martes, 26 de junio de 2012

Calígula y un escueto comentario


CALÍGULA


Autor: Albert Camus. Director: Carlos Díaz


 UN ESCUETO COMENTARIO


 Por Juan Cueto-Roig


Invitado por FundArte, organización fundada en Miami por Ever Chávez en el 2003, “dedicada a producir, promover y presentar espectáculos artísticos a la diversidad de culturas que integran esta ciudad”, el grupo teatral cubano “El Público”, dirigido por Carlos Díaz, presentó Calígula, de Albert Camus, en el Colony Theatre de Miami Beach, el 15, 16 y 17 de junio.

Lo más meritorio de esta puesta son las excelentes actuaciones, en especial la de Fernando Hechavarría  interpretando a Calígula. También las de Ysmercy Salomón y Broselianda Hernández, Carlos Caballero, y, en general, todas.

En el extravagante montaje de esta difícil obra se nota la mano de un hábil director. Pero la representación resulta repetitiva y tediosa. Y, para mi gusto (nada puritano, por cierto) opino que abusa de las escenas sexuales hasta el punto de parecer escenificadas con el único propósito de epatar.

Interesante, desde cierto punto de vista, es la frecuente alusión o paralelismo entre Calígula y conocidos tiranos de nuestra época; intención inherente en el texto de Camus, y que resulta aún más reveladora en el caso cubano, ya que hay marcadas similitudes entre el déspota de Roma y nuestra tragedia (por no citar nombres, que ilustrarían explícitamente tal equivalencia o similitud). Y si en Miami el público lo percibe, me imagino que en Cuba debe haber sido más patente aún la analogía.

La diversidad de estilos en el vestuario es una forma obvia de extrapolar la acción a otras épocas y a otros lugares, pero por eso mismo, por obvia, la idea me parece inoperante y perjudicial a la efectividad de la trama; es además, demasiado evidente, y menoscaba la sutileza que el propio texto transmitiría, sin necesidad de ese artificio.

Y asignar personajes de un sexo definido a actores del sexo opuesto, y disfrazarlos con el propósito de sugerir ambigüedades o generalizaciones al carácter original que les dio el autor, ya cansa. Hay mejores formas de lograrlo y, casi siempre, el que escribió la obra lo expone o insinúa con la suficiente y específica graduación, tono que debe respetarse.

 Y un detalle que no tiene mayor importancia, pero que pudo haber defraudado a quienes fueron al Colony Theatre sólo por el deleite de los cuerpos desnudos (Cavafis: "El plazo de Nerón"), ya que en la publicidad de la obra se usaron desnudos que no aparecen en la puesta.

 Al final, los actores fueron justamente ovacionados por el entusiasta público que colmaba el teatro. Y ellos mostraron su agradecimiento con la ridícula costumbre heredada del comunismo (que hoy en día resulta anacrónica y banal) de aplaudir a quienes los aplaudían.

Jordan Levin, en su reseña en The Miami Herald, del sábado 16 de junio, coincide con nuestro comentario:

Despite the strength of acting and of Díaz’s vital staging and opulent costumes, the play feels somewhat repetitive and mechanical… the melodramatic tone, the constant sex, the intensity of this production can be numbing.

3 comentarios:

jose dijo...

Escenas Sexuales ? Donde estaban que no las vi en la puesta de Miami ? Tengo entendido que la ciudad prohibio el desnudo.

jose dijo...

Escenas sexuales ? Donde que no las vi estando alli ? Tengo entendido que la ciudad prohibio el desnudo, raro puritanismo el de los que deciden en Miami. Excelentes fernando , Brose ......

Yolanda Farr dijo...

Sin haber visto la puesta en escena de Calígula, son tan comunes los defectos que Juan Cueto-Roig señala que no puedo menos que adherirme a su crítica. Escribo desde España y os comunico que aquí también estamos hartos de geniecillos que pretenden enmendar la plana a grandes autores. Como el admirado señor Cueto-Roig pediría más respeto, tanto para los padres de los textos como para el público que no se deja deslunbrar por trasnochados intentos de ser epatado.
Enhorabuena, al crítico por atraverse a enfrentarse a "modernismos" pero sin acritud y con palabras estimulantes para los actores. Yolanda Farr