martes, 12 de enero de 2010

Fernando Vallejo. El escandalizador


Por Adriana Herrera

Alguien dijo, años atrás, que Fernando Vallejo tenía la tercera lengua más peligrosa de América, después de Andy Warhol y Truman Capote. No tenía razón. Es aún más corrosiva. Decir que el escritor es “políticamente incorrecto” es un eufemismo en su caso. Es “humanamente incorrecto” en tanto no alberga la más mínima esperanza para una especie —“la más miserable del planeta”— abocada a la destrucción y cree que el crimen no es apagar la vida: “Es encenderla. Hacer que resulte, donde no lo había, el dolor”.

No hay ningún otro colombiano cuya obra suscite una polémica tan álgida como para llegar al punto de pedir públicamente la prohibición de la película La virgen de los Sicarios basada en una de sus novelas, publicada por Alfaguara. Y, sin embargo, hay algo claro frente a su obra: entre las poquísimas cosas que se libran de sus furibundas arremetidas es la gramática, y por eso escribe como alguien a quien no le queda nada más que el lenguaje.

Más que México, donde reside, o que los incontables países que ha visitado —siguió durante diez años las huellas de Barba Jacob por toda Centroamérica, residió un año en Nueva York, deambuló por Italia y Europa tras el fantasma de una película que realizó veinte años después, cuando ya había dejado de creer en las virtudes del séptimo arte— ése es el territorio donde habita creando una prosa de ritmo raudo, acaballada en el efímero presente, siempre encabritada sobre el lomo de la muerte.

Escribe libros malditos como Las Flores del mal de Baudelaire, desalmados como el Canto de Maldoror, himnos de perdición como Sade, en la desbordante narrativa de su obra El Río de la Memoria que reúne seis novelas —Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia, Entre fantasmas, La virgen de los sicarios y El desbarrancadero— que merecen la hoguera porque quien pasa cada página prueba polvo de arsénico. Pero al tiempo, quien es capaz de asomarse a los horrores de la literatura sin traslaparlos a la vida —él diría que sucede todo lo inverso—, salvaría sus libros del fuego por dos razones: porque están exentos de mentira y porque Vallejo sabe de qué escribe y cómo hacerlo.

De todo se lo puede acusar al autor —dueño de una irreverencia rayana en el disparate— salvo de mentiroso. “Parezco Torquemada”, dice él. Ha cometido el acto de atreverse a ver la infamia y de querer nombrarla “con el lápiz atrancado y con el alma a la deriva”. Algo poco usual entre sus coterráneos, en un país — “El más asesino de la tierra” — donde “ha corrido tanta tinta como sangre” y donde “lo más terrible no es la fugacidad de la vida, sino la fugacidad de la muerte”: el último magnicidio se borra con el partido de fútbol que transmiten 30 minutos después. Negarlo es confirmar esa otra violencia que es la amnesia colectiva.

El diario francés Les Inrockuprtibles dijo de La virgen de los sicarios, con razón: “Es una prosa apocalíptica, en la cual ira y desesperación se vuelven ternura desamparada”. Fernando Vallejo escribe en primera persona, con la voz de un personaje que se llama como él y que cuenta su regreso, después de treinta años de ausencia, a una tierra irrecuperable en el tiempo: la ciudad de Medellín, convertida en “Metrallo” por obra de la miseria —esos ojos desorbitados del niño que inhala bóxer para aguantar el hambre—, de la corrupción estatal, de la indiferencia y del sicariato, el funesto imperio que inició “El Capo”, Pablo Escobar, contratando muchachitos para el “trabajo” de matar en las guerras de la droga.

En esa Metrallo, niños de 12, 13, 15 años, asesinan a cambio de un par de tenis, por dinero, y luego por nada, bajo la tácita avenencia de sus madres, en los extramuros de una ciudad donde cada día que pasan es rapado a la muerte en una lógica que convierte en locura destripar una grabadora contra el piso, y en horror matar a un perro malherido, mientras los “muñecos” —así se llama a los asesinados— no se cuentan, ni remuerden, y se arrojan a los gallinazos en los despeñaderos de las comunas ignorando los letreros que rezan: “Prohibido arrojar cadáveres”...

Esa crónica que narra la vida cotidiana de los niños asesinos, “protegidos” por una parafernalia religiosa que los lleva pedir a la Virgen tener buena puntería y que la víctima muera sin dolor, o a rezar las balas en un ritual macabro, brota desde lo más maldito de una realidad gangrenada, y es como un escupitajo aun más terrible porque lo único bello son los lazos de ternura entre un muchachito de 16 años —Alexis— “ángel exterminador de la muerte” y Vallejo, quincuagenario, hastiado y sólo por ese amor entre varones fascinado con el latido de “la noche de alma negra, delincuente, de Medellín, capital del odio”.

También Barba Jacob — “el día de su muerte y el de mi concepción coinciden”, dice Vallejo— describió la embriaguez por la belleza prohibida de los adolescentes —por cuenta de la vejez al fin indiferente y ajena a Vallejo— quien se identifica con el tremendo dolor del poeta trashumante. Lo siente cosido al aliento: a los cuatro años golpeaba su cabeza contra el suelo como si fuera la caja de percusión de una pena innominada. “Dejé de creer en Dios cuando tuve uso de razón”, fue justo entonces cuando ante sus ojos de niño se desató la guerra entre campesinos liberales y conservadores con sus filas de decapitados.

Pero no fue en ese momento, sino cuando envejeció, y exactamente una tarde en una feria del libro en Barcelona, cuando se le vino encima, como una sombra inmensa, “la claridad del destino miserable de todo ser vivo que no es más que un viaje hacia la muerte”, evoca y al volver en sí, concluye: “Somos un espejismo de la nada”. Vallejo cree que estamos abocados de un modo irremediable a la catástrofe. La escritura, entre tanto, es su “borrador de los recuerdos”. Gracias a ella entierra el pasado; lo pierde feliz a medida que lo exorciza en páginas.

Vallejo sólo cree en el libro de memorias del mismo modo en que sostiene que “una propiedad de la felicidad es no darse cuenta de ella” y que por tanto sólo existe en el recuerdo y apenas nos roza con la furtividad de un beso entre amantes. Cuánto de autobiográfico hay en sus historias es inocuo. Lo que queda es la imagen de una realidad de la que sólo insiste en capturar lo terrible. Pero quizá su visión sombría es antídoto contra la banalidad, contra el crimen de no querer ver la hondura de la pesadilla que a espaldas de los hombres decentes continúa lacerando a los niños que matan y mueren sin poder escapar del infierno.

En cada regreso a Colombia la siente más lejana y más huida, como aquel inmenso globo rojo que se perdió en el horizonte una mañana de su infancia y que sintió caer al abismo donde termina el mundo. Allá mismo se deslizó Colombia en sombras. Le duele tanto que no le permite ver lo bello: esa asombrosa capacidad de los colombianos —casi siempre los más anónimos— de crear esperanza a contrapelo de la muerte, de reinventar la vida instante a instante, de incendiar de sólo poemas las noches de la misma Medellín...

Algo más: hay una escena en el libro en que Vallejo pasa desafiante entre las balas. Luego, hay otra en que lo mata y aun lo deja vivo: esa en que Alexis —en el instante en que cae asesinado— dice, por primera y única vez, su nombre: “Fernando”. Tal vez la “Virgencita niña” a la que en alguna página le pide: “Que vuelva a ser el que fui de niño, uno solo. Ayúdame a juntar las tablas del naufragio”, lo pronuncie también cuando al fin la “Señora Muerte” lo deje con los ojos abiertos, como a los que amó y murieron “como mirando sin mirar, en la eternidad”.


Adriana Herrera (Bogotá, Colombia). Escritora de arte y literatura. Se desempeña en la sección de Artes y Letras de El Nuevo Herald y colabora para diferentes publicaciones de Estados Unidos, Europa y América Latina. Cursó estudios graduados en Ciencias de la Comunicación y estudió paralelamente filosofía, además de cursos de especialización en arte y literatura. En la actualidad se encuentra realizando la tesis doctoral en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Internacional de la Florida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen ensayo....excelente blog.

parce dijo...

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Fernando dijo...

Estimada Adriana,
He disfrutado tu brillante ensayo tanto como de la mismísima literatura que nos popone Fernando Vallejo. Por haber visitado tu tierra en un par de oportunidades me permito saludarte con un fraternal abrazo. Colombia es Pasión!!
Sinceramente,
Fernando Barragan
Argentina