


Elena Tamargo












Por Joaquín Gálvez

Otras voces de la poesía femenina, en Miami, fueron las protagonistas en La Otra Esquina de las Palabras, en Café Demetrio, la noche del viernes 19 de marzo. Y digo otras, porque reconocemos la existencia de otras que no participaron en este evento y que, por méritos propios, también merecen la invitación. No obstante, las poetas (o poetisas) que estuvieron presentes no defraudaron la imposibilidad de reunir a todas, pues fueron dignas representantes de la poesía femenina en Miami.

Bajo el auspicio del cabalístico número siete –cantidad que resultó ser obra del azar-, siete poetas procedentes de diferentes nacionalidades latinoamericanas -algunas de ellas recién llegadas a esta ciudad-, le dieron un tono variopinto a esta tertulia. Ellas fueron, tres poetas cubanas, que apenas han establecido residencia en el sur floridano: Aymara Aymerich, Ena Columbié y Elena Tamargo; dos poetas argentinas: Susana Della Latta y Alejandra Ferraza; y sus colegas, la nicaragüense Rubí Arana y la colombiana Marta Sepúlveda.

Al cierre del evento, este interlocutor le formuló una pregunta a las participantes, que suscitó un interesante debate: ¿Todavía, en los tiempos que corren, existe una poesía que, por una serie de características, se pueda considerar poesía femenina? Rubí Arana opinó que ella escribe desde el alma, que, como mismo existe un Yin y un Yang, el acto creador no es ni masculino ni femenimo. Por su parte, Elena Tamargo, que no se considera feminista, declaró que su condición de mujer se refleja en su poesía. Mientras tanto, Ena Columbié reafirmó con sus palabras el talante femenino en su obra.

De este debate surgió otra pregunta relacionada con el nombre del oficio en las mujeres: ¿Cómo les gusta que las llamen poetas o poetisas? A esta pregunta, Elena Tamargo recordó que si a Dulce María Loynaz la hubieran llamado poeta, se hubiera ofendido, pues el calificativo de poetas a las mujeres es sólo una resultante del tiempo. Al final, los nombres resultaron ser insignificantes, según lo demostraron sus declaraciones. Algunas prefieren poeta, a otras no le molesta poetisa, por eso no nos sorprendió que se inventaran dos nombres: poetasa, por Aymara Aymerich, y putisa, por Rubí Arana. En resumidas cuentas, no importa cómo les llamen, ellas, al igual que los hombres (poetas), escriben poesía.

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